jueves, 30 de enero de 2014

Mi Hija y Los Beatles



Mi deber como padre es mostrarle a mi hija toda la diversidad que existe en el mundo para que ella tenga un panorama más amplio de las cosas y de esta manera puede tomar para ella lo que más le guste. Esto lo he aplicado en todos los aspectos de la vida, por supuesto incluyendo la música. Y así lo he hecho, desde muy chica le he venido mostrando todos los diversos géneros que existen en la música para que ella se vaya formando sus propios gustos. Confieso que mi intención jamás ha sido imponerle mis propios gustos, pero también es cierto que indirectamente mis gustos han influido en los suyos.

Un día decidí que había llegado el momento en que ella debería de escuchar y conocer a los Beatles. Recuerdo muy bien aquella tarde. Eran como las 6 de la tarde, íbamos camino a su casa, y justo en la esquina de Plutarco y Bretaña recuerdo haberle dicho: “Hija, te voy a poner un grupo que quiero que conozcas, ya sabes, no te tienen que gustar, pero es importante que los conozcas porque este grupo ha influido en muchísimos otros grupos, muchos de los que ahora te gustan. El grupo se llama los Beatles, seguro que ya has escuchado hablar de ellos, pero ahora quiero que los oigas tocar a ver que te parece”. Mi hija, como siempre, atenta y receptiva, asintió con la cabeza y se dispuso a escucharlos atentamente.

Un día antes yo había estado pensando cuál debería de ser la primera canción que mi hija debería escuchar de los Beatles, pensé que tendría que ser alguna muy simbólica e impactante. La decisión no fue difícil, solo tuve que recordar cuál fue en mi caso para así escoger el tema.

Así que aquella tarde, luego de mi pequeña introducción a manera de semblanza de los Beatles, prendí el radio, inserté el cd, subí el volumen, y dejé que los Beatles hicieran su magia con el tema “Get Back”.  

Desde los primero acordes observé como mi hija esbozaba una discreta sonrisa y abría asombrada los ojos, no les estoy exagerando, justo en ese momento vi como los Beatles habían llegado a la vida de mi hija para quedarse.

Listo, el virus de los Beatles había sido inoculado para siempre en el gusto de mi hija, y eso me hacía muy feliz. Finalmente, antes de dejar a mi hija en su casa, le pedí que llegando buscara en internet el video de esa canción porque sabía que eso la iba a impactar aun más e iba a reforzar aquella dosis beatlemaniaca de la que había sido víctima. Mi hija me prometió que llegando lo haría… y lo hizo.


Hoy, 30 de enero de 2014, se cumplen exactamente 45 años de aquel famoso concierto que dieron los Beatles en el techo del edificio ubicado en el número 3 de Savile Row en Londres; hoy, precisamente por eso, quise recordar el día en el que mi hija fue inoculada con el virus de los Beatles… en día en el que ella se contagió de una feliz e incurable beatlemania. 







Otro día con más calmita... nos leemos. 


Dedicado para Frida Mariana, la más grande beatlemanica del mundo. 

martes, 28 de enero de 2014

Papá Rules ¡Feliz Cumpleaños!



Sabes, nunca voy a olvidar mis cumpleaños gracias a ti. Tus regalos siempre fueron espectaculares. De niño, al verte entrar por la puerta, se me salía el corazón de la emoción al descubrir aquellas enormes cajas que siempre contenían cosas maravillosas. Los juguetes más increíbles llegaron a mí gracias a ti: coches, futbolitos, naves espaciales, títeres, boliches, todos espectaculares e inolvidables. Mi primer gran libro, “El Principito” de  Antoine de Saint-Exupéry, fue un regalo tuyo, un gran regalo tuyo. Luego, cuando crecí un poco, los juguetes quedaron atrás y llegó la música. Mis primeros discos de zarzuela, de ópera, de jazz, de música clásica, vinieron de ti. A ti te debo mi pasión por la música, por la buena música. Después tus grandes regalos se volvieron intangibles, ahora venían envueltos en abrazos, en sonrisas. Me encantaba preguntarte mil cosas porque tú disfrutabas respondiendo y yo escuchando; me decías al teléfono, espérame Jaimito, me voy a servir un café y voy a prender un cigarro, y luego te escuchaba y aprendía, y éramos felices. Tus mejores regalos, sin duda, fueron esas grandes lecciones de vida, siempre involuntarias, que me diste. No hubo un cumpleaños en que no te escuchara en el teléfono cantarme las mañanitas… por eso, por todo eso, nunca voy a olvidar ninguno de mis cumpleaños. 

Hoy me toca a mí cantarte las mañanitas, a mi modo, pensándote, comiendo una paella, escuchando “La Parranda” (tu zarzuela favorita), esforzándome por ser una mejor persona todos los días, un bueno hijo, un mejor padre, así como lo fuiste tú. Hoy quiero honrar tu recuerdo siguiendo tu ejemplo, ¿cómo?, así, simplemente siendo feliz sin hacerle daño a nadie, siendo feliz haciendo felices a las personas… como tú sabes hacerlo.



Te quiero y siempre te querré… Tu Jaimelín. 





miércoles, 22 de enero de 2014

Mi Vida de Terrorista



Luego de un profundo y sincero acto de conciencia creo que finalmente llegó la hora de hablar de mis años de terrorista. Así es gentiles amigos “leitores”, he de confesar abiertamente en este espacio, que hace algunos años, muchos diría yo, llegué a formar parte importante de una célula terrorista sumamente temida en nuestro bonito país México… o por lo menos en mi cuadra y sus alrededores.

Tendría yo unos diez años, quizás once, cuando voluntariamente ingresé a este grupo terrorista llamado “Los Marcianos”. A esta temprana edad la mayoría de los imberbes escuincles hacen travesuras, sin embargo, lo que hacíamos nosotros, eran supertravesuras, prácticamente actos terroristas.

El nombre de “Los Marcianos” viene a ser algo así como el gentilicio de mi colonia, la bonita colonia Marte. El grupo de “Los Marcianos” estaba formado por una serie de desadaptados sociales, lacras y escorias cuasi humanas carentes de madurez; claro que a esa corta edad, entre 8 y 13 años, no se puede pedir mucha madurez que digamos. Todos teníamos padres estrictos amantes del cinturonazo y la chancla voladora (en esos tiempos si se valía darle zapes a los hijos cuando lo merecían), sin embargo, a veces, estos correctivos nazis no eran suficientes para reprimir nuestro inquieto ingenio precoz por lo que solíamos dar rienda suelta a nuestras ocurrencias.

A continuación procedo a relatar algunas de las actividades que solíamos practicar en nuestra colonia y que servirán para ilustrar lo ladillas que éramos “Los Marcianos”.



EL HILO

Uno de los hermanos mayores de un destacado miembro de grupo era amante del excursionismo y la pesca, así que sigilosamente solíamos sustraer de entre sus cosas un carrete de hilo de pesca de nylon. Los que conocen de esta bonita actividad sabrán que este tipo de hilo tiene dos propiedades harto útiles para hacer maldades: la primera es que es sumamente resistente, la segunda es que es transparente.

No tuvo que pasar mucho tiempo para que el inquieto grupo de ladillas le encontráramos un buen uso a este hilo. Resulta que la cuadra en donde vivíamos era atravesada por un andador, andador por el cual solía caminar mucha gente. Por ahí de las 7 de la noche, cuando el sol ya se había metido y la hora de cenar se aproximaba, solían desfilar por ese andador todas las sirvientas, chachas o encargadas del servicio (como les llaman ahora) mismas que regresaban de la pandadería con las sendas bolsas de pan que les habían encargado para la merienda. Mi hermano y yo teníamos a nuestro cargo lo que viene siendo la inteligencia y la logística del “hecho”, o sea, éramos los encargados de avisar y escoger a las víctimas del acto terrorista. Para ello mi hermano se colocaba una calle antes de la nuestra con uno de los dos walkie-talkies con los que contaba nuestra célula terrorista (cortesía de los Reyes Magos), mientras yo permanecía con el otro muy cerca de los autores materiales del atentado. Una vez que mi hermano, un año menor que yo, había escogido a la víctima (generalmente una sirvienta joven en buenas condiciones físicas y con una gran bolsa de pan), me daba la señal para que yo les diera luz verde a mis cómplices y procedieran a armaran la trampa.

A los lados del andador había jardineras, jardineras que tenían arbustos, plantas y una pequeña reja decorativa de fierro de no más de treinta centímetros de alto. El primer paso era amarrar fuertemente un extremo del hilo de pescar a la reja. El segundo paso era, a mi señal, tensar ese hilo y amarrarlo a la reja de la jardinera opuesta dejándolo a una altura de apenas 10cm del suelo. El resto era simplemente ocultarse y prepararse a ver el éxito o fracaso de nuestro acto terrorista. Generalmente no fallábamos, la pobre fámula solía caer en la trampa y volaba por los aires, ella y la bolsa de pan, para segundos después realizar una graciosa caída en la cual nadie salía herido, cuando mucho una que otra rodilla raspada. El que no corría con la misma suerte era el pan que por lo general quedaba esparcido a lo largo y ancho del andador en lamentables condiciones. Lo que más nos divertía era ver que hacía la mucama, si luego de levantarse y sacudirse las rodillas procedía a levantar del suelo el pan o simplemente se retiraba a la casa de su patrona para tratar de explicarle el terrible hecho. Si la chacha optaba por la segunda opción, el éxito era total, porque nosotros procedíamos a recoger del suelo las conchas y las chilindrinas para luego de darles una sacudidita jambárnoslas con singular alegría.


Así era el hilo de pesca que usábamos para poner la trampa.

Es esta foto se aprecia el "andador" a lo largo del cual colocábamos
la trampa con el hilo de pescar. 




EL INSECTO

A una calle de los dominios de la temible célula terrorista de “Los Marcianos” había un gran espacio abierto por donde pasaban los cables de la CFE, a ese espacio se le conocía como “las torres” (por las torres de luz). Las torres no estaban asfaltadas por lo que ahí crecía todo tipo de maleza y hierba con todo y sus respectivos bichos. En tiempo de lluvia nos gustaba ir a buscar en los charcos renacuajos, y en ocasiones encontrábamos hasta pequeñas ranas. También llegamos a ver topos que hacían su madriguera entre la hierba. En esos terrenos salvajes practicábamos lo que viene siendo la cacería, sí, como nuestra quería “Novia de América” Lucerito, solo que nosotros practicábamos caza menor, o sea, lagartijas con rifles de municiones o con resortera.

En cierta temporada del año la proliferación de insectos en las torres era considerable, ahí fue donde vi por primera vez luciérnagas; hoy sería prácticamente imposible ver una luciérnaga en esta bonita ciudad del asfalto, el bache y la cubeta.

Pero nuestros insectos favoritos eran los jicotillos. Los jicotillos, para los que no los conocen, son una especie de avispones muy parecidos a las abejas, son completamente inofensivos y amigables. El nombre “jicotillo” es el diminutivo de jicote, que viene del náhuatl xicotl que significa abeja. Bueno, pues en temporada de jicotillos nosotros gustosos acudíamos a cazar el mayor número de estos insectos para darles un bonito uso recreativo, que no terrorista.


Este es un "Jicotillo" como los que cazábamos
entre la hierba de las torres.


Una vez que cada uno de los miembros de grupo de “Los Marcianos” teníamos en nuestros botes de Nescafe una buena cantidad de jicotillos, regresábamos a nuestros dominios (a la cuadra) para jugar con nuestros nuevos amiguitos. Entonces, alguien corría hasta el costurero de su abuelita y le sustraía subrepticiamente un carrete de hilo. Con este hilo se hacían pequeños lazos de aproximadamente un metro de largo con los cuales sujetábamos una de las patitas de los jicotillos. Ya con la patita bien amarrada a nuestro hilo, se liberaba al jicotillo quien intentaba hacer mutis en graciosa huida, cosa que obvio no conseguía por estar sujeto, como si trajera un grillete, a nuestra persona. El divertido efecto de globito viviente duraba solo unos segundos antes de que cayera muerto el pobre insecto probablemente víctima de un infarto al miocardio producto de su inútil esfuerzo por tratar de escapar de las manos de los niños terroristas. Uno a uno los jicotillos pasaban por esta inocente tortura hasta terminar aquello en un verdadero genocidio jicotillesco.

Un buen día decidimos que aquello era un acto cruel e inhumano (o en este caso “in-insecto”) y decidimos parar; bueno la verdad es que ya no nos resultaba nada divertido el ver morir a estos simpáticos bichos así que decidimos planear algo diferente para darles una oportunidad de vida. La solución que encontramos para este indulto fue hacerlos miembros activos de nuestra célula terrorista.

Una vez ya teniendo a los jicotillos de nuestra parte, no tardamos mucho en idear algún acto terrorista con el cual reivindicar nuestro nombre y nuestra ya reconocida trayectoria de escuincles méndigos. Resulta que ahí, muy cerca de las torres, a tan solo dos cuadras de la nuestra, había un salón de belleza al que acudía toda la socialité de viejas encopetadas de la colonia. Luego de intensas deliberaciones decidimos que ese sería nuestro próximo objetivo al cual atacaríamos.

"La paciencia es un don de los Dioses", ¿quién dijo esto?... pus yo. Y como en aquel tiempo éramos todos unos señores Dioses de las travesuras, tuvimos la paciencia necesaria para que nuestro nuevo acto terrorista fuera un éxito. Tuvimos que esperar a que la abuelita de uno de los miembros de “Los Marcianos”, la cual por cierto le caía muy mal a su propio nieto por ser una vieja kool-Aid con su madre, fuera como cada mes al salón de belleza para que le retocaran el tinte que cubría sus desteñidas canas. Esta señora de nombre Aurorita no solo era odiada por nuestro compañero terrorista, también era odiada por el resto de nosotros porque como buena beata dominguera se la pasaba haciendo chismes con todas las señoras del rumbo incluidas nuestras respectivas jefas (mamás). Esta viejita méndiga, la cual siempre vestía de negro y usaba un chongo en el pelo estilo Sara García, se encargaba de incrementar nuestra ya de por sí mala fama adjudicándonos actos terroristas ajenos a nuestra intelectualidad, así que nadie de los miembros del grupo objetó nada cuando se escogió como la victima principal de nuestro siguiente acto terrorista.

El día esperado llegó.  Nuestro compañero terrorista, nieto de Aurorita, nos dio el pitazo de que esa tarde su abuelita tenía cita en el salón de belleza. Saliendo de la escuela, emocionados, fuimos con nuestros respectivos botes a cazar los jicotillos a las torres. Parece ser que la madre naturaleza aquel día se hizo cómplice de nosotros porque especialmente ese tarde habían más de aquellos bichos que nunca. Llenamos varios botes con jicotillos y los guardamos en un lugar seguro. Llegó la tarde y, como lo habíamos planeado, nuestro compañero-cómplice se ofreció a acompañar a su abuelita al salón de belleza. A lo lejos lo vimos pasar y luego entrar con su abuela al salón de belleza. Nosotros nos ubicamos estratégicamente en las afueras del salón para esperar la señal que él nos daría cuando llegara el momento indicado.

Finalmente, luego de aproximadamente media hora, nuestro cómplice se acercó a la ventana para darnos luz verde. Sigilosamente, y como quien no rompe ni un plato, nos acercamos hasta las ventanas del salón de belleza y por unas pequeñas ventilas que estaban casi a ras de suelo, comenzamos a vaciar nuestros botes introduciendo a los jicotillos por ahí. El paso siguiente fue retirarnos a una distancia prudente para esperar a que nuestro cómplice hiciera su trabajo. De pronto se escuchó la voz de nuestro compañero terrorista gritando a todo pulmón: “¡Cuidado, hay un panal de abejas atrás de las cortinas!”, lo siguiente fueron gritos y confusión. Vimos salir corriendo por la puerta del salón a todas las clientas que en ese momento se encontraban embelleciéndose, unas con tubos en la cabeza, otras con el pedicure a la mitad, y la principal, la méndiga de Aurorita, con el tinte todavía puesto en su cabecita de algodón.

Junto al salón de belleza había una papelería, la encargada al escuchar los gritos salió a ver qué pasaba. Cuando se enteró de que el salón de belleza había sido invadido por feroces abejas asesinas, corrió al teléfono para llamarle a los bomberos. Nosotros a la distancia nos moríamos de la risa al ver aquel bonito espectáculo.

La clave y el éxito de aquella misión terrorista había sido el esperar pacientemente el momento indicado, justo aquel en el que la encargada del salón le iba a retirar el tiente a Aurorita, para entonces crear aquel caos; de eso se encargo, y muy bien, nuestro compañero terrorista infiltrado en aquel grupo de señoras.

No tardó mucho en aparecen un flamante coche de bomberos rojo chiclamino con sus respectivos tragahumos abordo, quienes luego de tomar las debidas precauciones entraron al salón de belleza para terminar con esa temible plaga de abejas asesinas. Pero no había que ser un entomólogo experto para distinguir a un inofensivo grupo de jicotillos de un temible panal de abejas asesinas marca “córrele que te pica”, así que no hubo necesidad de masacrar a los simpáticos jicotillos quienes felices recobraron su libertad.

Lo mejor, y tal y como lo habíamos planeado, fue que Aurorita se quemó todo su pelo porque tardaron mucho tiempo en volver a entrar al salón para retirarle los químicos que traía en la cabezota, así que durante mucho tiempo tuvo que usar una mascada en la cabeza para cubrir los estragos de nuestro magistral hecho terrorista. He de decirles que jamás nadie sospechó de que aquel incidente había sido provocado por una célula terrorista profesional, la célula de “Los Marcianos”.


El Salón de Belleza estaba muy cerca de las torres, lugar en donde
cazábamos los "jicotillos". 




TNT

Y como no hay terrorista sin explosivos, finalmente dimos el temido paso. Seguramente aquello comenzó en el mes de septiembre o en diciembre que es cuando se consigue más fácilmente la pólvora en sus distintas y variadas presentaciones. Conseguirla no era tan fácil, había que contar con una cantidad respetable de efectivo antes de acudir con nuestro dealer de explosivos. Este abastecedor de explosivos se encontraba en la parte más furris de la colonia, de hecho era en la colonia vecina de nombre San Andrés Tetepilco. Llegar hasta su guarida era toda una hazaña, había que pasar por un callejón rodeado de casullas de cartón en donde los nativos del lugar eran verdaderos malandrines de esos que peinan a pedradas y matan a nalgadas. Luego de lograr evadir a todos esos bergantes amantes del tlachicotón y la mona, llegaba la prueba final. Justo frente a la puerta de la casucha de cartón en donde se encontraba nuestro dealer, había un trinche perro de raza pastor alemán cruzado con hijo de la chingada que, amarrado con un mecate, celoso custodiaba el lugar. Desde adentro del cantón se escuchaba una voz que decía: “pásenle muchachos, sin miedo, el Poncho no hace nada”, bueno eso decía la voz porque creo que el dichoso Poncho estaba en la lista de "Los Perros Más Buscados” por el FBI, la CIA, la KGV, Scotland Yard,  INTERPOL y la perrera del Bordo de Xochiaca.



Esta es la ubicación del famoso "callejón de la muerte" a donde íbamos
a conseguir los explosivos.

Actualmente así luce la entrada al "callejón de la muerte".


Para lograr burlar al temible perro había que mandar a uno de los miembros de “Los Marcianos” por delante para que él se encargara de distraerlo mientras el resto nos colábamos hasta el interior de la casa. Por aquellos años mis colegas terroristas y yo habíamos visto una película que nos había marcado (traumado pues), se llamaba “Los Cachorros”. En esta película un trinche perro le pasa a morder el “firiflau” a un inocente crío, crío que después, ya de adulto, tenía muchas broncas psicológicas por carecer de ese indispensable y coquetón órgano masculino. Así que era inevitable acordarnos del pobre de Pepe Alonso (quien interpretaba al “Pinguitas” en esa película) y de lo triste, penoso, y sobre todo doloroso, que había sido aquel bocado que se refino el trinche perro. Por eso nadie quería ser el valiente que se encargara de distraer al perro, no fuera a ser que el canijo se soltara de su viejo mecate y pasara a mordernos en salva sea la parte. Pero bueno, el valiente siempre era el más grande del grupo ya que si había que salir por piernas seguramente sería el que tendría la mayor probabilidad de sobrevivir.

Ya adentro de la casucha nos recibía nuestro misterioso dealer, nada más y nada menor que una anciana de aproximadamente chingomil años (años más, años menos) que desde una vieja mecedora de madera nos ofrecía su mercancía. La mercancía la tenía expuesta sobre una gran mesa de madera misma que en el centro tenía a una enorme Virgen de Guadalupe de yeso, la cual, me imagino, tenía la función de proteger a la anciana de algún penoso accidente que la hiciera volar por los cielos (a ella y al resto de las casuchas vecinas). Les recuerdo que yo tendría entre diez y once años en aquel entonces, y sí, era sumamente inmaduro y pendejo, sin embargo, algo me llamaba mucho la atención, y es que junto a la Virgen de Guadalupe habían dos veladoras encendidas las cuales estaban a escasos centímetros, “pelímetros” diría yo, de todos aquellos explosivos que vendía la ñora. No hacía falta ser un genio o un experto en protección civil para entender el riesgo que corría la anciana con tanta pólvora y esas dos veladoras encendidas junto a la misma.

Por supuesto que doña Pelos (o como se llamara) no manejaba nitroglicerina, ni C-4, ni dinamita, ni napalm, ni ningún otro explosivo de alto pedorraje; pero lo que sí tenía, eran una méndigas palomas de 5 pesos que tronaban harto duro, así como unos “cañones” negros que también podía dejarte sordo por unos segundos. Para los principiantes y amateurs también vendía el clásico cuete blanco, los buscapiés, los chifladores, las baritas, las brujitas, y hasta chinampinas para los niños tetos. Nosotros dejábamos a un lado todos esos cuetillos y solo comprábamos palomas o cañones, de los más grandes, los que según ella estaban hechos con TNT.


Así eran las palomas de $5 pesos que comprábamos
en el callejón de la muerte.

Nuestro explosivo dealer también manejaba los cañones
que igual hacían harto ruido.

Había un surtido rico de "cuetes".


La transacción la hacíamos en el menor tiempo posible, queríamos salir de ahí cuanto antes, no fuera a ser. Una vez que escogíamos el material, la señora lo metía en un gran cucurucho de papel periódico y luego en una bolsa de plástico, pagábamos, y antes de irnos, aunque ustedes no lo crean, la ciruelita nos pedía que tuviéramos cuidado y a cada uno nos daba su bendición (misma que agradecíamos pues al salir teníamos que volver a pasar junto al Poncho).

Ya en el cuartel secreto, la célula terrorista de “Los Marcianos” comenzaba a fraguar el siguiente atentado. De nuevo serían las torres, uno de nuestros lugares favoritos; y de nuevo serían las sirvientas, fámulas o chachas, nuestras victimas favoritas. Como ya les comenté anteriormente, aquel lugar por el cual corrían los cables de alta tensión de la CFE no estaba pavimentado así que en temporada de lluvia se hacía grandes charcos y se formaba harto lodo.

El plan era muy simple, se trataba de hacer una “mina” casera, o sea, de enterrar bajo el lodo una palomota, de esas de 5 pesos, para que cuando estallara llenara del lodo a la pobre mucama que pasara en ese momento, de nuevo, con la bolsa del pan. El plan tenía su grado de complejidad porque había que ocultar muy bien la paloma bajo el lodo sin que esta se mojara mucho, escoger a la víctima, encender la mecha, correr a ocultarse, y esperar a que justo cuando pasara la victima a lado de la mina la paloma estallara. Era prácticamente imposible hacer todo esto sin que nos viera nuestra victima porque la mecha no nos daba mucho tiempo para ocultarnos, así que uno de los miembros más grandes de la célula terrorista, asesorado por su hermano mayor, descubrió como hacer una “mecha de tiempo”. Era sencillo, simplemente había que tomar un cigarro, quitarle el tabaco, y usar el papel del cigarro para cubrir la mecha de la paloma o el cañón. Así resolvimos el problema; esta mecha de tiempo nos permitía escondernos con calma sin que nuestra victima nos viera. Ahora la bronca era calcular el momento exacto para encender la mecha de modo que la paloma explotara justo cuando la víctima pasara junto. Ese problema nunca lo pudimos resolver, de hecho muchas veces la mina de lodo explotó en el peor momento salpicando a personas que no habíamos contemplado, bueno, incluso varias veces nosotros mismos caímos en nuestra propia trampa al pensar que la mecha se había apagado y al acercarnos… ¡bum! la paloma explotaba y nos llenaba de lodo hasta el “nies”.

Decidimos que un objetivo móvil era de un alto grado de complejidad, así que ideamos otro acto terrorista, estaba vez en contra de una de las instituciones más importantes de nuestro país, nada más y nada menos que ♫♪ CHAKA CHA CAAAN ♫♪, ¡la Madre Iglesia!… sí, ¡Herejes! ¡Sacrílegos! ¡Apóstatas! ¡Diantres de escuincles! eso eramos.

El golpe lo daríamos en la iglesia de la colonia, la parroquia “La Preciosa Sangre de Cristo”, que se encuentra en la esquina del Eje 5 Sur y Playa Mirador. Por aquel entonces la entrada a la iglesia era por la calle Playa Mirador ya que todavía no se construía la parte nueva de la iglesia que se conoce ahora y a la cual se accede por el Eje 5. Para entrar a la iglesia había que bajar unos escalones, estaba por debajo del nivel de la calle, era más pequeña pero muy bonita y acogedora.

Como nuestra intención nunca fue lastimar a nadie, el golpe lo daríamos cuando la iglesia estuviera vacía y no en plena misa. Antes, a diferencia de hoy en día, las iglesias permanecían abiertas todo el día para que los buenos samaritanos pudieran entrar a la casa del Señor a expiar sus culpas o bien a echarse un coyotito y descansar de “la calor”; así que en unos de esos periodos entre misa y misa en los que la iglesia estaba prácticamente vacía fue cuando decidimos detonar el artefacto explosivo, osease la paloma de $5 pesos. Decidimos usar la tan gustada “mecha de tiempo” elaborada con el papel de un cigarro (seguramente un Baronet de mi abuela o un Commander de mi madre). La persona encargada de colocar el explosivo fue escogido tomando en cuenta muchos factores, bueno más bien un factor, el clásico “águila o sol”.

Afortunadamente el monito que perdió la ronda de volados fue uno de los más grandes de nuestra célula terrorista, un changuito de nombre Enrique que corría harto rápido. El artefacto lo colocó debajo de una de las bancas de la iglesia pegándolo con harto “masking”. Una vez ya colocado el explosivo, nuestro compinche esperó paciente nuestra señal para encender la mecha. Cuando estábamos perfectamente ubicados y luego de que nos cercioramos que no hubiera nadie cerca del explosivo o en las afueras de la iglesia, le dimos la señal para que activara el explosivo. Enrique sacó un encendedor y prendió la “mecha de tiempo”; pero algo salió mal, no había terminado de subir los aproximadamente 7 escalones que lo sacaban hasta la calle cuando la paloma explotó.

Me imagino que por la acústica que tenía la iglesia la explosión se escuchó hasta el mismísimo Vaticano, aquello fue algo impresionante. Enrique corrió a mil por hora, y el resto de nosotros que estábamos de mirones frente a la iglesia detrás de un coche, hicimos lo propio. Corrimos por la calle de Mirador buscando un terreno baldío que nos sacaba hasta las torres donde pensamos que estaríamos a salvo. Mientras corríamos, se escuchaban a todos los perros de la colonia ladrando frenéticamente, seguramente asustados tras escuchar la explosión; las vecinas de la iglesia se asomaban por sus ventanas intentando ver que había pasado; y yo, yo corría, corría con todas mis fuerzas tratando de escapar del lugar de los hechos. Recuerdo que logré llegar hasta el terreno baldío, y cuando estaba a punto de salir, ya de lado de las torres, un brazo apareció detrás de mí y me sostuvo fuertemente por la camisa, cosa que me impidió consumar la graciosa huida. Detrás de ese brazo llegó otro, y luego otro y otro y otro, para cuando reaccioné ya estaba rodeado de una serie de chavos bastante labregones que amenazaban con lincharme. A lo lejos vi perderse a mis colegas terroristas, vi como abandonaron cobardemente a uno de sus miembros, yo mero.

Aquello fue algo parecido a un arresto civil. Ese grupo de muchachos me rodearon y me hicieron regresar al lugar de los hechos a donde me esperaba, pensaba yo, la Santa Inquisición. Me llevaron hasta un salón que se encontraba junto a la iglesia, cerca de la sacristía, en donde este grupo de mozuelos se reunían a estudiar la biblia. Ahí ya me esperaba el padrecito de la iglesia y, gracias a Dios, mi amigo el “Sacri” (sacristán), quien abogó por mí frente a esa turba enardecida de hombres de Dios. El “Sacri”, amigo de mi familia, habló con el padre y le dijo que seguramente aquello era un error, que yo no pertenecía a ese grupo de lacras, a esa escoria de la colonia. Yo por mi parte hice lo que me correspondía, poner mi cara de angelito tirando a querubín y, en actitud cuasi celestial, confirmé todo lo expuesto por mi amigo el “Sacri”. El padre, que era un viejito a toda madre y de enorme corazón, aceptó mi versión, versión que confirmaba mi inocencia. El padre, al ver las dos que tres lagrimillas que corrían por mi regordeta y chapeadita mejilla me dijo que no me apurara, que me creía. Yo, al escuchar esto, me tranquilicé y mis “gónadas” regresaron a su lugar de origen; pero algo inmediatamente pasó, algo peor, algo que no había experimentado anteriormente, algo que se conoce entre los seres humanos como “arrepentimiento” y “sentimiento de culpa”.

Para acabarla de amolar, el padre regañó a los chavos que me había detenido y asustado. Aquel grupo de ejemplares jóvenes catequistas, la “cate-cagaron”, o al menos eso pensaron, así que para disculparse conmigo me regalaron el “makech” que traía uno de ellos. Los “makech”, para los que no lo saben, son estos como escarabajos decorados con piedritas de colores que se encuentran en la ciudad de Mérida y sus alrededores. Yo, al fin un escuincle desvergonzado, gustoso acepté el regalo que a manera de disculpa me hicieron aquel grupo de jóvenes.


Makech o Maquech.


Estuve con ellos hasta que acabó la clase y todos se retiraron. Antes de irme fui a despedirme del padre y del “Sacri”; cuando le di la mano al padre recuerdo que él me la apretó fuertemente, me miró fijamente a los ojos, se sonrió, me dio la bendición, y me dijo: “Ve con Dios”. En ese mismo momento supe que él sabía, que él sabía perfectamente que yo había sido parte de aquella travesura y que me había dado, sin darme cuenta yo, una gran lección, lección que surtió un efecto inmediato en mí.

Cuando llegué a la guarida, al lugar donde estaban reunidos el resto de mis cómplices, ellos se sorprendieron al verme. Inmediatamente me interrogaron, me preguntaron qué me habían dicho, qué me habían hecho; estaban más preocupados por saber si los había delatado que por lo que me había pasado a mí. Les conté lo bien que me habían tratado, les enseñe el “makech” que me habían regalado y luego me fui de ahí un poco desilusionado de mis amigos.

En los siguientes días se corrió la voz de lo que había pasado en la iglesia. Uno a uno mis compañeros terroristas fueron cayendo, sino públicamente, sino antes las autoridades competentes, sí ante sus padres y sus respectivos cinturones.


Aquí se ve la ruta que seguimos para escapar. Actualmente ya no existe
el terreno baldío, pero en donde esta la "X", es en donde me atraparon.

En aquel tiempo no existía la actual parte superior de la iglesia. La entrada
a la iglesia era por la calle de Playa Mirador.




EL ÚLTIMO ATENTADO

La célula terrorista no se desintegró, de vez en cuando realizamos uno que otro atentado, pero ya no de ese tamaño, de esa envergadura, los siguientes atentados fueron muy “light”. El último atentado fuerte que recuerdo, fue uno en el que yo ya no participé, y no participé porque creo que yo maduré más pronto que el resto de mis amigos (a pesar de que ellos eran algunos años mayores que yo). Y aunque curiosamente en ese atentado yo no tuve nada que ver, fue a mí al que culparon.

Tenía yo 16 años, aquella tarde fui a visitar a mi novia como de costumbre. Mi novia vivía en un edificio de 3 pisos, su casa estaba en el último. Cuando llegué al edificio me encontré a uno de mis amigos en la puerta, no me extrañó porque frente al departamento de mi novia vivían dos niñas muy bonitas a las que mis amigos perseguían cual viles perros en brama. Subimos los dos hasta el tercer piso, por un momento le di la espalda a mi amigo para tocar la puerta de mi novia, yo supuse que él hacía lo mismo en la puerta de las vecinas. De pronto, de reojo, veo correr a mi amigo por las escaleras a toda velocidad, cuando volteo hacia la puerta de las vecinas, no podía creer lo que estaba viendo. Ahí, entre la puerta de las vecinas y la escalera, estaba un extinguidor dentro de una caja roja con puerta de vidrio, y sobre el vidrio, había una trinche paloma enorme (ya no de $5 pesos, ahora de $50 pesos) sujetada con “masking”. La mecha de la paloma estaba encendida, no supe que hacer, pensé en correr escaleras abajo detrás de mi amigo, pero para llegar a las escaleras tenía que pasar frente al extinguidor y la paloma encendida, así que el miedo me paralizó. Vi pasar mi vida de terrorista por mi mente en solo segundos. Seguí tocando desesperadamente la puerta, pero al ver que no me abrían no me quedó otra más que acurrucarme en el rincón junto a la puerta de la casa de mi novia y esperar lo inevitable.

Cuando la paloma explotó hizo añicos el vidrio del extinguidor, volaron por todos lados miles de pequeños vidrios que afortunadamente no me lastimaron. Al mismo tiempo se abrieron las puertas, tanto del departamento de mi novia como del de las vecinas. La mamá de las vecinas inmediatamente me acusó de ser el autor material del atentado. Yo por mi parte seguía en el suelo sin reponerme todavía del supersusto que me llevé. Mi ex suegrita, a la cual amo, me metió a su casa y salió en mi defensa, lo mismo que mi novia de 15 años. En tres patadas le quitaron lo brava a la vecina. Luego de que ya pude reaccionar, yo mismo me defendí. Finalmente me creyeron, después de todo, de haber sido yo, lo lógico es que hubiera huido. Ya que las cosas estaban más calmadas subió la vecina del primer piso y dijo que ella había visto a una persona salir corriendo, así que la vecina de mi novia se tuvo que disculpar conmigo.

Esa tarde termine tomándome un tecito que me hizo mi mamita suegra pal susto mientas mi amada novia me chiqueaba haciéndome cariñitos. Al otro día recuerdo haberle dado dos que tres buenos zapes al estúpido de mi amigo el cual se merecía por lo menos un cañón de $50 pesos encendido en la cola, pero bueno, lo perdoné y ahí quedó la cosa.

Y así fue como terminó mi carrera de terrorista, o de escuincle travieso, o de niño cabrón, o como quieran llamarle. Creo que en el fondo, en nuestra infancia, todos de alguna manera u otra fuimos pequeños terroristas en el momento en el que nuestras travesuras se pasaron de la raya. Afortunadamente el saldo en mi caso fue blanco, nadie salió herido (al menos gravemente) por alguna travesura; claro que hubo algunas visitas al hospital por huesos rotos, golpes o cortaduras, pero general nada grave. Hoy recuerdo con cariño, e incluso con cierta nostalgia, a mis amigos de la infancia, a aquel grupo de niños terroristas que formaron parte de los temibles “Marcianos”: Juanito, Enrique, Alejandro, Beto, Claudio, Juan Luis, Toño, Jorge, Pablo, Armando, y claro, el Osama bin Laden de la colonia Marte… yop.



Otro día con más calmita… nos leemos.

sábado, 18 de enero de 2014