domingo, 19 de agosto de 2012

Rod Stewart, 23 años, 4 meses y 10 días



3,510 no es el número de tacos al pastor con piña y salsa roja que me he comido a lo largo de mi vida, tampoco son los Melox que me he tenido que tomar después de comer tacos al pastor, tampoco son los cuadritos de papel que he usado durante mis consecuentes diarreas cuartas por comer tacos al pastor de dudosa procedencia, tampoco son las veces que le miento su madre a Israel Jaitovich cada vez que me lo topo en la tele luego de comer tacos al pasto (o de no comerlos), en fin, que este número no tiene nada que ver con tacos al pastor ni con speudocómicos oligofrénicos harto chocantitos, no.

Más bien, cuando hablo de esta cifra, 3,510, me estoy refiriendo, por su puesto, a los días que tuvieron que pasar para que se pudiera dar el reencuentro entre un fan y su ídolo, entre un tenochca y un ingles, entre un por siempre joven y otro por siempre joven, entre Jaime Said y Roderick David Stewart, o sea, ¡entre el gran Rod Stewart y yo!

Así es, tuvieron que pasar 23 años, 4 meses y 10 días desde aquel histórico concierto en el Estadio Corregidora de Querétaro al cual asistí, para que pudiéramos cantar de nuevo, él y yo (y unos cuantos miles más), aquello que dice: “Forever Young…”.

Todavía parece que fue ayer cuando estuve horas y horas formado en la afueras del estadio de Querétaro, bajo aquel imponente sol que caía a plomo, esperando para poder entrar al primer gran concierto de rock que se daba en nuestro país luego de muchos años de involuntaria abstinencia (cúlpese de ello a nuestras nefastas autoridades de entonces). Nunca olvidaré cuando, luego de esa interminable espera, finalmente se apagaron las luces y comenzó a escucharse en todo el estadio “The Stripper”, al tiempo que unos reflectores iluminaban el imponente escenario en forma de una sexy mujer recostada. Luego de apenas unos segundos, dejó de escucharse “The Stripper” (rolita que usualmente utiliza para abrir sus conciertos), y se escucharon a todo volumen los primeros acordes de “Hot Legs”, fue en ese preciso momento cuando saltó al escenario el gran Rod Stewart con apenas 44 añitos y con toda la energía propia de esa cuasiadolescente edad. Sin lugar a dudas, ese fue el principio de uno de los mejores conciertos que he visto en mi ya longeva y putrefacta vida.


Cartel original del concierto de Rod Stewart en el Estadio Corregidora de
Querétaro en 1989.

Este es mi boleto del concierto de
Rod Stewart en Querétaro. 


Rod Stewart regresó a tocar a México luego de aquel histórico concierto algunas veces más, pero yo, por una u otra razón, nunca lo pude ir a ver. Pero este año, cuando aun no me reponía de la emoción (y del gasto $$$) de haber estado frente a mi otro gran ídolo Paul McCartney, llegó a mí la maravillosa noticia de que Rod Stewart venía a México de nuevo. Pero por si esta noticia no fuera lo suficiente emocionante, me enteré que la fecha de su concierto sería el día 16 de agosto, ¡exactamente un día antes del cumpleaños de mi hija! Déjenme decirles que si yo soy super fan de Rod, pues mi hija me dice ¡quítate que ahí te voy! Así que qué mejor regalo para mi rocanrolera Princesa, que poderla llevar a ver a su también ídolo Rod Stewart.  

Compré los boletos en prevente, pasaron los días, y finalmente el pasado 16 de agosto, mi hija y yo, nos dirigimos al Auditorio Nacional dispuestos a disfrutar en la mejor compañía, la mutua, uno de los conciertos que seguramente nunca vamos a olvidar. 

Luego de estacionarnos y antes de bajar del coche, volteé a ver a mi hija y noté en su rostro una de esas sonrisas muy de ella, sonrisa que indica felicidad plena, felicidad al 100%. Cuando esto pasa, definitivamente soy el hombre más feliz en la tierra, porque no hay nada que haga más feliz a un padre, que una hija feliz.  

Mientras caminábamos por el estacionamiento comencé a ver como de los demás autos descendían familias enteras, padres como de mi edad acompañados de sus hijos adolescentes. Seguramente muchos de esos padres de familia, al igual que yo, estuvieron en el concierto del estadio de Querétaro y nunca pensaron, pensamos, que luego de tantos años, la vida nos daría el regalo de poder compartir a nuestro ídolo con nuestros hijos, y en mi caso, que mi ídolo se convirtiera también en el ídolo de mi hija.


La gente poco a poco iba llegando a la cita con el gran Rod Stewart.


Ya en la explanada del Auditorio Nacional, como aun era temprano y teníamos mucho tiempo, mi hija me propuso un bonito recorrido entre los puestos ambulantes que se encuentran a unos metros de ahí para comprar algún recuerdito del concierto. Esta es una de las partes que más disfruto cuando voy a un concierto, el pasearme entre los puestos para ver cuanta mugre se merca ahí con el nombre y la figura del artista, es algo que verdaderamente gozo. A mí la verdad todo se me antoja, pero logro dominar mi instinto consumista y generalmente no compro más que una cosa… peeeeero mi hija no se gobierna tan fácilmente y ella sí que termina comprando mugre y media.

Luego de transitar en repetidas ocasiones los pasillos entre los puestos, finalmente mi hija terminó de hacer su shopping y salió de ahí hasta con el perico. Se compró: que la playera oficial, que la taza oficial, que la pluma oficial, que el vaso oficial, que la pulsera oficial, que el llaverito oficial, que la foto oficial, etc. Acto seguido, la mandé a guardar todo su Kit Stewart al coche y pacientemente esperé su regreso. Mientras ella iba y venía, yo me entretuve viendo al respetable que poco a poco llegaba al Auditorio Nacional. Que diferente a aquel concierto del 1989 en el que hubo personas que incluso se fueron a quedar a dormir afuera del estadio una noche antes; aquí bastaba con llegar boleto en mano, y en diez minutos cuando mucho, uno ya se encontraba sentado en su cómodo lugar frente al escenario.

Cuando regresó mi hija, inmediatamente nos dirigimos a una de las chingomil entradas del Auditorio Nacional y nos dispusimos a entrar al recinto. Luego de una bonita y reconfortante manoseada a mi pudoroso cuerpecito por parte de un elemento de seguridad, finalmente nos permitieron entrar al ya concurrido lobby. Ahí fui interceptado por una serie de nalgoncitas edecanes que amablemente me invitaban a pasar a sus respectivos stands para ensartarme algún producto o servicio. Mi hija y yo logramos escabullirnos de esas sonrientes e insistentes damitas y pasamos a ver una pequeña pero interesante exposición de fotos que estaban expuestas a un costado del lobby. Eran fotos de todos los artistas que se han presentado en el Auditorio Nacional. Al terminar de recorrer la exposición quedé bastante frustrado al darme cuenta de toda la bola de artistas que me he perdido tan solo por la irrelevante e insignificante razón de que no soy millonario… buuu.

Antes de pasar al interior de la sala, mi hija y yo decidimos pasar al antidoping para evitar tener que salir a mitad del concierto por culpa de nuestras inoportunas vejigas. Una vez que nos “escurrimos” lo necesario, nos fuimos a la entrada que nos correspondía y pacientes esperamos a que una acomodadora nos llevara hasta nuestros lugares.

El escenario estaba cubierto por un enorme telón de “ciertopelo” rojo. El interior del auditorio estaba iluminado en tonos morados, rosas y violetas, bastante jotito pero harto bonito. Mi hija se comía las uñas de los nervios, solo faltaban unos minutos para que ella conociera a Rod, y para que yo lo reconociera. La gente no terminaba de entrar, parecía que el auditorio no se iba a llenar y esto a mi hija le inquietaba más que al propio Rod.

La hora que marcaban los boletos para dar inicio al concierto llegó, pero nada. Mi hija que no sabe chiflar, intentaba hacerlo, yo que soy más pelado y si sé hacerlo, pues lo hacía. Apenas 15 minutos después de la hora anunciada, ya casi con la sala llena, se apagaron las luces, se abrió el enorme telón del Auditorio Nacional y, al igual que hace más de 23 años en Querétaro, las notas de “The Stripper” dieron inicio al concierto. Poco a poco fueron apareciendo en escena el resto de los músicos y las coristas, de pronto, el retumbe de la batería dio inicio a tema “Love Train” y fue en ese momento cuando finalmente saltó a escena, mi adorado Rod Stewart.  

Rod portaba un bonito y “discreto” saco color fiusha (o sea rosota), pantalón y camisa negra, corbata amarilla y unos maravillosos zapatos negros con blanco. Su blonda cabellera lucía igual que hace 23 años, su voz ronca y rasposa era la misma de siempre, y su energía y vitalidad no habían sufrido ninguna merma por el paso de los años. Mi hija, como siempre ocurre cuando se emociona hasta el delirio, gritaba eufórica cual fan de Camilo Sesto en “Siempre en Domingo”. Yo confieso que por un momento sentí que se me humedecieron los ojos de la emoción (sí, soy jotito ¡y qué!).




Así dio inicio uno de los conciertos que más voy a recordar en lo que me resta de vida, y lo voy a recordar porque fue el reencuentro luego de 23 años entre Rod y yo, pero principalmente, porque pude asistir a ese maravilloso reencuentro con la persona más importante en mi vida, mi hija. Nunca voy a olvidar ese momento tan especial en el que Rod cantó “Forever Young” mientras yo tomaba fuertemente la mano de mi hija, mientras mi corazón en silencio le decía al suyo exactamente lo mismo que dice la canción:

Y cuando al fin te marches
Espero haberte servido bien
Porque toda la sabiduría de una vida
Nadie la podría contar
Pero cualquiera que sea el camino que tú tomes
Estoy detrás de ti, ganes o pierdas
Por siempre joven, por siempre joven
Por siempre joven…




Rod Stewart y la bandera de México, bonita forma de darle la bienvenida
al próximo mes patrio.

Rod Stewart presentó en las pantallas a sus hijas, sus hijos y su nieta. 

Eran 13 las personas en el escenario entre músicos y coristas.

En una parte del concierto Rod Stewart cantó algunos de sus éxitos
en acústico.

En lo que Rod se cambiaba de ropa, una de sus talentosísimas coristas
derrochaba talento y voz.

La enorme pantalla creaba maravillosos efectos de luces en el escenario de
Rod Stewart.

Otro momento bastante cajeta fue cuando Rod mostró en las pantallas lo que
pasa cuando toma de más. 

Así, con un simpático sombrero, se despidió de México cantando su legendario
éxito "Da Ya Think I'm Sexy".

Rod Stewart... Forever Young!


Gracias hija por esos maravillosos 17 años de felicidad que me has regalado, te amo. ¡FELIZ CUMPLEAÑOS!


Otro día con más calmita… nos leemos. 

lunes, 13 de agosto de 2012

Londres 2012, ceremonia de clausura... tan tan




Al fin terminaron los Juegos Olímpicos, y lo único que lamento, es que ya no voy a poder ver el extraordinario programa que hacían José Ramón Fernández y Jacobo Zabludovsky en ESPN. Volver a ver al “joven” Murrieta interactuando a lado del maestro del periodismo Jacobo Zabludovsky, es algo que sencillamente no tiene precio. Definitivamente esto fue para mí lo mejor de los Juegos Olímpicos, ahora solo espero que Jacobo viva por lo menos otros cien años más para seguirlo viendo en programas como este. Y es que la experiencia y la cultura a estos niveles, ¡también son un espectáculo!

De la clausura de ayer, que más bien fue un mega concierto, lo que más me gustó fue… obvio, FREDDIE MERCURY. Ver a Brian May y a Roger Taylor tocando “We Will Rock You” hizo que se me pusiera la carne chinita, claro que la tal Jessie J (que yo ni conocía) logró provocar en mí un conato de entuerto, muina y enojo. Digo, con tanta tecnología qué no podrían haber dejado a Freddie cantar su canción solito y en santa paz.





Otro momento inolvidable fue cuando John Lennon interpretó “Imagine” al tiempo que en el centro del estadio se formaba su rostro, de bulto, usando varios bloques que semejaban un rompecabezas tridimensional. De nuevo le cayó caca al pastel, cuando en la imagen que se proyectaba en el estadio, apareció a lado de John la nefasta e insufrible de Yoko… me cae que esta odiosa mujer solo se puede comparar con Florinda Mesa (Doña Florinda), que al igual que ella, no dejan de aparecer en todo momento a lado de sus esposos para robarles cámara.




Otro momento que disfrute cual alcohólico en “La Europea”, fue el número musical del legendario Monty Python, ¡talento puro señores! Nuestros cómicos, humoristas, o chistositos, “vieran” de aprenderles algo a los grandes comediantes ingleses… ¿me estás oyendo Jaitovich?




La cereza en el pastel la puso la super banda The Who. Y es que ver al gran  Roger Daltrey a lado de Pete Townshend tocando como si el tiempo no hubiera pasado, fue un momento inolvidable. Y digo un momento, porque solo fue eso, ¡un trinche momento!… ¡¿Qué les costaba dejarlos tocar siquiera otras tres horas más?!, les prometo que nadie hubiera protestado y nadie se hubiera ido del estadio. Por lo menos, ya de perdis, nos hubieran dejado escuchar completitas sus obras “Tommy” y “Quadrophenia”, chanse y en una de esas y terminaban rompiendo su bataca y sus liras como en los viejos tiempos.




Pero bueno, en general creo que estuvo bastante efectiva la ceremonia de clausura, o mejor dicho, el concierto de clausura. Muchos hubieran querido ver a sus bandas favoritas, y otros más hubieran querido no ver a algunos de los que estuvieron por ahí, pero bueno, hay que poner de todo un poco como en buffet y que a cada quien le aproveche lo que más le guste. Si me preguntan a mí que más me hubiera gustado ver, ¡uta! pos sería una gran lista. Por su puesto que The Rolling Stones debieron estar ahí. Y si de leyendas se trata, qué me dicen de Led Zeppelin, era indispensable su presencia. David Bowie no solo tuvo que aparecer en un video, debió estar ahí. Coldplay igual, tuvo que haber estado. De Pink Floyd debió estar Roger Waters o David Gilmour… ¡o los dos!, aunque hubo que conformarse con el baterista Nick Mason, por cierto, ya en avanzado estado de putrefacción aunque tocando magistralmente. Blur tuvo que estar ahí, de no ser porque en ese preciso momento estaba tocando para sus felices fans a unos cuantos kilómetros de ahí en Hyde Park. Rod Stewart no hubiera estado mal, por lo menos a mí me hubiera hecho muy feliz, lo mismo que Robbie Williams quien no fue porque la estaba haciendo de “partera” con su preñada esposa. Y claro, como yo no tengo llenadera, Sir Paul McCartney debió de haber repetido en la clausura para cantar sus tres horas de cajón como lo hizo en el Estadio Azteca y en el Zócalo capitalino ante este su servilleta.

Ahora solo falta, ya acá en tierras tenochcas, que a nuestro flamante y populista Jefe de Gobierno, Don Marcelo Ebrard, se le ocurra poner a desfilar por Reforma, en un cuasilondinense Turibus, a nuestros flamantes medallistas olímpicos. Segurito que hordas de oligofrénicos pamboleros correrías a vitorear a sus nuevos héroes nacionales, que lo que sea de cada quien, bien merecido se lo tienen.

En fin, como dirían los clásicos: “todo lo que empieza tiene que terminar”, y ya terminaron los Juegos Olímpicos de Londres 2012, así, igualito que este trinche mamotreto, que ya terminó… tan tan.


Otro día con más calmita… nos leemos.