domingo, 24 de noviembre de 2013

Realidades Disfrazadas... carajo



Todo parece un sueño, un mal sueño.

La señora Virginia es una de las mejores amigas de mi madre. Ella tuvo cuatro hijos: Jorge, Oscar, Cristina y Claudia, quien tiene la misma edad que yo y es la menor. Claudia y yo íbamos al mismo kínder, estábamos en el mismo grupo, desde entonces nuestras mamás comenzaron una gran amistad que hasta la fecha conservan.

Yo estaba aun muy niño pero lo recuerdo bien. Un día de pronto sonó el teléfono, mi mamá lo atedió, y al ver la cara que puso supe que algo andaba mal, muy mal. En cuanto colgó el teléfono y finalmente pudo hablar, le dio la noticia a mi padre. Jorge, el hijo mayor de la señora Virginia, con apenas 19 años, se había pegado un tiro en su casa. Mi madre me cuenta que la misma señora Virginia fue quien lo encontró tirado en su recámara ya sin vida. El cuadro con el que se topó debió haber sido de pesadilla. Los motivos por los que Jorge se quitó la vida ni su madre los sabe. No están seguros si fue por alguna desilusión amorosa, si fue por alguna enfermedad, o bien por alguna adicción.

A Jorge yo lo recuerdo poco, quizás lo llegué a ver un par de veces en algún cumpleaños de Claudia. Me llamaba mucho la atención su look, le gustaba tocar la guitarra eléctrica y la batería, así que su estilo era como de rockero: delgado, pelo largo lacio y rubio, y siempre vestía chamarras de cuero. La familia tardo mucho en superar eso, durante años asistieron a terapia.

El tiempo pasó y yo seguí creciendo. Claudia y yo volvimos a ser compañeros en la Preparatoria. Cristina, ahora la hija mayor, se mudo a Salina Cruz y Oscar hizo una carrera en Informática. Todos ellos, la señora Virginia, su esposo y sus hijos son sumamente inteligentes, cultos, y sobre todo, buenas personas. Don Jorge, el esposo de la señora Virginia, es un maestro experto en informática que en muchas ocasiones se prestó a ayudarme en mis tareas.

El tiempo siguió pasando. Hace poco más de cuatro años mi madre fue a desayunar con la señora Virginia, cosa que hacen por lo menos una vez al mes desde toda la vida, cuando regresó le pregunté cómo le había ido. De nuevo, al ver su cara, supe que algo andaba mal. La señora Virginia le acababa de dar la mala noticia, a su hija Cristina le habían detectado cáncer de mama. Durante más de un años Cristina se enfrascó en una lucha cruel en contra del cáncer, lucha que termino por perder. El proceso fue sumamente doloroso y difícil para Cristina, pero lo fue aun más para su madre quien poco a poco la vio consumirse por esa maldita enfermedad.

Hace tres años y medio tuve que acompañar a la amiga de mi madre y a mi amiga Claudia en algo que todavía no acabo de entender, en algo que no puedo siquiera imaginar, el dolor de perder a un segundo hijo. Recuerdo que fue muy difícil para mí el poder expresarles lo apenado que estaba por su perdida, de hecho ahora mismo no sé ni cómo escribirlo. Cristina era una maravillosa mujer, siempre sonriente, optimista y muy cariñosa. Ella quería mucho a mi madre y también a mí, sabía la larga amistad que existía entre nosotros, nos consideraba como de la familia. Cristina dejó huérfana a una hermosa niña un año apenas más grande que mi hija y que por cierto lleva el mismo nombre. Siempre la voy a recordar con mucho cariño.

La señora Virginia, quien ya es una mujer grande, desde entonces se acabó mucho. El haber tenido que enterrar por segunda vez a un hijo le causó un dolor tan grande que la hizo cambiar mucho. Le decía a mi madre que desde entonces ella ya no quería vivir, que no podía superar la perdida de Cristina. Y si a ella le dolió mucho esa perdida, a su papá seguramente le dolió igual o más. Nunca voy a olvida cuando abracé a Don Jorge aquel día en que enterraron a Cristina, apena pudo decirme: “Ya son dos Said, ya son dos…”. Fue sumamente triste y doloroso.

Los desayunos a los que acostumbraban ir mi madre y la señora Virginia cada vez se espaciaron más. El contacto entre ellas ahora es más por teléfono. Oscar, el hijo de la señora Virginia, puso un negocio relacionado con su profesión de ingeniero en computación en el cual le iba muy bien. Claudia, mi amiga, se dedicó a la docencia igual que su padre y también le va muy bien.

Así pasó el tiempo y la vida siguió su curso, hasta hoy. Eran las 10 de la mañana, sonó el teléfono y mi madre como siempre atendió la llamada. Cuando salió de su recámara le pregunté quien había llamado y me contestó que su amiga Virginia. Apenas terminó de decirme esto cuando se soltó llorando. Yo le pregunté qué había pasado, le pregunté si se había muerto alguien. Ella con la cabeza asintió y a mí se me hizo un nudo en la garganta. Le pregunté si había sido Don Jorge porque yo sabía que últimamente había estado enfermo, ella hizo un gran esfuerzo para poder hablar y me dijo que no, que Don Jorge estaba bien, que había sido Oscar. En ese momento sentí como una cubetada de agua fría que caía sobre mí. Todavía yo incrédulo le dije que no, que Oscar era el hijo y que Don Jorge era el esposo, que los estaba confundiendo, pero no, no los estaba confundiendo.

Hace apenas unas horas, Oscar, el tercer hijo de la señora Virginia, sufrió un infartó y murió. Todavía no lo puedo creer. La vida, el destino, o lo que sea, simplemente no puede ser tan cruel. No puede ser posible que unos padres tengan que enterrar a tres de sus cuatro hijos antes de dejar este mundo. No es posible que la vida se ensañe de tal manera con alguien, alguien que no se lo merece… de hecho ¡nadie se lo merece! Oscar tenía apenas un par de años más que yo. Tiene dos hijos chiquitos, de 9 y 11 años. Oscar tenía mucha vida por vivir. En verdad que esto debe de ser una muy mala broma de la vida.

Tengo que ir, debo de ir, pero qué le voy a decir a la señora Virginia, a Don Jorge, a mi amiga Claudia. Qué carajos se dice en estos casos. Toda mi fe y mi espiritualidad no sirven de nada en estos casos, los abrazos pierden sentido y pueden ser incluso hasta ofensivos. Apenas ayer o antier decía que tenía como nuevo oficio el de hacer felices a las personas, ojala eso fuera cierto, ojala y por lo menos mi nuevo oficio fuera el de quitarle un poco de dolor a las personas, por lo menos el necesario para seguir adelante, pero no, eso no es cierto, eso no existe. Tengo que ir, voy a ir, pero solo a sumarme a su dolor, no a aminorarlo.


En fin, tengo que parar de escribir para alistarme, para enfrentar estas realidades disfrazadas de malos sueños, de pesadillas. Carajo…



Querido amigo Oscar, que tengas buen viaje.


jueves, 21 de noviembre de 2013

Contra la Obesidad no hacen falta impuestos solo creatividad


Mientras que a nuestro priista Gobierno Federal junto con el “H” Congreso de la Unión lo único que se le ocurre es aumentar los impuestos para atacar la obesidad, miren lo que hacen en ciudades más avanzadas como Moscú. Treinta sentadillas igual a un boleto gratis del metro. Eso es echarle coco al asunto y no sangrar a los contribuyentes. Digo







Otro día con más calmita... nos leemos.

martes, 19 de noviembre de 2013

Bye Bye Facebook



Luego de varios años de usar Facebook y de estar haciendo constantemente corajes, entuertos y muinas por sus trinches “políticas de privacidad” y de “derechos de autor”, hoy los estúpidos administradores de esa red social decidieron bloquear temporalmente mi cuenta.

Ahora me están pidiendo absurdamente una serie de documentos dizque para comprobar mi identidad. Por supuesto que no pienso mandarles esa información personal y privada para que ande rodando por toda la internet. Creo que ya va siendo tiempo de abandonar esta red social para terminar de emigrar a otras, por ejemplo Twitter (@JaimeSaid).

Esta jaladita de Facebook también me puede servir para prestarle la debida atención a mis blogs Genialidades y Genitalidades de Jaime Said y Said Retro que es en donde realmente soy feliz escribiendo. Estoy considerando seriamente ya no abrir una cuenta nueva de Facebook y mandarlos al reverendo carajo, después de todo la red tiene muchos sitios en donde seguramente encontraré acomodo.

Estos son los mensajes que aparecieron cuando quise entrar a mi cuenta de Facebook, ahí se los dejo para que los chequen y saquen su conclusión.








Otro día con más calmita… nos leemos.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Café, uno de mis alucinógenos preferidos




Me dice el policía que todavía no puedo pasar hasta donde se encuentran las salas de cine porque aun no abren las taquillas. Volteo y veo las kilométricas escaleras eléctricas descompuestas por las cuales tuve que subir. Lo pienso dos veces antes de iniciar el descenso y decido que, haciéndole un bonito favor a mi corazón mejor no voy a bajar. A un costado de donde estoy me encuentro con uno de esos cafés que tanto odio, esos en los que te sirven el café en vasitos de cartón como si se tratara de una fiesta infantil o una peda de adolescentes. Ni modo, tengo que hacer tiempo, una media hora antes de que el celoso guardián me deje pasar a las taquillas del cine.

Entro al café y me reciben en el mostrador un par de niñas pubertas con una sonrisa de oreja a oreja. Me choca la gente que forzosamente se muestra feliz, parecen salidos del Club de los Optimistas. A veces prefiero una jeta, una mala cara, a una sonrisa forzada… ni modo, seguramente soy un viejo amargado.

Buenos días señor, ¿Qué desea? 
- Quiero un expreso por favor
- ¿Lo quiere doble?
- No
- ¿Lo quiere cortado?
- No
- Enseguida

Me abruma, por no decir que me apendeja, que me hagan tantas preguntas cuando lo único que quiero es un café. Yo sé pedir un espresso doppio o un espresso macchiato, si lo quisiera así, pues así lo pido y punto, no necesito ser interrogado al más puro estilo de la Gestapo o la DIPD de Arturo Durazo.

Luego de pagar, una de las niñas me entrega mi café, claro, en un trinche y peladísimo vasito de cartón. Enseguida paso a sentarme a una de las mesas. Mientas hago tiempo pasan muchas cosas por mi mente, bueno, todo el tiempo pasan cosas por mi mente solo que ahora tengo tiempo para ponerles atención. Me pregunto, en qué momento una bebida tan maravillosa como lo es el café se apeladó agregándole crema batida, chochitos, chispitas, licores, popotes y demás joterías. La verdad es que yo jamás tomaría un café así.

Algo que me gusta de mí es mi gusto, sí, mi gusto por tomar el café de una manera tal que a casi nadie le gusta. Esto es muy bueno sobre todo cuando se es una persona bastante chocantita y díscola como yo a la cual no le gusta que le estén metiendo mano, o en este caso boca, a su café. Yo tomo regularmente café expreso. El café expreso a pocos les gusta ya que es bastante fuerte su sabor. Si a esto le agregamos que jamás me verán endulzar mi café, pues resulta que nadie, o a casi nadie, se atrevería a darle un sorbo a mi café.

Sigo haciendo tiempo, ahora volteo de nuevo a ver a las niñas que preparan más cafés para los clientes. Siempre he pensado que una de las mejores maneras para decirle “te quiero” a alguien es preparándole un buen café por la mañana. Claro que estas niñas no tienen la menor intención de decirles “te quiero” a sus clientes, pero qué diablos, yo imagino que a mí sí y eso me hace feliz.

En otra mesa, lejana a la mía, veo a un señor ya mayor que igual se encuentra ensimismado observado su vaso de cartón con café. Creo adivinar que está pensando lo mismo que yo, seguro extraña el poder acariciar el asa de la taza de café mientras su mente divaga.

Regreso a mi café. Vienen recuerdos a mi mente gracias al evocador aroma que sale de mi vaso de cartón. Me veo tomando un espresso en Roma, en Florencia, en Murano, allá sí que el sabor es fuerte e intenso. Recuerdo en una ocasión haber tomado en la Via Veneto un espresso ristretto tan espeso que casi se podía voltear la tasa sin que este se derramara sobre la mesa. En Paris, el café es tan fuerte y bueno como en Italia. Esos cafés parisinos con terraza son el lugar más apropiado para disfrutar esta bebida mientras se ve pasar la vida con singular parsimonia.

Pero mi espresso en vasito de cartón no solo me hace viajar a través del océano, también puedo viajar a través de los años. De pronto mi mente salta de Paris al bello puerto de Veracruz. Me veo de muy niño tomando un café con leche a lado de mi abuela en el famoso café de la Parroquia, pero no en el nuevo, en el viejo, aquel que estaba en los portales frente a la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, hoy Catedral de Veracruz. Con el recuerdo de Veracruz y de mi abuela vienen a mi mente todas aquellas encantadoras pláticas que teníamos ella y yo mientras la veía tomar su café negro. Una y otra vez mi abuela les comentaba a las meseras que ella que era hija de la revolución y que allá en su natal Zacatecas la habían criado desde niña con puro café. Las meseras siempre le sonreían amablemente al ver el entusiasmo con el que mi abuela recibía su primera taza de café.

Un poco más grande, solo un poco, me veo ahora tomando café con leche con mi madre y mis tías en la tristemente célebre “Super Leche”, aquí en la Ciudad de México. Durante muchos años mi abuelo, que tenía su consultorio en las calles de Ayuntamiento y San Juan de Letrán, se encontraba todos los días con mi abuela en la “Super Leche” para comer ahí. El resto de la familia, la mayoría de ellos avecindados en el Centro Histórico, hacían de la “Super Leche” su punto de encuentro por las tardes.

Recuerdo muy bien que el 16 de septiembre de 1985, luego de pasear por el Zócalo, mi madre, mi novia y yo fuimos a cenar a la “Super Leche”… quién iba a decir que solo tres días después en ese lugar morirían muchas personas, entre ellas un par de meseras amigas de mi madre, al venirse abajo todo el edificio luego del terremoto que azotó la ciudad aquella mañana.

Regreso al presente, me doy cuenta que el viaje a través de mis recuerdos provocado por mi café a consumido más de los 30 minutos que necesitaba. Volteo a las escaleras y veo que el policía ya permite el asenso hacia el segundo piso en donde se encuentran las salas. Doy el último sorbo a mi café y corto por un momento, solo por un momento, la magia que provoca en mí esta bebida. Salgo de ahí, dejo mi vasito vacío de espresso en el bote de la basura, y me llevo puestos mis recuerdos listos para usarlos, de nuevo, cuando tenga la oportunidad de volver a saborear un aromático y evocador café espresso... Hasta entonces.


Otro día con más calmita… nos leemos. 

jueves, 7 de noviembre de 2013

Ya vi la película de Derbez, ¿ya están contentos?





   - ¿Qué onda Said, ya viste la de Derbez? ¿Qué te pareció?
   - No la he visto, y ni la pienso ver.
   - Pero está buena, está divertida.
   - No dudo que esté divertida, pero lo mío con Derbez ya es personal y por eso no la voy a ver.
   - Deberías verla Said, te vas a carcajear y hasta vas a llorar.
   - Oh que la….


Esta trinche plática la tuve chingomil veces con distintas personas a lo largo de estos días. Todos insistían en escuchar mi opinión cuando ellos ya tenían una propia, la suya. Familiares, amigos y conocidos, con harta y plena convicción, me afirmaban que la película “No se aceptan devoluciones” estaba buenísima y me recalcaban que en Estados Unidos había tenido un éxito arrollador. Yo les contestaba que eso a mí me tenía sin cuidado porque no siempre lo “popular” es sinónimo de calidad. Además, yo no caigo en la trampa de muchos que inteligentemente venden su producto diciendo que triunfaron en el "extranjero"; y digo que no caigo en la trampa porque tan solo en Los Ángeles ya hay más mexicanos que en Guadalajara o Monterrey. Y es que la mayoría, cuando escucha que algo triunfó en Estados Unidos, piensa equivocadamente que el éxito se obtuvo con el público gringo cuando en realidad fueron nuestros paisas huehuenches los que acudieron a llenar las salas de los cines, los teatros, o los conciertos. Tan solo hay que recordar el éxito que tienen en el gabacho Espinoza Paz, Carmelita Salinas, Laura Bozzo, La Rosa de Guadalupe, las telenovelas, etc., todos sí harto populares pero de cuestionable talento.

Pero este fenómeno malinchista que ocurre cuando acudimos a ver una película nacional solo hasta que ha triunfado en el extranjero no sucede únicamente con los churros como el de Derbez o ahora el de la película de Chaparro y Camil, también ocurre con el cine de calidad, el que solo llena las salas en México cuando trae algún premio de alguno de los grandes festivales de cine del mundo. Es por eso que ya le hallaron el modito los productores de cine mexicano. Cuando se trata de un churro popular como “No se aceptan devoluciones” o “Amor a primera visa”, la clave está en estrenarla en Estados Unidos y esperar a que nuestros paisanos deseosos y nostálgicos de su tierra acudan en manada a ver esos bodrios, para luego, entonces sí, poder decir que triunfó en la hermana república de la hamburguesa. Y lo mismo con el cine de calidad, de buena factura, primero hay que mandar la película a todos los festivales de cine posibles y confiar en que ganará algún premio (cosa que afortunadamente ocurre seguido), para luego, con ese precedente, ya poderla estrenar en este malinchista país azteca.  

A mí me gusta el cine, todo el cine, siempre y cuando esté bien hecho, con calidad. No me importa si se trata de una comedia ligera o de una película harto intensa. Soy lo suficientemente inteligente para no comparar una con la otra, tengo muy claro que cada una debe de ser juzgada dentro de su género. Pero lo que no acepto, es que me engañen, que me quieran hacer pasar algo por bueno cuando en realidad solo es un producto de la mercadotecnia y de la ignorancia colectiva. Repito, hay películas cuya única razón de ser es el de hacer pasar un momento divertido al espectador, y eso está muy bien, pero creo que hay que exigir algo de inteligencia hasta para hacer una bobería. Ejemplo de esto es la película “Nosotros los Nobles” cuya única pretensión es la de divertir, cosa que hace muy dignamente.

Derbez me caía muy bien en sus programas, reconozco que es talentoso y sobre todo inteligente (para lo bueno y para lo malo). Derbez cayó de mi gracia cuando escuché el berrinche que hizo cuando no escogieron su película como candidata a concursar por el Oscar. Creo que le faltó un poco, o más bien, un mucho de humildad para reconocer que la película seleccionada, “Heli” del gran director Amart Escalante, es mil veces mejor que la suya aunque no haya tenido el mismo éxito en la taquilla. En ese momento surgió en mí una antipatía declarada para con Derbez, y todo porque el éxito en taquilla hizo que se me mareara el óigame no, don señor Peluche.

Ayer y luego de tres intentos en los que la quité por aburrimiento, finalmente terminé de ver la película. Se los juro, no me sacó ninguna carcajada y mucho menos una lágrima. Para carcajadas tengo mis películas del genial Tin Tan, y para lagrimas, bueno, les recomiendo “I am Sam” (2001), en donde por cierto sí sale una niñita actriz super talentosa y con un ángel del tamaño del mundo (Dakota Fanning), cosa que no tiene en lo más mínimo la chocantita niña de la película de Derbez.

En fin, esta entrada en mi blog la escribí para que ya dejen de preguntarme si ya vi la película de Derbez y si me gustó… he aquí mi respuesta.


Otro día con más calmita… nos leemos.