viernes, 26 de diciembre de 2014

La Cena de Navidad "Minimalista" de Said




Lo que van a leer no es producto de la cuestionable creatividad de este su servidor, es simplemente un relato fiel apegado a la realidad sujeto a hechos comprobables por los métodos científicos y chismológicos más estrictos.

Resulta que este año la navidad de Said estuvo, como dirían los cronistas de las revista Hola, "de rompe y rasga”, osease, de alto pedorraje. Todo giró en torno a un bonito ambiente “minimalista”, que no pelado, que no miserable, que no jodido, mucho menos naco, solo “minimalista” (favor de leer esto con un ligero tono sarcástico).

El menú parecía salido del Waldorf Astoria, un manjar propio de reyes. El primer tiempo consistió en una deliciosa sopita fría de coditos, la famosa “Pasta Quinceañera Ensueño” que gusta tanto. Para el segundo tiempo tuvimos dos opciones a degustar: el famoso “pavo emergente” y el adorado (y adobado) “lomo enchilado”. Para acompañar dichos manjares y a manera de guarnición se sirvió un exquisito puré de manzana preparado en el delicatessen de “La Costeña”.

En esta ocasión y luego de discernir entre cuál sería el mejor maridaje para esta cena gourmet, finalmente se optó por sustituir el Château Pétrus, el Château Margaux y el Dom Pérignon por unos refrescantes y aromáticos Jarritos de Tamarindo y Limón (qué ricos son), traídos directamente de los bonitos viñedos de la región de La Merced.

Buscando darle un toque de originalidad y distinción a la cena navideña, se cambió la cristalería Riedel por simpáticos y decorativos vasitos de plástico rojos; la tradicional vajilla Villeroy & Boch se sustituyó por platitos de unicel elaborados en un innovador diseño rectangular que evocaban aquellos en los que me servían mi changüis y mis papitas Sabritas en las fiestas de la secundaria; en lo que respecta a los cubiertos, los Zwilling J.A. Henckels cedieron su espacio a unos rupestres, ¡ah! pero eso sí, plateadotes, cubiertos de plástico. Sobre la elegante mesa destacaban las servilletas de papel resaltando un espíritu ecológico y ambientalista tan de moda en estos días.

Cabe destacar que todos los contertulios, o por los menos los más afortunados, nos sentamos a compartir los sagrados alimentos en cómodas sillas de lámina rentadas que caprichosamente intercaladas hacían bonito contraste con el antiguo y lujoso comedor Chippendale.

Al terminar aquella opípara cena vino el pastel mismo que acompañamos con el mejor café recién molido del “7- Eleven” de la esquina (claro, en vasito de cartón). Y para rematar con broche de oro aquel momento onírico, los caballeros sibaritas ahí reunidos terminamos fumando un buen cigarro, no un Partagás, no un Cohiba, sino algo más bien… “delicado”.  

Y así siguió la noche, todos libando alegremente y diciendo salud con vasos pletóricos de burbujeante Jarrito de Tamarindo y Limón. Entre las risas, el intercambio de regalos y uno que otro irremediable viboreo, pasó la noche hasta que por ahí de las 5 de la mañana llegó la hora de bajar la cortina para hacer mutis de aquel lugar. Finalmente, yo, luego de haber permanecido estoico y calmado como lo había prometido, abandoné ya con mucho sueño aquella bonita tertulia familiar… ¡Ah! pero eso sí, como diría el gran Chava Flores: “Salí de aquella casa sin nada a comentar, no vaya a creer la gente que fui pa’ criticar”.


Otro día con más calmita… nos leemos.


sábado, 20 de diciembre de 2014

Restaurantes para autistas




- ¿Qué onda, a ver si comemos, no? – frase harto común entre dos personas que se encuentran luego de un tiempo de no haber estado en contacto. Y es que no hay una experiencia más idónea para socializar que la de compartir los sagrados alimentos, bueno, al menos eso era hasta hace un tiempo porque de unos años a la fecha las cosas han cambiado radicalmente.  

El otro día mientras estaba en un restaurante me dispuse a hacer uno de mis famosos “escaneos” en mi carácter de observador de la vida social (como Montesquieu). El resultado de esta actividad meramente científica resultó harto curiosa e interesante. Por un momento sentí que en aquel lugar estaba rodeado de puros comensales autistas, y es que nadie platicaba, nadie intercambiaba anécdotas, experiencias, planes, vaya ni siquiera miradas sugerentes o concupiscentes con el prójimo. La culpa de esto, como ustedes seguramente ya adivinaron, es la maldita tecnología que todos los días se encarga de alejarnos del que tenemos enfrente para acercarnos al que tenemos en quién sabe dónde y que es quién sabe quién.

Aquel restaurante en el que me encontraba, que no era precisamente una fonda pedorra, estaba rodeado de enormes pantallas, pantallas que transmitían en un principio videos musicales y luego, claro, el peladísimo futbol. Por otro lado letreros dispuestos a lo largo y ancho de restaurante hacían saber a los contertulios que aquel establecimiento contaba con Wi-Fi. Como ya se podrán imaginar, el que no miraba absorto las pantallas se encontraba abismado y patidifuso atendiendo su “smartphone”. Frente a mí ocupó una mesa una familia compuesta por papá, mamá y dos hijas de aproximadamente 20 años. Antes de ver siquiera la carta, todos, a la voz de ya, sacaron sus teléfonos, se conectaron, y comenzaron a hacer quién sabe qué en sus teléfonos. El jefe de familia fue el único que no atendió su celular, solo lo puso en la mesa para enseguida clavar su mirada en el pambolero espectáculo que transmitían las pantallas. El mesero intentó entregarles la carta en las manos, al verse ignorado no tuvo otra opción más que colocar el menú sobre la mesa por si en algún momento aquella familia regresaba de su transe y se decidía a ordenar algo.

Y así era en todas las mesas, unos mandaban “whats”, otros retrataban sus platos de comida para luego subir las fotos a su “feis”, otros jugaban “candy”, “angry” o vayan a saber qué, el chiste es que nadie socializaba físicamente, todos lo hacían a través de las dichosas “redes sociales”. Y los negados para  la tecnología, esos hacían algo que requiere un mínimo de esfuerzo mental, contemplar simplemente a 22 pelados corretear un balón.

Aquello, como les digo, parecía un congreso de enfermos autistas. Ese momento maravilloso en el que las viandas y los tragos eran el marco ideal para realizar una entrañable charla con el prójimo prácticamente ha quedado en el pasado, claro, todavía hacemos quienes nos resistimos a eso. En mi caso está estrictamente prohibido atender llamadas mientras se jamba, no importa si provienen de un teléfono celular o de uno convencional. Si yo llego a salir con una persona que no pude dejar a un lado su teléfono mientras está en la mesa, pues debut y despedida, jamás vuelvo a ver a dicho ente (por más bizcocho que esté el susodicho ente).

Sé que no soy el único que tiene como regla fundamental la de no contestar llamadas en la mesa, de hecho una amiga mía que es igual de quisquillosa (mamona) que yo, puso una regla muy interesante a la hora de departir con sus amigas. Mi amiga me dijo que cuando ella sale con sus amigas a un antro, para evitar que pase esto que tanto nos molesta, todas ponen sus celulares al centro de la mesa y la primera que no resista contestar una llamada o mandar un mensaje, pierde y tiene que pagar todos los tragos que se hayan acumulado hasta el momento. Esto no solo es divertido sino que también es bastante útil para poder realizar una convivencia física y no virtual. Ahí se los paso al costo por si lo quieren aplicar la próxima vez que se vaya de copas con sus amigos o amigas.  

En fin, yo los convido a que abandonen sus vidas autistas y vuelvan a socializar con el prójimo, pero no de a través de la tecnología, sino, como diría Cantinflas: “en vivo y de cuerpo presente”, en verdad que esa experiencia es más gratificante que la de una trinche pantalla luminosa… ¡ah! pero no vaya a dejar de leerme porque entonces sí ya valió; ya saben, en esto como en todo, aplican restricciones, ¡YO!


Otro día con más calmita… nos leemos.   

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Crónica de un Shopping Anunciado



Bonito día fui a escoger para llevar a mis owners a dar la vuelta a Perisur, viernes, 12 de diciembre Día de las Lupitas, y por si esto fuera poco, día de la Gran Venta Nocturna de Liverpool.

Mi arribo al bonito centro comercial del sur de la Ciudad de México fue de lo más normal, o sea, luego de casi dos horas de un trinche tráfico decembrino del asco. Durante el trayecto tuve que escuchar a mi Sacrosanta contándome de los adelantos en la mesa de negociación para la cena de navidad familiar. He de decirles que la mesa de diálogos del IPN se queda pendeja a lado de la mesa de diálogos de mi familia; imagínense a pura octogenaria tratando de llegar a acuerdos en lo que viene siendo el menú y la sede para la cena de navidad. En fin, según mi sacrosanta seguirán las discusiones y las negociaciones entre las matriarcas de la familia, y conociéndolas, será hasta el minuto cero de un día antes en que llegue a un feliz acuerdo. Vía de mientras yo estoy a cargo de las bebidas embriagantes, o por lo menos de las mías, que son las que realmente importan en estos casos, y todo está a bajo control.

Llegué a Perisur por ahí de las siete de la noche, el primer reto fue encontrar un espacio para estacionar mi corcel. No había un trinche lugar, había más coches en Perisur que ácaros en mi colchón (si me permiten esta licencia poética). De pronto y antes de abortar la misión, una camioneta que estaba frente a mí puso reversa e hizo mutis dejando el bonito lugar para su servidor. Le eché habilidad y me estacioné como pude, y es que siempre me he preguntado qué caso tiene pintar rayas en el suelo si nadie las respeta, parece que sirvieran para que los coches jueguen rayuela y no para que se estacionen correctamente.

Luego de echarle su bendición a mi corcel para librarlo de las señoras con camioneta que no miden bien los espacios, procedí a dirigirme a la entrada de Liverpool cual Pancho Villa con mis dos viejas a la orilla, a saber: mi Sacrosanta madre y mi Friducha hija. Apenas habían puesto un pie en la tienda cuando ya estaban chifladas viendo todo, parecían perritos en carnicería, no sabían ni para dónde jalar. Lo primero que vieron fue unos abalorios harto útiles y baratos para el regalo navideño “forzoso”, ya saben, esos regalos que se dan nomas por compromiso, no por gusto. - ¡Mira Said!, ¿ya viste estos aretitos?, ¿cómo ves esta pulserita?, ¿le gustará este prendedor?... ¡Ay! Para qué sufro, pa’ las mugres que me dan cada año, apenas esto –. Y así comenzaban oficialmente las compras navideñas con ese “bonito” espíritu navideño que tanto quiero. Lugo de casi una hora en el departamento de abalorios y bisutería chafa finalmente logré sacarlas de ahí, pero fue como salir de Guatemala para entrar a Guatepeor (como diría mi Inmortal), y es que no habían caminado apenas unos metros más cuando volvieron a hacer base. – Mira Said, yo ando buscando un suetercito como estos, ¿a poco no está divino? No me lo vas a creer pero es exactamente el que yo andaba buscando -… si, aja, el viejo truco.

Yo iba preparado, mentalizado, incluso ligeramente dopado para soportarlo todo, o al menos eso creía, y es que cuando mis dos damitas divisaron allá en la lontananza el departamento de zapatería, fue entonces que supe que ese iba a ser mi limite de paciencia. – Said, mira ¿ya viste estos que suavecitos están? Ay no, y el color de aquellos le iría perfecto a mi bolsa de “ositos” -, - Pero si nunca usas esa bolsa -, - Pues por eso, porque no tengo unos zapatos bonitos que combinen -.

Siempre he pensado que a mi mamá le hizo falta una hija que la acompañara en esa bonita aventura del shopping femenino, y es que por más que me esfuerzo por sacar a la jotita que llevo dentro para poder emocionarme como ella con unos zapatos con tacón muñeca o un saltito de cama vaporoso y coqueto, la verdad es que no puedo, simplemente me pego las aburridas del siglo cuando entro con mi Sacrosanta a una tienda. Pero en esta ocasión corrí con algo de suerte, afortunadamente mi Friducha luego de notar que mi paciencia estaba a punto de ebullición, generosamente me hizo el quite y me pidió que respirara profundamente, que contara hasta diez y que lo tomara con mucha calma al estilo Solín. Mi madre renuente aceptó el cambio de asesor y compañero de shopping y siguió del brazo de su nieta en búsqueda de todo aquello que le hacía falta y de los regalitos navideños que tanto le apuraban. Antes de hacerme a un lado, mi madre me entregó su bastón sabiendo que tiro por viaje lo pierde en las tiendas y, entonces sí, se dio vuelo recorriendo con Friducha todos los departamentos de Liverpool. Yo hubiera querido ir a los departamentos que a mí me chiflan: Fotografía, Electrónica, Juguetería, y, of course, a la bonita Experiencia Gourmet donde me puedo pasar horas viendo vinos y viandas, pero no lo hice, no lo hice porque en aquel maremágnum de corcueras, godínez y wannabes corría el riesgo de haber quedado al instante “viudo” de madre e hija.

A las dos horas logré convencerlas de salir de Liverpool asegurándoles que las demás tiendas iban a cerrar más temprano y en cambio Liverpool iba a estar abierto hasta la media noche. Las logré sacar de allí pero la verdad no sé ni para qué, porque inmediatamente se fueron a otra tienda, y luego a otra, y luego a otra, y otra… y yo, sin más remedio, busqué la querencia de las tablas en el Sanborns para “desengentarme” tomando un café. Les confiezo que a mí me choca Sanborns, pero por otro lado me gusta Sanborns, no sabría cómo explicarlo, es una especie de relación amor-odio la que tengo con este merendero eslimniano.

Luego de obtener una mesa y depositar mis bien torneado derrière en la silla, comencé a hacer mi acostumbrado y siempre recreativo “escaneo social”, digo, no pa’ criticar, ya ven que eso a mí no se me da, solo para tomar nota y hacer una que otra observación constructiva. El respetable ahí reunido era el de siempre, todos inmersos en sus enchiladas suizas o molletes, yo, yo solo iba por uno de los famosos cafés quitasueño que tanto me gustan. Al poco tiempo se acercó una mesera, ya saben, una quinceañera de aproximadamente 70 años enfundada en su típico uniforme de Sanborns, de esos que lucía Laura Pausini en La Voz México. Antes de que yo ordenara mi café archirequeterecontra cafeinado ella me ofreció un rico y delicioso ponche navideño. Como era obvio, sucumbí ante el encanto de esa bebida que me chifla y gustoso acepté. Todo iba bien hasta que regresó la mesera con mi ponche. En cuanto vi la bebida noté que algo andaba mal, muy mal, resulta que me sirvió mi ponche en un trinche jarrito de barro… ¡¡¿¿Pues qué se creen, que soy nuevo??!! Al instante pedí hablar con el gerente, incluso estuve tentado a marcarle a mi payino Carlitos para presentar mi enérgica queja. – A sus ordenes señor, en que le puedo servir - , me dijo un mozalbete que ostentaba el flamante puesto de gerente del restaurante. -  Óigame, cuando yo era niño a mí me servían mi ponche en una piñatita, ¡EXIJO que me traiga mi piñatita! -, - Antes que nada le ofrezco una disculpa, es que se nos acaban de terminar y no nos han surtido -. Francamente me molesté mucho, admito que asumí una actitud cuasi de normalista cruzado con anarquista y estuve a punto de quemar el lugar, pero es que no se vale, primero lo ilusionan a uno y lo hacen recordar tiempos felices y luego le salen con que no hay piñatita, eso no es de Dios #YaMeCanse #RenunciaPeñaNieto. En fin, de nuevo recurrí a mis técnicas tibetanas y así recobré mi ritmo cardiaco y estado zen.

Justo cuando estaba terminando mi poche sonó mi teléfono y recibí la feliz noticia, mi Sacrosanta estaba agotada y ya no quería seguir comprando nada. Me dijo mi hija que me esperaban en una banca a un costado del árbol de navidad, cosa que me dio mucho gusto. Cuando llegué mi madre tenía facha de sobreviviente de Auschwitz y mi hija como que todavía tenía pila. Enseguida procedí a tomarles una foto junto al árbol para proceder a evacuarlas del mall antes de que mi Sacrosanta recobrara fuerzas y cambiara de opinión. En eso estaba cuando mi hija me preguntó – Pa, ¿me dejas ir a esa tienda?, es que el otro día vi una blusa de los Beatles que me encantó -. Luego de todo el parote que me había hecho con su abuela la verdad es que no pude negarme, además me tiene bien medidito, bien sabe que con su carita de gatito de Shrek no me le puedo negar a nada.

Para ahorrar tiempo le dije a mi hija que la acompañaba, así que dejamos “ensillada” a su abuela comiendo su imperdonable helado de Nutrisa mientras Frida y yo íbamos a ver la dichosa blusa. La tienda era la típica tienda puberta, butimil jotitos adolescentes atendían a butimil chocantitas pubertas. La tienda estaba ambientada con la música moderna que tanto me enerva, el calor entre tanta gente y luces era insoportable. Yo pensé, me enseña la blusa, le digo que esta padrísima, la pago y nos vamos luego luego, rápido, sin pestañar, en friega, en chinga pues… si, aja, cómo no. Pa’ mi trinche suerte las malditas blusas de los Beatles habían volado, ya no había, estaban agotadas. Al escuchar la noticia proveniente del Liri-Lirón que nos atendía, mi Friducha puso una cara de tristeza nivel niño Teletón que me partió el alma, y yo, que soy más blando que un Frutilupi remojado en leche, no tuve más que decirle – Pues busca otra cosa, algo que te guste, escoge de una vez tu regalo de navidad -. Para estas alturas el calor ya comenzaba a hacer estragos en mi persona, yo sudaba cual gorda borracha después del tercer plato de pozole mientras mi hija corría de un anaquel a otro. Afortunadamente la tienda estaba a punto de cerrar, o seo creía ella, porque yo había escuchado a un puberto decirle a un cliente que iban a cerrar una hora más tarde de lo normal. Decidí guardar el secreto por razones obvias. Mi hija regresó con varios vestidos, me pidió que la acompañara a los vestidores para que le diera mi opinión, cosa que hice. Mientras esperaba afuera de los vestidores mi paciencia comenzaba a naufragar, estaba rodeado de las pubertas amigas que esperaban a las pubertas aspirantes a modelos que se probaban la ropa. Las conversaciones entre ellas eran realmente infumables, el “florido” lenguaje que manejaban podía haber hecho sonrojar al mismísimo Polo Polo,  me vi obligado a felicitarme por haber educado a mi hija de un modo diferente. De pronto salió mi Friducha  luciendo un vestido de corte moderno y entallado en un estampado escoses que la hacía ver hermosa, demasiado para mi gusto de padre celoso. Luego salió con otro igual de bonito, este le dejaba la espalda muy descubierta, como pa’ pescar una pulmonía… ñññ, como que también estaba muy atrevido para mi gusto. El tercero si no tenía madre, estaba más que entallado, pegado, embarrado diría yo, además muy muy zancón, casi se le veían los calzones… ese ni de chiste se lo iba a comprar. Pero siendo honestos yo tengo la culpa, porque a mí hija, como creo que a todas las niñas de su edad, le gustaban más los pantalones, yo fui el que le insistí mucho en que se veía muy bien con vestidos, le dije que tenía muy bonitas piernas y que debería de lucirlas… y ahora me chingo y me aguanto por wuey.

Salió del vestidor y afortunadamente no fue difícil convencerla por la primera opción, la del vestido rojo escoses. Cuando ya me encaminaba hacia la caja para pagar, me pregunta – Pa’ ¿puedo ver un saco?, es que me hace falta -. Chiale, y recontrachiale, sentí que mi destino iba a ser el de morir deshidratado en una tienda rodeado de jotitos y pubertas. Mi Friducha me conoce, y me conoce bien, y sabe que tengo un límite (eso se me nota en la mirada), así que salió disparada por el dichoso saco (sospecho que ya lo tenía bien identificado) y regresó con él en menos que canta un gallo. Se probó el saco frente a mí y vi que le quedaba bien, bueno según ella así se usan ahora, yo por no verme vegete y anticuado y con tal de salir de ahí cuanto antes, asentí con la cabeza.

Friducha salió de la tienda feliz. Mi madre entretenida viendo el pasar de las hordas de victimas del consumismo nos esperaba en una banca. Yo que soy más listo que el hambre pensé: “si volvemos a pasar por Liverpool de regreso al coche segurito que volverán a ser víctimas del canto de las sirenas con comisión, así que mejor le voy a decir a mi Sacrosanta que salgan por la puerta más cercana y que ahí las recojo para que no caminen mucho”. Mi madre mordió el anzuelo, y mi hija, feliz y cansada, también aceptó.

Luego de atravesar todo Liverpool me dirigí hasta las cajas en donde se paga el estacionamiento, hice un leve fila, pagué, llegué hasta mi coche, y por fin, me instalé de nuevo en mi zona de confort, mi amado corcel blanco quien me recibe con un mullido asiento y la relajante música del sensacional grupo Chicago. Arranqué el coche y pasé por mis domadoras quienes ya me esperan en una de las salidas de la plaza. Salimos del estacionamiento y emprendimos el feliz regreso.

Cuando íbamos a la mitad del camino, de pronto mi madre interrumpió el gorgorito de Peter Cetera para decirme – Oye Said, por qué no nos llevas al Centro a ver la iluminación -. Lo primero que pensé fue abrir la puerta del carro para arrojar a mi madre al carril de alta del Periférico, pero luego de pensarlo mejor, acepté, porque sabía que con lo friolenta que es mi madre no se iba a querer bajar del coche, así que con hacer un recorrido por el Zócalo y la Alameda iba a bastar. Mientras tanto mi hija en el asiento trasero comenzaba a caer en los brazos de Morfeo, ¡ha! pero eso sí, bien que estaba al pendiente de la conversación, tanto que de pronto exclamó – Pa’, ya que vamos a Centro, ¿podemos comprar churros para cenar? -. De nuevo comenzaba a complicarse la cosa, yo ya quería llevar a mi Principado para tirarme a ver la tele y mis patronas todavía seguían con cuerda. Le dije a Friducha – Está bien, pero tú te bajas y los pides para llevar -, -¡Va! -.

La pinche iluminación navideña nos la quedó a deber el Jefe de Gobierno porque el muy marro ya la había apagado, así que no vimos nada. Yo estacioné el coche en la calle de Uruguay mientras mi hija corría al Moro por dos docenas de churros, los míos normales y los de ella con canela. Luego volví a tomar camino hacia el sur de la ciudad, pasé a dejar a mi hija a su casa y finalmente llegué a la Domus Saidiana ya casi de madrugada. Mientras me desvestía y me preparaba para meterme a la cama, vi a la Sacrosanta como feliz desempacaba todo su motín de guerra y eso me hizo sentir muy bien; y es que finalmente de eso se trata esta temporada, de provocar sonrisas y alegrías en las personas, y eso lo conseguí aquel día con mi hija y mi madre, y espero ahora haberlo conseguido con ustedes al reseñarles lo sucedido a traves de este mamotreto… ánimas que así haya sido.


¡Feliz Pre-navidad amigos lectores!

domingo, 14 de diciembre de 2014

Frases Jotitas 55

¿Recuerdas cuántas veces mis ganas caminaron por tu vientre, por ese sinuoso camino que nos hacía volar? Bueno, pues hoy, el perfume de ese cielo, me volvió a llevar a ti.

- said -

lunes, 1 de diciembre de 2014

Para Itzel en su día.



Todos tenemos una misión en esta vida y evidentemente la tuya es alegrar los corazones de los demás, cosa que desde que naciste has hecho con mucho éxito. Dulce, cariñosa, y claro, INTENSA, siempre nos haces reír y nos contagias tu alegría por la vida. Con tus “tequieros” abrazas y con tus sonrisas acaricias, eres de esas personas que hacen sentir a los demás sumamente afortunados por el solo hecho de tenerte en sus vidas. Nunca dejes de ser como eres, así, tal cual, eres la alegría de todos… gracias por haber llegado a nuestras vidas.

¡FELIZ CUMPLEAÑOS MI NIÑA HERMOSA!


Te quiere... tu tío Said.