jueves, 31 de mayo de 2012

Don Enrique y su Taxi




Don Enrique, un buen hombre de aproximadamente 60 años y de oficio taxista, en alguna ocasión se topó con un pasajero de buen tipo y de carácter alegre y optimista. Durante los aproximadamente cuarenta minutos que duró el viaje, ambos pudieron disfrutar de una charla amena en la que el chistorete, la picardía y las ocurrencias de ambos estuvieron presentes. Los temas de aquella desenfadada interlocución versaron en torno al clima y “la calor”, a la corrupción desbordada y descarada en la SETRAVI (Secretaria de Transportes y Vialidad), y a la reciente e inolvidable visita a tierras aztecas del ex Beatle Sir Paul McCartney.

El tiempo pasó rápidamente dentro de ese adminículo sobre ruedas, y para cuando ambos pudieron reacciona luego de estar absortos en tan interesante platica, el destino final del recorrido se encontraba ya ante sus ojos por lo que tuvieron que ponerle fin a tan interesante intercambio de ideas y anécdotas.

La evidente premura del pasajero, pero principalmente su persistente y cada vez más evidenciada tara, lo hicieron descender de la unidad de manera intempestiva haciendo que este simpático muchachón olvidara dentro del taxi en cuestión un discreto portafolio con objetos varios. Aunque su reacción fue casi inmediata, el caballero de larga melena y cuerpo atlético, solo alcanzó a ver como el taxista se alejó rápidamente de aquel lugar luego de haber agradecido la generosa propina que le obsequió el feliz pasajero. Aunque el atarantado individuo intentó llamar a su teléfono celular con la esperanza de que el operador de aquel taxi lo escuchara y notara el lamentable olvido, aquello fue inútil y no obtuvo respuesta alguna.

Durante el resto del día el olvidadizo mozuelo cayó en un estado de depresión producto de la desilusión ante la falta de honradez de aquel señor que tan buena impresión le había causado. Por los siguientes dos días se le escuchó vociferando y maldiciendo a la raza humana en todo momento, incluso hay quienes aseguran haberlo escuchado decir que jamás volvería a tener fe en las personas.

Fue hasta el tercer día cuando el desilusionado galán comenzó a resignarse y a aceptar finalmente su lamentable perdida. Habiendo superado la muina y el enojo, aquel día decidió dejar atrás los rencores y todos esos sentimientos negativos y se dispuso a salir a la vida con una actitud renovada basada como siempre en la esperanza y el positivismo tan característico de él. Ese día, un jueves 31 de mayo de 2012, al salir de su morada y ya dispuesto para comenzar con la ardua faena del día, simplemente no podía creer lo que sus ojos estaban viendo. Ahí, frente a él, se encontraba parado Don Enrique a un lado de su modesto taxi esperando paciente a que apareciera el “pendejo olvidadizo” para así poderle entregar, intactas, todas y cada una de las pertenencias olvidadas.

El reencuentro entre esas dos personas fue harto efusivo, uno feliz por haber hecho lo correcto, y el otro, feliz por haber recuperado una de las cosas más importantes que había perdido apenas hacía tres días en aquel taxi, su fe y su esperanza en los hombres de buena voluntad.

Hubo una propina, hubo un fuerte apretón de manos, hubo el intercambio de sonrisas entre dos viejos amigos, pero principalmente y sobre todas las cosas, hubo una prueba inequívoca e irrefutable de que aun existen en este mundo personas buenas, personas buenas que siempre serán un motivo más para seguir creyendo en un futuro mejor, en un mundo mejor.

A nombre de ese “pendejo olvidadizo”… gracias, muchas gracias Don Alfredo.


Atte. El mismo Pendejo Olvidadizo de arriba. 

lunes, 21 de mayo de 2012

Paul McCartney... el concierto de nuestras vidas




Cuatro de la tarde, todo listo para ir en busca de un sueño, de un sueño compartido que estaba a punto de hacerse realidad. Mi hija casi no durmió de la emoción y yo igual, bueno a decir verdad el trinche reflujo nocturno también ayudo en algo a que yo pasara casi en vela la noche previa al concierto. Pero qué importa que la vida nos debiera unas horas de sueño cuando otro sueño más importante estaba por realizarse.

Mi falta de afición al peladísimo deporte de las patadas es sin duda la causante de la poca experiencia que tengo en el funcionamiento y operación del “Coloso de Santa Ursula” (como le llaman los pamboleros al Estadios Azteca). Y es que a lo largo de mi longeva y putrefacta vida solo he estado en cuatro ocasiones en el Estadio Azteca: cuando siendo un niño de 7 años mi padre me llevó a un partido de futbol entre el América y el Cruz Azul, cundo ya adolescente fui a la inauguración del Mundial de Futbol, cuando presencié uno de los conciertos que dio Michael Jackson en tierra azteca, y por último y más recientemente, en el concierto que dio la banda U2 en su gira “La Garra te agarra ay nanita World Tour”. Bueno pues esta falta de experiencia en el teje y maneje del estadio me hizo lanzarme con bastante tiempo de anticipación para buscar donde dejar mi carro, porque por la experiencia previa que tuve en el concierto de U2, sabía que esto se convertía en una verdadera monserga.

Durante los días previos y siendo yo un maniático obsesivo de la planeación estratégica así como un enemigo irredento de la improvisación, me puse a analizar la logística del evento en lo que respectaba a la llegada, acceso y aparcamiento de mi unidad en el Estadio Azteca. Mi primera opción en este caso sería el estacionamiento propio del estadio, que por estar a un costado de este, me evitaría la fatiga de tener que caminar largas distancias, cosa que a mi edad y en mi permanente estado de conchudez ya es un factor importante a la hora de tomar la decisión. El Plan B era un sitio que se encuentra sobre Viaducto Tlalpan y que se utiliza para guardan los camiones recolectores de basura del D.F., en este lugar dejé mi coche el año pasado en el concierto de U2, claro, previo soborno al vigilante de aquel enorme garage. Quitando el bonito tufo putrefacto y pestilente que se le impregnó aquella vez a mi coche, podría decir que este es un lugar idóneo para dejar el coche ya que a la hora de retirarse del lugar uno lo hace de manera rápida y sin mayor bronca. Y por si las moscas, contaba con un Plan C para estacionarme, este era en un Soriana que se encuentra a 1,420 mts. (según Google Earth) del estadio y que cuenta con un estacionamiento que funciona durante las 24hrs.

Luego de circular por la calzada de Tlalpan escuchando y cantando a todo pulmón los éxitos de Paul McCartney, finalmente llegamos a las inmediaciones del, al menos por hoy, bitlemaniaco estadio. A mi hija se le iluminaron los ojos en cuanto comenzó a ver el operativo de seguridad que implemento el astuto Carnal Marcelo y que era señal inequívoca de que estábamos por llegar al estadio. Finalmente lo tuvimos de frente y comenzamos a rodearlo en busca de la entrada del estacionamiento. Al llegar, una nativa del lugar que orgullosa portaba un gafete para identificarse, pasó a cobrarnos 100 morlacos para poder hacer uso del estacionamiento.

Con el estacionamiento casi vacío y con mil opciones para poder estacionar mi coche, como ocurre siempre en estos casos, no lograba decidirme por cual lugar sería el mejor para poder retirarme lo más pronto de ahí a la hora de la salida. Mi hija que siempre ha sido más practica que yo y menos paciente, luego de ponerme una ligera cagada (con el debido respeto que me merezco), me ordenó que ya me decidiera por un lugar y que dejara de estar dando vueltas porque ya comenzaba a marearse. Finalmente me decidí por un lugar relativamente cerca de la salida y allí estacioné mi coche.

Lo primero que hicimos al bajar de mi poderoso Corcel Blanco, como buenos pelados que somos, fue tomarnos una foto con el Estadio Azteca a nuestras espaldas para tener un bonito registro, a manera de recuerdo, de aquel memorable día. Acto seguido, empacamos estratégicamente y en donde pudimos, la cámara, los binoculares, la botella de agua, los ponchos para la lluvia, algunos otros objetos varios necesarios para el evento y, por su puesto, los preciadísimos y codiciadísimos boletos.

Mi hija no dejaba de preguntarme la hora a cada momento, su emoción y estado de exaltación comenzaban a transformarse en un agudo y constante pain in my ass, sin embargo, ambos compartíamos esa emoción y esa exaltación así que la comprendí y me uní gustoso a su algarabía. Así, todos orgasmiados (como elegantemente dice ella), caminamos ambos de la mano hacia la entrada del estadio para ir viendo como y por donde sería nuestro acceso, o como dirían los clásicos: “para irle midiendo el agua a los tamales”. Mientras nos acercábamos comenzamos a ver a muchos fans que pacientemente ya se encontraban formados esperando ingresar a sus lugares, seguramente en zonas generales y de cancha (no numeradas). La mayoría de los presentes lucían y presumían orgullosos su idolatría por McCartney y los Beatles. Portaban desde camisetas con distintas imágenes de los Beatles y Paul, hasta uniformes hechos seguramente por ellos mismos como el que usaron los Beatles en su octavo álbum de estudio “Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band”. Por su puesto que esos elegantes uniformes azules tenían un ligero toque “huehuenche” que los hacía particularmente curiosos.

Exactamente frente a la entrada, los chingomil puestos de ambulantes terminaban de instalarse. Es obvio que en esta ciudad gobernada por el PRD, dizque de vanguardia, la corrupción esta presente por todos lados de manera grosera y descarada. Primero y antes que nada, está el negocio, tanto para los dueños del estadio como para las autoridades encargadas de la seguridad de los asistentes que solapan todas estas irregularidades. Ahí protección civil simplemente brillaba por su ausencia. Y es que si por alguna emergencia se tuviera que evacuar el estadio, todos esos puestos de fritangas serían seguramente los causantes de una desgracia. En fin, como no quiero sonar como la clásica tía regañona, dejemos a un lado la corrupción mexicana, en este caso la del gobierno de Ebrard, y sigamos con este mamotreto.

He de decirles que mi hija, como buena super fan de los Beatles y McCartney que es, ya portaba orgullosa su chamarra y bolsa de los Beatles que la hacían verse divina, sin embargo, generoso y consentidor que es uno, me ofrecí a “picharle” una camiseta o algún otro souvenir para acrecentar su colección. Nos acercamos al puesto que decía “Official Merchandise” y mi hija procedió con su bitlemaniaca y escrutadora mirada a escanear todo lo ahí ofrecido en busca de algo que le agradara. Luego de apenas unos cuantos segundos, identifiqué en su rostro su inconfundible cara de “fuchi” por lo que nos retirarnos de ahí sin comprar nada. Recordé que en la entrada que da hacia Tlalpan se ponen chingomil puestos con harta mercancía pirata, así que le pregunté a mi hija si quería caminar hasta allá para ver si encontraba alguna chachara que le gustara, y ella gustosa aceptó.

Como lo que nos sobraba era tiempo, apenas eran las cinco de la tarde, caminamos tranquilamente por todo el rededor del estadio (bastante pinchurriento por cierto) hasta llegar a la entrada principal del estadio. Lo dicho, la explanada del estadio estaba pletórica (o sea hasta la madre) de comercio irregular, ¡ah, pero eso sí!, con hartos y muy variados artículos a muy buen precio. Mientras la “camiseta oficial” costaba 300 pesos (bastante gacha y de muy mala calidad), las piratitas que vendían en los puestos y que algunas se veían incluso de mejor calidad, costaban apenas 100 pesitos. También se mercaba ahí: que la gorrita, que el gafete (tipo Staff - All Access), que la tasa, que el caballito tequilero, que la pluma, que el poster, que el llaverito, que el “tatuaje” con pintura (yo estuve tentado a ponerme el nombre de Paul en un seno), que el programa oficial, que la capita de hule para “aprevenirse” de la lluvia, etc. Pues bien, mi exigente y selectiva hija recorrió todos los puestos mientras yo pacientemente la seguía en carácter de escolta, hasta que finalmente, encontró algo que le agradó. Era una blusa bastante bonita y original con el rostro de su amado Sir Paul en el frente. Luego de pagarla le dije que si quería se la podía poner en el baño del estadio para que la estrenara inmediatamente, pero ella me dijo que no y me mostró la razón. Debajo de su chamarra de los Beatles, traía una camiseta que tiene estampado en el frente un ecualizador con luces reales que encienden y apagan por medio de un censor de sonido y a la cual, ella, gracias a sus conocimientos adquiridos en “El Espacio de Cositas”, le bordó la leyenda: “I love Pual”. Una vez que mi hija me presumió su original creación, volvió a cerrar su chamarra, guardo su blusa de Paul y ahora si, nos fuimos a formar en una de las largas filas que ya habían en la entrada principal del estadio.

Mientras yo pacientemente esperaba a que se abrieran las puertas del estadio, mi hija, cual nerd, se sentó en el suelo a un lado de un elemento del orden (un rollizo y adiposo granadero) a estudiar para el examen que tendría al siguiente día y muy de mañana. El cuadro era enternecedor, al menos para mí que con los años me he vuelto más sensible que Marga López y Libertad Lamarque juntas. Y es que si alguien se merecía estar ahí era mi hija, que no es por nada pero es harto estudiosa, responsable y obediente (hablo papá cuervo). Yo, mientras esperaba en la fila, me entretenía viendo a algunos de mis congéneres que lucían todo tipo de indumentarias alusivas a cuarteto ingles. Los que más ternurita me causaban, eran aquellos que se mandaron a hacer sus trajes tipo “Sargent Pepper” en un hermoso color azul plúmbago y con el típico sello de La Lagunilla, claro que ellos se sentían soñados cual debe de ser.

Mientras esperábamos el cielo cada vez se encapotaba más y más, presagio infalible de que ya venía el agua. En cuanto cayeron las primeras gotas, los vendedores de “capitas de plástico” comenzaron a hacer su agosto a razón de 20 pesos la pieza. Yo que sí me “aprevine” traía mi par de “ponchos” mismos que me rehusé a poner en ese momento. Estoico, como cuando voy al toro, aguanté el chipi chipi sin bronca hasta que paró, total, sanforizado sí estoy, además de que la calor estaba harto juerte y el agüita como que nos refrescó.

Por ahí de las 6 y media de la tarde, finalmente a las autoridades del estadio se les dio la gana abrir las puertas y así comenzó a entrar el respetable al estadio. Aquellos que iban a cancha o general, corrían en manada en busca de un buen lugar, yo, inteligentemente, puse a salvo de la estampida de bípedos a mi hija y esperamos a que se calmara aquello. Vía de mientras, mi hija toda emocionada seguía tomando fotos de todo, creo que hasta al letrero del baño le tomó una foto del recuerdo. Por su puesto que yo también estaba emocionado, ni mi hija ni yo podíamos disimular la emoción que nos causaba el poder conocer personalmente a nuestro ídolo musical.

Siempre, durante mucho tiempo, hacía planes para llevar a mi hija a algún lugar a escuchar a alguno de esos grupos que tocan música de los Beatles, la verdad es que nunca me imaginé que terminaría llevándola a escuchar música de los Beatles… ¡pero interpretada por uno de ellos!

Al llegar al túnel correspondiente, un acomodador tomó los boletos y nos condujo hasta nuestros asientos. Cuando mi hija vio el escenario, sus ojos literalmente se iluminaron y al mismo tiempo iluminaron mi corazón (si, así de joto soy). Para esas alturas yo ya no sabía que es lo que me hacía más feliz, si el ver a mi hija tan emocionada o el saber que en ese escenario saldría a tocar mi querido y admirado tocayo.

Una vez ya instalados en nuestras diminutas e incomodas localidades (sí, soy nalgón y qué), mi hija se convirtió en una verdadera monserga, y es que no dejaba de morderme el brazo todo el tiempo de la emoción. Yo, escéptico como siempre, dudaba que se fuera a llenar el Azteca, pero poco a poco, comenzó a cubrirse de fanáticos que, al igual que nosotros, ya no veían la hora para que apareciera Paul en el escenario.

Por ahí de las ocho de la noche apareció un güero panza de pescado, quezque DJ, que francamente fue una verdadera aburrición para todos. Durante fácil más de una hora, nos puso sus trinches discos con música de los Beatles dizque para “prender” al público, ¡cómo si Paul necesitara que alguien le calentara al público! A mí que soy un hijo de nadie, francamente me pareció absurdo (forma elegante de decir “pendejo”) que nos pusieran discos de alguien que estábamos a punto de escuchar en vivo, creo que hubiera sido mejor para abrir el concierto de Paul cualquier otro grupo de rock, incluso uno del país, en lugar de el pachequín de los discos.

Luego de desear con todas nuestras ganas que se fuera la luz en el estadio para que ya le llegara el DJ, finalmente terminó con su numerito y pasó a retirarse sin el más mínimo aplauso del respetable. Mi hija retomó su práctica canina de morderme el brazo derecho ante la emoción de ver que el staff comenzó a preparar el escenario y los instrumentos para que al fin y luego de toda una vida de espera, bueno dos, la mía y la de mi hija, apareciera Sir Paul McCartney frente a nosotros en persona y de cuerpo presente.

Les tomó poco tiempo quitar el “tocadiscos” del soporífero DJ y preparar el escenario para que comenzara el concierto. De pronto, las luces ambientales del estadio desaparecieron y en las dos impresionantes pantallas del escenario comenzaron a salir cientos de imágenes relacionadas con Paul McCartney y The Beatles. En ese momento comenzó a caer una verdadera tormenta, cosa que poco importó ante la exaltación de los más de 80 mil pelados ahí reunidos (mi hija y yo entre ellos). Luego de invocar a San Isidro Labrador, nomás por no dejar, me enfoqué en el concierto y poco me importó lo que pasara con el clima.

Luego de ver esas maravillosas y nostálgicas imágenes en las pantallas por alrededor de 20 minutos, apareció en escena, ante los incrédulos ojos de este pinche fan que les habla, el gran, gran, gran, Paul McCartney. Como dice mi hija, se nos pusieron en automático los ojitos de Remi, nos tomamos de la mano en un acto más que espiritual y religioso, y a la cuenta de: “one, two, three, four”, iniciamos un verdadero y maravilloso vieja mágico y misterioso. ¡Exacto!, así comenzó Paul su concierto en el Azteca, el concierto de nuestras vidas, tocando “The Magical Mystery Tour” de The Beatles, no para las 80 mil personas ahí reunidas, no, fue solo para dos personas que tomadas de la mano se olvidaron por casi tres horas que había un mundo diferente al de la música de McCartney, dos personas que vivieron uno de los días más inolvidables y felices de sus vidas.  

Del resto del concierto podría escribir muchas cosas, pero ninguna reflejaría, ni siquiera un poco, todas las emociones que vivimos a lo largo de aquella noche mi hija y yo. Por eso no lo haré, pero creanme, fue algo muy especial, algo que nunca vamos a olvidar, y estoy seguro, que como la nuestra, habrá miles de historias parecidas que alguien tendrá que contar algún día. Por lo pronto solo me resta darle gracias a la vida por permitirme, por permitirnos, a mi hija y a mí, haber sido tan felices aquella noche a través de la música del gran Sir Paul McCartney… ¡Qué viva la música!... ¡Y qué viva Paul McCartney!


Otro día con más calmita… nos leemos.

domingo, 6 de mayo de 2012

Dios y sus Tiempos, o lo que es lo mismo, Paul vs La Sacrosanta




Dios, a ver cómo le haces pero, ahora o me das el don de la ubicuidad o de lo contrario vamos a tener serios problemas tú y yo.

Y es que, no están ustedes para saberlo, pero yo sí para contárselos. Resulta que, como ustedes ya saben, el día 8 de mayo es el concierto tan esperado (al menos para mí) de Sir Paul McCartney, pero también es el IMPORTANTÍSIMO cumpleaños (por el número de años que cumple) de mi Sacrosanta madre. Ya se imaginarán que estoy entre la espada y la pared, por un lado mi hija que muere por ir al concierto y por el otro mi Sacrosanta madre que nunca me va a perdonar que la deje sola el día de su cumpleaños. Y todavía para acabarla de amolar, al ex Beatle se le ocurrió dar el concierto del Zócalo el 10 de mayo, Día de las Madres, seguramente nomás para complicármela más.

Algunas gentiles personas al verme tan angustiado y al cuasiborde del tramafat, me han dicho que por qué no me la llevo al concierto el martes, si fuera Rod Stewart o Queen seguro que iría encantada (es Big Fan), pero Paul, never! dice que ese viejito ya no debería de cantar, o sea, le tira mal plan al geriátrico Beatle. Por lo pronto hoy me la voy a llevar a prefestejarla y ya veré que se me ocurre para el martes.

Por su atención gracias, ¡ah! y les pido por favor, que sus oraciones del día de hoy vayan dirigidas a salvar mi bitlemaniaca alma que seguramente se va a ir al infierno por traicionar a mi Sacrosanta madre el día de su cumpleaños (y chanse y hasta el Día de las Madres). ¡Amén!


Otro día con más calmita… nos leemos.

sábado, 5 de mayo de 2012

Frase Cele bral 23




Los artistas viven de los aplausos, los mosquitos no… todo lo  contrario.

- said -

miércoles, 2 de mayo de 2012

En el Museo Nacional de Antropología e Historia calladito me veo más bonito




Mientras caminaba por el Museo Nacional de Antropología e Historia intentando recuperar mi a veces mermado amor por mi país, descubrí con gran emoción a una enorme cantidad de chiquillos (y chiquillas) que, acompañados de sus apás y amás, recorrían felices este que es sin lugar a dudas el mejor museo de México y uno de los más hermosos del mundo.

Siempre me ha emociona ver niños en los museos, aunque no precisamente esos que llevan una libreta en la mano y que fueron obligados a ser llevados por sus padres al museo tan solo para cumplir con una trinche tarea, no, esos no me laten tanto. Lo que realmente me emociona, es ver a esas familias que acuden al museo porque los padres, de manera voluntaria, decidieron que ese era un buen paseo para compartir con sus hijos.

Pues bien, mientras caminaba entre las diferentes salas del museo me topé con muchas familias de estas. Me resultó harto divertido escuchar las distintas explicaciones que las mamás y los papás les deban a sus críos mientras admiraban alguna pieza del museo. Yo que soy aficionado a la arqueología y que algo conozco de eso, al escuchar los disparates que les decían estos padres de familia a sus vastagos, sentía que era mi responsabilidad y obligación sacarlos de su error haciendo las precisiones necesarias, de hecho, se puede decir que se me quemaban las habas por meter mi cucharota en esas entrañables platicas entre padres e hijos.

Afortunadamente dominé mi deseo por corregir a esos padres de familia y logré cerrar el pico y permanecer al margen de esas singulares cátedras familiares. Y es que al fin y al cabo, comprendí que lo importante no era lo que los padres les estaban enseñando a sus hijos en materia de antropología o historia, lo realmente importante que estaba sucediendo frente a estos ojos que se comerán los gusanos, era el amor que esos padres les estaban inculcando a sus hijos por sus raíces, por sus antepasados y por su país, y eso, señores y señoras, es mucho más importante que la simple precisión de un dato. Seguro que con el tiempo, algún profesor, algún libro o el propio deseo de conocimiento sembrado por esos padres en sus hijos se encargarán de rectificar toda la información errónea con la que salieron del museo ese día. Por lo pronto, esos niños seguramente se retiraron de ahí sintiendo un gran amor pos su país y, principalmente, una profunda admiración y respeto por sus sabios padres que los llevaron a ese maravilloso lugar, al gran Museo Nacional de Antropología e Historia.









Otro día con más calmita… nos leemos.