martes, 27 de agosto de 2013

Frases Jotitas 47

“No puede haber nadie más equivocado que aquel que está cien por ciento seguro de lo que dice”.

- said -

lunes, 19 de agosto de 2013

Frases Jotitas 46

“Me acaban de decir que me voy a morir, especialistas me han detectado algo incurable llamado ‘Vida’. Así que a partir de hoy mismo pienso vivir intensamente el tiempo que me quede”.

- said -

martes, 13 de agosto de 2013

Museo Nacional de las Intervenciones (Maravilloso, pero no se lo digan a nadie)



No es un secreto que yo odio los tumultos, las grandes concentraciones de gente, las multitudes pues, por lo mismo suelo ser harto discreto cuando encuentros lugares maravillosos a los que poca gente acude, sin embargo, sería un acto sumamente egoísta el no recomendarles esta maravilla de lugar, este histórico remanso de paz y de cultura. Me refiero por su puesto al Museo Nacional de las Intervenciones, museo ubicado en lo que fuera el Convento de Nuestra Señora de los Ángeles de Churubusco.

El lugar en sí ya es digno de visitarlo, se trata de un edificio que a lo largo de su historia sirvió como convento y luego como fortaleza militar (aquí se libró la Batalla de Churubusco el 20 de agosto de 1847). El edificio comenzó a construirse allá por el año del caldo (como diría mi Inmortal abuela), justo cuando llegaron los primeros franciscanos a nuestra bonita y recién conquistada Tenochtitlan, más o menos por el año de 1524. Obvio, a lo largo de más de cuatro siglos, el lugar ha sufrido algunas modificaciones, pero en escancia y espíritu, es el mismo lugar del siglo XVI.

El lugar está verdaderamente impecable, bien cuidado y limpio, claro, gracias a que el peladaje no gusta de visitarlo. Claro que es una lástima que muchas personas no sepan de lo que se están perdiendo, pero por mí… mejor. No se crean, corran la voz para que más gente lo conozca.

Dentro de esta maravillosa edificación que cuenta con esplendidos jardines, patios, andadores, claustros y demás recovecos, se encuentra el Museo Nacional de las Intervenciones, museo cuya temática son las intervenciones extranjeras a nuestro país. Ahí encontramos salas dedicadas a las gandallísimas intervenciones españolas, francesas y americanas. Las salas están muy bien puestas, la museografía es bastante buena. Por otro lado los domingos se llevan a cabo conciertos dentro del Ex Convento, generalmente a las 3 de la tarde, y la entrada es libre.

Algo que me parece maravilloso y digno de destacar, es que los permisos para tomar fotografías se otorgan con solo entregar una identificación y no tienen ningún costo (cosa de la que otros museos se aprovechan para sacar una lana, ejemplo: el Museo Frida Kahlo). La limpieza, como ya les decía, es excelente, es más, les recomiendo tomar mucha agua antes de entrar al museo para que tengan que visitar los baños y vean en que maravillosas condiciones los tienen. En fin, que no le encontré ningún pero a este museo, bueno sí, uno nada más, y es que me encantaría que el museo contara con una cafetería, la verdad sería una delicia poder disfrutar de un buen café en ese encantador ambiente.
















Cuando visiten el Museo Nacional de las Intervenciones, no deje de pasar a conocer la Iglesia que se encuentra a un costado de este, es la Iglesia de San Diego, ahí mismo en el Ex Convento de Churubusco… ¡es una maravilla!


Iglesia de San Diego, Ex Convento de Churubusco.
    

Bueno, ahí está la recomendación, ahí les encargo que cuiden este bonito lugar y que respeten las indicaciones del amable personal que labora ahí para que este lugar siga siendo lo que es hasta ahora, uno de mis lugares favoritos dentro de esta convulsionante y atascada Ciudad de México.


Aquí los datos del Museo:
Dirección: 20 de Agosto y General Anaya, Col. San Diego Churubusco (a una cuadra del Metro General Anaya).
Horario: De martes a domingo de 9:00 a 18:00 hrs.
Costo: $46 publico en general. Estudiantes, maestros y Tercera Edad gratis. ¡Ah! y los domingos todos entramos de gorrones, ¡gratis!.


Otro días con más calmita... nos leemos. 


lunes, 12 de agosto de 2013

Un Día Caminando



Camino entre arboles, así, step by step, paso a paso, y mientras lo hago, observo, veo gente, intento descubrir la historia que hay detrás de cada rostro.

De lado derecho hay una banca, una banca con dos ancianos muy bien vestidos, con sombrero y traje de tres piezas; sus trajes confiesan abiertamente su lealtad a cada uno de ellos, lealtad surgida del hecho de haber andado con ellos ya por varios años. Uno de ellos tiene un libro rojo en la mano, no alcanzo a ver el titulo, no importa, porque la historia que guarda ese libro no puede ser tan interesante como la historia que guardan dos vidas, sus vidas. Ellos se ven felices, seguramente es una larga amistad, una larga amistad con intermitentes ausencias que siempre, irremediablemente, convergen en felices reencuentros. Hoy puede ser la última vez que se vean, ellos lo saben, el tiempo es implacable, pero ellos no se preocupan, saben que será una ausencia más en sus vidas y que tarde o temprano, igual que siempre, se reencontrarán. 

Una apurada jovencita corre en el pasto detrás de dos grandes perros. Los perros juegan entre ellos mientras la joven mujer intenta enseñarles un poco de disciplina, lo perros lo agradecen y en justa retribución le enseñan algo a ella, algo más importante que la disciplina, le enseñan a ser inmensamente feliz corriendo sobre el pasto mojado sin más sentido que ese, ser feliz. Al final, un hombre grita a lo lejos los nombres de los dos labradores y ellos acuden en el acto, él los espera con un par de correas mismas que sujeta a sus collares. La jovencita finalmente alcanza a los perros, los abraza, se levanta, le da la mano a su padre, y se retiran de ahí juntos. No solo el papá y la jovencita la extrañan, también los perros echan de menos a su ama quien murió apenas el mes pasado víctima de una neoplasia pulmonar, sin embargo, así, juntos, todos ellos, logran sobrellevar la ausencia de ella y buscan reconciliarse con la vida. El tiempo hará su trabajo.

Sigo caminando y de pronto escucho un grito eufórico, apenas volteo y veo pasar a toda velocidad a una niña con dos simpáticas colitas en el cabello que enmarcan un rostro pletórico de emoción, de asombro. La niña pasa montada en una pequeña bicicleta seguida de su orgulloso padre que unos metros atrás corre alentándola, diciéndole que va sola, que lo ha logrado. La niña no se da cuenta pero su padre la sigue sosteniendo para que no se caiga, no con las manos, con el corazón, y así lo seguirá haciendo el resto de sus días y hasta el final de los tiempos. Cierto, a veces el golpe será inevitable, pero junto con ella caerá el padre para demostrarle lo que hay que hacer, y así, juntos, volverán a levantarse, se sacudirán las penas y los problemas, y él la ayudará a volver a montarse en la vida.

Un joven se sienta en una banca cansado de cargar el mundo, su mundo. De su mochila negra saca una abatida libreta en la cual escribe, borra, tacha, vuelve a escribir, y suma y suma y suma. Las cuentas no le cuadran, la vida no sabe de matemáticas y no respeta el “debe” y el “haber”. Él se rasca la cabeza, se pasa la mano por la barbilla, la acaricia, se pega con el lápiz en la testa, y nada, nada cambia, las cuentas siguen sin cuadrar. Una mujer con una niña como de cuatro años se acerca a él, lo saluda y él a su vez saluda a la niña con un beso, luego discretamente guarda la libreta en su mochila negra y comienza a hablar con ella mientras se toman de la mano. Ella finalmente se arma de valor y se lo dice, tiene seis semanas de embarazo, están esperando su segundo hijo. Inexplicablemente él siente un alivio; no, el mundo que carga, el peso que carga, es el mismo, la diferencia es que ahora él es más fuerte. Ella siente alivio al ver la reacción de él y es contagiada de valor y esperanza. Mientras tanto la niña juega con algo parecido a una muñeca, ignora la conversación de sus padres y su repentina felicidad, ella está en lo suyo, ella está teniendo una seria conversación de madre a muñeca.

Más adelante se repite la escena, un padre corre detrás de un niño que intenta mantener el equilibrio en su bicicleta. Algo sale mal, el niño cae y raspa su descubierta rodilla contra el suelo. El papá llega a tiempo solo para consolarlo. El niño llora, le duele mucho, no tanto la herida como la traición de su padre quien prometió que lo iba a sostener, que no lo iba a dejar caer. El padre asustado saca un pañuelo de la bolsa trasera de su pantalón, no sabe si secar las lágrimas de su hijo o limpiar la pequeña herida que apenas sangra. El padre sabe que su hijo no corre peligro, pero la confianza que su hijo depósito en él, esa, esa si peligra, tanto que podría fenecer en ese momento y no revivir jamás. La confianza de ese niño en su padre hoy ha muerto, pero no al tercer día, apenas al día siguiente, la confianza resucitará de entre las confianzas muertas y el niño volverá a convertir a su padre en su deidad terrenal, en su papito querido. El padre tendrá que sentirse mal todo ese día, para al día siguiente, sentirse de nuevo profundamente amado por su hijo… el padre entenderá que ese el pequeño precio del aprendizaje, del proceso de crecer como padre y como hijo.

Ahí, junto a una estatua que sueña con algún día volver a ser fuente, un buen hombre vestido de mugre, miseria y pobreza, en un noble acto de generosidad, comparte un trozo de su bolillo con un par de ardillas que desconfiadas se acercan a su mano. El pobre hombre que perdió todo, casa, trabajo y familia por culpa de los excesos, hoy solo conserva su “excesivo” deseo de hacer felices a los demás, aunque los demás solo sean un par de ardillas salvajes.

Yo, yo sigo caminando, hay cientos de historias por descubrir, me pregunto si alguno de los ahí presentes estará tratando de adivinar mi historia, la historia detrás de mi rostro… ellos, no lo sé, pero los arboles, esos seguramente lo harán.

Y mientras eso pasa, en mis audífonos escucho “The Long and Winding Road”.


miércoles, 7 de agosto de 2013

Alarma Sísmica... ¡alármala de tos!



Justo ayer cuando me encontraba en una Casa de Cambio listo para entregar mis pancholares a cambio de unos devaluados pesos peñanietistas, noté en la cara de la cajera un dejo de apuración combinado con “confundición”. Luego de brindarle mi siempre cariñoso y seductor saludo, saludo harto útil para recibir a cambio un buen servicio, la señorita se me quedó viendo y me digo con la voz entrecorta:

- Señor, está sonando la alarma sísmica, creo que va a temblar, ¿quiere cambiar su dinero o se espera? –
- ¿Por qué? ¿Qué es lo que procede? ¿Se van a salir o qué? –
- Pues no sabemos, es lo que le digo a mi compañera pero ella dice que no podemos, que nos tenemos que quedar aquí adentro  –
- Ustedes no se apuren, si quieren sálganse y yo les cuido el changarro –

Las dos señoritas junto con una señora de intendencia que se encontraban atrás de los gruesos y blindados vidrios de la sucursal, se rieron de nervios, intercambiaron miradas, y siguieron sin saber qué hacer. Yo, en carácter de “en chinga”, ubiqué mi ruta de evacuación y me dispuse a correr, empujar y gritar como me han enseñado que NO se debe de hacer, tan solo esperaba el primer sacudidón para hacer mutis y abandonar, con la pena, a las leales empleadas de la Casa de Cambio. Para esto la empleada ya tenía mi dinero y mi identificación, cosa que me apuro, porque ya ven que eso de andar buscando entre los escombros dinero y documentos, es harto molesto y tedioso. Pero no, afortunadamente fue solo un aborto de temblor y yo no sentí nada. Las señoritas pronto recobraron sus chapitas naturales y el color blanco gasparín pronto desapareció de sus caras. La verdad yo me sentí defraudado, y es que es la primera vez en más de 15 años que escucho una alarma sísmica y… ¡tómala barbón! se cebó.

Esto no dejaría de ser más que una simple y simpática anécdota de no ser porque el actuar de las empleadas de la Casa de Cambio vino a demostrar que, luego de casi 28 años del Terremoto del ’85, aun no estamos preparados ni sabemos que chingados hacer en un caso de una emergencia como este. Es cierto que se ha hecho mucho, pero igual falta mucho por hacer. Los simulacros que constantemente se hacen nos dan una idea de cómo debemos de reaccionar en momentos como estos, pero ya en la práctica, en la realidad de un sismo, todos conocemos casos en los que la suerte nos ha salvado de tragedias muy serias, como por ejemplo en los bares y restaurantes en donde no dejan salir a las personas hasta que paguen sus cuentas, o el caso de conocida cadena de cines que impidió que se desalojaran las salas hasta que todos entregaran sus trinches lentes 3D… les aviso que una vida no vale lo que unos lentes de esos.


En fin, sigamos rogándole a Dios porque nunca vuelva a haber un terremoto como el que vivimos en el ’85, porque sería muy triste ver que de nada sirvió tanto simulacro mientras existan personas que, como las empleadas de la Casa de Cambio, no sepan que hacer. Ellas decidieron no hacer nada para evitar tener un problema con sus jefes. Así que no me queda nada más que decir más que… ¡Caigamos en Oración! 


Otro día con más calimta... nos leemos.