jueves, 26 de mayo de 2016

Feria de las Culturas Amigas 2016




Luego de haber estado en dos museos y de una visita relámpago cuasi pagana a Catedral fui tocado por la curiosidad, esa misma que mató al gato. Y es que al salir de la majestuosa Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, ciudad que habito junto con otros cuantos millones de tenochcas,  me encontré con eso que tanto presume nuestro ilustre Jefe de Gobierno, eso que pomposamente llaman “La Feria de las Culturas Amigas”.

Anteriores visitas a este conglomerado de “culturas” ya me daban una ligera idea, o por lo menos una pista, de lo que podría encontrar allí. ¡Ah!, pero como les dije anteriormente: “la curiosidad mato al gato… al gato e ingenuo de mí”. Pues nada, que ya estando ahí en la Plaza Mayor, o Zócalo como le llama el populo, pensé que debería darle una tercera oportunidad a la dichosa Feria de las Culturas Amigas.

Era domingo, aproximadamente las 5 de la tarde, el calor era dantesco (o sea del carajo), mis pies ya pedía tregua luego de la caminata por los dos museos y las calles del Centro, y así, todo disminuido de mis facultades físicas más no mentales, me encaminé hasta el acceso al pabellón circular que en esta ocasión dispusieron para la Feria.

Al entrar a ese lugar lo primero que llamó mi atención fue un fuerte olor como a pescado, una verdadera majadería para mi agudo olfato. Por más que me esforcé haciendo uso de mis “seis” sentidos nunca pude identificar cuál era la fuente de ese particular olor. Resignado seguí caminando hasta incorporarme a un pasillo circular el cual tenía en sus extremos una serie de locales o stands en los cuales las famosas culturas amigas exponían sus artículos y alimentos nativos.

Había tanta gente ahí adentro que lo único que tuve que hacer fue dejarme llevar cual naufrago por esa marea de pelados que transitaban en un solo sentido. Mientas caminaba en ese ritual que irremediablemente me recordó a esos millones de musulmanes que giran alrededor de la Kaaba en sus famosas peregrinaciones a la Meca yo intentaba ver algo de lo expuesto en los stands, pero la muchedumbre era tanta que lo único que veía eran paisanos y más paisanos intentando hacer lo mismo que yo. Hubiera sido más fácil conseguir la visa de Estados Unidos teniendo antecedentes penales y estando la lista de los más buscados del FBI que poderse acercar por lo menos a un metro de lo expuesto en los locales.

Mis conspicuos congéneres al tiempo que caminaban en esa peregrinación circular deglutían alimentos preparados de manera improvisada en los stands. Las bebidas exóticas y forasteras preparadas bajo los estándares más estrictos de salubridad (estoy siendo sarcástico por si no se han dado cuenta) refrescaban a los sedientos. Todo esto, bebidas y viandas, era servido en elegantes platos de unicel y vasos de plástico. Pero eso parecía no molestarle a los sibaritas allí reunidos que gustosos jambaban y libaban aquellos manjares. Esa bajilla y cristalería desechable, obvio, terminaba tarde que temprano siendo depositada en el suelo.

Luego de caminar unos metros por el pasillo de la Feria de las Culturas Amigas me entró el famoso Síndrome del Vagón a Auschwitz, síndrome inventado por su servidor, por lo que comencé a sofocarme y a entrar en un inquietante estado de engentamiento cabrón. Antes de verme en las regaderas de gas, que no hubiera sido una mala idea para terminar con la sobrepoblación pelada de la ciudad, decidí pasar a retirarme cuanto antes. Al final del tunel vi una luz y hacia allá me encaminé corriendo, gritando y empujando, así tal y como mandan las normas de protección civil, creo.

Cuando logré salir y pude al fin respirar aire puro, con su respectiva dosis de partículas suspendidas y ozono, sentí que el alma regresaba a mi sudoroso cuerpo. Esquivé un montón de basura, le hice cazuelitas pérsicas a unos oficiales que amagaban con amonestarme si seguía tomando fotos de aquel muladar, y finalmente me retiré del lugar en busca de un oasis en el cual pudiera descansar y rehidratarme al tiempo que era convidado con ricas botanas.

Mientras descansaba y reflexionaba en aquella vieja cantina del Centro llegué a la conclusión que lo mío no es el contacto físico con las hordas de pelados, lo mío es la gente pero en dosis precisas y controladas, sin importar su condición. Creo que si yo no tuviera las posibilidades de viajar para conocer otras culturas, como legítimamente lo puede desear cualquier persona, lo mejor sería comprarme un “Turista” y sentarme a jugar con mis amigos en la comodidad de mi Principado, por lo menos eso sería más cómodo y menos insultante para mi quisquilloso y chocantito olfato. Pero en fin, cada quien es libre de asistir a donde quiera, yo, por lo pronto, ya no pienso darle una oportunidad más a la famosa Feria de las Culturas Amigas.







Otro día con más calmita… nos leemos.   

martes, 17 de mayo de 2016

Dibujando corazónes y comiendo Triki-trakes




Como ya tenía varios días de no ver a mi hija por culpa del exceso de tarea que le dejan, esta tarde decidí pasar a su casa para hacerle por lo menos una visita exprés. Antes de llegar me compré mi vasote de café para poder platicar a gusto con ella.

Le toqué el claxon y ella salió corriendo entre la lluvia, se subió al carro y me puso esa cara de niña feliz que tanto me chifla. Desde el momento en que me saludó sentí como que aquello era un flashback, un especie de déjà vu. Y es que por un instante recordé mis lejanos años pubertos en los que en las tardes iba a visitar a mis novias o a mis amigas a sus casas. Ellas salían, obviamente con el permiso de sus papás, y se sentaban a platicar en mi coche mientras escuchábamos música y tomábamos café con Triki-trakes. Muchas veces el pretexto era que yo les explicara algo de la escuela. Para ello me ofrecían un tentador soborno con el objeto de que yo aceptara ir a sus casas, el soborno era obviamente un paquete de Triki-trakes y un café negro sin azúcar. Yo gustoso aceptaba. Otras veces el pretexto era algo tan simple como platicar, echar chisme de lo que había pasado en la escuela. Si se trataba de alguna novia el pretexto era el natural, o sea, el intercambiar fluidos y apapachos mientras escuchábamos mi casete archirequeteromantico de Air Supply o bien alguno de Emmanuel.

A veces llovía, como suele ocurrir cualquier tarde en la Ciudad de México, eso hacía que los cristales de mi vocho se empañaran. Luego, cuando los cristales estaban completamente empañados, entonces comenzaba mi momento artístico, mi momento creativo. Empezaba a crear verdaderas obras de arte dibujando con el dedo sobre los cristales empañados del coche. Los temas siempre eran los mismos, me encantaban, y les encantaban, eran los Baby Muppets, era el Pato Donald, eran monigotes iguales a los de la revista Mad. A veces, si el momento romántico y cursi lo ameritaba dibujaba el clásico corazón con las iniciales de la romántica pareja en cuestión. Otras veces, confieso, me salía lo vulgar y dibujaba un desnudo nada artístico, una peladez. Pero bueno, el arte hecho a base de vaho es efímero así que no me preocupaba eso.  

Pero el tiempo volaba cuando estaba con mis amigas. Nos faltaba tiempo para contar otro chisme, para reírnos de algún maestro o para comernos a un compañerito. Con mis novias el tiempo pasaba al doble de la velocidad normal (2X). Apenas un beso, o cien, no recuerdo cuántos, el chiste es que siempre nos quedábamos con ganas de más. Pero la mamá, o peor aun el papá, desde una ventana siempre comenzaban a mosquear o hacerle señas a mi amorcito para que ya se metiera a buen resguardo. Sin más remedio y respetando a los padres, eran otros tiempos, yo me despedía por ese día y soñaba con que llegara lo más pronto posible la próxima tarde-noche.

Hoy platiqué con mi hija como lo hacía con mis amigas y mis novias en aquellos años. Nos reímos, hablamos de su escuela, dibujamos sobre los cristales empañados del coche, tomé café, y ni modo, igual que antes, me tuve que despedir justo cuando la plática estaba en lo más interesante. A mi hija ya le había contada de esas maravillosas tardes de mi adolescencia, de los famosos sobornos de café con Triki-trakes. Lo encantador, lo que me hizo amarla más, si es que se puede llegar a amar más a una hija, fue que luego de despedirse con un beso me dijo: “gracias por venir papá, te amo, te prometo que para la próxima vez te voy a comprar tus Triki-trakes”.

Mi hija se bajó del coche, corrió entre la lluvia hasta su casa, se despidió de nuevo con un beso a la distancia, y yo me quedé por un momento allí pensando en lo rápido que ha pasado el tiempo. Pareciera que apenas ayer visitaba a mis amigas de la prepa, hoy, hoy en cambio visito a mi hija la universitaria. Sí, son muchos años, pero sin duda… ha valido la pena.


Otro día con más calmita... nos leemos.


lunes, 9 de mayo de 2016

Cosas de aquellos tiempos - Cosas de estos tiempos



Cuando yo iba en la secundaria el director de la escuela se paraba en la entrada para ver que los alumnos se presentaran a clases de una manera pulcra e impecable. Por supuesto que yo no lo hacía y “Matute” (como le decíamos al director) tiro por viaje me regañaba y me hacía alinearme. A mí no me gustaba traer la camisa fajada así que el director no me dejaba entrar a la escuela hasta que me la metiera dentro pantalón, claro que en cuento llegaba a mi salón la camisa en automático salía y yo volvía a adoptar mi look pandroso. El otro eterno problema con él era que yo era feliz andando greñudo, de hecho no me gustaba ni peinarme, así que de nuevo el director se echaba un tiro conmigo  todos los días amenazándome que no me iba a dejar entrar si no me cortaba el pelo.

Hoy los tiempos son otros. El otro día leí que un padre de familia había demandado al director de una escuela por discriminación, y no solo demandó sino que ganó la demanda. Resulta que el director le había impedido la entrada a un niño por traer el pelo largo. Podrán acusarme de antiguo, vetusto y arcaico, pero hoy yo le doy la razón al director. Es cierto que no hay que juzgar a las personas por su imagen, pero también es cierto que cuando los papás no cooperan con la educación de los hijos los maestros forman parte importante de esa educación. Y la verdad yo no me imagino una escuela en donde los niños estén tatuados, llenos de piercings y con las uñas pintadas de negro. Creo que cuando ellos ya sean adultos y tengan la madurez necesaria podrán hacer lo que quieran con su imagen pero mientras son unos pubertos imberbes es responsabilidad de los padres mostrarles que vivimos en sociedad y que por ende tenemos que observar ciertas reglas. Sí ya sé que sueno como viejito, pues qué quieren… ¡soy viejito!

Yo le agradezco al mi querido director “Matute” porque, como siempre ocurre en estos casos, con el tiempo descubrí que tenía razón y que me hicieron mucho bien todas esas actitudes cuasi “dictatoriales” que tuvo para conmigo. Durante varios meses el director me obligó a ir todos los días a la dirección para que él revisara personalmente mi uniforme y mi corte de pelo, cosa que yo hice y que hoy le agradezco.

Ni hablar don Susanito, nos estamos haciendo viejos.


El director Infante (Matute), mi viejo
diseñador de imagen. jeje


Otro día con más calmita... nos leemos.

jueves, 5 de mayo de 2016

Ayer en mi "modo" Déspota-Prepotente-Cabrón.




Me acerco al hospital y dejo mi coche como siempre en un Superama porque junto al nosocomio nomás nunca hay donde dejarlo. Ahí en Superama tomo un taxi y le pido al chafirete que me lleve al hospital. Descubro que el taxista no prende el taxímetro con el mañoso fin de cobrar lo que se le dé la gana. Ahí, justo ahí, es cuando se activó mi “modo” Déspota-Prepotente-Cabrón. Le digo una vez y finge no oírme, le digo dos y finge de nuevo no oírme, hasta la tercera y ya en el “modo” antes citado es cuando el operador finalmente me hace caso y prende el taxímetro. Cuando llego al hospital el chofer intenta cobrarme más argumentando que se le había olvidado prender el taxímetro desde el principio, yo ya cabroncito le pago exactamente lo que dice el taxímetro y se lo pago con puras monedas de dos pesos. El taxista se molesta y me pone jeta, yo solo espero a que me diga algo para bajarlo a chingadazos de su apestosa unidad. El quizás hace sus cálculos y solo se arranca enojado, seguramente eso le enseñará a no pasarse de lanza.

Llego al hospital, yo sigo en “modo” Déspota-Prepotente-Cabron pero en Standby, me acerco a la entrada y me detiene en la puerta un encargado de seguridad. Me pregunta que a dónde voy, yo le contesto ya en el nivel 1 de despotismo – Pues al hospital, a dónde crees -, el émulo del 777 insiste – Sí, pero a qué va -, yo subo al nivel 2 mi despotismo – Pues a consulta, a qué va ser -, el celoso guardián del orden me pide que le enseñe mi hoja de citas y ahí es donde enciendo mi nivel 1 de prepotencia y le digo – A ver, hazte a un lado -. Lo empujo y doy cinco pasos hasta el mostrador en donde uno se da de alta. Él se me queda viendo y yo contesto con mi mirada de “¿ya viste pendejo?”. El oficial parece ser nuevo porque generalmente la persona de la entrada es amable y entiende que si te diriges al área de recepción es porque no te intentas colar. En fin, me registro y la señorita me manda a la caja a pagar mi consulta.

El monto a pagar por la consulta es de 44 pesos. Llego a la caja luego de sentirme como rata de laboratorio caminando por ese laberinto de cordones que ponen frente a las cajas. Entrego mis papeles y la señorita, luego de registrar el pago y de imprimir el comprobante, me dice que son 44 pesos. Yo saco un billete de mil pesos y lo entrego, ella se le queda viendo al billete, yo quiero, deseo, ANHELO que se moleste y me diga que no tiene cambio para poder explotar y decirle que ella es la cajera y que ese es su problema no el mío, pero la señorita ve mi cara de pocos amigos y de inmediato cambia de actitud. La señorita cajera pide cambio a su compañero y me lo entrega junto con el recibo y una sonrisa. Yo sin cambiar mi cara de pocos amigos le doy las gracias y me retiro del área de cajas.  

Llego a la sala de espera y como siempre no hay lugares vacios para sentarse. Ni modo, me quedo recargado en una de las paredes para no estorbar y me preparo para hacer una de las cosas que más odio en esta vida, esperar. De pronto llega hasta donde estoy un caballero de unos 75 años que apenas puede caminar ayudado de un bastón. Hace lo mismo que yo, se recarga en la pared con el fin de no estorbar. Me voltea a ver, quizás con la intención de hacerme plática, cosa que le chifla a la gente mayor, pero yo inconscientemente sigo con mi cara de pocos amigos así que el buen hombre prefiere solo sonreírme y permanecer callado. Bueno el permanece callado pero yo no, y no porque justo frente a nosotros hay una niña gorda como de 18 años jugando con su celular y escuchando música con sus audífonos. La rolliza criatura acompaña a su mamá quien obviamente es la paciente por el collarín que tiene en el cuello. Bueno, sin cambiar de jeta, le toco el hombro a la niña y llamo su atención, la escuincla deja por un momento su celular y se quita sus audífonos. Yo le digo, amable pero jetón – Hija, ¿serías tan amable de darle el lugar al señor? -. Veo de reojo que el señor se apena, caballero como es seguramente no soporta la idea de que una “damita” le tenga que dar el lugar. La señora madre de la nalgona intenta voltear a verme pero el collarín no se lo permite, yo buscando hacerle las cosas más fáciles (y también buscando pleito) me le pongo enfrente para ver si tenía algo que decirme. La señora me ve y responde con una sonrisa nerviosa al tiempo que con la mano derecha empuja a su hija para que se levante y le dé el lugar a mi querido cebollín. La puberta que me recuerda a esos cadáveres hinchados que salen en CSI adopta una jeta similar a la mía pero obedece a su mamá. El señor apenado se sienta y le da las gracias, primero a la niña, luego a su mamá y por último a mí.

Luego de esperar unos minutos más escucho mi nombre y paso a mi consulta. El doctor es una persona muy amable, por un momento decido desconectar mi “modo” Déspota-Prepotente-Cabrón para poder bromear con él. Salgo de ahí con buenas noticias por lo que decido no reactivar mi “modo” D-P-C. Sin embargo mientras hacia una pequeña fila para poder agendar mi futura cita, una señora intenta colarse frente a mí aprovechándose de su condición de mujer. De inmediato enciendo mi “modo” Déspota-Prepotente-Cabrón. La señora detecta, presiente algo, y antes de que le diga cualquier cosa ella se adelante y me dice – ¿Si me deja meterme a la fila? Es que llevo mucha prisa -, estuve a ponto de contestarle “¿Y usted cree que nosotros no tenemos nada que hacer, que solo venimos a matar el tiempo aquí?, pero no lo hago, en vez de eso cambio de estrategia. Volteo a ver a la gente que estaba formada atrás de mí, algunos de ellos personas enfermas o mayores, y en voz alta les pregunto - ¿Están de acuerdo si dejo meter a la señora, es que la señora lleva prisa? -, la respuesta del respetable fue unánime… ¡Nosotros también llevamos prisa! La señora peladona y prepotente, no tan prepotente como yo, no tuvo más remedio que irse al formar como cualquier hijo de vecino. Luego de esto decido dejar activado mi “modo” Déspota-Prepotente-Cabrón por el resto del día, de hecho acaricio la idea de volver mi “modo” un nuevo estilo de vida.

Luego de agendar mi cita y cuando ya estaba a punto de salir de allí, escucho la voz de una nena que me llama – Said, Said, ¿qué ya no saludas? -. Cuando volteó veo a una hermosa niña que desde su silla de ruedas me lanza tremenda sonrisa al tiempo que agita sus manos para que la vea. Y cuando digo que es una hermosa niña es porque esta bebota de 22 años tiene una de las almas más bellas que yo jamás haya conocido. Era Sofi, mi vieja nueva amiga que apenas había conocido dos semanas antes cuando tuve que llevar a mi madre a la sala de urgencias de ese hospital. Aquella vez apenas pudimos cruzar unas cuantas palabras por el mismo ajetreo y estrés que se vive en la sala de urgencias, pero esas pocas palabras bastaron para descubrir en ella a una gran persona. Sofi cruzaba por un fuerte episodio de dolor aquel día, yo hice lo que pude por ayudarla a pasar mejor la eterna espera en la sala de urgencias. Creo que la hice reír lo suficiente como para que, por lo menos durante unos minutos, se olvidara de sus fuertes dolores.  

Me acerco hasta donde está y le doy la mano, ella me jala y me abraza fuertemente luego de darme un beso. Enseguida saludo a su mamá, una señora muy simpática, amable y gentil. Me siento un rato a platicar con ella para preguntar por su estado de salud. Aquella vez, en la sala de urgencias, me dijo que estaba allí porque esperaba que le dieran fecha para operarla de un riñón. Sofi tiene una piedra en el riñón que le causa dolores prácticamente insoportables además de que le provoca constantes infecciones. El estado de salud de Sofi es más grave de lo que parece porque ella solo tiene un riñón además que ya ha sido operada antes de ese único riñón por la misma razón. Mi amiga tiene un sobrepeso y algunos serios problemas para caminar por eso está postrada en la silla de ruedas la mayor parte del tiempo. Ella elimina la orina por medio de una sonda que sale de su estómago, sonda que puede infectarse en cualquier momento. Con todo esto, el inquebrantable espíritu y el optimismo de mi amiga Sofi es admirable, digno de encomio.

Sofi me platica que luego de aquel día en la sala de urgencias regresó cinco días más para que le aplicaran un medicamento, claro luego de haber peregrinado por otros tres hospitales que se negaron a aplicárselo. Al parecer la mamá de Sofi ya desesperada tuvo que “pegar el grito” para que la escucharan y se decidieran a atenderla. La señora fue a ver al director del hospital y le contó su historia, el director no tuvo más que reconocer que la situación de Sofi es delicada y que necesita ser tratada ya.

Mi amiga está feliz porque por fin le van a dar fecha para su operación, con esto sus dolores terminarán de una vez por todas y ella podrá regresar a sus actividades normales. Mientras platico con ella me entero que está estudiando medicina, está decidida en convertirse en una gran doctora. Curioso le pregunto qué especialidad le gustaría, ella emocionada por el tema me contesta – Pediatría Oncológica -. De inmediato mi rostro cambia, pongo cara de “fuchi”, ella solo se ríe. La vuelvo a cuestionar – ¡¿Pero por qué eso?!, es muy triste -, ella de inmediato me contesta – Por eso -. Me quedo callado por un momento reflexionando cómo la vida no deja de darme lecciones, y me las da por medio de quien menos lo espero, como es el caso de Sofi. Ella intrigada se queda mirándome, como esperando una reacción a su breve pero inteligente respuesta, y yo solo asiento con la cabeza como muestra de respeto a su encomiable decisión. Sin pensarlo más le digo – Pues vas a ser la mejor pediatra oncóloga del mundo, estoy convencido -, ella solo se sonríe como a quien le dicen algo obvio, algo que ya sabe. Luego, quizás para aliviar un poco mi abatimiento, me dice – Bueno, otra opción sería la Geriatría -. Entonces ahora yo soy el que sonrío y le digo – Nomás dime dónde me apunto porque creo que ya estoy listo para ser tu primer paciente -. Su mamá y ella ríen y yo siento que ya es hora de retirarme.

Antes de dejarlas le pido a su mamá su número telefónico para poder preguntar más adelante por la salud de Sofi y ella amablemente me lo da. Sofi por su parte saca de su mochila una libreta de Hello Kitty y en una hoja rosa apunta su teléfono y me lo entrega. Luego les deseo mucha suerte en su cita médica y ambas se despiden de mí con un cariñoso beso y un abrazo.

Al final salgo del hospital un poco curado de mi achaque y un mucho curado de mi espíritu. Entonces, mientras camino en busca de un taxi, decido desconectar de una vez por todas mi “modo” Déspota-Prepotente-Cabrón y en lugar de eso instalo el “modo” Sofi que es un modo más digno, ejemplar y amoroso de conducirse por la vida. ¡Que viva mi nuevo “modo” Sofi!


Otro día con más calmita… nos leemos.


Dedicado para mi vieja nueva amiga Sofi, una inspiración para mí.