lunes, 22 de agosto de 2011

Said en Chapultepec



El domingo pasado, luego de despertar de mi coma inducido (inducido por un par de botellas de tinto) y luego de pasar a remojar mis miserias en la ducha, decidí que había que hacer algo que me alejara del sillón y la tele.

Luego de consultar a mi “juanete pronosticador del tiempo”, como el de Bullwinkle (si son lo suficientemente viejos recordarán), tomé la sabia decisión, para alejarme de la inminente lluvia, de realizar un bonito paseo “indoor”, o sea, bajo techo. Como lo mío lo mío son los museos y la arqueología, pues que mejor que el Museo Nacional de Antropología e Historia (uno de mis favoritos).

Luego de ponerme ropa cómoda tirando a pandrosona con un toque de turista hippie apestoso europeo, me puse a empacar algunas cosas en mi “rucksack”: agua, manzana, galletas, cámara, walkman (como buen ochentero yo uso walkman y no iPod), rompevientos y, mi nuevo vicio, las pastillas Salvavidas (si no tienen hoyo, no es Salvavidas). Acto seguido, deposité un poco de efectivo en mi cartera, tomé mi celular, unas gafas, mi “wacho” sport y, finalmente, antes de salir de la Domus Saidiana, me rocié con un poco de loción dominguera.

Ya montado en mi hermoso y fiel Corcel Negro, comencé a hacer ambiente escuchando mi súper cd de Paul McCartney and The Winds. Así, al ritmo de “Band On The Run”, finalmente me interné en el Viaducto y me encaminé hacia el maravilloso bosque de Chapultepec. A mitad del camino comencé a rezarle a mi querido San Isidro Labrador para que junto y en complicidad con el infalible Taloc (amo y señor de las tormentas y los chipi chispis), desataran toda su furia y mandaran sendo aguacerote a Chapul para espantar a las hordas de cristianos que acuden en domingo a ese bonito paseo. Mi preocupación, como siempre, era la de no encontrar un trinche sitio donde dejar a salvo a mi fiel Corcel, que aquí entre nos, no se sabe cuidar solito.

Ya casi por llegar a mi destino, más o menos a la altura de la casa del “espurio”, noté que el astro rey (como le dicen al Sol los nacos reporteros de la tele), se abría paso entre las nubes y comenzaba a brillar a todo lo que daba. Sin desanimarme, seguí hasta llegar a Reforma, y al dar vuelta en el Museo de Antropología, entonces sí, casi se me salen las lágrimas al ver a il popolo llegar a borbotones, en busca todos de un lugar para estacionar sus “unidades”. En ese momento pensé que iba a tener que abortar mi visita turística a Chapul, pero parece ser que el Dios Chapulín quería, o había “decretado” (para estar a la moda), que yo debería de concluir mi bonita misión en el Cerro del Chapulín.

Al emprender la retirada, de pronto, vi incrédulo que iba a salir un carro que estaba casi en la puerta del museo (mejor sitio, imposible). Como dicta el Manual de Carreño, y las buenas costumbres, y el sentido común, y la bonita educación mamada en casa, prendí mis “stops” y pacientemente esperé a que la conductora y su prole abordaran la unidad e hicieran las maniobras necesarias para luego yo estacionarme. Mientras esperaba, se acercó a mí un jovenazo de unos 25 años que me amablemente me dijo: - buenas tardes Don, ahorita que salga ese coche lo clava ahí, solo que van a ser 30 pesos… ¿está bien? -. Yo con la emoción, acepté gustoso.

La damita al volante en cuestión, luego de golpear un par de veces con su despostillada “facia” a los coches que tenía adelante y atrás, finalmente salió y pasó a llegarle, o sea, se retiró. Apenas estaba cambiando la velocidad a mi Corcel para estacionarme, cuando de la nada, salió algo parecido al eslabón perdido conduciendo un camionetota y, a la gacha, de lo más gandalla, me ganó el lugar. No lo pude evitar y puse cara de ¡qué pedo! El jovenazo se acercó a la camioneta del Hombre de Cro-Magnon y le dijo que ese lugar era para mí, cosa que olímpicamente el espécimen ese ignoró. Por su puesto que cuando le dijo que eran treinta pesos por el lugar, el peladazo ni siquiera le contestó.

Les confieso que yo pensé en hacérsela de jamón, pero luego de ver a la concurrencia que bajó de su camioneta, la verdad, me abrí gacho. Y es que, tan solo la pura ñora del caballero, una especie de orco salido del Señor de los Anillos, en tres patadas me hubiera aplicado calzón chino y me hubiera tupido duro y macizo. Mi instinto de supervivencia me hizo contar hasta diez y tragarme la muina.

Cuando estaba a punto de retirarme del lugar con el rabo entre las patas, el jovenazo me hizo una seña para que lo esperara. Yo, nomás por no deja, me esperé. De pronto, el buen amigo se subió a un coche que estaba enfrente del lugar que me ganaron, movió dicho coche, y me hizo la señal para que metiera ahí el mío. Y yo que había pensado que no había mejor lugar que el que me ganaron, ¡mangos qué!… este, hasta sombrita tenía.

Luego de estacionarme, sacar mi “rucksack”, cerrar bien mi Corcel y darle su bendición, procedí a pagar la cuota “voluntaria” al buen amigo. Le dije: - oye, que manchado el güey ese, y ni siquiera te dio pa’l chesco -, - si verdad, y tan bonita que está su camioneta, lástima… -, luego de decir esto esbozó una ligera sonrisa, cosa que me hizo sentir, harto bien. No me quedó otra más que volverle a agradecer el bonito detalle que tuvo con el Said y me fui de ahí, no sin antes decirle el clásico: - sale compadre, ahí te lo encargo -, - si jefe, aquí se lo cuido, no tenga cuidado -. Ni hablar, que bonito es lo bonito en un mundo de caramelo.

En lo que caminaba rumbo a la entrada del majestuoso Museo de Antropología, comencé a ver como llegaban por todos lados cientos de “suidadanos”, con el único y bonito fin, de pasar el domingo en compañía de su clan en el maravilloso bosque de Chapultepec. Todas las clases sociales convergen en Chapul los domingos, desde las clases más humildes y populares, hasta la gente “nice”, los pirrurris como dice el populista Peje, vecinos de Polanco que acuden a caminar con sus mascotas o a pasear con la familia.

Cuando llegué a la explanada del Museo de Antropología, me percaté (como dicen los polis), que la gente entraba al museo como si se fuera a celebrar el clásico Chivas - América en el patio central del bonito edificio que construyó el gran Pedro Ramírez Vázquez. Me imaginé entonces, que iba a ser prácticamente imposible acercarme siquiera a las piezas del museo. En ese momento fue que comencé a acariciar mi “Plan B” (conmigo siempre hay un “Plan B”).

Desilusionado por la multitud de huehuenches que visitaban el Museo de Antropología y también un poco seducido por las hordas de compatriotas que se internaban en el bosque, cambié a mi “Plan B” y decidí dejarme llevar por la multitud. Así comencé a caminar entre gente, puestos, y más gente. Lo primero que me llamó la atención, fueron los precios que manejaban los puestos instalados en los alrededores del museo. Puesto de hamburguesas, hotdogs, tlayudas, tacos de canasta, piezas arqueológicas de imitación, mascaras de luchadores, dulces típicos, y también, para los que quieren estar delgados, fruta fresca de temporada con su respectiva salecita, su limoncito, su chilito y su salmonelita, y todo ¡a precios súper bajos!

Caminé hasta la avenida Reforma y la atravesé. Al pasar por el camellón que está en medio de Reforma, experimenté una epifanía y vi a varios nacos alados que gustos se tomaban fotos, fue algo inexplicable pero sumamente reconfortante y espiritual. Seguí como en peregrinación en busca de la puerta que da acceso al bosque de Chapultepec. Mientras caminaba, vi la exposición de fotos de Cantinflas que pusieron sobre las celebres rejas de Chapultepec. Por momentos quise detenerme a contemplar una que otra foto, pero las ñoras que pasaban junto a mí me lanzaban miradas inquisidoras porque sus inmensas humanidades no quería rodearme, así que no quise estorbar y seguir dejándome llevar por el flujo humano.

Para ese momento yo ya tenía un nuevo objetivo y comenzaba a saboreármelo. Mi intención era llegar hasta el Zoológico de Chapultepec y entrar a recordar… ¡a qué más! Me sorprendió que los puestos que antes se encontraban sobre la calzada que lleva hasta la puerta principal de zoológico, simplemente habían desaparecido. No niego que eso me puso triste, parte de mi objetivo era convivir con la gente que merca cuanta mugre se puede. Incluso pensé que con un poco de suerte podría encontrar todo aquello que de chavito tuve y que ahora extraño, por ejemplo: mi pasta azul para hacer globos tóxicos con un popotito o mi Memín Pinguín defecador. Al ir caminado a un lado de la reja que delimita al Zoológico, recordé que por ahí pasaba el trenecito, incluso me asomé para recordar por lo menos, por donde pasaban las vías. Y no lo van a creer, pero se me puso la piel chinita cuando descubrí que, bajo del cemento, aun se pueden distinguir las dos líneas de los rieles. La verdad no sé si no los quitaron y solo los cubrieron con cemento o por alguna extraña razón se marco el riel sobre el cemento… fue algo muy padre (sí, ya sé, yo y mis joterías nostálgicas).

A medida que me acercaba a la puerta del Zoológico, el espacio entre individuos comenzaba a acortarse. Mi especio vital comenzó a ser invadido por las adiposidades de mis semejantes. Como dice mi Sacrosanta, comencé a “engentarme”. Esto lo solucioné igual que como hacen los buzos al hacer inmersiones profundas, con paradas continuas para la descompresión. Así que poco a poco me fui adaptando y preparando para la impresionante aglomeración que me esperaba.

Al fin llegué a las puertas del Zoológico y, tal y como me lo imaginé, la gente llegaba en manadas. Recordé cuando yo era un ser inconsciente y osado y me atrevía a ir al Zócalo los 15 de septiembre al “Grito”, yo creí que esa experiencia jamás la iba a volver a vivir, y es que la verdad, ya no estoy en edad de arriesgar el físico.

Me formé como pude en una de las chingomil filas que había y paciente comencé a avanzar hacia la entrada. Mientras lo hacía, vi que a muchos “mikes” los estaban regresando porque traían sendos bultotes (pañaleras, maletas, bolsotas, morrales, itacates, chimecos, etc.). La verdad yo no quiera dejar mi “rucksack” en la zona de paquetería, primero porque había mucha gente y me iba a llevar mucho tiempo entregarla, segundo porque la integridad de mi mochila y su contenido peligraba, y tercero… ¡pus nomás por mis huevos! (por mis huevos cocidos que me había puesto mi madre para la hora del lunch). La única solución que encontré en ese momento, fue la de poner mi infalible e intimidatoria cara de viejo mamón para que el poli de la entrada no se atreviera a regresarme, total, si no funcionaba, iba a tener que hacer mutis y salir de ahí con todo y mi cara de viejo gruñón (iba a volver a poner “mamón” pero se me hizo un exceso).

Pues bien, como les decía, mi cara de viejo mamila (de nuevo no me atreví a poner la palabra “mamón”) no falló y conseguí entrar sin ningún problema. La verdad es que no soy prepotente ni nada parecido, pero a veces mi cara puede aparentar lo contrario, o sea, neta soy un amor aunque tenga cara de viejo mamón (¡chin!, ahora si puse la palabra “mamón”, ustedes disculpen).

Luego de saludar al émulo del 777 y de que este me autorizara a pasar con todo y mi chimeco en la espalda, seguí abriéndome camino entre el respetable. Lo primero que vi y que provocó en mí un irremediable y cinematográfico “flashback” (a colores y sin efectos especiales), fue la antigua estación del trenecito convertida ahora en tienda de “souvenirs” (recuerditos y demás firulitos). En ese momento eché a andar mis neuronas, esas que están todas empolvadas por falta de uso, y comencé a tratar de recordar e imaginar como se veía la estación por aquellos años en los que yo era un hermoso parvulito. Solo tuve que quitar mentalmente algunos cientos de personas que se encontraban por ahí y listo, y es que la verdad no ha cambiado nada, solo faltaba la máquina roja con sus coches llenos de críos y abuelitos felices. Antes de continuar, saqué mi cámara y tomé algunas fotografías de la vieja estación. Y apenas había terminado de tomar esas fotos, cuando al volverme para continuar con mi visita, descubrí otra maravilla. Ahí, a unos metros de la estación y al pie de unas escaleras, se encontraban dos leones de bronce, dignos sobrevivientes del antiguo Zoológico que, estoicos y inmóviles, le daban la bienvenida a los visitantes. De nuevo corrí a tomarles fotos. Mientras les tomaba fotos, la gente comenzó a prestarles atención y para cuando me retire de ahí, ya había una fila de personas que se querían retratar con los celebres felinos.

La gente apenas si podía caminar, había que abrirse paso a codazo limpio si es que uno quería ver por lo menos algún animal. De lejitos y sobre unas rocas, alcance a ver unos como chivitos o cabras (desconozco el nombre científico de la especie), que seguramente habían trepado hasta esas alturas temerosos de que alguno nativo huehuenche los fuera a secuestrar para posteriormente convertirlos en una rica barbacoa (con todo y su salsa borracha). Por ahí, a lado de esos chivillos, se iniciaba el recorrido por el Zoológico, pero luego de ver a todos esos conciudadanos aglomerados, apretujados y enjutados (dije “enjutados” ¡eh!, porque enojados no estaban), opté por buscar la salida e intentarlo… “otro día con más calmita”.

A un lado de donde estaba yo, un policía discutía con un jefe de familia que intentaba salir por donde decía “Entrada”. Seguramente este individuo nunca vio Plaza Sésamo o le faltó oxígeno al nacer y por eso no distinguía la diferencia entre “entrada” y “salida”. El caballero era un ser vertebrado de aproximadamente metro y medio, algo adiposo tirando a cerdo, de tez morena, rasgos prehispánicos (pero muy prehispánicos, casi como el Hombre de Tepexpan… cavernícola pues), lucía un corte de pelo mohicano desvanecido con fleco en color rubio cenizo cuasiblanco que lo hacía lucir cual puro apagado, y como seña particular, tenía un tatuaje en su brazo derecho que decía “Hecho en México” (que bueno que lo traía, sino yo hubiera pensado que era Neozelandés).

Me fui de ahí sin ver el desenlace de ese bonito intercambio de inteligencias en busca de la salida. Pasé por el área de comida rápida (fast food) en donde se encontraba reunida una bola de hambrientos paisanos intentando conseguir lo que fuera para alimentar la tripa. Aquello parecía un centro de ayuda humanitaria de Somalia, en donde el más fuerte, era el que iba a sobrevivir a la hambruna. De nuevo continué mi camino antes de que a alguien se le antojara una carnosita pieza de Said.

Para llegar a la salida, la más próxima y la única, tuve que incorporarme a la marea de gente y dejarme llevar en automático. Mientras caminaba inmerso en ese mar de gente, comencé a percibir los efectos que provocaban el sol y el calor en mis eufóricos vecinitos. Luego de buscar afanoso a un felino de la especie “León Rey de la Selva” y de no encontrarlo, no me quedó de otra, más que deducir que el olor a León provenía de mis vecinos y no de la jaula de algún gatote greñudo. Lo único que se me ocurrió para sobrevivir a ese bonito “perfume” feromónico, fue emular al buen José "Pipín" Ferreras, por lo que aguanté la respiración lo más que pude como si estuviera buscando batir su record de inmersión a pulmón libre.

Mientras lentamente caminaba entre los animales (ahora si no me refiero a mis congéneres), yo trataba de buscar alguno nomás para justificar mi visita al zoológico y para que no fuera “de okis”. Pero ¡nanay!, parece ser que todos los animales del zoológico se encontraban pecho tierra ocultos de las miradas flamígeras e indiscretas (jodonas pues) del vulgo. Donde debiera de estar el oso, no había oso, donde debiera de estar el tigre, no había tigre, donde debiera de estar el policía, no había policía… en fin, que todos los cuadrúpedos brillaban por su ausencia.

De pronto escuché a un crío que eufórico gritaba: - ¡mira! ¡mira! ¡ahí viene el lobo! -. Por un momento no supe si estábamos jugando a eso de “¿lobo estás ahí?” o que onda, pero al ver correr a la gente hacia uno de los espacios destinados a los animales, en friega (en friega es mas rápido que rápido), comprendí que se trababa realmente de un lobo. Me abrí paso entre esa comunidad de hobbits, cosa que no me fue difícil, y llegué hasta donde estaba el dichoso lobo. Preparé mi cámara para captar esa bonita imagen estilo National Geographic, y justo cuando ya estaba listo, apareció en escena el lobo feroz. Con total parsimonia el dichoso lobo llegó hasta donde había un arbusto, blandió una mirada, levanto la patita, y coquetamente el lobito saludó al respetable con una buena y abundante… meada. Acto seguido, se dio la vuelta y regresó a la privacidad de su madriguera con toda tranquilidad. Ese espectáculo fue suficiente para causar la algarabía total entre las personas ahí reunidas, y lo mejor fue, cuando a coro, todos, absolutamente todos, comenzaron a aullar como intentando hacer regresar al lobito a escena. Inmediatamente comprendí que, lo más interesante en ese momento, estaba ocurriendo de este lado de la reja y no del otro, así que mejor presté atención a esa rara tribu que gracias a la evolución de las especies había logrado desarrollar la extraña habilidad de aullar como lobos, al más puro estilo de “Twilight” (Crepúsculo) en su versión huehuenche.

Luego de disfrutar como enano ese momento, me retire de ahí y seguí en busca de la anhelada salida del zoológico. El calor, la caminata y la gente, comenzaron a hacer estragos en mi de por sí precaria condición física, así que como señora en micro, comencé a buscar desesperadamente un lugar donde sentarme para tomar un respiro mientras bebía un poco de agua y me comía mi manzana encantada. Por su puesto que ni de chiste encontré un lugar donde depositar mis carnosos glúteos, así que todo resignadote seguí adelante.

Cuando llegué a la jaula del otrora famoso Osito Panda de Chapultepec, el mismo al que le cantaba Yuri antes de sustituirlo por Jesús, increíblemente y aunque ustedes no lo crean, ¡descubrí una banca! De hecho, todo el rededor del espacio destinado para los pandas, estaba lleno de cómodas bancas ubicadas estratégicamente bajo la sombra de generosos árboles. El único problema era que, obvio, todas estaban ocupadas. De cualquier modo aproveché para “espejear” en busca del panda con la intención de poder hacerle unas buenas fotos, y nada, de nuevo solo estaba su espacio vació, y del oso, ni rastro. Estaba por irme de ahí, cuando frente a mí, descubrí asombrado, una banca con el suficiente espacio vacío para ubicar mi escultural derriere. Entonces, hice unos hábiles movimientos y cortes de cintura para lograr esquivar a la gente que se interponía en la banca y yo, mismos movimientos que me recordaron a Walter Payton en sus mejores tiempos.

Finalmente logré llegar con éxito hasta la banca. No me acababa de sentar, cuando entendí porque ese espacio era el único disponible en todo el zoológico. Y es que para mi sorpresa, a mi lado izquierdo se encontraba algo que parecía ser un descendiente directo del jamaiquino Bob Marley. Era un changuito como de mi estatura, de piel blanca (muy quemada por el sol), con sus largas y apestosas rastas (hábitat seguramente de muchos animalillos hematófagos), con sus ropitas todas cochinas (llenas de quien sabe cuantos flujos y secreciones corporales), y calzado con unos muy ya cansados huaraches que dejaban ver sus colección de onicomicosis y las costras de mugre en sus talones. Dicho individuo despedía un olor como a sobaco de zorrillo francés (es lo más apestoso que se me ocurrió para describir esa peste). Dicho aroma europeo se mezclaba con el olor de una misteriosa sustancia toxica que el individuo tenía en un bote de Frutsi sostenido por su diestra. A ese cóctel de aromas, había que agregarle un fino toque a mota, pero de la buena ¡eh!, de la regañona.

Era tal mi cansancio, que de nuevo practique mis ejercicios de yoga y contuve la respiración lo más que pude para no tener que renunciar a esa cómoda banca. Y como a todo se acostumbra uno en esta vida, al poco rato, ya mi Pasha de Cartier se había mimetizado con las feromonas de mi compañero de banca y así pude soportar la peste. Mientras mi amigo el zorrillito hablaba solo (quien sabe de que), yo me distraje viendo pasar frente a mí a miles y miles de compatriotas en sorprendente desfile de modas. Mientras veía pasar a tanta gente en ese improvisado desfile de modas, comencé a reflexionar y a hacerme algunas preguntas: ¿Por qué mientras más feos más quieren llamar la atención con cortes de pelo estrafalarios y tintes exóticos? ¿Por qué no hacen las camisetas de los equipos de fútbol (América, Pumas, Chivas, etc.) en tallas XL, XXL y XXXL, si a todos les quedan chicas y apretadas? ¿Por qué a las damitas entradas en tamales les gusta usar “ombligueras” si entre tantas carnes lo menos que se les ve es el ombligo, en todo caso más bien serían lonjeras? ¿Por qué los caballeros usan shorts tan aguados y tan grandotes, tanto que parecen pañales de tres meadas, si no practican ningún deporte? Estas y muchas otras preguntas más me hice pero nunca encontré una respuesta razonable, son de esos misterios indescifrables de este mundo que quedaran sin resolver.

Luego de un rato, el aborto de Marley se retiró del lugar y con él, todos sus olores. Su lugar fue ocupado por una ciruelita que venía acompañada de un cebollín, como diría mi Sacrosanta: “de buen tipo”. Como yo ya me había hidratado y alimentado, y luego de haber descansado un rato, decidí pararme y cederle mi lugar al cebollín para que hiciera lo propio a lado de su adorable compañera de vida. Ganas no me faltaron para quedarme a platicar con ese par de tiernos ancianitos pero mi misión antropológica tenía que seguir.

Cuando pasaba yo, ya no por los jardines de los pandas sino por su jaula (con cubierta de cristal), me tocó presencial un acto de verdadera barbarie. Esa área de los pandas estaba limitada por un barandal y una cadena que decía “No Pase”, pues bien, la turba hizo caso omiso del letrero (bastó con que uno lo hiciera) y en banda se lanzaron hasta el cristal que separaba al panda de los bípedos nacos. Todos con celular en mano buscaban obtener una foto del panda devorando a uno de sus mocosos hijos, o al menos eso creo, porque en un momento dado, pensé que la turba iba a romper el cristal y a lanzarse sobre el panda que asustado los miraba desde adentro. Afortunadamente apareció el 777 y con un silbato les marcó a lo lejos algo que sonó como a un “penalti”, para luego conminarlos (casi a chingadazos porque no entienden de otra manera) a que respetaran el barandal y las señales que prohibían el paso. El pobre representante del orden se llevó una bola de silbidos y mentadas de madre por parte de la educada y fina concurrencia, que resignada abandonó el lugar con todo y sus frustrados vástagos que se quedaron sin la foto oficial con el pandita de Chapultepec.

Al fin y sobre miles de cabezas sudorosas, descubrí emocionado un letrero que decía “Salida”. Me puse muy feliz y seguí caminando hasta finalmente cruzar la meta, ¡la salida del zoológico! Cuando salí del zoológico, me encontré con una de las calzadas peatonales que atraviesan el bosque. Esta bonita avenida se encontraba colmada y pletórica de puestos y de miles y miles de personas caminando cual zombies eufóricos, mercando o simplemente yendo de un lugar a otro. Al comenzar a caminar entre los puestos, el primero que llamó mi atención, fue uno en el cual pintaban y maquillaban a los niños, o bien adultos con espíritu de niños (o sea viejos y viejas ridículas), tal y como sus personajes favoritos. Mientras yo veía como maquillaban a un niño como al sorprendente Hombre Araña, mismo que más bien me recordó al “niño araña”, aquel que por una maldición de sus padres fue convertido en ese horrible espécimen, otros impacientes niños hacían fila en busca de su turno para ser maquillados. Al darme la vuelta, ya para retirarme del lugar, ¡casi muero de un infarto! La razón, un niño de brazos, mismo que sostenía su madre, tenía toda la cara pintada (según de mariposa), pero en serio, en verdad, el niño de cuando mucho un año, se veía ¡horrible!, con decirles que el temible muñeco asesino “Chucky” a lado de él se hubiera visto con un tierno y adorable Nenuco.

Luego de ver a esa horrible criatura salida del averno, me fui en busca de un pedazo de bolillo que morder para recogerme la bilis producto del susto. Seguí caminando por esa verbena popular observando atento todo lo que se vendía ahí: que los puestos de bromas, que los simpáticos changuitos de 15 pesos para la cabeza, que los algodones de azúcar, que los globos con la figura de Bob Esponja y demás celebridades, que las camisetas con el escudo de su equipo favorito y con simpáticas leyendas alusivas, que los tatuajes de henna en diversidad de modelos, que los discretos sombreros y gorras para el sol, etc. etc. etc.

De pronto, mientras observaba la bonita labor de un dibujante haciendo una caricatura de una damita que en si ya era una caricatura, mi vejiga comenzó a pedir a gritos que le prestara un poco de mi absorta atención. Como yo ya estoy en la edad de cuidar mi próstata, no me quedo de otra más que atender inmediatamente el llamado de la naturaleza, así que ipso facto comencé a buscar un lugar apropiado donde hacer de las aguas. Luego de acercarme a un poli, este me indicó cual era el camino más corto para llegar a la zona de comida, lugar en donde se encontraban los sanitarios. A paso del Sargento Pedraza apuré mi caminar para evitar algún penoso contratiempo hidráulico. Cuando al fin llegué a área de comida, me llevé una desagradable sorpresa, y es que donde decía “WC” había una fila enorme, peor a las que se formaban en los años 80’s afuera de la Secretaria de Relaciones Exteriores para tramitar un trinche pasaporte. De nuevo y como en toda mi aventura por Chapul, no me quedó otra más que resignarme y ordenadamente formarme mientras realizaba un gracioso baile buscando evitar una desgracia. La fila estaba bajo el sol que caía a plomo (y yo que pensé que iba a llover), con mis pocos conocimientos de fisiología, anatomía e higiene, llegué a pensar que si sudaba lo suficiente posiblemente me ahorraría mi visita a las letrinas... obvio, no. De pronto, en la entrada de los baños se asomó una señora con delantal y, a grito pelado, invitó a los caballeros a que no se formaran y pasaran directamente a la puerta. Yo acudí gustoso a su llamado y con el clásico “compermisito” me abrí camino entre las señoras, ciruelitas y niñas meonas. Deposité cuatro pesos en la puerta automática y pasé directamente al baño de los caballeros como si fuera un cliente VIP del lugar. No les voy a mentir, no era precisamente una lujosa terma romana con mármol de Carrara, pero para echar una firma, me resultó bastante eficiente. El único problema era que para tanto cristiano y sobre todo cristianas ávidas de desaguar, era muy pocos los escusados y resultaban insuficientes, por eso la enorme fila en el WC de damitas.

Ya con el “espíritu” en paz, al salir de ahí, me entretuve viendo a los comensales engullir sus sagrados alimentos. Al pasar por uno de los puestos de comida, me encontré con una torta que, neta, se me antojó. Era una cosa impresionante, una súper tortota (tamaño baguette), la cual contenía: jamón, pierna, salchicha, chorizo, huevo, milanesa, quesillo y creo que hasta parte de un dedo que se había rebanado la doña que las preparaba. Además, ¡de nuevo me sorprendí con los precios! Había grandes promociones y paquetes, por ejemplo: tres Hot Dogs por solo 15 pesos o tres Hamburguesas por 25 pesos. Eso sí ¡eh!, la carne estaba muy fresca, tanto que todavía hacía 15 minutos ladraba. También había fruta fresca de la estación (si, de la estación del Metro “La Merced”) higiénicamente preparada (aja), a tan solo 10 pesitos el vaso.

Cobarde y joto que es uno, me retiré del “fast fud” sin degustar ninguno de esos manjares y me conformé con las galletas que tenía en mi “neceser”. De regreso tomé un atajo porque mis piecitos comenzaban a mentarme la madre y a exigirme ya un descansito. Mi plan era llegar hasta el lago y sentarme a descansar un rato en la bonita “marina” del mismo. Así que me interné en el bosque y dejé que mi Sistema de Posicionamiento Global (GPS) interno, me guiara hasta allá. Mientras yo caminaba cual Caperucita Roja por el bosque, me llevé una muy grata sorpresa al descubrir que por ahí corre un pequeño río. Tengo un chingo de años, tantos como mi edad, de visitar el bosque y jamás me había percatado de su existencia… la verdad estuvo padre mi encuentro con el Amazonas de Tlachichilco.

Al fin llegué hasta el lago y me senté a ejercer una de mis actividades preferidas… la contemplación. La “contemplación” la defino yo como: “la actividad de hacer nada mientras no se hace nada”. Así que ahí me quedé en contemplación por un buen rato mientras mis pies tomaban un segundo aire. Estando ahí me entretuve observando a una bonita familia que paseaba en una tradicional lancha de remos. La señora era la feliz propietaria de un enorme trasero, seguramente, supongo yo, producto de que jamás le decía que no a un segundo plato de pozole. Dicha dama, al embarcar, se ubicó en la parte trasera de la lancha junto con su también pesadito retoño, lo que hacía que la lancha se levantara de la proa al igual que el Titanic justo antes de hundieres. Por más que el feliz padre de familia autoproclamado Capitán de la Embarcación intentaba remar, nomás no conseguía avanzar ni un milímetro náutico y solo daba vueltas sobre su propio eje. La escena fue de lo más divertido y sirvió para darme ánimos en mi cruzada.

Otra cosa que igual llamó mi atención, fueron un grupo de personajes (celebridades diría yo), que se encontraban cerca de ahí dispuestos a ser la delicia de los chiquitines. Se trataba, nada más y nada menos, que de Kung Fu Panda, Bob Esponja, Barney y el resto de sus amigos. Claro, todos se veían como si les hubiera sobrado un cromosoma al nacer, estaban ligeramente cuchos y con rasgos alienígenos. El que más hizo reír, fue el famoso Kung Fu Panda que parecía que sufría de una terrible y crónica oclusión intestinal o tal vez amibiasis por la extraña inflamación de su vientre, de vientre caído pues. Los chiquillos y las chiquillas parece ser que no eran tan exigentes como yo y felices se tomaban fotos con sus personajes favoritos.

Antes de retirarme del lago me detuve por un momento a ver el “performance” que realizaban unos payasitos callejeros. La verdad es que la presentación de esa troupe estaba más aburrida que el programa de Jaitovich, sin embargo, tenían un buen de público alrededor que se veía feliz y fascinado. La verdad me dio gusto por ellos, una sonrisa, provenga de donde provenga, siempre se agradece. Mientras veía a tanta gente reír al mismo tiempo, gente que por unas horas era feliz, como que por osmosis fui contagiado y fui tan feliz como ellos.

Así, con el espíritu alto, elevado, emprendí el regreso hasta donde había dejado a mi fiel Corcel. Al pasar de nuevo frente a la explanada del Museo de Antropología, me detuve por un momento a ver a los “Voladores de Papantla” que en ese momento realizaban sus evoluciones. Como siempre, y aunque muchos lo duden, me sentí sumamente orgulloso de ser mexicano, de pertenecer y ser parte de ese pueblo bueno que acude en familia a pasar un rato de sana distracción y esparcimiento al querido bosque de Chapultepec. Lo que hace a un país grande, sin duda, es su gente, por eso yo estoy convencido que pronto y con el trabajo de todos, este país volverá a ser tan grande como lo fue. México es más que solo las malas noticias que vemos, leemos y escuchamos todos los días, México es, por ejemplo, la gente buena que felices acudimos a Chapultepec.

Y como diría el gran Chava Flores: “salí de aquel lugar, sin nada a comentar, no vaya a creer la gente, que fui pa’ creticar…”.


Para los que no conocen Chapultepec, asi lo ve Diosito.

Burbujas, Tlayudas y Botanas, hay de todo.

Que Julio Regalado ni que ocho cuartos, ¡estos son precios!

A las estatuas de marfil, el que se mueva baila el twist.

Rastros de las vías del trenecito del zoológico.

Antigua estación del trenecito del Zoológico de Chapultepec.

León de bronce del antiguo Zoológico de Chapultepec.

Área de comida rapida del Zoológico de Chapultepec.

Estancias de los pandas. De lado derecho se ve el comienzo de
motín de pelados que traspasaron el barandal.

Que Lyn May ni que ocho cuartos, ¡estas si son tortotas!

Comida de "calidad" y a precios increibles.

Mi feliz descubrimiento, el río que corre por el bosque de
Chapultepec.

Kun Fu Panda y su oclusión intestinal.

Il popolo caminando por Chapultepec.

Los changuitos de 15 pesos, el bonito adorno para la cabeza.

Chitos de 5 pesos para los que les gusten las emociones fuertes.

No podia faltar la camiseta de fut pal pelado pambolero.

¡Igual que el Titanic! Lancha con la proa levantada antes de
hundirse por culpa de un iceberg... o unas nalgotas más bien.

Un hacedor de sonrisas trabajando.


Otro día con más calmita… nos leemos.

lunes, 8 de agosto de 2011

Aborto de Dichos y Refranes (No. 7)

Árbol que crece torcido… ¡Lonoool!

Aborto de Dichos y Refranes (No. 6)

Mas vale pájaro en mano… que enano.

Aborto de Dichos y Refranes (No. 5)

Ojo por ojo… jejenta y cuatro.

- El Gangoso -

Aborto de Dichos y Refranes (No. 4)

Después de la tormenta… siempre llega la caca (sobre todo si vives cerca del Gran Canal o en Ciudad Nezahualcoyotl).

Aborto de Dichos y Refranes (No. 3)

Camarón que se duerme… igual a mujer insatisfecha.

Aborto de Dichos y Refranes (No. 2)

De tal palo… tal embarazo.

Aborto de Dichos y Refranes (No. 1)

El que con niños se acuesta… se apellida Jackson, Kuri o Maciel.

martes, 2 de agosto de 2011

Tacet en el corazón... en tu corazón




La música es el arte de combinar sonidos y silencios. Tan importantes son los sonidos, siempre afinados y armoniosos, como los silencios, esas esperas quietas en las que aparentemente no sucede nada.

La vida misma es una gran sinfonía compuesta por varios movimientos dentro de los cuales los sonidos y los silencios juegan entre sí para lograr la perfecta armonía, el equilibrio de la perfección. El corazón es el encargado de ponerle música a nuestra vida. Para el corazón, el sonido es el amor, el silencio… el desamor.

Un buen músico sabe, que un silencio en el momento adecuado, es un respiro, un momento de reposo para la interminable danza de notas que buscan vivir felices dentro de la música. Por otro lado, un buen amante sabe, que el desamor en el momento adecuado, también es un respiro, un momento de reposo para nuestros sentimientos que buscan vivir felices a lo largo de nuestras vidas.

La duración de los sonidos y los silencios, del amor y el desamor, dependerán de las necesidades individuales de cada obra, de cada vida. Nadie nos puede decir en que momento poner uno u otro, solo nosotros mismos, confiando siempre en nuestro estro interior, sabremos cuando y que tan largos serán esos periodos intermitentes de sonidos y silencios, de amores y desamores.

John Cage, compositor, instrumentista, filósofo, poeta, artista, pintor y loco encantador, quizás ha sido una de las personas que más entendió la importancia del silencio. John Cage, en 1952, compuso una singular obra llamada 4’33’’, es una obra en tres movimientos que puede ser tocada por cualquier instrumento como solista o bien por un conjunto de ellos. Cuando uno mira la partitura de esta obra, lo único que aparece en ella es la palabra “Tacet” (del latín tacet: 'él calla', 'él queda en silencio'), misma que indica al interprete que debe guardar silencio y NO tocar su instrumento durante los cuatro minutos con treinta y tres segundos que dura la obra.

John Cage ya había experimentado con silencios extendidos en varias obras compuestas por él antes de 4’33’, pero fue hasta esta, que decidió dedicarle la totalidad de la obra al silencio. Como Jonh Cage, existen muchas personas (también incomprendidas), que en su vida deciden dedicarle grandes periodos de tiempo al desamor, incluso, como en el caso de 4’33’’, la vida completa al desamor. Esto puede sonar muy triste, y sí, cuando a un músico se le rompe una cuerda y tiene que dejar de tocar, es muy triste, lo mismo pasa cuando un amor de manera involuntaria se quiebra y tiene que parar. Pero cuando un músico voluntariamente hace un silencio, eso no tiene que ser triste, se sabe que es parte de la obra; luego entonces, cuando un amante hace una pausa voluntaria, tampoco debe de ser triste, porque es parte de la vida misma.

Cuando Jonh Cage escribió 4’33’’, la gente pensó que se trataba de una obra en la que el silencio era lo más importante, pero Cage se sintió frustrado al ver que no habían entendido la verdadera intención de ese “Tacet”. Lo que Cage buscaba con 4’33’’, era demostrarle a los demás, que lo verdaderamente interesante y bello durante ese silencio de más de cuatro minutos y medio, era todo lo que se escuchaba a lo largo de ese tiempo en la atmósfera de la sala. Y es que para Cage, el silencio total solo se podía lograr en el “vació”, ya que siempre, por más silencio aparente que hubiera, si uno ponía la suficiente atención, podría escuchar incluso la sangre corriendo por sus venas o el latir de su corazón.

Pues bien queridos amigos, para mí, que al igual que Cage soy un amante de esos largos periodos extendidos de silencio, de desamor, lo realmente importante es aprender a escuchar, a sentir todo aquello que ocurre en el silencio, en el desamor. El silencio absoluto solo puede existir en el vacío, en una “cámara de vacío”. De igual forma, el desamor absoluto solo puede existir en el vació, en un “corazón vacío”. Y como ni ustedes ni yo tenemos el corazón vacío, cuando estemos dentro de uno de esos necesarios periodos de silencio, de desamor, concentrémonos entonces en disfrutar de todo aquello que tenemos a nuestro alrededor, todos aquellos sentimientos que flotan en la atmósfera y que conforman lo verdaderamente interesante y bello de vivir en desamor. Recuerden, el Tacet de su corazón es parte esencial de esa sinfonía de sentimientos que nos llenan el espiritu y nos hacen vivir la vida en completa plenitud. Vivamos pues nuestro Tacet... intensamente. 


Otro día con más calmita… nos leemos.