lunes, 27 de julio de 2015

Mi primera vez con el Soumaya




Es una verdadera pena que el museo Soumaya tenga ya tanto tiempo que abrió sus puertas al público y yo que me jacto de conocerme casi todos los museos de esta tenochca ciudad aun no lo conociera. Recuerdo que quise ser de los primeros en conocer este museo, más sabiendo que el patrocinador oficial y mecenas de este bonito remanso de arte era mi payino Carlitos Slim, el problema fue que el día que hice acto de presencia en el museo aun no abría sus puertas porque como diría el peje “le estaban dando su chuleadita” y pues me tuve que quedar con un palmo de narices. Luego el tiempo pasó y por una u otra razón (léase hueva y desidia) nunca regresé hasta apenas hace poco en que una fuerza superior a mí (la beatlemaniaca de mi hija) me llevó de nuevo allá.

Pues sí, fue el orgullo de mi nepotismo quien me pidió encarecidamente y casi a punta de pistola que la llevara a la exposición temporal de memorabilia de The Fab Four (Los Bicles) que se encuentra en el museo; y yo que soy más ruco que mi hija, y por lo tanto más beatlemaniaco que ella, accedí gustoso y presto.

Luego de aplazar en varias ocasiones la visita al Museo Soumaya por cuestiones de logística (léase ahora las pinches y consuetudinarias marchas de esta ciudad) finalmente llegó el día en que padre e hija pudimos satisfacer nuestra apetito de Beatles. Y ahí estábamos bajos los rayos del sol esperando en las escalinatas del museo a que avanzara la fila, mi hija llevaba puesta, como buena nerd beatlemaniaca, una camiseta del cuarteto de Liverpool muy ad-hoc a la ocasión, yo, procurando verme menos teto solo llevaba tatuado en mi corazón a John, Paul, George y Ringo. A esta aventura nostálgica-retro-vintage se sumó la Sacrosanta quien confiesa que solo le gustan un par de canciones de los melenudos esos.

Una de las cosas más maravillosas que tiene el gran Museo Soumaya es su gratuidad, y es que es completamente gratis, cosa que en estos tiempos de devaluación y carestía se agradece y se aplaude de sobre manera.

No hay nada más bonito que ver los museos pletóricos de chiquitines y chiquitinas, así como de cebollines y ciruelitas (adultos mayores), y este era el caso, en la fila para entrar al museo había de todo, todo un abanico de edades, clases sociales, géneros y especies de seres vertebrados. Y bueno mientras estábamos en la fila, yo, para no perder la costumbre, realizaba mis “observaciones de la vida social” al más puro estilo de Montesquieu, criticaba pues, pero en buen plan. Por cierto, todo un espectáculo ver la arquitectura del lugar, el museo en sí ya es una obra de arte, esto se lo debemos al arquitecto mexicano Fernando Romero quien dicen se inspiró en la obra escultórica de Rodin.


El arquitecto Fernando Romero es el responsable de esta belleza. 


Luego de pasar los correspondientes puntos de revisión y seguridad mi hija tuvo la encomienda de investigar en dónde se encontraba la exposición de los Beatles que era la que nos estaba comiendo el seso. Y ahí, justo en nuestras propias narices se hallaba, en un pequeño y acalorado espacio. Al pasar por la puerta, una persona de seguridad más que amable me ofreció una silla de ruedas para mi Sacrosanta madre, misma que agradecí pero rechacé conociendo a mi orgullosa y digna jefecita quien aun se resiste a poner sobre ruedas su esquelético cuerpecito. Mi hija en cuento cruzó la puerta quedó fascinada al escuchar algunas rolitas de los Beatles que venían de la proyección de sus videos. Sus beatlemaniacos ojitos pizpiretos le brillaron al descubrir varios discos LP de vinilo que se encontraban en exhibición. Fue directo a ellos, los vio, los envidió, y luego se conformó sabiendo que en mi testamento ya está contemplado el que varios de esos discos que tengo en mi poder pasen a sus manos el día que yo pele mis pollos. Vía de mientras ya le heredé en vida un par pa’ que no vaya a andar deseando mi muerte, digo, no vaya a ser.  

El espacio como les decía era realmente pequeño, he de confesar que quedé algo decepcionado, y es que yo pensaba encontrar objetos con más valor histórico por tratarse de un museo, algo así como por ejemplo una guitarra autografiada por alguno de los integrantes o ya de perdis restos de sangre con el ADN de John recolectados afuera del edificio Dakota, pero no, básicamente eran souvenirs que bien pudieron pertenecer a cualquier fanático medianamente aplicado. Pero bueno, los Beatles son los Beatles y se agradece el esfuerzo y la intención, uno como buen beatlemaniaco se hinca y reverencia lo que sea, cosa que hicimos mi hija y yo. Mi madre por su lado, nada tonta, opto por sentarse a descansar mientras veía los videos de The Beatles que se proyectaban en una pantalla.










Luego de experimentar ese momento cuasi religioso con nuestra banda favorita, mi hija y yo nos dispusimos a recorrer el museo con la bonita intención de encontrar algo interesante, algo en extremo piocha para redondear la visita al museo. De entrada, y en la entrada, el visitante al Museo Soumaya es bien recibido por la escultura de “Le Poète”, mejor conocido como “Le Penseur”, y todavía más mejor conocido como “El Pensador” de Rodin. Yo de antemano ya sabía que una buena parte de este museo estaba dedicado al gran escultor Auguste Rodin cosa que me encantó, porque desde que yo tuve la fortuna de conocer el Museo Rodin en Paris quedé prendado del talento y arte de este insigne hombre galo. Así que sin chispar nos informamos en donde se encontraba expuesta la obra del maestro Rodin y nos dirigimos hacia allá.

La Era de Rodin se exhibe en la Sala 6 del museo, prácticamente hasta la azotea. Para llegar hasta allá tomamos el elevador hasta el quinto piso para luego continuar por una rampa que da acceso a la Sala 6. Para estas alturas del recorrido la digna de mi madre comenzó a refunfuñar y a arrepentirse de no haber aceptado la silla de ruedas, después de todo sus 83 años ya pesan. Sin embargo, como siempre ocurre con ella, en cuanto tuvo a la vista esa maravillosa sala pletórica de obras de arte su estado de ánimo cambió y se transformó en algarabía desbordada. Sacó fuerza de no sé dónde y metió segunda para terminar de subir lo más rápido posible la rampa. Una enorme cantidad de esculturas nos recibieron, algunas, la mayoría, de Rodin y Dalí, dos de los favoritos de mi madre. Mi hija que también “amadora” a Salvador Dalí, inmediatamente reconoció algunas de sus obras (por obvias razones) y corrió hasta ellas para admirarlas de cerca. Yo me fui derechito hacia una de las obras principales del recinto, las Trois Ombres (las Tres Sombras), escultura que corona la maravillosa y dantesca Porte de l’Enfer (Puerta del Infierno) del maestro Rodin de donde por cierto salieron varias de sus esculturas más conocidas, entre ellas, por supuesto, El Pensador. En la Divina Comedia de Dante las tres sombras eran las almas que se encontraban a la entrada de los Infiernos y que señalaban una inscripción que decía: “Vosotros que entráis, abandonad toda esperanza” (cualquier parecido con Auschwitz-Birkenau es mera coincidencia). En fin, esa fue una de las esculturas de Rodin que a mí más me gustaron de esa sala junto con las famosas manos “La Cathédrale” (La Catedral) y  “Le Baiser” (El Beso) del cual encontré dos versiones en bronce.


Obra de Salvador Dalí.

Trois Ombres (Las Tres Sombras) de Rodin.

Le Baiser (El Beso) de Rodin.


Luego de estar un buen rato contemplando el arte ahí expuesto la vejiga de mi madre tomó la decisión de pasar a retirarnos para ir en busca de un WC. Mi intención era visitar por lo menos otra de las salas del museo, en especial la Sala 4 en donde se encuentra la exposición permanente Del Impresionismo a Las Vanguardias. Hicimos mutis de la Sala 6, descendimos por la rampa, tomamos de nuevo el elevador, y listo, llegamos a nuestro nuevo destino. Ya en la Sala 4, lo primero a admirar fueron los retretes de los baños, mismos que encontramos harto limpios y bien dispuestos, luego, ya con la vejiga descansada comenzamos el recorrido.

Una de las corrientes de arte que más me chiflan es el Impresionismo, y en especial la obra de Pierre-Auguste Renoir, ya saben, mis gustos a veces suelen ser muy jotitos, y este es el caso. Bueno pues cuando descubrí que ahí se encontraban un buen numero de pinturas de Renoir no pude evitar emocionarme cual alcohólico en vinatería. Mi puberta hija disfrutaba al igual que yo de todas las pinturas allí expuestas, luego de hacer una pausa frente a un grupo de cuadros del catalán Miro de pronto se me adelantó y por un momento la perdí de vista. Yo seguía extasiado frente a las oleos de Renoir cuando de pronto veo venir a mi hija de nuevo hacia a mí toda emocionada, ¿la razón?, había descubierto entre todas esas maravillosas pinturas algunas del gran Vincent van Gogh (mejor conocido como “El Mochaorejas”). Frida Mariana, mi hija, me tomó de la mano y luego de darme tremendo jalón me llevó hasta las pinturas de van Gogh para que las admiráramos juntos. Por su parte mi Sacrosanta absorta disfrutaba de cada una de las pinturas ahí expuestas, haciendo pausa en las de Monet que tanto le gustan.


Mi Impresionista favorito, Pierre-Auguste
Renoir.

Hija e impresionistas juntos... y yo feliz.

La firma de Claude Monet, nada más y nada menos.

La presencia de Vincent van Gogh.


La estábamos pasando bomba en el museo, aun nos faltaba por recorrer más de la mitad de esa sala cuando de pronto, como dicen los polis, me “percaté” de la hora y tuve que, con la pena, emprender la retirada por compromisos contraídos con anterioridad.

Yo siempre he pensado que los museos hay que disfrutarlos y no padecerlos, por eso soy de la idea que un museo nunca se debe recorrer cuando uno ya está cansado o saturado, es mejor dejar el resto para otra o muchas otras ocasiones, más aun cuando tenemos la fortuna de tener esos museos prácticamente a la mano, que no sería el caso si estuviéramos de visita en otra ciudad o país. Así que por lo pronto le puse “pausa” a mi visita al encantador Museo Soumaya prometiéndome que pronto voy a regresar para continuar mi visita hasta peinar prácticamente en su totalidad el museo el cual tiene mucho, pero mucho más que mostrarme.

Por último, amigos del Museo Soumaya, mil gracias por ser tan buenos anfitriones y por esa generosidad cultural que ofertan a los amantes de la belleza como su servidor… y si no es mucha molestia, pronto, muy pronto, les estaré dando lata de nuevo. ¡Gracias payino!


Otro día con más calmita… nos leemos. 

domingo, 19 de julio de 2015

Hoy me dueles tía




La Tanatología según el diccionario es el conjunto de conocimientos relacionados con la muerte, con sus causas y sus fenómenos. Un tanatólogo es el experto en esta materia, aquel que ayuda a las personas a lidiar con sus pérdidas. Pero la tanatología no entiende nada de sonrisas, de caricias, de abrazos, de una larga vida compartida. La tanatología desconoce el sonido y el significado de la palabra “hijo”, sobre todo cuando esta se le dice con cariño a un sobrino. La tanatología no puede ayudarle a un corazón fracturado cuando este ha sido permanentemente tatuado por el amor de una persona. Recuerdos como una sopa de papa, un largo viaje o el despertar con el sonido de las maderas de una marimba siempre serán más poderosos que un conjunto de métodos y técnicas bien intencionadas. Un beso de despedida, el último beso de despedida, quedará fijado en la mente y el corazón hasta el final de los tiempos, a pesar de la tanatología. La tanatología no quiera el dolor, quizás ayuda a vivir con él, a sobrellevarlo, pero quién quiere vivir con el dolor como compañero, yo no. La tanatología sale sobrando ante el profundo amor que une a dos personas y que sobrevive a todo, incluso a la muerte. Por eso yo no quiero escuchar para nada la palabra tanatología, no me interesan los tanatólogos, no quiero oír nada de resignación, de aceptación. Me resisto a ser sumiso a mis perdidas, a conformarme, me rebelo ante la ausencia de un ser querido; mi amor, mis recuerdos y yo retamos a la muerte, al olvido, nos sabemos superiores a todo, a ellos. Cierto, ahora me duele, y me duele mucho, pero como siempre, en complicidad con el tiempo, sabré manejar este dolor, transformar este dolor en algo mejor… en la Inmortalidad.


Tía amada, bienvenida a mi panteón de seres inmortales. Te amo.

martes, 7 de julio de 2015

Mad Max: Fury Road




Estaba bien escéptico con esta película, no podía quitarme de la mente la impresión que me dejó la versión original allá a principios de la década de los 80s cuando yo todavía era un prepuberto. Y no es que aquella película hubiera sido una obra maestra, no, de hecho era un churrote, una película australiana de acción y ciencia ficción de muy bajo presupuesto, pero tenía algo que la distinguía del resto de películas de acción de aquellos años, de aquellas taquilleras de Burt Reynolds que tanto nos chiflaban por sus persecuciones en autos harto piochas. Pero “Mad Max” tenía algo diferente, quizás la visión futurista apocalíptica del director George Miller, el mismo de esta nueva versión.

Aquella película, como todos saben, sirvió para catapultar a uno de los actores más taquilleros de Hollywood, el buen Mel Gibson. Fue en esa película donde seguramente Gibson comenzó a experimentar sus caras de loco que tanto lo han caracterizado a lo largo de su carrera, ¿recuerdan las de “Lethal Weapon”? Pero bueno, les decía que me resistía a ver esta nueva entrega de la franquicia porque pensé que se trataba de un intento más de hacer dinero reviviendo lo que aun está vivo, vivo por lo menos en la memoria de todos los adultos contemporáneos en avanzado estado de putrefacción (como yo) que aun recordamos al viejo Max y su amigo Jim Goose. Pero estaba equivocado, y me da gusto decirlo, porque luego de ver “Mad Max: Fury Road” comprobé, contrario a lo que pensaba, que esta película no tiene nada que ver con la de 1979. Esta nueva entrega se parece más a las secuelas, a “Mad Max 2” y “Mad Max: Beyond Thunderdome”. Y aun así, no es lo mismo, esta tiene lo suyo, un Max con una personalidad completamente diferente a la de Gibson, este es más callado e introvertido. Ahora, con más presupuesto y mejores efectos, Miller puedo darse vuelo en sus persecuciones con harta bala y explosion, y si a esto le sumamos un grupo de bizcochitos bastante potables que desfilan en la pantalla, pues ahí tienen los ingredientes básicos para hacer una película de acción que le chifle a la mayoría de los seres vertebrados del genero hombre macho masculino (del verbo no te agaches porque te ching...).

Por supuesto que esta película está muy lejos de ser una película de culto, por más que se quiera, nada que ver con películas de ciencia ficción legendarias como “Blade Runner” (ánimas que nunca se les ocurra hacer una nueva versión); pero bueno, esta película es buena y harto divertida, se puede ver sin ningún esfuerzo intelectual, poniendo el cerebro en automático y dejándose llevar por el espectáculo visual y sonoro de la película. Mi recomendación es que la vean, se la van a pasar bien sobre todo si por su organismo corre una buena cantidad de testosterona.


Yummy yummy!

Charlize Theron.


Otro día con más calmita… nos leemos. 

jueves, 2 de julio de 2015

Jacobo Zabludovsky, adiós al MAESTRO


JACOBO ZABLUDOVSKY
1928 - 2015


Apenas hace una semana comentaba con mi Sacrosanta el deleite que era escuchar a Jacobo, ya fuera hablando de él o de otra persona, en alguna entrevista. Incluso antier le platicaba a mi hija la maravillosa entrevista que le había hecho Jacobo Zabludovsky a Dali, cosa nada fácil conociendo el genio, el temperamento y la complicada personalidad “psiquiátrica” del maestro. Y es que yo siempre lo he dicho, en todo momento y a lo largo de toda mi vida, para mí no hay mejor entrevistador que Jacobo Zabludovsky. Por supuesto que afirmar esto siempre me ha traído criticas y reproches, sobre todo últimamente con todos esos neonatos mentales de las redes sociales que se siente subversivos y contestatarios tan solo porque repiten lo políticamente correcto en las redes sin tener el más mínimo conocimiento del tema.  

Yo siempre he pensado que antes de juzgar a Jacobo Zabludovsky como periodista, reportero o informador hay que ubicarlo en su justo contexto de tiempo y espacio, porque no es lo mismo despotricar hoy en día en contra del Presidente en turno como lo hacen muchos pseudoperiodistas (ahí te hablan Carmen) que haberlo hecho por ejemplo en tiempos de Díaz Ordaz o Echeverría. En aquellos años si es que se quería trabajar en ciertos medios de comunicación había que aceptar y entender la censura velada y a veces descarada que imponía el Gobierno a los dueños de aquellas empresas y a sus empleados. La única manera de darle la vuelta a aquella cerrazón era usando la inteligencia y la “sutileza” a la hora de informar, y creo que para eso Don Jacobo se pintaba solo.

Cuando yo nací Jacobo ya era el periodista más importante en la televisión mexicana, de hecho el nació profesionalmente junto con la televisión mexicana, allá en el edificio de la Lotería Nacional en donde estuvo el primer canal de televisión, el canal 4 de la familia O’Farrill. Así que para cuando yo llegué a este mundo Jacobo ya tenía su noticiero, primero en las mañanas y luego por la noche con el icónico noticiero “24 Horas”; y así lo recuerdo, con sus enormes audífonos, su telefonista, su frase “¿Ya llegó Paula?” (Paula Cusí quien luego se convirtió en la esposa de “El Tigre” Emilio Azcárraga), y por su puesto su simpático caricaturista Vic. Después con el tiempo a la sección de deportes llegó Heriberto Murrieta, “El Joven Murrieta”  como el mismo Jacobo lo bautizó. Por su noticiero también desfilaron Lolita Ayala y Fernando Schwartz entre muchos otros. El noticiero 24 Horas es sin duda un referente imprescindible de la televisión mexicana.

Pero como les decía, cuando yo disfrutaba más a Jacobo era en sus entrevistas, contando sus anécdotas, platicando con sus amigos o hablando de su amado Centro, y digo Centro y no Centro Histórico porque el “apellido” Histórico se lo pusieron apenas recientemente, pero para mí así como para él, el Centro siempre será el Centro, así, sin apellidos ni nada. Y es que era una delicia escuchar a Jacobo hablar de su infancia en la Merced, de la vida, de su vida por las calles del Centro de aquellos años.

Nadie podrá negar que Jaboco era un hombre sumamente culto, un gran lector. También era un amante de la música, del tango en particular. Taurino de toda la vida, amigo de grandes toreros, su favorito Lorenzo Garza, aquel matador regiomontano al que se le conocía como el “Ave de las Tempestades”.  Jacobo era en resumen un excelente periodista, entrevistador, cronista, charlador, lector, melómano, taurino, y muchas cosas más, pero principalmente, dice la gente que lo conoció de cerca, era un gran amigo. En alguna ocasión lo escuché decir que para él antes que la noticia estaba la amistad, y que él jamás traicionaría una amistad por ganar una exclusiva o por dar una noticia. Esto para muchos podría ser cuestionable, sobre todo hablando profesionalmente, pero para mí es bastante plausible y valiente el hecho que él lo reconociera abiertamente. No solo fue un gran amigo, también fue un gran padre, y para muestra basta un botón: cuando su hijo Abraham Zabludovsky renunció a Televisa luego de que le negaran la titularidad del noticiero de la noche, Jacobo de inmediato se solidarizo con él y también renuncio a su casa de trabajo, la casa de toda su vida, Televisa.

Yo tuve la oportunidad de conocerlo en persona en dos ocasiones, una vez, tenía que ser, en el restaurante taurino “El Taquito” del Centro en donde pude estrechar su mano e intercambiar algunas palabras. La segunda vez que lo vi fue en la famosa cantina de Coyoacán “La Guadalupana” en donde departía con varios de sus amigos, seguramente todos inteligentes e interesantes. Siempre me llamó la atención lo impecablemente vestido que andaba, y sobre todo su figura tan erguida que lo hacía ver como un "maniquí".  

En fin, me lamento no haber escrito esto hace una semana como me lo había propuesto, porque ahora podría parecer que no soy lo suficientemente sincero y honesto con lo que escribo, sobre todo si entendemos que cuando alguien se va normalmente se habla bien de esa persona, pero no es el caso, para mí todo lo dicho lo he pensado siempre, independientemente de que hoy el maestro Jacobo Zabludovsky “se nos haya adelantado en el camino”, como dirían los clásicos.



Descanse en paz Jacobo Zabludovsky… buen viaje MAESTRO.