lunes, 29 de abril de 2013

Otro Dominguito Soleado en el Centro




Domingo 28 de abril, me tocó salida. Me paré temprano, hacía un bonito día, me bañé, luego me acicalé el tiempo necesario como para quedar potable, y por último, me puse mi vestido de domingo (como Penélope). Así comenzó este día.  

Viejita en mano salí de mi principado dispuesto a darme mi baño de pueblo. Luego de estacionar mi poderoso Corcel Blanco cerca de una estación del Metro, me persigné, guardé mi cartera casi en mis partes pudendas para ponerla a salvo, y me introduje a ella. Afortunadamente el Metro no iba a tope, pero desafortunadamente la concurrencia ese día no era, así que digamos, de postín. Para mi mala suerte escogí un día 28 para ir al bonito Centro Histórico a misa. Amigo mío, si usted no es un ferviente católico o “chaka”, déjeme decirle que todos los días 28 de cada mes convergen en una iglesia del Centro (San Hipólito) todos los devotos de San Judas Tadeo, lo que ocasiona tumultos e incomodidades en los alrededores de dicho templo.

En el andén ya había una buena cantidad de jóvenes delincuentes y malvivientes (si no lo eran, pues que desperdicio de cara) que cargaban entre sus tatuados brazos sus respectivos San Juditas. La verdad es que eso de juzgar a las personas por su apariencia no está chido, pero ya lo dijo el Altísimo: “Por sus hurtos los conocerás” (o algo así). En fin, cuando llegó el tren ayude a mi cabecita de algodón a abordar el vagón e iniciamos nuestro corto viaje a la estación “Zócalo” del Metro. Tuvieron que pasar tres estaciones antes de que un buen samaritano se apiadara y le cediera el asiento a mi ciruelita madre, pero como solo faltaba una más para llegar, agradecimos el gesto y rechazamos su amable oferta no sin antes echarles una flamígera mirada al resto de los pelados ahí presentes que ni se inmutaron cuando vieron a una anciana que apenas puede caminar. Llegamos a la estación "Zócalo" y salimos del vagón (junto como con chingomil paisas). En seguida nos dirigimos hacia la salida que da a Catedral.

Cada vez que salgo de la estación del Metro “Zócalo” y me encuentro con esa maravillosa plaza, vuelvo, una y otra vez, a asombrarme de la belleza de ese imponente paisaje. Me imagino, sueño, alucino, en lo maravilloso que sería ese lugar sin tanta gente… regreso a la realidad, y me deprimo un poco.

Pero como ese día no iba con la intención de hacer corajes, intenté no hacer caso de los ahí presentes, de su mala educación y de su falta de cultura cívica, y me dirigí a paso veloz a la Gran Catedral Metropolitana. Cuando llegamos la misa ya había comenzado, obvio, no había ni un lugarcito donde dejar caer mi atractivo visual. Nos acercamos por un costado lo más que pudimos, y así, parados, participamos respetuosamente en la misa. De pronto una anciana que salió de no sé donde, tomó del brazo a mi madre, la llevó hasta una de las bancas, y ¡tómala barbón! que para a unos “chakas” (con todo y San Juditas) para que mi madre se pudiera sentar. Yo me puse al tiro por si había que hacerle el paro a la ciruelita con los “chakas”, pero no fue necesario, obedientes se pusieron de pie y les cedieron el lugar a mi madre y a otra señora que estaba por allí también de pie.

La misa estaba precedida por el Arzobispo Primado de México, el Cardenal Norberto Rivera, cosa que explicaba el por qué de tantos periodistas reunidos en ese lugar. La misa estuvo harto bonita. Aclaro que yo soy católico, no tengo ningún problema con la iglesia, entiendo muy bien que los errores de unos no deben de servir para generalizar, para presuponer que todos son iguales. En la Iglesia, como en todo en esta vida, hay personas buenas y hay personas malas, ni modo, es parte de la condición humana. Pero bueno, les decía que la misa estuvo bonita porque habían muchos niños reunidos allí, claro, estaba próximo el Día del Niño.


El Arzobispo Primado de México, el Cardenal Norberto Rivera
Carrera oficiando la misa en Catedral.


Para cuando terminó la misa yo ya había colocado estratégicamente a mi madre para que a la salida ella pudiera saludar al Cardenal (a mi madre le ilusionan estas cosas, ni modo). Antes de hacer mutis, el Cardenal Norberto invitó a que todos los niños ahí presentes pasaran por un regalo que él les haría por el Día del Niño. Ordenados pasaron todos los escuincles por su regalo. El cardenal les entregó en la mano una bolsa de dulces a cada uno; por un momento hasta pensé que les iba a preguntar a los chiquillos: “¿Te quedas con tu bolsa de dulces del Osito Montes o quieres pasar a la Catafixia’”… pero no, solo les dio sus dulces, su bendición, y así siguió hasta terminar con toda la bola de críos allí reunidos.

De pronto vimos venir hacia nosotros al Cardenal rodeado de su “séquito” de damas encargadas de su seguridad. Me percaté que el Cardenal Norberto lucía un maravilloso tinte de pelo color “negro axila de cuervo” que lejos de hacerlo ver más joven lo hacía ver algo ridículo (seguro es un Cardenal “metrosexual” y eso hay que respetarlo). Se acercó, saludó, y bendijo a los ahí presentes, incluyendo a mi madre que se emocionó hasta las lagrimas. Antes de que la critiquen, comprendan que a esa edad uno ya se vuelve más sentimental y sensible, así que no se burlen, yo ya lo hice por ustedes jeje. Bueno pues Don Norberto Rivera saludó a todos, se tomó fotos con los que se lo pidieron, y lo más importante de todo, les dio esperanzas a los ahí reunidos para poder sortear sus problemas, que, finalmente, eso es lo mejor de la religión, de la fe.

Salimos de Catedral muy bendecidos y harto espirituosos. Al salir vi que en la plancha del Zócalo se estaba realizando un festival, un concierto, así que fui a checar, nomás por no dejar, a ver si de casualidad no era Paul McCartney… y pus no, no era. Cuando me acerqué al escenario vi que se trataba de los internacionales y famosísimos ¡Vásquez Sounds!... ¡uooorale! Y no es por presumirles pero déjenme decirles que aguanté ¡toda una canción completa! Por cierto, la mayoría de los ahí reunidos no veían nada, todas las señoras fodongas sacaron sus sombrillas para cubrirse del sol, las abrieron y unas a los otras se taparon la visibilidad. Yo como llevaba mis botitas con tacón cubano y doble suela sí pude ver y conocer a la famosa escuincla nalgas miadas de los Vásquez Sounds que, por cierto, si le ronca bien a la hora de la cantada.


Ángela, la cantante de los Vásquez Sounds, cantando en el
Zócalo de la Ciudad de México. 


Como les decía, solamente pude tolerar un bonito tema de estos niños y di media vuelta para encaminarme hacia la calle de Madero. Aquello era impresionante, hordas y hordas de gente de todo tipo caminaban a mi lado. Yo, cual vil guarura de Lucerito, buscaba salvaguardad la integridad física de mi madre aplicando a diestra y siniestra la conocida técnica del codazo para abrirme camino en aquel mar de seres bípedos poco pensantes. Confieso que estuve a punto de rajarme, de dar la media vuelta y retirarme, sin embargo tenía mucho interés en que mi madre disfrutara de un poco de arte (a ella le chifla eso) así que aguanté vara y seguí adelante.

Al cabo de unos minutos me encontraba ya retirado del bullicio dominguero de la calle de Madero disfrutando de una hermosa colección de obras de arte del maestro Francisco Toledo. Mi madre finalmente pudo respirar tranquila y en aquel remanso de paz y arte fue feliz, al igual que yo, por más de una hora. El gran maestro Toledo, dibujante, pintor, escultor, ceramista y grabador oaxaqueño, es uno de mis favoritos, y creo, sin temor a equivocarme, que es uno de los artistas plásticos (vivos) más importantes y respetados de México.

De paso, y aprovechando que ya estábamos allí, nos dimos una empapada de algunas obras del gran grabador y caricaturista mexicano José Guadalupe Posada quien exponía en otra sala del museo. Admito que me hubiera gustado dedicarle más tiempo a esta exposición, pero mi tripa es muy necia, y cuando ella dice “ya”… es “¡YA!”. Así que luego de pasar a hacer de las aguas (las viejitas cada 5 minutos lo hacen), salimos del museo en busca del tan gustado pipirín.

Comer en el Centro es muy difícil, no porque no haya donde hacerlo, al contrario, hay tantos lugares maravillosos donde comer que es muy difícil decidirse por alguno. Casi frente a nosotros se encontraba el maravilloso “Casino Español”, un lugar rete bonito y donde se como rete sabroso. Pero NO, a mí siempre me gana la nostalgia, y ese día me ganó, así que decidí ir a un restaurante al cual voy desde que nací y el cual me trae siempre muy bonitos recuerdos, me refiero al “Centro Castellano”. Esta maravilla de restaurante se encuentra en la calle de Uruguay, así que volvimos a sumergirnos en el mar de gente que caminaba por Madero y poco a poco nos fuimos abriendo paso buscando llegar al Eje Central.

Es increíble, cómo si el pelado ya de por sí no se reprodujera como conejo (todos llevan hartos críos de la mano), ahora como que se puso de moda cargar hasta con el trinche perro. No les miento, llegué a ver señoras fodongas que orgullosas paseaban hasta tres perros al mismo tiempo  ¡ahí! ¡entre la multitud!; en verdad que por más ganas que le eché hice muchos corajes, muinas y entuertos con tanto perro cagón. Y para rematar con broche de oro mí entuerto, un trinche chicle que algún pelado oligofrénico tiró en el suelo, se pegó en mi finísimo zapato de El Taconazo Popis estropeándolo.

Antes de salir de esa horrible calle peatonal, entré al maravilloso Palacio de Iturbide a echarle un ojo a la exposición “Artificios” que se está presentando en ese lugar. Fue una visita “exprés”, a mil por hora, pero prometí regresar con más calma. Es una exposición de objetos hechos con Plata, objetos impresionantes hechos por diseñadores y artesanos mexicanos… ¡tienen que ir!

Al fin llegué a mi zona de confort, a uno de mis restaurantes favoritos, el “Centro Castellano”. Como siempre el lugar estaba bastante concurrido, pero ahí sí vale la pena la espera. He comido paella en muchos lugares, incluso en España, y les puedo decir que allí en el “Centro Castellano” se come una de las mejores (se los dice un “paellólogo” experto).

Ya instalados en una mesa y mientras esperábamos nuestras bebidas espirituosas y las viandas, vinieron a mi mente toda clase de recuerdos. Y es que tan solo a unos cuantos metros de ahí vivía la hermana de mi Inmortal abuela, así que cada vez que íbamos al Centro era obligada la escala en su casa para descansar y recobrar fuerzas. Ella vivía arriba de un famoso restaurante-loncheria llamado “La Ola”, allí mismo en la calle de Uruguay. Cuando llegaba la hora de comer, mi tía abuela mandaba traer comida de todos esos maravillosos restaurantes que había allí en aquellos años: “Los Tacos de Doña Beatriz”, “El Danubio”, “La Ola”, “Casa Rosalía”, “La Súper Leche”, y claro, del “Centro Castellano”. De todos esos lugares, desde que yo era niño, mi favorito siempre fue el “Centro Castellano” y es seguramente el culpable de que mi platillo preferido sea la paella.


Esta era "La Ola" y justo arriba era donde mi
tía abuela tenía su casa. 

Así luce ahora el lugar donde estuvo "La Ola" y la casa de
mi tía abuela.


La comida estuvo deliciosa, la compañía de mi madre y del resto de los comensales fue el marco ideal para disfrutarla. Mi madre y yo recordamos, mientras comíamos, todo lo que ahora les cuento. Recordamos los maravillosos mazapanes “Toledo” que vendían frente al restaurante y las deliciosas cenas en los churros “El Moro”. Fue todo un recorrido gastronómico a través de los años.

Luego de pagar la cuenta, me despedí de mi mesero de cabecera y salimos del lugar harto satisfechos y cansados. Tomamos un taxi que nos regresó a donde había dejado mi auto y así, felices y fascinados, regresamos a casa luego de ese maravilloso baño pueblo, de pueblo y de recuerdos.


Otro día con más calmita… nos leemos.

viernes, 19 de abril de 2013

El Pasado de Nuestras Parejas




¿Nos debe o no importar el conocer el pasado amoroso de nuestras parejas? Bueno, lo políticamente correcto sería decir que “No”, más aun si se trata del pasado de una dama, pero como yo NO soy políticamente correcto y sí harto sincero, pienso todo lo contrario.

Yo creo que en una relación de pareja que tenga la intención de ser formal y duradera, simplemente no debe de haber secretos. Uno no debe de encelarse del pasado de su pareja pero sí tiene todo el derecho de conocerlo. Es como cuando uno solicita un puesto en una empresa, las personas encargadas de reclutar personas para dicha empresa necesitan saber del pasado laboral (incluso personal) de esa persona para poder tomar una mejor decisión. El pasado habla mucho de una persona, entre otras cosas de su estabilidad laboral y de la manera en la que se relaciona con sus compañeros. En el caso de una relación de pareja, el pasado también habla de la estabilidad de esa persona, en este caso, de su estabilidad emocional. Una persona que ha tenido muchas relaciones y por periodos muy cortos de tiempo es muy diferente a otra que ha tenido pocas relaciones y por periodos de tiempo más largos y estables. Claro que esto no es algo que sea un indicativo tajante y rotundo de que una relación con cada una de esas personas esté condenada al fracaso o al éxito, pero sí es  un indicador que nos puede ayudar para saber qué nos puede esperar a lado de esas personas.

Yo soy de esos que piensan que en general las personas no cambian, tan solo se reprime por un tiempo. Así que lo que sepamos del pasado de nuestras parejas nos ayudará a conocerlas más y, si así lo queremos, a aceptarlas tal y como son. Cuando existe la confianza en las parejas y no hay secretos entre ellas, creo que es más fácil lidiar con los irremediables y molestos celos. Por el contrario, el pretender que nuestras parejas no tienen un “pasado” es solo hacernos tontos, porque el pasado irremediablemente siempre nos alcanza y nos puede llegar a sorprender de una manera nada grata. Para mí la clave está en la confianza mutua y no en el derecho a la “secrecía”.

En resumen, uno debería de conocer perfectamente el pasado de sus parejas, ya si uno toma la decisión de aceptar a esa persona con ese pasado, esa ya es la decisión de uno y es muy respetable; lo que no se vale es irnos enterando con el tiempo de cosas que la otra persona pretendió que tan solo por el hecho de no mencionarlas estas nunca existieron.

Por último, si ustedes tuvieran que escoger entre una persona que ha tenido 26 relaciones sentimentales con un promedio de duración de tres meses y otra que ha tenido 6 relaciones sentimentales con duraciones superiores a los dos años, sean sinceros y honestos y díganme ¿con cuál de ellos creen que tendrían más posibilidades de tener éxito? Sí, es cierto que en el amor no hay nada escrito, pero también es cierto que las estadísticas hablan y son un instrumento muy importante a la hora de tomar decisiones, independientemente de que estas decisiones dependan más del corazón que del cerebro.

Me imagino que obviamente no estarán de acuerdo conmigo en esto, principalmente porque no es lo que a la mayoría de las personas les gusta escuchar, pero como les digo, yo soy sincero y, por lo menos a mí, no me gustan las sorpresas que vienen del pasado.


Otro día con más calmita… nos leemos. 

miércoles, 17 de abril de 2013

Los Records Guinness en Uruapan




El otro día escuché que los orgullosos pobladores de Uruapan, Tancítaro para ser más preciso, habían logrado establecer el Record Guinness del Guacamole más Grande del Mundo con un peso total de 2 toneladas 695 kilogramos. Yo me pregunto, quién será el iluminado que un buen día se despierta por la mañana con esa bonita ocurrencia (puntada diría yo) de romper un record que a nadie más en el mundo mundial le importa. O qué los habitantes de Chechenia, de las Isalas Bora Bora o de Kuala Lumpur estarán en la depresión total porque los insignes habitantes de Uruapan les arrebataron tan codiciado record, no lo sé, igual y si.

A mí la verdad El libro de Records Guinness me parece la peor estupidez que el hombre haya inventado (estupidez casi equiparable a la cerveza “light”). Y es que francamente a quién le importa “La Rosca de Reyes más Grande del Mundo”, o “El Eructo más Ruidoso y Hediondo del Mundo”, o bien “La Bola más Grande del Mundo Hecha con Pelusa de Ombligo”, o por qué no “El Mayor Número de Pejezombies Reunidos en el Zócalo”; no sé a ustedes pero a mí la verdad me valen todos esos records. En fin, que eso de los Records Guinness es una vacilada, es tan solo un intento por trascender de la manara más estúpida posible… y muchos lo logran.


Los habitantes de Tancítaro dándole el toque final al guacamole.



Otro día con más… nos leemos.


Ojo: No tengo nada en contra de mis paisas de Uruapan, esto de los Record Guinness se da en todas las ciudades, nadie se escapa.