lunes, 29 de agosto de 2016

Juan Gabriel... ¡Hasta que te conocí!




Era 1983, yo estaba en Monterrey visitando a mi padre como todas las vacaciones de verano. Un día escuchando la radio local me enteré que Juan Gabriel iba a cantar en Monterrey. De inmediato pensé que esa era mi oportunidad de ir a un concierto de Juan Gabriel por primera vez. Yo ya había intentado verlo una vez aquí en el D.F. en el centro nocturno El Patio pero aun era muy chavo para que me dejaran entrar además de que aquello costaba una lana, lana que yo no tenía (pero mi padre sí).

Antes de que llegara a la casa mi padre le pedí su opinión a mi “perversa” madrasta. Ella no me quiso desanimar aunque conociendo a mi padre bien sabía que tenía muy pocas probabilidades de que él aceptara. De cualquier modo ella me animó y me dijo – Tú dile, no pierdes nada -. Debo decirles que mi padre para ese entonces ya había visto cantar a Juan Gabriel en un pequeño salón bar cuando vivíamos en Chihuahua, fue en sus inicios allá por 1975. Mi padre siempre fue sumamente homófobo sin embargo con Juan Gabriel tenía sentimientos encontrados, por un lado sentía que su deber como buen macho era rechazarlo e incluso repudiarlo pero otro lado mi padre reconocía que había un gran artista en él. Pero como dijeran los clásicos: “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”, así que él no iba a permitir que un hijo suyo fuera admirador de un “joto”.

Mientras cenábamos me armé de valor y se lo dije así de sopetón – Oye papá te quería pedir un favor muy grande -. Les cuento que a mí padre le encantaba oír esas palabra, siempre me complacía, creo que se sentía muy bien concediéndome las cosas cuando escuchaba las palabras “gran favor”. Entonces me dijo – Qué pasó gordo, qué dices que se te ofrece -, - Es que me enteré que va a estar Juan Gabriel en un hotel aquí en Monterrey y me muero de ganas de conocerlo, ¿podríamos ir? -. En ese momento cambió totalmente su tono amable y me echó una de esas miradas entre nazis e inquisidoras que él manejaba muy bien. Elia, la esposa de mi papá, quien también se moría de ganas de ir, esperó expectante la respuesta igual que yo. Entonces mi padre, luego de pensarlo unos segundos, dijo - Déjame ver -. En ese momento Elia y yo supimos que eso era un rotundo NO.

El tema no se volvió a tocar durante toda mi estancia en Monterrey y yo tristemente me quedé sin conocer a Juan Gabriel. La verdad es que pocas veces mi padre me decía que no a algo que yo le pedía con tantas ganas e ilusión pero esa vez se sostuvo en lo dicho a pesar de que yo durante varios días anduve con mi jetota.

Pasó otro año y llegó el verano de 1984. De nuevo regresé a Monterrey a pasar mis vacaciones. Les confieso que yo todavía me sentía enojado con mi padre por lo que había ocurrido un año atrás pero decidí superarlo y pasarla lo mejor posible, después de todo iba a estar con él casi dos meses.

Un día mi padre nos dijo que nos preparáramos porque íbamos a ir a Laredo a pasar el fin de semana, cosa que a él le encantaba y obvio a mí también. Cuando íbamos a Laredo nos quedábamos siempre en un hotel muy bonito que estaba de lado mexicano, no era la gran cosa pero era el mejor que había. No recuerdo el nombre del hotel pero estaba sobre la carretera un poco antes de llegar al centro, justo frente a unos Go-Karts.

El sábado nos fuimos muy temprano a hacer algunas compras al Mall Del Norte en Laredo. Mi medio hermano, que en ese entonces tenía 4 años, estuvo poniendo gorro todo el día porque quería regresar al hotel para meterse a la alberca. Como yo ya había comprado lo que quería me uní a su petición así que regresamos temprano al hotel.

Apenas estábamos bajando las cosas del coche cuando justo a un lado de nosotros se estacionó una camioneta y de ella bajó alguien muy parecido a Juan Gabriel. De inmediato me le quedé viendo, no podía ser él, sería mucha coincidencia. Era delgado, bajito y estaba muy despeinado, como si se acabara de despertar. Vestía jeans, camiseta amarillo/azul y unos guaraches. Traía unos lentes enormes, como los que usa Silvia Pinal, así que no le podía ver bien la cara. De pronto volteó hacia nosotros y así, sin más ni más, nos dijo – Buenas tardes  -. En cuanto escuché su voz supe que era él, ese acento al hablar que tanto escuché cuando viví en Chihuahua confirmó mis sospechas. Me quedé casi mudo, solo pude decir – Hola – con voz entrecortada, él sonrió. De pronto escuché atrás de mí a mi padre decir – Oye ¿te tomas una foto con mi hijo? -. Él se veía muy cansado pero aun así gustoso aceptó – Con muchísimo gusto -. De nuevo escuché esa “che” tan característica de los chihuahuenses. Mi padre que traía cargado a mi hermano se acercó a él y se lo entregó, – Espérame tantito, déjame sacar mi cámara -. Juan Gabriel cargó a mi hermano y se puso a platicar con él mientras mi padre sacaba del coche su cámara. Luego Juan Gabriel se quitó sus enormes lentes y se los puso a mi hermano, y así le tomó la foto mi papá. Yo de la emoción no supe que hacer y nunca se me ocurrió retratarme con él. Luego Juan Gabriel nos preguntó - ¿De dónde vienen? -, mi padre le contestó – De Monterrey -, - Bueno pues los espero la próxima semana en el palenque de Guadalupe, no vayan a dejar de ir -.




La verdad es que todo pasó muy rápido. Se despidió de nosotros y se metió a su habitación, justo al lado de la nuestra. Cuando entramos al cuarto y le platicamos a la esposa de mi papá lo que acababa de pasar casi se infarta. Nunca nos perdonó que no le hayamos avisado. Elia quería ir a tocar a su habitación para saludarlo pero mi padre se lo prohibió rotundamente. La verdad sentí lástima por ella porque también moría de ganas por conocerlo.

Mi papá gracias a su trabajo tenía amistades en los palenques así que a la siguiente semana ahí estuvimos sentados en primera fila viendo a Juan Gabriel. Desde entonces cada año íbamos a verlo al palenque, incluso pasábamos a saludarlo antes del show. Mi padre siendo tan homófobo disfrutaba mucho sus conciertos, recuerdo que siempre que lo veía decía: “Pinche joto, ¡pero qué bueno es!”.

Ya más grande tuve la suerte de verlo varias veces en el Auditorio Nacional. En aquel entonces no era tan difícil conseguir boletos como ahora. En una ocasión compré un par de boletos perfectamente ubicados, justo en el centro de la segunda fila. Esa vez estuve rodeado de puras personalidades: delante de mí estaba sentada nada más y nada menos que Lola Beltrán, junto a mí quedó Dolores Olmedo, atrás mi eterna novia Lucha Villa y unos lugares más a la derecha Ana Gabriel y Angélica María. Fue un concierto inolvidable. Luego, con el tiempo, cada vez fue más difícil conseguir buenos asientos pero aun así seguí yendo a verlo.

Todos tenemos grandes recuerdos de Juan Gabriel, todos recordamos cómo fue la primera vez que lo vimos, y todos lo vamos a recordar siempre con mucho cariño porque él con sus canciones formó parte de nuestras vidas. Yo me siento muy afortunado de haberlo conocido porque él pasará a la historia como uno de los mejores compositores y artistas que haya dado nuestro país.


Descanse en paz nuestro querido Juanga.