viernes, 16 de septiembre de 2016

La noche que fui a dar el Grito con Peña Nieto.




Las redes sociales decían que no debía de ir, que no había nada que festejar, que si iba era porque yo era un apátrida que me vendía por una torta y un Frutsi. Por supuesto que lo que diga el chairaje de las redes sociales me tiene sin cuidado, yo quise ir y fui, y no por rendirle pleitesía a nuestro inepto presidente, no, yo fui porque creo que México es mucho más que sus corruptos gobernantes. Aclarado esto, continúo mi relato.

Cuando yo era un puberto fui por motu proprio a mi primer grito. El presidente en turno era nada más y nada menos que Don Pepé, en mi opinión uno de los presidentes con más personalidad y con más sentido histriónico. Mi segunda visita al zócalo para dar el grito fue con Don Miguel de la Madrid, un grito descafeinado que quizás auguraba la gran tragedia que estaba por llegar cuatro días después, me refiero al infame terremoto del 85. Mi tercer y último grito fue con “el innombrable” allá por el año de 1991. Desde entonces decidí que yo ya no estaba para esos trotes, que mi tolerancia hacia las grandes congregaciones de bípedos cuasi pensantes había llegado a su límite. Y es que eso de los apretujones, los baños de esa peladísima espuma y la lluvia de huevos con harina, definitivamente no eran para mí.

Sin embargo, luego de 25 años decidí que lo iba a volver a hacer, que lo haría por última vez en mi vida antes de que mi inminente condición senecta me lo impidiera. Lo que me motivó a tomar tan drástica y descocada decisión fue que mi hija jamás había presenciado la ceremonia del grito en el zócalo, de hecho ni siquiera en una trinche Delegación. He de decirles que mi hija es igual de chocantita que su apá, tampoco comulga con las hordas de congéneres y menos cuando estos ostentan orgullosos su condición de pelados. Confieso que no fue nada fácil pero finalmente la convencí de que tenía que, por lo menos en una ocasión, asistir a la ceremonia del grito para experimentar esa extraña e inexplicable sensación patriótica.

El gran y principal problema que tuve que resolver fue el de la logística. Llevar mi coche sería una pesadilla. El tráfico, el costo y lo inseguro de los estacionamientos públicos me decían que ni de chiste lo hiciera, que recordara mis pasadas malas experiencias llegando en coche al grito. La opción más viable parecía ser la de arribar en Metro. El único problema es que el servicio del Metro termina a la media noche así que tendría que correr cual Ceniciento antes de que mi metro se convirtiera en nada y yo quedara varado en el Centro. Otra opción sería un taxi o un UBER pero recordando lo que me pasó la vez que fui a ver a Sir Paul McCartney al zócalo, descarté esa utópica opción.

Asesorado por una querida amiga que acostumbra ir a esta verbena mexicana llegue a la conclusión que lo intentaría así, en Metro, aunque tuviera que salir del zócalo por piernas y contra reloj.

Resuelta la logística acordé con mi hija que la cita sería en una estación de la línea 2 del Metro a las 1930 horas (hora militar, para estar ad hoc). Cual pareja de enamorados nos citamos abajo del reloj de dicha estación.

Antes de partir a su encuentro preparé mi equipo de supervivencia para mi patriaventura. Para armar dicho kit me asesoré con un tuit que publicó la Presidencia de la República en el cual se explicaba claramente qué SÍ se podía llevar y qué NO se podía llevar. Mi kit contenía: mi cámara fotográfica, un mini-tripié que uso como selfie stick para evitar cabezas en mis fotos, un par de capas impermeables (ya ven que Tláloc no falla a estos eventos), analgésicos varios para mi espalda, cigarros con cerillos (los encendedores estaban prohibidos), un monocular militar para ver de cerquita a la Gaviota, algo de efectivo (no mucho por si me atracaban en el Metro) y mis bigotes postizos zapatistas para pasar desapercibido.

Mi puntualidad inglesa una vez más se hizo presente y justo a la hora acordada estaba yo bajo el reloj de la estación del Metro. Mi niña, como buena fémina, llegó 15 minutos tarde. Cuando la vi a lo lejos me emocioné porque mi hija cumplió uno de mis deseos. Mi princesa venía ataviaba con un look que estaba entre Frida Kahlo y Columba Domínguez, se veía hermosa. Por un momento yo me sentí Diego Rivera y Emilio “El Indio” Fernández a la vez.

En cuanto pasó el convoy del Metro lo abordamos y emprendimos camino. Contrario a lo que pensaba el vagón venía con poca gente, como un día cualquiera, o incluso menos. Me sorprendió, o mejor dicho no me sorprendió que en el Metro se siguen subiendo vendedores ambulantes. Según recuerdo el estúpido de Mancera subió el precio del boleto del Metro con la promesa de que el servicio iba a mejorar, y eso incluía que ya no iban a haber vendedores ambulantes. Pero como prometer no empobrece… los vendedores siguen a todo lo que dan en el Metro. Así nos tuvimos que chutar un par de estaciones con un vendedor de discos piratas que traía a todo volumen su aparato, me recordó al Sonido La Changa del bonito barrio de Tepito. El colmo fue que enseguida del monito de los discos entró al vagón una dama a vender “cuetes”. Sí señor, aunque usted no lo crea, venta de cohetes adentro de los vagones del Metro. En fin, esto es México y qué le vamos a hacer.

Al llegar a la estación San Antonio Abad se escuchó por el altoparlante la voz de una mujer que decía: “Se les avisa a los usuarios que las estaciones Pino Suarez, Zócalo y Allende se encuentran cerradas, por lo que la próxima estación es Bellas Artes”. En ese momento un buen de gente hizo mutis y bajo para seguir su recorrido a pincel (caminando). Yo preferí quedarme para bajarnos en la estación Bellas Artes y desde allí caminar al zócalo. Cuál sería mi sorpresa que al pasar por Pino Suarez el convoy hizo parada, se abrieron las puertas y la gente bajó y subió sin ningún problema. Pobres de los compas que le hicieron caso a la estúpida señorita y se bajaron desde San Antonio Abad.

Efectivamente la estación Zócalo estaba cerrada pero en Allende se volvieron a abrir las puertas y pudimos bajar sin bronca alguna. Esto nos evitó caminar desde Bellas Artes hasta el zócalo, algo que se agradece a mi putrefacta edad.  

Caminamos por la calle de Motolinia hasta dar vuelta en 5 de Mayo rumbo a Catedral. A la altura de la Calle de la Palma encontramos el primer cerco. En ese lugar iniciaba una cola de aproximadamente 50 metros que iba sobre la Calle de la Palma a un costado del Monte de Piedad. Resignados y obedientes nos fuimos a formar mi Friducha y yo. Para ese momento ya se dejaban sentir las primeras gotas de lluvia, una llovizna de esas que son chinga quedito.

Mientras estaba formado atrás del Monte de Piedad me percaté (como dicen los polis) de una serie de autobuses estacionados sobre esa calle, autobuses que nuestro encantador presidente mandó traer con harto acarreado seguramente del Estado de México. Por un momento sentí envidia de la buena, me hubiera gustado ser acarreado. Y es que a estos “invitados especiales” de la presidencia les daban un trato preferencial a la hora de pasar el cerco policiaco. Además seguramente la cena iba incluida y en una de esas y hasta una corta les pasaban. Pero como yo no era acarreado no me quedó de otra más que hacer fila y esperar paciente.

Delante de nosotros estaban un grupo de aproximadamente 10 jóvenes, mujeres y hombres. Uno de ellos sacó de su mochila un bote de espuma, de esos que yo alucino, mismo que uso para bañar a uno de sus amigos con tan peladísima sustancia. Luego guardó su bote y lo escondió entre un suéter que traía en su mochila. Mi hija y yo sin decir nada nos quedamos viendo. Por un momento me sentí con la obligación (cual nazi) de delatarlo a la hora de pasar el cerco policiaco, pero el sentido común, del cual yo si gozo y no él, me hizo permanecer solo a la expectativa porque era obvio que iba a ser descubierto por la “Gestapo Tenochca”.


Rumbo al segundo cerco donde se encontraban los arcos detectores de metal.


Luego de aproximadamente media hora de hacer fila llegamos a los arcos (detectores de metales). Ahí, como si fuera el aeropuerto, fuimos convidados a sacar todos nuestros abalorios y demás chunches para ponerlos en una bandeja mientras pasábamos por el arco. De reojo vi como al taradito de mi vecino de fila le quitaban su bote de espuma junto con un encendedor. Estaba a punto de burlarme cuando una guapa, elegante, fina e instruida oficial de policía me dijo – Su tripié  no pasa joven -. Yo sorprendido exclamé - ¡Ah! chinga, cómo que no pasa -, -Pues no puede pasar, cómo ve -, - Pues claro que pasa. La Presidencia de la República en un tuit dijo que estaban permitidos los selfie sticks y esto es mas chiquito que eso -, - Pues cambiaron la orden y no pasa -. Para ese momento y viendo la actitud retadora de la estúpida idiota esa mi tono de voz subió y comenzó a llamar la atención. De pronto veo venir a un monito con todo el tipo de elemento del Estado Mayor Presidencial, ya saben, traje negro, alto, pelón y con radio en la oreja. Confieso que por un momento me abrí, pensé que iba a terminar como Juan Gabriel en el Palacio Negro de Lecumberri o bien haciéndole compañía a los 43. Pero no, el caballero del Estado Mayor se acercó a mí y me preguntó - ¿Qué pasa? -, - Pues aquí la oficial que no me deja pasar mi tripié -. El elemento del Estado Mayor, con esa seriedad que los caracteriza, volteó a ver a la oficial y le dijo – El tripié del señor pasa -. La burlona escuincla uniformada se la pellizcó y no tuvo más que obedecer a mi nuevo amigo el Sr. Estado Mayor.

Mientras yo discutía con la oligofrénica y cuadrada oficial mi hija batallaba con otra que no la dejaba pasar una botella de agua. Mi hija que tampoco se deja discutió y consiguió que le dejaran pasar su agua antes de que yo llegara a su ayuda. Aclaro que la Presidencia de la República también publicó que estaba permitido entrar con botellas de agua.

Caminamos unos 15 metros más y de nuevo otro cerco de oficiales. – Buenas noches señor, una  última revisión por favor -, - Ok -, - De espalda a mí por favor -. Obediente le di la espalda al oficial  para luego ser olímpicamente sabroseado por él. Creo que desde la secundaria no me habían dado tremendo faje, lo bueno es que este oficial no estaba feo y tenía bonitos ojos (Di NO a la homofobia). A mi hija también le pasó báscula una mujer policía cosa que a ella no le gustó tanto, pero qué remedio. Lo cierto es que yo sí apruebo estas exhaustivas revisiones porque me hacen sentir que voy a estar seguro allí entre la muchedumbre (recuerden que yo ya tengo malas experiencias pasadas). Muchas personas se molestan porque hasta a los niños pequeños los revisan, pero yo conociendo cómo se las gastan los pelados creo que es correcto que lo hagan, además de que lo hacen de modo profesional y a la vista de los padres.

Luego de pasar por esta revisión nivel JFK Airport llegamos tranquilamente hasta el centro de la plancha del zócalo. Para ese momento yo calculo que eran como las 8:45pm. El escenario que estaba localizado de frente a Palacio Nacional estaba impresionantemente grande. Desgraciadamente era un escenario tamaño Pink Floyd para artistas tamaña Liliput.


Impresionante el tamaño del escenario.


En el escenario había una mujer cantando y bailando. Como no la reconocí a lo lejos saqué mis lentes para verla mejor y entonces… seguí igual, no tenía ni “p” idea de quién fregados era esa monita. Acudí a los vastos conocimientos musicales de mi hija quien rápido me dio luz al respecto. Se trataba de María José quien formó parte de aquel legendario grupo… no, no me refiero a los Beatles, me refiero a Kabah. Bueno pues allí estuvo un rato en el escenario María José mostrando sus dotes de artista y haciendo la delicia de chicos y grandes con su privilegiada voz. No, no estoy siendo sarcástico… bueno sí, nomás la puntita.


En el escenario la telentosísima María José. 


Cuando terminó María José de hacer derroche de talento en el escenario llegaron los conductores del evento. De nuevo mi hija me tuvo que ayudar, eran: Maribel Guardia a quien yo conocí en pelotas en esa película de culto llamada “Pedro Navajas”, Yordi Rosado quien me sorprendió por la gran capacidad que tiene para mover masas (siendo de Televisa), y la tercera era una güera que según mi hija trabajaba en Azteca.

Maribel, Yordi y la güerosca estuvieron entreteniendo al público en lo que salía la banda que al parecer era la que todos esperaban, el plato fuerte pues. Mientras Yordí hacía que el respetable se entretuviera jugando con las luces de sus celulares yo aproveché para realizar un bonito acto de contemplación. Y es que la Catedral se veía divinamente iluminada con luces de colores, lo mismo Palacio Nacional y el Antiguo Ayuntamiento junto con su edificio vecino, ambos tierra de Mancera.


La hermosa Catedral Metropolitana pintada con luces de México.


Finalmente llegó lo que todo mundo esperaba, la presentación en vivo de La Trakalosa de Monterrey. La mera verdad yo jamás había escuchado de esta banda, pero eso no tiene nada de raro porque  la verdad es que yo estoy atrapado por mi música ochenterota de adulto contemporáneo en avanzado estado de putrefacción. Confieso que no soy fan de la música de banda, de hecho me choca. Lo mío lo mío en cuanto a música regional es la música norteña, la de aquellos grandes: Ramón Ayala, Los Barón de Apodaca, Los Invasores de Nuevo León, Los Cadetes de Linares, etc.


La Trakalosa de Monterrey en el gigantesco escenario.

La Trakalosa, lo más aplaudido de la noche.


Pues nada que a la cuenta de guan tu tri se arrancó La Trakalosa y así los allí reunidos fueron coreando todos sus éxitos uno a uno. Y ahí estaba yo con mi cara de “ah pus chido”, muerto de aburrimiento, escuchando a La Trakalosa y viendo como todos se sabía las letras de sus canciones cuando de pronto escuché una que decía: “Soy el más desdichado del mundo, y la culpa la tiene este vicio…”. En ese momento se me iluminaron los ojos porque al fin me sentí integrado al guateque. Y es que esa sí me la sabía, y cómo no si era un éxito del gran Ramón Ayala y sus Bravos del Norte. Así que rápido aclaré la garganta para enseguida a grito pelado cantarla de principio a fin mientras mi hija absorta me veía con cara de “este wey no es mi papá”. La canté con tanta enjundia y sentimiento que hasta unos compas que estaban a mi lado me abrazaron y me hicieron segunda... ¡¿Quiubo?!

Mi hija se moría de la risa. Yo sabía que me esperaban varios días de bullying por mi espontanea actuación en la plancha del zócalo. Pero no paró allí la cosa. De pronto ¡otra que me sabía!, y quién no si era uno de los éxitos lentejuelados y jotitos (saludos CONAPRED) del difunto San Gabriel, aquella que dice: “Ya lo sé, que tú te vas, que quizás no volverás…”. Y ni modo, a cantarla y a jotear un rato, total, con mis bigotes zapatistas nadie iba a dudar de mi hombría, si acaso yo.

El concierto siguió hasta que por ahí de las 10:20 los chingomil integrantes de La Trakalosa abandonaron el escenario. Luego en todas las pantallas emplazadas a lo largo y ancho de la plancha  proyectaron un video de esos que exaltan la mexicanidad y lo hacen sentir a uno orgulloso de ser mexicano a pesar de Peña, Mancera, Andrés Manuel y demás amigos que les acompañan. Luego vino otro video y uno más hasta que finalmente el sonido local guardó silencio. En las pantallas apareció nuestro lábaro patrio, oséase la bandera. Luego aparecieron un grupo de cadetes militares que marchaban con la bandera hasta el balcón presidencial. Enseguida apareció nuestro más grande estadista y culto mandatario, el ilustre Presidente de México Don Enrique Peña Nieto (espero sepan distinguir mi tono sarcástico).

No pude dejar pasar inadvertido algo que me extrañó mucho, el silencio que se hizo en el zócalo mientras el presidente caminaba por los pasillos de Palacio Nacional del brazo de su fina esposa. Me recordó ese silencio sepulcral que se hace en la plaza de toros cuando el diestro se va a tirara a matar. Por allí alguien intentó hacer ese numerito que se acostumbra en los estadios de futbol cuando despeja el portero del equipo contrario pero al no encontrar réplica se frustró su intento. Otro grupo de jóvenes, aproximadamente 10 personas, sacaron una bandera de México de color negro e igual tímidamente intentaron lanzar algunos insultos y oprobios pero tampoco encontraron eco. De hecho uno de ellos regañó a un señor por no hacerle segunda pero dicho señor solo lo miró y lo ignoró olímpicamente.

Creo que la mayoría de los ahí reunidos fueron, fuimos, a gritar “Vivas” y no injurias, y digo la mayoría porque no dudo que haya quien si haya ido a eso, y están en su derecho. Sin embargo yo pienso que para todo hay lugares y momentos. También me llamaron la atención los comentarios que hacían un grupo de señoras de condición humilde que estaban a mi lado y que solo decían cosas bonitas de Angélica Rivera, comentarios como: “¡Qué guapa se ve con ese vestido!” o “¡Qué delgada está!”. Por extraño que parezca la nobleza o ignorancia del pueblo, llámenle como quieran, aun está presente en nuestro país por más mal que esté la situación y por más baja que se encuentre la popularidad del presidente. Así de compleja y heterogénea es nuestra sociedad.

Luego de los “Vivas” vino el Himno Nacional, y con perdón de ustedes tengo que confesar que se me hizo un nudo en la garganta por lo que me fue difícil cantarlo. Esto siempre me pasa, me gana la emoción, yo creo que es por mi condición jotita y alentejuelada (de nuevo saludos CONAPRED). Pero aun así le hice la lucha y algunas palabras pudieron salir de mí corazón más que de mi garganta.

Al terminar el himno el presidente hizo mutis por un momento para luego regresar al balcón de palacio ya con toda su plebe con el bonito fin de disfrutar en familia los fuegos artificiales. Aquí me gustaría hacer  un paréntesis para contarles que un buen amigo me mandó una foto para que la compartiera con mis amigos en la cual se les invitaba (de modo nada amable) a evitar la quema de cohetes porque estos contaminaban y asustaban a los perritos. Yo como Bora respeto, pero no comparto. Y es que a mí me chiflan los fuegos artificiales, no esos que truenan a lo idiota, no, me gustan esos que echan hartas luces de colores y sabores. Sí, es cierto que contaminan, pero esto ocurre principalmente dos veces al año, el 15 de septiembre y el 1 de enero. Ciudades de países de primer mundo lo hacen, y lo hacen espectacularmente como Australia, Hong Kong, Dubái, Paris, Berlín, Londres y muchas ciudades de Estados Unidos entre otras. Así que francamente no veo por qué nos tenemos que privar de un bonito espectáculo pirotécnico solo porque un perrito se asusta o se humea más la contaminada ciudad. Pero  bueno, ecologista y animalistas no me odien tanto que ya con la CONAPRED tengo.

El espectáculo de pirotecnia estuvo de primera y yo lo disfruté tanto como la vez que siendo niño vi por primera vez los fuegos artificiales de Disneyland. Los allí presente terminamos, esos sí, cubiertos de restos de pólvora y más humeados que un pavo Parson, pero muy satisfechos y felices.

El presidente Peña al terminar el espectáculo pirotécnico se despidió del respetable sintiéndose más popular que Evita Perón en sus mejores años, no cabe duda que la bola de acarreados que tenía abajo lo hicieron sentir el hombre más popular y querido del mundo.


Peña y su familia disfrutando de los fuegos artificiales desde el balcón.


En cuanto se escuchó el último “pum” mi hija y yo intentamos desalojar la plancha antes que todos… hasta creen. La salida por la calle 5 de Mayo fue muy lenta pero eso sí ordenada. Mi hija y yo íbamos contra reloj en busca del Metro que cerraba a las 12pm. Faltaban 30 minutos y teníamos que llegar de nuevo a la calle de Tacuba para tomar el Metro en la estación Allende. Y cuando al fin llegamos ¡tómala barbón!, la estación ya había cerrado así que hubo que meter segunda para intentar llegar hasta la estación Bellas Artes. Mientras mi Friducha y yo emulábamos a Raúl González mejor conocido como “Don Galleto”) y a Ernesto Canto, el resto del los ciudadanos hacían escala en toda la bola de restaurantillos del centro para jambarse un buen pozole, un taco o alguna garnacha. Los de más varo entraban a los buenos restaurantes que contaban con “varieda”.  A mi hija y a mí nos rechinaba la tripa quien lastimera nos pedía que la alimentáramos. Pero niguas, nuestra meta era la estación Bellas Artes y en eso nos enfocamos.

Faltando apenas 10 minutos para que cerraran la estación finalmente logramos entrar. Yo me esperaba un súper tumulto en el andén, y nada que ver. No había más gente de la acostumbrada así que esperamos a que llegara el vagón para regresar a nuestra estación origen. Ya en Tlalpan solo hubo que esperar un taxi mientras unas alegres suripantas y pajarillos de blancas alas nos hacían compañía.

Ya en casa saqué mi coche y nos fuimos en busca de algo que jambar porque ni mi hija ni yo habíamos comido. Le batallé porque ya todo estaba cerrado pero finalmente encontré unos tacos en el camellón de Plutarco Elías Calles que fueron los que saciaron a nuestro par de tripas hambrientas.

A las 2 de la mañana dejé a mi hija en su casa, cansada pero contenta de haber vivido esa bonita experiencia. No sé si ella la vuelva a repetir cuando tenga a sus hijos, yo por lo pronto cierro ese capítulo aventurero de alto impacto. Las próximas veces veré el grito en la tele o bien desde la comodidad de algún barecillo, bueno eso si todavía nos dejan algo de país estos ilustres gobernantes que la democracia nos ha obsequiado.






Otro día con más calmita… nos leemos.


miércoles, 14 de septiembre de 2016

"Jason Bourne", la minireseña.




Hace mucho mucho tiempo no disfrutaba tanto una película de acción. Todo perfecto, el aire acondicionado fuertecito, pocas personas en la sala, una buena butaca y la película de mi querido Matt Damon “Jason Bourne”. Por mi pueden hacer cien películas más de esta franquicia que yo con gusto iré a todas. Las secuencias de acción son perfectas, harto madrazo, harta persecución y harto moretón. Además el taco visual para los viejillos libinoputridos como yo está bastante bien cubierto por Alicia Vikander. Quiero más y pronto, así que espero no tarden en sacar la nueva entrega de estas películas del “yeison”. Mientras, si quieren, me pueden echar otra de “Mission: Impossible” que también me chiflan harto.

Esta fue una mini reseña raquítica y a toro pasado nada útil para los que acostumbran a ir al cine, sin embargo no podía dejar de hacerla porque tenía que presumir mi bonita tarde en el cine. Prometo que para la próxima haré mi reseña antes de que todo mundo ya haya visto la película.


Otro día con más calmita... nos leemos. 


martes, 13 de septiembre de 2016

CARTA ABIERTA A LA COMUNIDAD CHAIRA:


Estimados y finos amigos, quisiera pedirles de la manera más atenta que me hagan el favor de iniciar una campaña para exhortar a la perrada a no ir al zócalo a celebrar el Grito el próximo 15 de septiembre. Ustedes saben manipular muy bien a sus congéneres por lo que confío plenamente en que tendrán mucho éxito.

La razón por la cual les hago esta súplica es porque yo sí pienso ir al zócalo y me gustaría que no hubiera tanto pelado. Por supuesto que yo no iré a celebrar al oligofrénico mandatario que la democracia mexicana nos obsequió. No, yo voy a festejar a mi país, a mi país que está muy por encima de cualquier gobierno y que no tiene la culpa de estar habitado por una sarta de ciudadanos subnormales que escogen a sus gobernantes por sus ocurrencias, por sus puntadas, por su bello físico, o peor aún por su actitud mesiánica.  

Amigos Chairos confió en que su movimiento vacíe un poco la plancha del zócalo para que yo pueda salir bien librado de mi expedición al corazón de nuestra bonita nación y de esta manera pueda gritar a gusto y a todo pulmón… ¡Viva México Cabrones!


Atte. Jaime Said
Un ciudadano hijo de México, NO del gobierno en turno.