lunes, 30 de noviembre de 2015

La Feria de San Andrés




Cerca, muy cerca de mi antiguo Principado se encuentra el pintoresco barrio de San Andrés Tetepilco. Este encantador pueblito que con el tiempo fue devorado por la imparable mancha urbana hoy está de manteles largos, es día de su Santo Patrono.

Durante muchos años fue para mí toda una tradición asistir puntualmente cada 30 de noviembre a la feria de San Andrés. Las tres razones principales que siempre me atrajeron de esa bonita verbena fueron:  

I. Su Gastronomía.- Todo lo que chille en aceite se puede encontrar ahí: que el pambazo, que la quesadilla, que el sope, que las flautas, que los plátanos fritos (con mermelada, lechera y demás engordadera), que las papas fritas y las banderillas, etc. No pueden faltar los puestos de pozole o de buñuelos. También hay tacos de lo que se les ocurra. El pan de pulque con su delicioso y característico sabor también se encuentra. El hot cake es harto socorrido, ese que lleva cajeta, mermelada o leche “nescle”. Los elotes de la importante cadena de “Don Juanito” seguro que ahí estarán. Y hasta platillos internacionales como la hamburguesa o la pizza hacen acto de presencia. Las bebidas calientes como el café y el atole se venden a los contertulios. Y para los de más alto impacto también hay harta bebida espirituosa servida coquetamente en jarritos de barro o bien en el típico vasote escarchado de mugre y media.

II. Sus Atracciones.- Todo los juegos mecánicos característicos de las ferias ahí se encuentran, desde los de bajo impacto para los escuincles nalgas miadas hasta los más heavy para los labregones aventureros. En los viejos tiempos (cuando yo era un puberto) todavía se podían encontrar esas atracciones que a mí siempre me han chiflado: “La Mujer Araña”, “La Niña Tortuga”, “La Casa de los Espantos”, “La Casa de los Espejos”, “El Museo de Fenómenos”, etc. Hoy desgraciadamente ya no se encuentran tan fácilmente esas atracciones  al estilo de Barnum. Si a alguien le gusta la apuesta, no tiene que ir hasta Las Vegas, en la feria de San Andrés se manejan los juegos de azar como el de “¿Dónde quedó la bolita” o bien la tradicional “Lotería” (con frijolitos). También por las noches se arma el bonito baile con los mejores sonideros del rumbo. A ritmo de cumbia, salsa y ahora reggaetón los más efectivos realizan sus mejores evoluciones en la pista buscando ligar al bizcochito más codiciado de la feria. Los huevos de harina y la espuma en bote es el pasatiempo favorito del pelado, así que nadie se va a escapar de ser víctima de uno de esos dos productos festivos.

III. Fuegos Artificiales.- Lo mejor para mí siempre fueron los “cuetes”. En varias ocasiones estuve cerca de perder la figura y el rostro por culpa de los cuetes y toritos que amenazaron con quemarme y dejarme más jodido que al hijo de Pepe “El Toro”. Afortunadamente mi instinto de supervivencia siempre me hizo esquivar a tiempo esos fallidos fuegos artificiales poniendo a salvo mi integridad. Los castillos que se queman son todo un espectáculo y vale la pena jugarse el físico para estar cerca de ellos, o bien si uno se abre como yo últimamente, de lejitos se pueden admirar igual sin miedo a quedar chamuscado.


Bueno pues hoy es 30 de noviembre y pienso asistir de nuevo a la feria de San Andrés como lo hice tantos años. Y es que nunca voy a olvidar las noches en que al regresar de mi secundaria a casa, al pasar por la feria, hacíamos la escala oficial mi amigo Toño y yo para degustar una rica y grasosa garnacha (los pambazos eran los favoritos de mi amigo). Era muy común encontrarnos en alguno de esos puestos a nuestros maestros jambando con singular alegría. Hoy la gastritis y los triglicéridos me obligan a ser más medido y a evitar los excesos, sin embargo yo creo que hoy sí me voy a soltar el pelo y me voy a reventar por lo menos un pambazo y un hot cake con cajeta. No creo subirme a ningún juego mecánico, si acaso voy a jugar a las canicas o a los dados para ver si me gano mi alcancía de yeso con la figura del Santo. Los cuetes esos si no me los voy a perder, a distancia prudente claro está porque ahora ya no llevo a mi novia que siempre me sirvió como escudo humano a la hora de los cuetes perdidos. Los que vivan por ese rumbo no dejen de ir, los que no vivan por ahí búsquense una feria de pueblo y asistan porque les prometo que se la van a pasar bomba.


Otro día con más calmita… nos leemos. 

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Secundaria 164 "El Reencuentro"




Y llegó el día. La fiesta más planeada desde el Bicentenario de la Independencia Mexicana. Fueron tres largos meses de preparativos para finalmente llegar a ese momento tan esperado, el reencuentro de los amigos de la secundaria. Algo inexplicable, una extraña fuerza es la que nos ha mantenido juntos a lo largo de tantos años convirtiendo esa amistad puberta en algo más fuerte, una hermandad adulta.

Apenas me desocupé a tiempo ese sábado para entrar a mantenimiento y restauración. Había que estar presentable, las mujeres más bellas de la secundaria se darían cita en dicho convite y por lo menos había que ir bien acicalado. Mis cremas rejuvenecedoras, mis mascarillas revitalizantes, mis toquecitos con toxina botulínica, mi tinte “tapacanas” y un corte de pelo estilo ochentero tendrían que ser suficientes para dar el gatazo.

El lugar agendado para reunirse fue la Iglesia de San Andrés, lugar que se encuentra a escasos metros de la que fuera nuestra querida escuela secundaria por tres años, o más en el caso de los jumentos como yo. También muy cerca de ese lugar, en las oficinas de uno de nuestros compañeros, se dispuso un lugar muy agradable para departir sin tener que arriesgar el físico en algún antro o tugurio.

Yo que normalmente soy harto puntual en esta ocasión si les pasé a quedar mal porque eso de ponerse “divis” como quiera se lleva su tiempo. Además tuve que hacer una escala en el super para comprar algo de bebidas espirituosas de esas que desinhiben y relajan la moral. Afortunadamente la puntualidad chilanga no es precisamente la inglesa así que no hubo fijón.

Luego de estacionarme y de bajar el preciado líquido toqué a la puerta. El anfitrión, mi entrañable amigo Enrique, fue quien abrió la puerta. En automático una sensación muy especial inundó mi corazón, ¿emoción?, ¿nostalgia?, ¿cariño abrumador?, la verdad no sabría como describirlo. Lo cierto es que el ver ahí reunidos a todos mis compañeros me hizo sentir cobijado por el cariño que solo se puede igualar al de un hermano.

Me recibieron con júbilo y algazara, dicho de otro modo “con harto desmadre”. Un poco de kilos de más, un poco de pelos de menos, unas cuantas arrugas por aquí y otras por allá, pero eran ellos, éramos nosotros, los mismos niños que crecimos y que pasamos la mejor etapa de la vida de un ser humano juntos.

Al parecer el que iba llegando tenía que pasar la prueba del Alzhéimer. La prueba consistía en recordar el nombre de cada uno de los ahí presentes. ¡¿Pero cómo no los iba a recordar?! ¡¿Quién olvida el nombre de un amigo, de un hermano?! Yo solo pregunté si el nombre debería incluir apellido y apodo, porque de ser así tampoco hubiera tenido problema. Luego de superar la prueba vino el intercambio de cariñitos al corazón, el apapacho, el abrazo fusión que hace que a uno se le engrose el alma con solo sentir los brazos del amigo o de la amiga.

A la mayoría de los ahí presentes ya los había visto recientemente, apenas hace tres años, otros más seguido, pero una de mis compañeras, mi querida Irma, a ella no la había visto desde que salimos de la secundaria, y de eso ya hace. Irmita tuvo a bien decirme unas palabras que me calaron hasta el fondo del corazón, mismas que si ustedes me lo permiten me las voy a guardar para mí solo.

Mi amigo Enrique ya los tenía bien atendidos, todos vaso rojo en mano libaban con singular alegría. Yo presto me quise poner a tono y me serví un tequila para acompañarlos y brindar por el reencuentro. Por un lado mi amigo Toño se ponía al corriente con Enrique, por otro lado Lulu platicaba en corto con Irmita, las insufribles chiquitas: Margarita, Antonieta y Almita reían de todo mientras Brígida (quien por cierto nunca contesta mis e-mails) las observaba, y yo por mi parte platicaba con Martín de lo que platican los amigos, de la vida misma. Parecía que el tiempo no había pasado, que en cualquier momento por la puerta iba a aparecer alguno de nuestros maestros: el Frijolito, el Mostachón, la Mosca, la Quinceañera o Matute, para comenzar con la clase. Era como estar en el salón de clases solo que ahora sin Jefa de Grupo que nos reportara o nos pusiera “puntos rojos” por gritar o estar parados fuera de nuestro lugar. Por cierto, yo fui Jefe de Grupo junto con Brígida (quien por cierto nunca contesta mis e-mails) así que nunca tuve problema con eso de los reportes.

Pero el grupo aun no estaba completo. De pronto tocaron a la puerta y apareció ella, Gloria, nadie como ella para regañarme, para insultarme con educación (como diría Serrat). Y lo dicho, lo primero que dijo al verme fue “Eres un cobarde Said”, frase legendaria desde la secundaria de origen incierto pero que yo disfruto al mil cada vez que me la dice, claro, acompañada de un gesto de desprecio con ojitos inquisidores. En seguida de Gloria entró por la puerta Benjamín “El Loco”, otro gran amigo al que al parecer los años y la madurez le quitaron lo “loco” volviéndolo ahora más propio y correcto pero igual de simpático y ocurrente. Por último hizo su arribo el compañero Israel, al cual hay que agradecerle que haya venido desde muy lejos al reencuentro. Y es que tres de ellos tuvieron que recorrer varios kilómetros para este bonito reencuentro: Toño que vino desde la bella Xalapa, Israel que llegó de Puebla y Almita de Querétaro, ¡ah! y por su puesto yo que vengo del lejano Principado de Said.

Una vez todos reunidos llegó la hora de la sesión de fotos, había que hacerla antes de caer en estado etílico. Por un momento me sentí Fidel Velázquez en conferencia de prensa. celulares, tabletas y cámaras fotográficas pasaban de mano en mano buscando congelar ese maravilloso momento. Sin embargo estoy seguro que la mejor foto fue la que hicieron nuestras mentes y nuestros corazones, imagen que cargaremos cada uno de nosotros hasta el final de nuestros días.

El tiempo pasaba, las bebidas espirituosas hacían bien su trabajo y las risas se mezclaban de un lado a otro del patio en donde nos encontrábamos. Mi amigo Toño tuvo la genial idea de hacer un “Chismógrafo Viviente”, algo así como en “streaming”. Así que acomodamos las sillas en un gran círculo, como si fuera aquello una reunión de alcohólicos anónimos (para esas horas casi lo éramos), y en seguida cada uno fue haciendo una pregunta misma que todos teníamos que ir contestando. Por supuesto que aquello fue un gran pretexto para reír eufóricamente de las respuestas que dábamos, incluso mi amiga Brígida (quien por cierto nunca contesta mis e-mails) contestó con toda honestidad y sin pudor alguno todas las preguntas.

El tiempo transcurría y la tripa hambrienta de la Presidenta del Comité Organizador del Reencuentro, “La China”, insistía en que ya había que pedir algo de cenar. Por supuesto que a esas altas horas de la madrugada ya era imposible que alguien nos llevara algo de comer así que todos salimos del lugar y cual peregrinación a Chalma caminamos hasta la taquería más cercana. La taquería “La Flama” fue la encargada de brindarnos el banquete. La sobremesa estaba en su mero mole cuando los encargados del lugar nos invitaron a pasar llegarle porque ya estaban por cerrar. Ya de regreso hicimos una escala en un OXXO para reabastecernos del preciado líquido.

De pronto el frío comenzó a hacer mella en mis reumáticas compañeritas por lo que gentilmente el compañero Rico nos invitó a pasar a sus oficinas. Ya allí adentro la charla se tornó más intensa, más reflexiva y profunda. El intercambio de ideas sustituyó al de simples ocurrencias. Mi amigo Toño quien tiene una visión especial y envidiable de la vida comenzó a tocar temas que se prestaban a la reflexión y al debate. Fue un agasajo aprender de todos ellos, de la manera particular de cada uno de ver la vida. Claro “La China” insistía en que cambiáramos el tema porque le estaba ganando el sueño, pero los intensos y clavados como Toño y yo seguíamos filosofando (al fin pedotes). La intensa plática estuvo fondeada todo el tiempo con música ochentera a cargo de nuestro DJ de cabecera, el querido Panda Perk hoy renombrado como el Panda Show.

Ya muy caminada la madrugada llegó la hora esotérica, la hora metafísica, la hora cuchi cuchi, la hora chingüengüenchona, la hora ya vas que chutas (como diría el magazo Beto el Boticario), y es que mi amiga Irmita resultó ser una estupenda grafóloga quien pa’ luego es tarde nos hizo poner en un papel nombre y firma para hacernos un estudio grafológico. El resultado fue sorprendente, casi todos resultamos ser sumamente “cachondos” con excepción de mi amigo el “Loco” que de ahora en adelante tendrá que aprender a vivir con ese estigma. La seriedad del estudio inevitablemente era interrumpida constantemente por las risas de “Las Chiquitas” seguidas por las del resto del grupo. Fue un gran momento ese.

Pero como dice Joaquín Sabina nos dieron las diez y las once, las doce y la una y las dos y las tres… y las seis y desnudos al amanecer nos encontró la Luna, y nos dijimos adiós. Así es, el tiempo voló y ya con la luz del amanecer llegó a su fin ese íntimo, cercano, entrañable, próximo, querido y afectuoso reencuentro. Pero no fue el fin, fue solo el principio de la continuidad de una gran amistad que nunca tendrá fin, que vivirá hasta el final de los tiempos. Esperamos que para la próxima sean más los amigos ahí reunidos, que aquellos que se encuentran más lejos, incluso fuera del país, hagan acto de presencia para poder abrazarlos y decirles lo importante que fueron y serán en nuestras vidas. Todos salimos de ahí felices y con la ilusión de volver a encontrarnos en el futuro. Los abrazos, los besos y las palabras de despedida estuvieron colmados del amor de hermanos que nos tenemos. Larga vida a la amistad, porque los amigos… los amigos siempre serán amigos.

Los quiero mucho queridos compañeros de la Secundaria, gracias por formar parte de mi vida, de lo que soy.