lunes, 14 de enero de 2013

Don "Tintoreto" y su tintorería




Decía mi Inmortal abuela: “Mal empieza la semana al que ahorcan en lunes”… y sip.

Luego de las fiestas decembrinas y del tradicional maratón Guadalupe-Reyes, llegó la hora de poner presentables algunas de mis garritas antes de regresarlas al vestidor para dejarlas listas para la próxima ocasión. Para ello la semana pasada llevé a la tintorería mi flamante y consentida chamarra que me compré en Disneyland Paris y que es, desde hace ya un buen tiempo, una de mis favoritas (ya madura Said). Junto con esta bonita y colorida prenda que tan bonitos recuerdos me trae, llevé un par de pantalones de vestir, un abrigo de mi Sacrosanta madre que tiene bonitas incrustaciones de piel legítima de “muppet”, y una chamarrita de mi sobrina que guardo en mi Principado para cuando se ofrezca. Yo que soy un animal de costumbres, recorrí una buena parte de la ciudad para llegar a la tintorería donde he llevado mi ropa casi desde que nací y a la cual le tengo harta confianza y por su puesto un buen cariño.

Hoy por la mañana antes de empezar la faena diaria, decidí pasar a recoger mi ropa a la tintorería ya que me quedaba de camino a mi destino. Al llegar frente a aquel pequeño local me llevé una fuerte impresión al ver unas cintas amarillas que delimitaban un área frente al negocio de mi viejo amigo Don “Tintorero”. Luego de bajarme de mi Corcel Blanco y de caminar hasta quedar parado justo frente al lugar, me di cuenta que de aquel entrañable negocio al que tantos años acudí a llevar mi ropa, solo quedaban cenizas. Ahí, junto al local, sentado en un bote, estaba un muchacho quien dijo ser el nieto del dueño. Él me explicó que el sábado se había incendiado la tintorería y que no había quedado nada de lo que ahí había. La impresión de las marcas que dejaron las llamas en los edificios contiguos, denotaban que se había tratado de una conflagración (como dicen los periodistas de la nota roja) de grandes dimensiones. Luego de preguntar por los empleados y por Don “Tintoreto”, me enteré que desafortunadamente uno de los empleados si había sufrido serias quemadura en la espalda y que afortunadamente Don “Tintoreto” solo se había lastimado un poco. De mis prendas, de mi adorada chamarra de Disney, solo quedó, como diría de nuevo mi Inmortal abuela: “el pedo y el relinchido”.

Me da gusto que Don “Tintoreto” esté bien, y espero que su empleado se mejore, pero también espero que me repongan mis garritas, porque en cuanto mi madre se entere que su abrigo preferido quedó más achicharrado que el hijo del Torito, seguro que le va a dar el infarto. Mi chamarra tenía más un valor estimativo que económico, aunque pensándolo bien, el euro no está tan barato que digamos jeje. Pero bueno, como se suele decir en estos casos: “lo material va y viene”.

El nieto del dueño me dijo que guarde mis notas porque en unos días el seguro va a pagar las prendas. De cualquier modo estoy convencido que será una mugre cantidad la que me van a dar, algo así como la que acostumbran dar las estúpidas líneas aéreas cuando extravían el equipaje. Ni modo, a seguir triste por un buen rato hasta que el tiempo cure la herida y yo lo supere… o bien, hasta que alguna generosa ,esplendida y filantrópica amiga del facebook me invite a Disneyland Paris y me piche una bonita chamarra como la que pasó a ser historia el sábado pasado. Así es la vida y qué le vamos a hacer, chamarra eres y en ceniza te convertirás. 


Otro día con más calmita… nos leemos. 

Frases Jotitas 38


La poesía es una herramienta útil en el amor y una infalible medicina en el desamor.

- said -

miércoles, 2 de enero de 2013

Empezando el año con entuertos y muinas




Resulta que fui convidado a celebrar la bonita llegada del año nuevo a la casa de mi hermano. Yo que no soy gorrón y que no me gusta llegar con las manos vacías (el estomago si), me acomedí y presto saqué de la cava saidiana unas botellas embrutecedoras para departir con mis contertulios. Para mí que soy medio especial en eso de la bebida (solo tomo tequila, cerveza y vino) llevé un merlot con pasaporte franchute, para el resto, un vinito rosado compatriota del tinto, una botella de tequila Don Julio (Don Julio Regalado jeje), una botella de whisky y el clásico Baileys para las damitas.

Al referido convite fueron invitadas dos personas con sus respectivas parejas de las cuales me reservaré sus nombres por obvias razones. Este par de gaznápiros de aproximadamente 25 años, tienen como oficio el de sobrecargos en una “prestigiosa” línea aérea mexicana, por lo que a su corta edad ya se siente hombres de mundo.

En cuanto llegué a la casa del mio fratello y puse las botellas sobre la mesa, ellos corrieron a ver que se iban a poder libar durante toda la noche. Estos James Bond de Tlachichilco en ese momento estaban tomando whisky con quién sabe qué madre, ¡en bote!, mismos que habían comprado previamente en el OXXO de la esquina. Yo que no soy criticón sino tan solo un simple “observador de la vida social” (como el Barón Montesquieu), no perdía detalle de sus movimientos. Uno de ellos corrió por un destapacorchos mismo que le fue proporcionado por mi hermano Georgie. Acto seguido, este par de abortos de sommeliers comenzaron a luchar, primero con el vino rosado y luego con el tinto, buscando abrir las botellas. Yo curioso los observaba a la distancia desde la sala viéndolos batallar con los vinos. Mi paciencia comenzó a mermar cuando los vi zangoloteando mi vinito como si se tratara de un trinche Boing de guayaba y no de un vino de buena crianza.

Finalmente y luego de una lucha encarnada con los vinillos, estos repartidores aéreos de cacahuates lograron abrir las dos botellas. Fue en ese momento en el que mi sensible y poco tolerante hígado hizo su primer berrinche. Uno de ellos tratando de demostrarle, no sé a quién, que seguramente había tomado un curso extra rápido de cata de vinos en su trabajo, procedió a quedar bien con su chica y la de su palurdo amigo, realizando los tres pasos de la cata de vinos frente a ellos. El problema fue que cualquier mesero de El Portón o de Vips lo hubiera hecho mejor.

Lo primero que hizo uno de ellos, seguramente el experto vinicultor, fue llevarse directamente a la nariz, ¡la botella entera!, buscando, según él, encontrar las características olfativas del vino en la botella y no en una copa como debe de ser. El gesto que puso después de oler el cuello y la boca de la botella fue de relativa aprobación. Yo a lo lejos no daba crédito de lo que estaba viendo. Mi hija que ya ha sido iniciada por su padre en el bonito gusto por el fruto de la vid y a la que tampoco se le escapa nada, ya se había percatado de lo que pasaba en la mesa del comedor al ver mi rostro de incredulidad y gustosa se unió a mí en la observación de ese ridículo y chocantito espectáculo que nos estaban regalando los “azafatos”.

Luego de terminar con la nariz siguió en turno de la vista (la manera correcta es primero la vista y luego el olfato). El docto en el asunto tomó la botella del vino rosado y sirvió una pequeña cantidad de vino en un vaso de plástico, ¡sí!, ¡en un vaso de plástico desechable!, y ahí, según él a contra luz, realizó la cata visual del vino. Yo la verdad no alcancé a escuchar cual habrá sido el resultado de esa “minuciosa” observación a través de un vaso ¡opaco! de plástico, pero sus amigos y su imberbe pareja mostraron mucho interés en lo que les decía. Mi hija que no sabe controlar su risa, al ver aquello, comenzó a mostrar los indicios de una carcajada que de no haberla controlado seguramente hubiera terminado en un penoso accidente húmedo en sus calzones.

La tercera parte de esta prueba organoléptica, la del gusto, fue con la que culminó la cata de este mal logrado emulo de Julio Michaud. Luego de probarlo, de hacer un buche y de tragárselo, vino el veredicto final. Resultó que mi vino rosado de la región de Bordeaux no cumplió con los requerimientos mínimos de calidad, por lo que en un gesto de grosera desaprobación instruyó a sus amigos para que no se atrevieran ni a probarlo, lo que estos seres vertebrados hicieron mostrando obediencia absoluta cual pejezombies en marcha del 132. Afortunadamente estos cuatro comensales no se metieron con mi tintorro, porque entonces si, como diría un gastroenterólogo ante un ataque de colitis nerviosa: “hubiera habido pedo”.

La noche siguió, la cena se sirvió, y mi hija y yo disfrutamos de mi vino tinto con singular alegría. El vino rosado quedó por allá abandonado en un rincón, como la pobre muñeca fea, desdeñado por el respetable. Los peleadísimos “servidores del aire” cenaron con vasos pletóricos de sidra Santa Claus, muy apropiada para ellos y su delicada y refinada estirpe. ¡Ah! pero si creen que ahí terminaron mis entuertos y muinas de la noche, déjenme decirles que, nones como dijo Tom Jones.

Estábamos a la mitad de la cena cuando sonó el timbre de la puerta. Mi hermano fue a ver de qué se trataba. Eran los vecinos de mi hermano, un matrimonio ya de edad avanzada (unos 60 años), que luego de cenar habían decidido responder a la atenta invitación de mi hermano para brindar por el año nuevo. El señor traía en su mano, una deliciosa botella helada de Moët & Chandon para brindar con los ahí presentes.

El señor Don Vecino se acercó a la mesa con la parsimonia propia de la edad para saludar y para ofrecer un poco de su maravilloso elixir… fue justo allí donde la puerca torció el rabo por segunda vez en la noche. Como ya se han de imaginar, los primeros en aceptar la tentadora oferta etílica fueron los cuatro jóvenes que de inmediato extendieron sus vasos para recibir un poco de ese vino espumoso. A mí, a mi hermano y al Don Vecino, casi se nos salen los ojos de la vergüenza al ver que los cuatro mozuelos pretendían que el señor les sirviera de su finísima champagne en el mismo, ¡vaso!, en donde aun había restos de la sidra que estaban tomando.

Mi hermano corrió a sacar unas copas “tulipán” (las más apropiadas para degustar un espumoso), pero en lo que regresaba yo sentía que la vida se me iba junto con el champagne en los vasos de plástico de los dizque conocedores. El vecino, muy educado, no quiso apenarlos con algún comentario sarcástico (cosa que bien se merecían y que yo si hubiera hecho) y lo único que pudo decir ante tan tremendo error de etiqueta y buen gusto, fue pedirles que se terminaran los restos de sidra Santa Claus que había en sus vasos de plástico para poder servirles de su botella.

Afortunadamente mi hermano regresó a tiempo con tres copas en la mano, una para el vecino, una para él y una para mí, y así pudimos brindar con el señor Don Vecino como Dios manda (el Dios Baco, claro está). Yo me imagino que al señor no le van a quedar ganas de volver a compartir algo con mi hermano, cuando mucho llevara para la próxima tertulia un Titán de grosella o un “curadito” de papaya, con sus respectivos vasos desechables del OXXO.

El resto de la noche transcurrió sin más incidentes de este tipo. Ellos siguieron tomando de mi “whiscol” y yo seguí con mi tintorro. Mi hija recibió una clase, “de cuerpo presente”, de lo que no se debe de hacer jamás en una mesa, y no me refiero a equivocarse o a meter la pata (eso nos puede pasar a todos), me refiero por su puesto a presumir de lo que uno no sabe.

Esos muchachos son buenas personas, me caen bien, pero ese día la verdad si se vieron muy pelados con su comportamiento nada apropiado y poco educado en la mesa. Y pensar que yo tenía la intención de llevar esa noche una botella de Cristal que tengo reservada y que está en espera de una buena ocasión para ser abierta, afortunadamente no la llevé porque igual y tampoco la hubieran aprobado mis amigos los enólogos. En fin, creo que esa botella me la tendré que tomar junto con mi hija, a la cual por cierto sí estoy “couchando” para que nunca vaya a hacer ese tipo de osos en la mesa de algún anfitrión tan criticón… como este su servidor.


Otro día con más calmita... nos leemos.