lunes, 26 de marzo de 2012

Fin de Semana Largo... ¡es de pelados!



Contagiado por el peladísimo fervor provocado por el Fin de Semana Largo, yo que no acostumbro sucumbir ante la tentación, decidí que debería salir a disfrutar de este oportuno día de descanso. Por otro lado, yo que no acostumbro moverme de mi zona de confort comprobadísima, en esta ocasión, decidí salir de la rutina y emprender una aventura diferente, la siempre gustada y socorrida aventura de “pueblear”.

Pues bien, yo que me las doy de muy inteligente y harto listo, pensé que el mejor día para salir a pueblear sería el domingo. Según yo, para ese día, todos los que iban a salir de la ciudad ya lo habrían hecho y los que iban a regresar aun no lo harían sino hasta el lunes.

Para la noche anterior al domingo todo ya estaba perfectamente organizado y listo, la logística implantada por mí era simplemente inmejorable. Mi hermoso Corcel Blanco ya estaba con el tanque lleno y con todos sus niveles de líquidos revisados para evitar imprevistos. Las baterías de mi celular y mi cámara ya habían sido cargadas hasta el full para lo que se pudiera ofrecer. La ruta a seguir ya había sido trazada y revisada, una y otra vez, directamente en Google Earth. Mi ciruelita, o sea mi copiloto, o sea mi madre, ya había sido advertida que tendría que estar puntual para salir o de lo contrario se arriesgaba a quedar, cual novia de pueblo, plantada. Así mismo, la invitación la había hecho extensiva a mi amada hija, aunque esta, de manera olímpica, me había bateado según ella por ya tener compromisos contraídos con anterioridad, o sea, seguramente porque le dio wueva mi pintoresco y folklórico tour pueblerino.

El día llegó. Muy temprano, bueno ni tanto, me levanté de la cama y presto acudí a la cita con el vital liquido para remojar mis partes nobles y áreas circunvecinas. Luego de ese tonificante baño taurino (de orejas y rabo) procedí a ingerir una aromática tasa de café expresso para terminar de despertar. Vía de mientras, mi sacrosanta ya se acicalaba en su habitación y terminaba de hacer sus oraciones matinales, por cierto, utilísimas en estos casos en los que uno expone el pellejo en la carretera.

Exactamente a la hora planeada (más dos horas), salimos de mi principado y me encaminé feliz y fascinado hacia mi destino. Tomé calzada de Tlalpan y di vuelta en Periférico para coger rumbo a Xochimilco (por favor, sin albur que hay niños). Todo iba bien hasta llegar a la altura del embarcadero de Nativitas. En ese punto, me percaté que hordas de pelados se dirigían a un especio arbolado (más bien entierrado) para realizar actividades recreativas propias de la especie: jugar futbol, montar a caballo, jambar todo aquello que chilla en aceite, y por su puesto, libar bebidas de moderación tales como pulquito y chela. Este peregrinar hacia ese pequeño bosque que se ubica cerca del embarcado, ocasionaba que el transito se hiciera lento y tedioso. Claro que yo ya iba preparado anímicamente para enfrentar cualquier imprevisto de este tipo, así que solo me relajé y lo tomé con calma.

Luego de una hora de apenas avanzar hacia el vecino pueblo de San Pedro Actopan, en Milpa Alta, mi filosofía lama y mi paciencia de monje tibetano comenzaron a desaparecer de la faz de la tierra sin que yo pudiera hacer algo al respeto. La verdad es que no me explicaba el porqué nomás no avanzábamos nadita, posiblemente, suponía yo, podría tratarse de algún accidente o algo parecido. De pronto, escuché una explosión seguida de otra y muchas más, entonces me cayó el veinte, se trataba de una trinche peregrinación huehuenche. ¿Se han fijado que en los pueblitos tiro por viaje es la fiesta patronal? ¡Ah!, y les encanta el guateque, porque así de webs y con la mayor tranquilidad, cierran el paso a todos los seres motorizados para poder poner en la calle sus trinches juegos mecánicos, sus puestos de garnachas y sus castillos explosivos (cuetes), sin que les importen en lo más mínimo el destino de sus ateos y viajantes semejantes.

Dos horas tuvieron que pasar para poder salir de ese pueblo de nombre “Sepasurrechi”. Lo siento, no lo pude evitar, al ver que finalmente había logrado salir de ese pueblo, me despedí de el haciendo sonar el claxon de mi Corcel con esa bonita melodía que todos conocemos y que practicamos frecuentemente en los embotellamientos capitalinos, me refiero a una sonora y entonada mentada de madre.

En cuanto sali de ese trinche pueblito (famoso por sus nieves de chingomil sabores), la circulación comenzó a ser más fluida, la circulación por la carretera y la circulación de sangre por mi cerebro, lo que inmediatamente se vio reflejado en mi estado de ánimo que volvió a ser cool y a toda madre.

En menos de diez minutos ya estaba pasando a lado de San Mateo Actopan, pueblo famoso por su Feria del Mole y por la iglesia en donde se encuentra el milagrosísimo Señor de las Misericordias, del cual por cierto, mi madre es big fan… ¿o se dice devota? Al pasar por ahí mi madre sugirió, apenas, que pasáramos de rapidito a prenderle una veladora al Señor de las Misericordias y rezarle un Padre Nuestro, sin embargo, mi mirada del anticristo inmediatamente la hizo abandonar la idea y resignada siguió disfrutando del paisaje.

El paisaje por cierto es bastante agreste, solo se cultivan por esos rumbos el nopal y… el nopal. Lo que viene siendo la Flor Ave del Paraíso, el Nardo, el Pino Canadiense, el Ahuehuete, la vid y la Amapola, pues nomás no se dan por ahí ni con chochos. De cualquier forma, ver algo diferente al semáforo, al viene viene, al payasito de crucero, a la eterna obra del metro, a los segundos pisos, etc., sin duda que eso ya es ganancia.

En seguida de San Pedro Actopan pasamos por Milpa Alta y ya, entonces si, salimos a lo que viene siendo la campiña milpaltence. Desgraciadamente en el cielo había cierta bruma, ¿o era contaminación?, bueno, no lo sé, pero si hubiera estado más despejado el cielo seguro que la vista hubiera sido increíble desde ese lugar. Y es que el paisaje desde un mirador que se encuentra en las afueras de Milpa Alta es extraordinario, ya que en un día despejado se tiene desde ahí una vista espectacular del Popocatepetl y el Iztaccihuatl.

Total, que no me detuve en el mirador dado que no se veían los volcanes, además, tristemente el mirador ya fue invadido por los amantes del pambazo y el elote, ahora solo hay puestos de comida ahí que impiden disfrutar de la bonita vista. Pasé de largo el mirador y paciente esperé llegar a un lugar más interesante. Mientras llegábamos a nuestro próximo destino, decidí ponerle música al asunto, por lo que instruí a mi copiloto (la Sacrosanta) para que escogiera algo de música ad hoc para el camino. Cuando vi que me pasó un bonito cd de Marco Antonio Muñiz (el Lujo de México) con aquel tema titulado “El Despertar” que tanto le gusta, no tuve otra opción más que aplicar mi derecho de veto y procedí a escoger yo mismo la música. Dirán que soy pelado, pero para circular por carreteras mexicanas de este tipo, no hay mejor “maridaje” que un cd de Los Invasores de Nuevo León. Mientras yo cabalgaba por la llanura morelense montado en mi Corcel Blanco, cantaba a grito pelado los éxitos: “Mi casa nueva” y “Eslabón por eslabón”.

Ya para esa hora y dado que yo no acostumbro desayunar, comencé a sentir algo de gazuza y mis tripas se encargaron de hacérselo saber a mi madre. Mi madre que es harto precavida (por algo es mi madre), tuvo la precaución de elaborar un par de “changüiches” para su Rorro, o sea, yo. En verdad, no cabe duda que, ¡madre solo hay una! (y changüiches, dos). Acto seguido, active el piloto automático de la unidad y me dispuse a degustar de ese par de changüiches que, aunque estaban desabridos y sin chiste, cumplieron cabalmente con su fin, el de matarme el hambre. Donde si me falló mi Sacrosanta fue en las bebidas, ¡cómo que agua!, pues qué me vio cara de radiador sobrecalentado, se hubiera aprevenido bien con una hielera con suficientes cervezas frías (Heineken, si no es mucha molestia).

Finalmente llegué a uno de los puntos que había marcado en mi ruta como photo spot, osease, un lugar harto chido para tomar buenas fotos. Se trataba de una valle ubicado unos kilómetros antes de llegar al “pueblo mágico” de Tlayacapan (Pueblo Mágico: dícese de un trinche pueblo sucio, abandonado, viejo y sin ningún tipo de mantenimiento). Bueno, este photo spot se encontraba, para ser exactos, a la entrada de una carretera de terracería justo en medio de una nopalera, y desde ahí se tenía una vista impresionante de una serie de “peñas” (cerrotes de piedra) bastante fotogénicas. Así que hice mi parada oficial luego orillarme a la orilla (como dicen los elocuentes oficiales de tránsito capitalinos), y una vez estacionado en un lugar seguro, descendí de mi unidad para hacer mis fotos. No acababa de escuchar el primer “clic” de mi cámara, cuando mi Sacrosanta me preguntó desde el coche: - ¿Qué habrá víboras aquí? -, yo intrigado pregunté: - ¿víboras? -, - Sí, es que ya me dieron ganas de hacer pipi -. Como no iba a exponer a mi Sacrosanta a ser mordida en salva sea la parte por una víbora negra o tepocata, me apuré a hacer mis fotos del lugar y cuanto antes volvimos a coger camino hacia la civilización más cercana.

Al fin llegamos a Tlayacapan, mi esperanza era encontrar una gasolinería para que mi Sacrosanta madre pudiera hacer uso de sus instalaciones, o sea, hacer chis. El paso por el pueblo fue más lento que un trámite en Hacienda. Entre los mil topes que nunca faltan en esos pueblitos y las señoras obsesionadas por comprar cuanta madre venden al paso de la carretera, pues nomás no avanzábamos nada. Mi madre, con la vejiga a punto de explotar, no perdonó la parada oficial en un puesto donde vendían mugre y media de barro. Se puso a ver macetas y hasta se le olvido que estaba a punto de empezar a “gotear”. No sé porque a la viejitas les encantan las macetas, ¡ella ni jardín tiene! En lo que mi madre mercaba con la marchanta yo anduve haciendo mi labor de investigación y encontré un lugar con un gran letrero que decía “WC”. Inmediatamente fui por mi madre hasta el puesto de artesanías y prácticamente me la lleve de la oreja para que hiciera del cuerpo antes de que tuviera un hidroaccidente. El dichoso “WC” se encontraba en la parte trasera de una choza de lámina, así que mis expectativas no eran del todo optimistas, yo pensé que iba a encontrar una fosa séptica pestilente y llena de alimañas, pero que para este caso de emergencia, seguro serviría. Pero ¡cuál!, onde me voy encontrando un baño que ya lo quisiera yo en mi principado, parecía terma romana el maldito, ¡una chulada de caquero verdad de Dios! Les prometo que me dio lástima no haber traído una buena diarrea para poder haber disfrutado de ese santuario de la popis.

Luego de caerme con los 10 pesotes mejor invertidos en mi vida, dejamos atrás ese paradisíaco WC y regresamos hasta donde había estacionado mi Corcel. Todavía de paso mi madre compró algunas chucherías para el camino, víveres pues. De nuevo me incorporé a la enorme fila de coches que se disponían a atravesar el pueblito y poco a poco fuimos dejándolo atrás. Mi Sacrosanta insistía cada tres metro: - mira, párate tantito, ya viste lo que venden ahí -, obvio que yo fingí demencia y aplique la de: “no oigo nada, soy de palo, tengo orejas de pescado… la la la la la”.

A partir de ese “pueblo mágico” el resto del camino estuvo pletórico de vendimia a la orilla de la carretera, desde sitios para comer, hasta los típicos locales en donde se venden albercas inflables y demás artículos propios para el feliz chacoteo en la alberca. Mientras más alberquitas, flotis y llantitas salvavidas veía a la orilla de la carretera, más me indicaba el sentido común que ya estaba por llegar a Oaxtepec. Llegó un momento en que vi tantos espectaculares a la orilla de la carretera (de balnearios) y el trafico era tan lento, que tuve un flashback y me trasporté por un instante a esos periodos eternos sumido en el bonito trafico del Periférico mirando sugerentes espectaculares de Vicky Form. Pero no, cuando menos me di cuenta, ya había llegado por fin al “pueblo mágico” de Oaxtepec.

La emoción de estar frente al balneario de Oaxtepec se hizo presente a través de una curiosa taquicardia y mariposeo estomacal. Lo que pasa es que toda mi feliz infancia me la pasé aquí. Mi padre era fan de este tranquilo lugar, tanquilo en aquellos lejanos años, así que por lo menos cada 15 días rentaba una cabaña y nos pasabamos el fin de semana allí, Oaxtepec era como mi segunda hogar. Recordé que frente a la entrada principal del centro vacacional me compraban mi “peladísimo” traje de baño (tipo speedo o tanga tarzanera) con una infalible anclita grabada justo a lado de donde iba el "paquetín".

Desgraciadamente la taquicardia y el mariposeo estomacal pronto desaparecieron y se transformaron en muina, cólera y lo que viene siendo… encabronamiento. La razón, el trinche gentío que había en los alrededores y, supongo, en el interior del balneario. Si en algún momento pasó por mi cabeza la idea de entrar para recordar my wonder years, esa idea fue abortada inmediatamente y no me quedó otra más que hacer mutis de esa estresante aglomeración.

Luego de 5 horas de tráfico, topes, baches, fiestas patronales, peregrinaciones, vejigas nerviosas, macetas, macetas, más macetas, y flotis, tuve que salir de aquel lugar sin hacer siquiera una parada para estirar las piernas. En ese momento comencé a preguntarme si el haber tomado la decisión de abandonar mi zona de confort, Cuernavaca, para buscar una nueva aventura pueblerina había sido una decisión inteligente. Mi copiloto, mi madre, para esa hora también ya mostraba signos de abatimiento y hartazgo, me di cuenta que, al igual que yo, comenzaba a buscar ya “la querencia de las tablas”. Me preguntó mi madre si íbamos a comer ahí porque ya hacía hambretetita, yo, luego de analizar las posibles opciones, tomé la sabia decisión de correr a mi zona de confort.

Luego de informarle a mi Sacrosanta que en ese mismo momento partíamos con rumbo a la Ciudad de la Eterna Primavera, comencé a girar instrucciones al resto de la tripulación: “favor abrocharse los cinturones, cerrar las ventanas y no dar de comer a los animales”. A continuación hice sonar en la cabina de mi Corcel la rolita de Queen titulada “Don´t stop me now”, y ¡listo!, le pisé la chancla al Corcel hasta que la aguja marcó a 160 km/h. Normalmente en estos casos mi copiloto oficial suele decirme: “Pendejo, o le bajas o aquí me bajo”, pero en ese momento mi madre estaba tan harta como yo, así que solo apretó la dentadura postiza marca Jairo Campos y se encomendó a Dios.

A unos 14 km me encontré con un letrero que anunciaba una proxima desviación hacia el “pueblo mágico” de Tepoztlan. Nomás por no dejar le pregunté a mi madre si quería hacer una escala en tan místico pueblo, a lo que ella contesto rotundamente: “Síguete, ni se te ocurra pararte”. Yo no pude estar más de acuerdo con ella. Recordé que ya había tenido la oportunidad de estar ahí y definitivamente no me iba a perder de nada si me seguía de largo. Recuerdo de Tepoztlan una iglesia (nada del otro mundo), un trinche y apestoso tianguis en las afueras del atrio de la dichosa iglesia, unas cuantas tiendas de artesanías, un cerro con una pirámide en lo alto (el Tepozteco), y gente, mucha gente moviéndose de un lado a otro. Si uno no tiene el espíritu shayamichanesco, creo que no tiene nada que hacer ahí.

A esa velocidad cuasi supersónica llegué al que desde un principio debió de haber sido mi destino final ese día, mi adorada Cuernavaca. Ya ahí, en mi hábitat natural, me sentí como pez en el agua y rápido encontré un buen lugar donde tomar nuestros sagrados alimentos al tiempo que mirábamos una bonita alberca rodeada de bugambilias. Antes que en chinga, pedí a la mesonera del lugar que me rehidratara con una buena michelada bien fría. Una vez ya rehidratado, pacientemente esperé a que me trajera mi manduca mientras disfrutaba del trino de los pájaros que merodeaban aquel paradisíaco lugar.

El tiempo voló en aquel lugar y luego de terminar de bramar y libar, ya cuando comenzaba a caer la noche, salí de ahí para ir a dar un rol por el centro de la ciudad. Caminé, como siempre que voy a Cuernavaca, por los alrededores del Palacio de Cortes y el Palacio de Gobierno. Recordé, como siempre que voy a Cuernavaca, las miles de veces que de niño caminé por esos rumbos de la mano de mis papaítos. Por un momento estuve a punto de tomarme la foto oficial montado en un caballito de madera con mi sombrero de charro, pero mi temor a fracturar al pobre jamelgo con mi peso y quedarme endrogado con el señor fotógrafo, hicieron que abandonara la idea inmediatamente. Después de todo ya tengo muchas fotos montado en esos caballos del zocalito de Cuernavaca, así que quedé tranquilo luego de frustrase mi idea.

El fallido tour de “pueblos mágicos” me había dejado agotado, así que luego de echarle una última mirada a ese bonito lugar, regresé a donde había estacionado mi Corcel no sin antes pasar entre una serie de bares muy monos que intentaron seducirme sin éxito. Luego de ensillar a mi copiloto, ajustarle el cinturón de seguridad y permitirle hacer su tradicional oración antes de tomar carretera, encendí mi Corcel y me encaminé a la Ciudad de la Nube Gris, mi Tenochtitlan natal. El regreso fue muy tranquilo, a una velocidad crucero bastante decente y con música de fondo suave y relejante, Alanis Morissette umplugged (por si alguien se lo preguntó).

Aproximadamente a las 11 de la noche me encontraba ya en las proximidades de mi Principado. Mi copiloto regresó cuajada, prácticamente en estado de coma inducido, inducido por el cansancio, la buena comida y la oxigenación. Yo, por mi parte, regresé con las pilas cargadas y el estrés drenado gracias a mi insustituible zona de confort, mi entrañable Cuauhnahuac. Ahora prometo no volver a traicionar mi instinto, prometo no volver a desconfiar de mis amores, y prometo serle fiel siempre a mi Incondicional, a mi Cuernavaca querida.


Otro día con más calmita… nos leemos. 


jueves, 15 de marzo de 2012

Frase Cele bral 22



Si mi celular fuera realmente un "teléfono inteligente" seguro que este no se perdería tan seguido.

- said -

martes, 13 de marzo de 2012

Jotos


Juan Pablo Castro.

Yo joteo, tú joteas, él jotea, nosotros joteamos, vosotros joteais, ellos jotean, o sea, everybody loves jotear! Y cómo no, si la joteada es una actividad sana, inocua y bien divertida.  

El verbo “jotear” es un verbo harto bonito, por eso no solo hay que aplicarlo ocasionalmente, también hay que decirlo, usarlo e incluso practicarlo cada que nuestra hombría lo pida. No hay que tener miedo a que nuestra jotita interna aflore de vez en cuando y salga a respirar aire buga al exterior. Confieso que yo mismo he joteado con singular alegría sin que esto ponga en riesgo mi a veces cuestionada masculinidad. Es más, recuerdo bien que en una ocasión convertí el acrílico de mi oficina en un bonito “tablao flamenco” para poder jotear con mi buen amigo Juanmanuelisimo, y creanme, fue una experiencia sumamente divertida.

Entonces, ¿cuál es el problema con usar esta palabra?... ¡ah!, pues el problema está en usar la palabra “joto” como un insulto, como una estúpida manera de ofender, lastimar, agredir o denostar a un ser humano. Yo siempre he pensado que las palabras en si no son malas, sino el contexto y la intención con la cual las usamos. Una vez me dijo una persona que no veía, que él no tenía ningún problema en que le llamaran ciego y no invidente, siempre y cuando, el trato hacia él fuera respetuoso y digno; y tenía razón, finalmente lo que importa es como tratamos a las personas “diferentes” a nosotros y no como los llamamos. Un ejemplo son los minusvalidos, que luego de un tiempo se optó por llamarlos discapacitados y ahora terminaron siendo “personas con capacidades diferentes”. ¿Pero el trato hacia ellos ha cambiado?, la verdad yo creo que poco. Si fuéramos una sociedad más madura e inteligente, mejor deberíamos de preocuparnos por como tratarlos y no por como llamarlos.

Todo esto viene a colación porque un imberbe aborto de político, un pobre imbecil de nombre Juan Pablo Castro, al hablar frente a la Asamblea Juvenil de la ALDF, se refirió al matrimonio entre personas del mismo sexo como: “bodas entre jotos”. Esto obvio que prendió a más de dos, que con justa razón, protestaron por tan desafortunada declaración. Al individuo este lo han tachado de homofóbico, yo la verdad no creo que ni siquiera sea el caso, simplemente el joven al calor de su discurso y usando las pocas neuronas que Dios le puso en su cerebro, pues no le alcanzó para nada más brillante que esa perorata barata. Por otro lado, es cierto que declaraciones como estas contribuyen a fomentar actitudes homofóbicas y discriminatorias por lo que no hay que dejarlas pasar de largo.  

Lo triste del asunto, es que esto viene a ratificar mi teoría de que a muchos mexicanos los siguen educando en la cultura del odio y la intolerancia. Esto es lo que realmente nos debe de preocupar y no que un estúpido use la palabra “joto” para denostar a alguien. En nosotros como sociedad y como padres está la responsabilidad de educar a nuestros hijos para que sepan respetar la diversidad que existe en este mundo en todos los aspectos de la vida. Es cierto que todo mundo tiene derecho a tener una opinión o una postura, incluso tiene derecho a defenderla, pero siempre tendrá que ser dentro de un marco de elemental respeto.

Amigos y amigas, la diversidad nos enriquece y nos complementa, aceptemos que vivimos en un mundo con gente que pensamos de mil formas y todo gracias al maravilloso hecho de que todos somos diferentes, incluso aquellos que compartimos una misma forma de pensar, o en este caso, una misma preferencia sexual. Seamos tolerantes pues y tratemos de vivir en un mundo incluyente donde tengan cabida incluso los oligofrénicos como Juan Pablo Castro. Y si un día me ven por ahí joteando, pues me pueden decir joto, claro, siempre y cuando sea con cariño, amor y respeto, total… ¡qué tanto es tantito!


Otro día con más calmita… nos leemos.