lunes, 24 de julio de 2017

El Paseillo en Taxi




Faltaba media hora y yo no encontraba dónde estacionarme. Di vueltas y vueltas y nomás no, nada, todo ocupado por coches, cubetas o espacios listos para que alguien callera en las feroces garras de los grulleros.

Recordé que como a un kilometro de donde estaba había una Comercial Mexicana así que no seguí perdiendo el tiempo y me dirigí allá. Esquivando el tráfico y pasándome alguna que otra luz preventiva llegué a la Comer y estacioné mi corcel. Luego no quise desperdiciar los pocos minutos que aun tenía buscando un taxi o un Uber así que me acerqué al sitio de taxis que estaba frente a mí.

Había un taxi listo, con las puertas abiertas, solo esperando a ser abordado. La mujer encargada del sitio me dijo que me subiera, cosa que yo hice sin perder tiempo. Mientras yo veía desesperado mi reloj y hacía cálculos buscando adivinar si llegaría puntual a mi importante cita llegó el chofer. Cuando se sentó y volteó para preguntarme a dónde me iba a llevar casi me fui de chichis al ver el pedazo de chofer que me había tocado. Era un cebollín, pero lo que se dice UN CEBOLLÍN.

En cuanto vi la edad de mi jurásico chafirete de inmediato supuse que no iba a llegar a tiempo ni de chiste, me imaginé que este buen hombre no conduciría a más de 20 km/h ni llevando a una dama en labor de parto. Cierto es que mi destino no estaba tan lejos pero el tráfico estaba del nabo así que la situación era desalentadora.

Le dije que no había encontrado donde estacionarme y que por eso había tomado el taxi. Él me dijo lo que no es un secreto para nadie, que la ciudad ya es un caos, que el tráfico es insufrible y que no hay manera de encontrar estacionamiento en ningún lado. Rápido y al alimón le mentamos su madre a Mancera por como tiene la ciudad de cabeza. El tráfico, los problemas de estacionamiento, la delincuencia, todo eso que hace que uno ya no quiera sacar su coche es algo que nuestro gobierno no ha podido resolver. Todo estaría bien si fuera una buena opción el transporte público, pero no, ese también tiene sus problemas: es insuficiente, sucio, inseguro y sumamente peligroso. ¡¿Entonces?! Pos nos chingamos y ya.

En eso estábamos, en las mutuas quejas y mentadas, cuando el don me dijo – Debería usted visto cómo era esta ciudad cuando yo llegué por primera vez allá por 1946. Esto era un pueblo, sí un pueblo grande pero al fin y al cabo un pueblo. Estaba lleno de vacas por todos lados. Recuerdo que yo compraba mi leche y cuando la hervía me hacía un tanto así de pura nata. Esa nata la ponía usted en un bolillo con azúcar y no sabe que delicia, un manjar de los dioses -. Yo por mi parte le comenté que a mí también me tocó ver, allá en la colonia Militar Marte donde nací (sobre avenida Pie de la Cuesta), un establo a donde todavía algunas personas iban a comprar su leche bronca.

Mientras platicábamos él buscaba con gran pericia evadir los autos parados en doble fila, los semáforos descompuestos, el tianguis que bloqueaba la mitad de la calle, etc. Luego de verlo actuar al volante con tanta habilidad no me resistí y buscando darle gusto a mi inquieta curiosidad le pregunté – Oiga don, y si no es mucha indiscreción ¿qué edad tiene? -, - Mire usted, yo nací en 1931, hace unos días cumplí 86 años -. Por supuesto que si yo hubiera traído sombrero me lo hubiera quitado como muestra de respeto; ok, no traería sombrero pero sí traía hocico así que lo use para deshacerme en halagos y cumplidos para ese ejemplo de hombre. – Me da mucho gusto verlo tan bien y tan productivo, usted es todo un ejemplo -, - Pues ni modo, yo gasté diez años de mi vida dedicado a mi pasión y ahora tengo que trabajar a estas alturas para ganarme el pan -, - Oiga don y cuál es esa pasión, si se puede saber -, - Pues el toro. Yo anduve diez años de mi vida buscando una oportunidad porque siempre quise ser torero. No salí bueno pero no me arrepiento, fueron los mejores años de mi vida -. En cuanto dijo la palabra “toro” se me abrieron los ojos, los oídos y hasta los poros del corazón.

Le confesé a este maletilla veterano que yo también era aficionado a los toros y que me encantaría platicar con él. Le pregunté por el Toreo de La Condesa, por sus toreros favoritos, por los cronistas taurinos de antaño (Paco Malgesto y el gran Pepe Alameda), por la situación actual de la fiesta, etc. Yo lo quería saber todo, tenía a una verdadera enciclopedia viviente frete a mí y no quería desaprovecharla.

Estaba tan entrado en la charla que no me di cuenta que hacía ya un rato habíamos llegado a mi destino. Ahí estábamos, en doble fila, platicando de lo que nos chiflaba, la fiesta brava. Yo veía mi reloj como queriendo parar el tiempo por un momento para seguir disfrutando de tan encantador anciano. Le pregunté si todavía iba a los toros con la esperanza de que me dijera que sí para invitarlo, hubiera sido un deleite tenerlo a lado en una corrida, pero no, me dijo que ya no iba porque la fiesta ya no era como antes, y tiene razón. Los toros están cada vez más descastados, y como dicen en el ambiente taurino: “para que haya guiso de liebre tiene que haber liebre”, así que sin toros bravos no puede haber buenas corridas y los toreros, por buenos que sean, nomás no lucen.

Estuvimos allí fácil 20 minutos platicando de lo que nos gusta, de lo que nos apasiona. Por supuesto que yo llegué tarde a la cita, pero valió la pena. Antes de bajarme del taxi le di un fuerte apretón de manos, hubiera deseado que fuese un abrazo pero una patrulla comenzó a apurarnos para que despejáramos el paso de los coches. Ya que se había ido me di cuenta que nunca le pregunté su nombre, pero no importa, ya sé que trabaja en el sitio de la Comercial así que un buen día me voy a ir a buscarlo para invitarle un café y charlar con él tranquilamente. Estoy seguro que tiene muchas cosas maravillosas que contar, taurinas y no taurinas, y es que cuando se llega a esa edad hay toda una vida que contar, lo único que hace falta es alguien que esté dispuesta a escucharla… y ese alguien, sin duda, soy yo.



Otro día con más calmita… nos leemos.


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