viernes, 8 de mayo de 2015

La Casa Azul, la casa del amor.




Al fin hice las paces con el Museo Frida Kahlo… aunque por poco y no. Y es que entre el Museo Frida Kahlo y yo hay una historia de amor y desamor, de entuertos y muinas, de querencias mal realizadas y de pasiones encontradas.

Resulta que siempre me pareció absurdo el hecho de que yo por azares del destino haya podido atravesar el Atlántico para llegar hasta Amsterdan y así poder visitar sin ningún problema la casa y el estudio de uno de mis pintores favoritos mientras que en mi propio país nunca tuve la misma grata experiencia al visitar la Casa Azul de Friducha. En el museo Casa de Rembrandt pude hacer mis fotos sin ningún problema (con las naturales y obvias precauciones de no usar flash), en cambio en el Museo de Frida Kahlo siempre me lo impidieron o me pusieron mil trabas. Además, el costo del museo siempre me pareció un exceso si lo comparamos con el resto de los museos de la Ciudad de México que incluso destinan un día de la semana para dar acceso gratuito al respetable. Pero en fin, el amor de mi hija por la vida y obra de Frida Kahlo y el mío por la del gran Diego Rivera me hizo darle una tercera oportunidad (ya en dos ocasiones anteriores había estado ahí) así que decidí visitarlo aprovechando que mi hija no tenía clases.

La invitación para visitar el Museo Frida Kahlo la tuve que hacer extensiva a mi Sacrosanta madre que es amante de los museos, de todos, se conoce los más importantes del mundo y para ella no hay museo pequeño, y tiene razón. Bajo amenaza de muerte las conminé, a mi hija Frida y a mi Sacrosanta, a que estuvieran puntuales previendo que por ser un día de asueto podría haber mucha gente. Por supuesto que no estuvieron a tiempo, ni mi puberta hija ni mi anciana madre, y si he de ser sincero, yo tampoco. Pero bueno, así son mis mujeres y así soy yo, como los grandes “nunca llegamos temprano ni tarde, siempre llegamos cuando llegamos, y punto”.

Estacionarme fue fácil, eso levantó un poco mi pesimista estado de ánimo y cambio mi actitud de negativa a positiva. Pero poco me duró el gusto, al dar la vuelta a la esquina descubrí en la entrada al museo tremenda fila que parecía no tener final. De inmediato mi carácter explosivo tipo anarquistas se activó y comencé a refunfuñar; mis domadora que ya me conocen y son harto inteligentes hicieron lo posible por tranquilizarme, cosa que lograron.

Resignados caminamos hasta el final de la fila y procedimos a esperar pacientes bajo los rayos del sol. Mientras estaba parado ahí qué más podía hacer sino criticar a los seres vertebrados que tenía a mi alrededor. Me preguntaba qué hacían ahí, me preguntaba si realmente conocían la obra de Frida, si alguna vez habían visitado el Museo de Dolores Olmedo o el Museo de Arte Moderno para ver alguna pintura de Frida. Incluso llegué a sugerir que para ingresar al museo deberían de hacer  una examen de conocimientos básicos de Frida Kahlo para así ganarse el derecho a ocupar el espacio ahí adentro y no estorbar a los que realmente están interesados en conocer cómo vivían esos dos grandes maestros de la pintura. Obvio, mis mujeres al escuchar mi genial ocurrencia solo atinaron a decirme casi a coro – Estas pendejo, cómo crees -, bueno la que lo dijo fue mi madre pero mi hija la acompañó y apoyó con tremenda carcajada. Y si, ahora que lo pienso mi madre tenía razón, fue una sugerencia bastante estúpida pero en mi defensa he de decir que el sol estaba canijo y pudo haber hecho mella en mi siempre ocurrente cabecita.


La fila interminable para entrar al museo.


La espera fue de aproximadamente 30 minutos, espera que me permitió seguir reflexionando sobre el por qué carajos las personas llevan niños de brazos a los museos; pero bueno, basta de criticar que no fui a eso, o al menos no solo a eso. Ya en la taquilla saqué las identificaciones necesarias para los respectivos descuentos, la mía que me acreditaba como miembro honorario de este país, la de mi puberta hija que la acreditaba como estudiante cuasi sobresaliente y la de mi Sacrosanta que la acreditaba como ciruelita octogenaria en plenitud. Por otro lado yo ya iba preparado a desembolsar $60 pesos extras para comprar, ahora sí, mi permiso para tomar fotos dentro del museo y no solo en los jardines. La verdad es que yo no sé por qué le dicen “permiso” si de permiso no tienen nada, es un simple boleto que se compra y ya (no cabe duda que lo que les importaba era el varo y no cuidar la integridad de las obras como argumentaban antes).

La carita de emoción que puso mi hija al cruzar la puerta del museo hizo que desde ese momento valiera la pena la visita. A ella ya la había llevado hace algunos años pero aun estaba muy chica para disfrutar como se debe la visita, además en aquel entonces comenzaba apenas a conocer la vida y obra de Frida, hoy en cambio es toda una experta. Yo por mi parte igual me emocioné en cuanto entré a la primera sala y descubrí algunas obras de Frida, cosa que honestamente no recordaba, según yo casi no había obra de Frida y Diego en el Museo, pero como digo, me emocionó ver que estaba equivocado. Por otro lado mi madre que no tendrá ya buena memoria pero sí harta sensibilidad, comenzó a hacer el recorrido admirando cada una de las pinturas ahí expuestas. He de decir que mi madre se ha leído varias biografías de Frida y especialmente de Diego así que estaba bien enterada de lo que estaba viendo.

Llegamos a una parte del museo en que el acceso estaba cerrado, creo que era la sala 5. Pensé que en ese espacio era en donde se encontraba el comedor, la cocina o alguna de las recamaras de la casa pero afortunadamente me informaron que no, que se trataba de una sala en donde se estaba preparando una exposición temporal. Seguimos las amables indicaciones que nos dieron y regresamos por donde veníamos para seguir con el recorrido. Luego de atravesar uno de los patios de la casa ingresamos a lo que otrora fuera el comedor, comedor bellamente decorado con artesanías, piezas prehispánicas, pinturas y demás cosas harto mexicanas que hacen de ese lugar un lugar propio del estilo de vida de Frida y Diego. Junto al comedor estaba el acceso a una de las recamaras, posiblemente una que ocupó en algún momento Digo ya que colgado en una pared estaba uno de sus overoles y un par de sombreros. Mi hija y mi madre se dieron vuelo posando para mis fotos y yo me di vuelo tomando fotos de aquel maravilloso espacio. Ahí mismo, a solo unos pasos, se encuentra la cocina, cocina igualmente decorada con harto motivo mexicano. La "estufa" es de las que funcionaban con leña, y aunque ya existían las estufas de gas se dice que a Frida le gustaba cocinar con leña como seguramente lo hacían cuando era pequeña. Me imagino que aquel lugar todo el tiempo estaba impregnado de olores mexicanos, el olor a mole, a epazote, a café de olla, a ajo y cebolla… La figura rolliza del gran Diego me indica que él era una amante de la comida, y la devoción y amor de Frida por él me hace suponer que constantemente ella le daba gusto con sus platillos y guisos favoritos.



Parte del comedor de la casa.

México presente en cada rincón.

La cocina en donde la pareja debió haber pasado mucho tiempo
comiendo y platicando con amigos.

Una de las recamaras de la casa que
seguramente uso Diego en algún
momento.



Seguimos el recorrido y luego de subir por una pequeña escalera de piedra llegamos al encantador estudio que le construyó Diego a Frida allá por los años 40s. Si no me equivoco el estudio se construyo en 1946 y Frida murió en 1954 así que seguramente mucha de su obra se realizó en este acogedor espacio. Contrario a lo que imaginé y a lo que había visto afuera del museo, adentro no se notaba tanto el gentío, de hecho los miles de mocosos que daban lata en la fila parecía que habían sido absorbidos por un portal mágico que los había transportado directamente a la tierra de Narnia, o la chingada, una de dos. Pude hacer mis fotos dentro del estudio sin ningún problema. Mi hija se tomo foto a lado de caballete de Frida, de su silla de ruedas, de sus pinceles y paletas de colores, y de su biblioteca por supuesto.


Las herramientas de trabajo de una artista.

El estudio que construyó Diego a Frida.

Así debió lucir este estudio allá por los años 40s y 50s.

El caballete que sirvió para crear arte.



Enseguida del estudio sigue un pequeño espacio que cuenta con una vista hacia el amplio jardín que estuvo destinado a la "cama de día” de Frida. Seguramente en esta cama pasaba la mayor parte del tiempo ya que además de tener una bonita vista estaba bien iluminada y ventilada. Se dice que fue justo en esa cama donde Frida murió el 13 de julio de 1954 a la corta, muy corta edad, de 47 años. La cama tiene en la parte superior un espejo que seguramente fue colocado ahí para que ella pudiera seguir haciendo sus autorretratos mientras ella estaba tendida sobre la cama. En la colcha blanca que cubre la cama descansa la máscara mortuoria de Friducha enmarcada por un chal muy mexicano. Enseguida a se encuentra la recamara de Frida con una cama idéntica a la “cama de día”. El lugar es pequeño y tiene algunos artículos que seguramente pertenecieron a la pareja, un librero, un tocadiscos, un escritorio (secreter), algunos otros muebles y accesorios, y por su puesto el tocador de Frida. Es justo ahí, sobre el tocador, donde se encuentra una urna de barro en forma de “sapo-rana” (como le decía Frida a Diego) en el que se dice descansan los restos de Frida Kahlo. Al respecto yo tengo mis dudas porque me parece increíble que la urna no tenga siquiera una placa que haga alusión al respecto, vaya ni siquiera existe una vela o una flor que pudieran indicar que ahí se encuentran las cenizas de la gran pintora mexicana. Tristemente para la mayoría de los visitantes la urna con los restos de Frida pasa completamente desapercibida. Conociendo el profundo amor que se profesaron toda la vida Diego y Frida creo que lo mejor hubiera sido que descansaran juntos, pero no, Diego se encuentra en la Rotonda de las Personas Ilustres dentro del Panteón Civil de Dolores y Frida aquí en su Casa Azul de Coyoacán… yo creo que habría que hacer algo al respecto, digo, por el bien del amor.


La Cama de Día donde se dice murió
Frida Kahlo.

Urna en la que se dice están depositados
los restos de Frida Kahlo.

Máscara mortuoria de Frida.



A estas alturas del bonito recorrido fue cuando mis acompañantes empezaron a dar lata, mi ciruelita comenzó a pedir a gritos un lugar pasa desaguar su vejiga mientras que mi puberta hija, todo lo contrario, pedía agua para saciar su sed y llenar su vejiga. Sin más remedio hicimos una parada técnica en los baños y posteriormente en el maravilloso jardín de la Casa Azul en donde nos rehidratamos con líquidos diversos (lástima, no había whiskol o cerveza para moi). Mientras departíamos alrededor de una mesa bajo el cobijo de la refrescante sombra de un árbol, mi hija que siempre está más enterada que yo me dijo que había una exposición ahí mismo con los vestidos de Frida. Ni tardo ni perezoso, bueno perezoso si, la mandé a investigar en dónde estaba dicha exposición. En lo que ella iba con mi encomienda yo aproveché para seguir reposando mi derrière en la cómoda silla al tiempo que mi Sacrosanta madre recordaba todo lo que había leído acerca de la vida de Frida y Diego en esa casa.


En el jardín de la Casa Azul.


Antes de que regresara mi hija yo aproveché para hacerle al Guillermo Kahlo tomando algunas imágenes de la casa y el jardín. Y en eso estaba cuando veo venir a mi bebota con tremenda sonrisa en su cara, sonrisa señal inequívoca del éxito de su búsqueda. Bien dicen que preguntando se llega a Roma, cuantimas a los vestidos de Frida. Al parecer el museo compró la propiedad contigua y ahí, en unos cuartos acondicionados armó la exposición de los vestidos, corsés y demás abalorios de la cejijunta pintora. Por cierto, eso que los que saben llaman la “museografía” en mi opinión falló porque los vestidos estaban muy amontonados y si a eso le sumamos la mala iluminación pues el resultado no era muy bueno ya que no se podían apreciar en su máximo esplendor.


Algunos de los corsés de Frida.

Parte del dolor de la pintora.

Vestidos de Frida.

Siempre orgullosa de su mexicanidad.

Hija de madre oaxaqueña Frida vestía
como tehuana.

Cualquier espacio era bueno para
crear arte.
   

Mientras tanto la gente seguía llegando por hordas, la mayoría los típicos “villamelones” que solo van al museo porque han sido víctimas de la gran mercadotecnia que rodea a la pintora y a los cuales francamente les vale sombrilla su obra, así que tomé la sabia decisión de hacer mutis y pasé a retirarme del lugar. Antes, dos señoritas, por chingomilésima vez, se acercaron a mí para pedirme que les tomara una foto; yo creo que tengo cara de fotógrafo o no sé qué carajos, el caso es que siempre me están molestando con eso, pero yo que soy un ser sumamente encantador y harto amable (especialmente con una pareja de chicuelas extranjeras bien piochas), accedí y les tomé su bonita foto del recuerdo.

Mi madre y mi hija ya me esperaban afuera del museo muy contentas y satisfechas por lo que habían visto ahí. Yo, he de reconocer que finalmente hice las paces con ese museo, así que también me fui feliz de ahí con mis fotos y mi remojón cultural. Ojala todos esos villamelones que convergen todo el tiempo en la Casa Azul se dieran la oportunidad de conocer más de la pareja, que con ese mismo entusiasmo y expectativa visitaran el Museo Anahuacalli, el Museo Dolores Olmedo, el Museo de Arte Moderno, los murales de Diego en el Palacio Nacional, en Bellas Artes, en la SEP o incluso en el Palacio de Cortés en Cuernavaca, que no se quedaran solo con la cocina y la cama de Frida, porque Frida es más que eso, y Diego… DIEGO AUN MÁS.






Otro día con más calmita… nos leemos.