viernes, 25 de marzo de 2011

Presunto culpable no... ¡Presunto hijo de la chingada! (Part. 5)




El tipo que había aparecido afuera de la casa de mi abuela unos días después del asalto, resultó ser un agente de la policía judicial. Era el clásico judicial, un tipo mal encarado, con una cara de matón, que si no lo era, ¡pues que desperdicio de cara!

Bueno, pues este personaje, luego de decirnos que a él y a su pareja se les había fugado el detenido del hospital, fue hasta a la casa de mi abuela a pedirnos que por favor no le diéramos seguimiento a la averiguación, para que, literalmente, “ahí muriera la cosa”. Nosotros, para no meternos en más problemas, le dijimos que no se apurara, que ya no queríamos saber nada del asalto.

Después de esa visita, como ya se imaginarán, quedamos todavía más preocupados por lo que había pasado y por lo que podría pasar. En un principio teníamos miedo de que regresaran los demás asaltantes a vengar a su amigo, ahora aparte, por si esto fuera poco, teníamos miedo de que los judiciales resultaran perjudicados en sus “intachables” carreras y decidieran tomar represalias en contra de nosotros.

Así pasaron los días y luego los meses y jamás nos volvieron a llamar de la Delegación para pedirnos que fuéramos a ratificar nuestra declaración. Seguramente habían soltado mucho dinero para dejar escapar al maldito ese, y por eso, no volvimos a tener noticias del caso. Nosotros, la verdad, no quisimos tampoco volver a saber nada de aquella mala experiencia.

A los pocos meses otras personas entraron a la casa de un vecino y la asaltaron mientras los dueños estaban de vacaciones. Después de ese hecho, todos los demás vecinos decidieron cerrar la calle y pusieron una reja eléctrica, cosa que mucho ayudó para que no volviera a pasar algo parecido.

De lo que nos robaron a nosotros aquella noche, jamás recuperamos nada. Mi tía perdió una cuantas joyas, mi primo unas chamarras de piel y unos relojes, yo mi teléfono y mi agenda, además de algunos aparatos electrónicos que se llevaron de la casa. Nosotros estamos convencidos que, muchas de esas cosas, seguramente las recuperaron los policías en el momento de la balacera y ellos mismos se las quedaron. Afortunadamente, como no fueron cosas de gran valor, decidimos empeñarnos en olvidar de una vez por todas aquella noche.

Dos años después del asalto, de pronto un día, mi abuela se volvió invisible e inmortal, fue entonces que mi tía decidió vender la casa y se fue a vivir a otra colonia. Un año después, yo hice lo mismo y me cambie a donde vivo ahora. Por su puesto que todos hemos vuelto a ser victimas de la inseguridad, nos han robado o asaltado varias veces, pero nada se compara con aquella experiencia tan desagradable.

Cuando parecía que la historia de aquel asalto finalmente había quedado atrás, de pronto un día, en febrero de 2005 para ser preciso, llegó a la casa de mi tía, un citatorio judicial para mí. En dicho citatorio se me pedía que me presentara en el Reclusorio Oriente para ampliar mi declaración. En un primer momento no supe de que se trataba, nunca conocí el nombre de la persona que nos había asaltado y que luego se había dado a la fuga, así que no se me ocurrió relacionarlo con aquello. Además, se me hacia muy extraño que hubieran pasado tantos años para que me llamaran, y además ¡solo a mí! Después de atar cabos, comprendí que se trataba de la misma persona.

Luego de enseñarle el citatorio a mi primo el abogado, este me dijo que no dejara de ir o de lo contrario, me impondrían una multa y podría incluso llegar a ser presentado a la fuerza más adelante. La idea de ir al reclusorio me dio mucho miedo, podrían estarme esperando afuera los familiares o cómplices de él para hacerme algo.

Llegó el día y me tuve que armar de valor. Fui solo, mi primo el abogado estaba ocupado ese día y no me podía acompañar. Me explicó más o menos lo que tenía que hacer al llegar allá. Llegué puntual a la cita, entré a la parte donde están los juzgados y esperé a que me llamaran. De pronto, apareció una licenciada que se presentó conmigo como la Agente del Ministerio Público. Me invitó a pasar a una oficina y me explicó lo que iba a pasar durante la audiencia. Me dijo que me iban a leer mi declaración, aquella que hice la noche del asalto, y yo iba a tener la oportunidad de agregarle lo que quisiera. También me dijo que había la posibilidad de que me “careara” con el detenido.

Cuando estuve a solas con ella, le pregunté porque había pasado tanto tiempo para que me volvieran a llamar. La licenciada me dijo que habían vuelto a detener al tipo este por otro delito y, que al revisar sus antecedentes, habían encontrado lo del asalto a la casa de mi abuela.

La licenciada me pidió que esperara ahí un momento en la oficina, salió, y un par de minutos después, regresó y me dijo – ¡listo!, si gusta seguirme por favor -. Yo me levanté y la seguí. Me condujo hasta un escritorio que se encontraba a medio metro de la rejilla de acusados, atrás de esta, estaba el maldito “presunto hijo de la chingada”.

Bueno queridos amigos, al principio de esta historia les dije que yo había decidido no volver a contarla, pero que luego de ver la película “Presunto Culpable”, había decidido que podría resultar interesante. La razón, aunque ustedes no lo crean, es que yo estuve en aquella ocasión, con el mismo Juez que aparece en la película (el Lic. Héctor Palomares Medina) y casi estoy seguro, que también era la misma Agente del Ministerio Público que sale en la película. Es decir, estuve exactamente en el mismo sitio en donde se filmó la película "Presunto Culpable", solo que del otro lado de la rejilla, tratando en mi caso, de hacer lo posible porque el “presunto hijo de la chingada” se quedara ahí en la cárcel, pudriéndose, el resto de sus días.


Lic. Hector Palomares Medina, mismo que aparece en la película
"Presunto Culpable".

Pues bien, llegué hasta el escritorio que estaba a un lado de la rejilla de acusados (como se ve en la película), tomé asiento, y me leyeron mi declaración. Al final, me preguntaron si quería agregar algo y recuerdo que si lo hice. En seguida, me informaron que el abogado del “presunto hijo de la chingada” quería hacerme unas preguntas. El abogado, que con solo verlo daba pena ajena, me hizo algunas preguntas que yo creo hundieron más a su defendido en lugar de ayudarlo. Enseguida, el Juez preguntó al abogado si quería “carear” a su cliente conmigo. El abogado se acercó a su cliente y a través de la rejilla alcancé a escuchar que le preguntaba - ¿te quieres carear con el testigo? -, y “el presunto hijo de la chingada” contestó – pues como usted vea, usted es el que sabe -, - pues mira, si te reconoce, te puede ir peor, yo diría que mejor no -, - pues entonces no -. El abogado volteo hacia el Juez y le dijo que no iban a querer que hubiera un careo.

Para entonces, teniendo al maldito ese a menos de un metro, el miedo que sentía en un principio, se había ido. En ese momento sentía tanto coraje, que no dejaba de verlo a través de la rejilla, ahí parado, enfundado en su traje color beige, poniendo cara de inocente. Entonces sí, en ese momento, decidí grabarme perfectamente su rostro para no volverlo a olvidar. Así que hasta la fecha, así lo recuerdo, atrás de la rejilla de acusados, con su uniforme beige, poniendo cara de inocente y seguramente, sintiendo miedo, mucho miedo, por lo que le esperaba ahí en la cárcel.

Al final me entregaron unas hojas para que las firmara, me dieron las gracias y me dijeron que me mantendrían informado de la sentencia. Salí del reclusorio sin miedo, sentí que le había hecho un bien a la sociedad al haber ido a cooperar con mi granito de arena, para que ese “presunto hijo de la chingada” se quedara ahí en la cárcel por un buen tiempo.

Días después les llegó el mismo citatorio a mi primo y a mi tía, quienes fueron al reclusorio al igual que yo, a ampliar su declaración. Como yo ya había pasado por eso, me pidieron que los acompañara, cosa que yo sí hice.

De nuevo fuimos al Juzgado Vigésimo Sexto de lo Penal del Reclusorio Oriente (el mismito que sale en la película) y aunque ustedes (de nuevo) no lo crean, pasó algo muy extraño. Al llegar nos pidieron que esperáramos porque el “presunto hijo de la chingada” aun no llegaba. Nos dijeron que él no estaba en ese reclusorio, así que lo tenían que trasladar desde el Reclusorio Norte para la audiencia. Luego de esperar bastante, nos volvieron a informar que se estaba retrasando la audiencia, porque la camioneta en la que traían al “presunto hijo de la chingada”, había tenido un accidente. Nos pidieron de nuevo que tuviéramos paciencia.

Finalmente llamaron a mi tía y la hicieron pasar al escritorio junto a la rejilla de acusados (el mismo escritorio y rejilla que salen en la película) para que comenzara la audiencia. En este caso, yo veía todo a lo lejos, atrás de un mostrador, como a 15 metros de distancia. Sin embargo, me extrañó mucho que la persona que estaba atrás del la rejilla no levantaba para nada la cara, se la tapaba con uno de sus brazos, fingiendo estar recargado. En un momento dado, pude ver bien su cara y, para sorpresa mía, la persona que estaba atrás de la rejilla de acusados, ya no era el mismo “presunto hijo de la chingada” que yo había visto unos días antes y del cual me había grabado perfectamente cada uno de sus rasgos. Le comenté esto a mi primo, pero me dijo, que la verdad él ya no se acordaba muy bien como era la persona que nos había asaltado; yo por el contrario, si me acordaba, como no me iba a acordar de la persona que estuvo a punto de cortarme el cuello y que acababa de ver unos días antes.

Cuando terminaron con mi tía pasó mi primo y finalmente nos retiramos del reclusorio. Yo estaba muy sacado de onda, no entendía porque habían cambiado al “presunto hijo de la chingada” por otro. Quizás ya no pudo llegar por el dichoso accidente, y el Juez y la Agente del Ministerio Publico quisieron ahorrarse una segunda audiencia y decidieron hacerla sin él. En su lugar quizás pusieron a alguien para que se hiciera pasar por el “presunto hijo de la chingada”. Como quiera, cumplimos y nos retiramos a esperar noticias.

Así funciona la justicia en nuestro país, antes, ahora y seguramente… per secula seculorum. Por su puesto que jamás volvimos a saber nada del “presunto hijo de la chingada”. Nunca nos notificaron cual había sido la sentencia. No sabemos porque otros cargos lo tenían acusado. Tampoco sabemos si aun sigue dentro del reclusorio. Lo que si sabemos, de lo que estamos convencidos, es que jamás queremos volver a pasar por algo parecido, algo tan traumante y frustrante al mismo tiempo. ¡Ánimas queridos amigos!... que jamás tengan que pasar por algo así.


Cédula de Notificación en la cual se me pide me presente a ampliar
mi declaración. En ella se puede leer el nombre del mismo Juez
 que aparece en la película "Presunto Culpable".



Otro día con más calmita… nos leemos.


miércoles, 23 de marzo de 2011

Presunto culpable no... ¡Presunto hijo de la chingada! (Part. 4)




Luego de que Daniel me contó como fue que se había dado cuenta que nos estaban asaltando y de como hizo la llamada que prácticamente me salvo la vida, quedé sumamente agradecido con él. También supe en ese momento, que la voz de aquel hombre que había escuchado en la segunda llamada, había sido la de Daniel. Me dijo que luego de que le confirmé en esa llamada que sí nos estaban asaltando, al colgar, inmediatamente llamó a la policía.

No terminaba yo de agradecerle a Daniel y de contarle mi versión de los hechos, cuando veo salir a mi tía y a mi primo acompañados de un policía, mismo que los introdujo a una patrulla. Luego el policía se acercó a mí y me pidió que igual lo acompañara para ir a la Delegación a levantar el acta.

A bordo de la una de las patrullas llegamos hasta la Delegación. No acabábamos de entrar, cuanto atrás de nosotros vimos llegar a un par de policías junto con el maldito que habían detenido. Lo llevaban agarrado de los pelos y del cinturón. Al verlo pasar junto a mí, de nuevo sentí ganas de írmele encima a golpes pero me contuve, solo me le quedé viendo fijamente.

Los policías lo presentaron ante el Agente del Ministerio Público quien, luego de ver que venía herido, dio la orden para que lo pasaran con el medico legista para que lo revisara. Estuvo ahí por unos minutos, hasta que de pronto, vimos llegar una ambulancia a la puerta de la Delegación de la cual bajaron un par de paramédicos con una camilla. Segundos después, vimos salir al tal “negro” ya acostado en la camilla de la ambulancia acompañado de un par de agentes judiciales; la verdad se veía francamente mal, completamente pálido y casi inconsciente.

Una persona de la Delegación, muy amable por cierto, nos dijo que en un momento nos iban a atender y nos iban a tomar nuestra declaración. Minutos después, llegó hasta la Delegación, un primo mío que es abogado al cual ya le habían informado lo que nos había pasado. Él rápidamente nos explicó lo que teníamos que hacer y luego entró a hablar con el Ministerio Público. Cuando salió, nos dijo, que primero le iban a tomar la declaración a los dos policías que habían detenido al ratero y luego nos iban a llamar a nosotros, uno por uno.

Comenzó a pasar el tiempo y veíamos que nadie le tomaba la declaración a los policías. Me acerqué a platicar con ellos y me dijeron que estaban esperando a que un perito llegara de otra Delegación a hacerles una prueba (la prueba de Harrison), para ver quien de ellos había disparado su arma. Así estuvimos esperando como dos horas. Finalmente llegó la persona y los pasaron ante el Ministerio Público, primero a uno y luego al otro, para tomarles sus declaraciones. Para cuando terminaron con ellos, ya casi eran las dos de la mañana.

Para entonces mi primo ya se había despedido de nosotros y se había retirado a su casa, porque al otro día tenía una audiencia muy importante a la cual no podía faltar. Sin embargo, nos dijo que no dudáramos en hablarle si pasaba algo.

De pronto, cuando pensamos que ya nos iban a tomar nuestra declaración, desapareció el Agente del Ministerio Público sin decir nada, junto con la mayoría de los "seres vivos" que estaban en la Agencia del Ministerio Público. Comenzó a pasar el tiempo y nosotros seguíamos ahí, sentados en una banca incomoda, esperando a que alguien nos llamara. A esa hora, casi ya las cinco de la mañana, prácticamente ya no había movimiento en la Delegación; no nos explicábamos porque no nos llamaban. De pronto, al dar la vuelta a un mostrador, alcancé a ver al Agente del Ministerio Público en un cuartito, acostado en el suelo sobre una colchoneta, completamente dormido. La verdad, como ya se imaginarán, me dio mucho coraje.

Como a las 6 de la mañana, cuando ya comenzaba a amanecer, finalmente se despertó el Agente del Ministerio Público y decidió hacer acto de presencia. El maldito burócrata, salió en pants, sin peinar, y casi aun dormido, a informarnos que iba a pasar primero a mi tía para tomarle su declaración. Mientras lo hacía, desde el otro lado de aquel mostrador (barandilla), veíamos con que desidia escribía en una maquina vieja lo que mi tía le decía, al mismo tiempo que bostezaba sin pudor alguno.

Para entonces, mi primo y yo estábamos ya muy cansados, habíamos pasado toda la noche en una banca esperando a que nos llamaran. Finalmente, luego de aproximadamente una hora, terminó mi tía de rendir su declaración. Entonces, vimos venir al Agente del Ministerio Publico hacía nosotros y, cuando creímos que ya nos iban a tomar la declaración a mi primo y a mí, nos dijo que como ya venía el cambio de turno, lo mejor sería que nos fuéramos a descansar a nuestra casa y regresáramos más tarde a que nos tomaran nuestra declaración. En ese momento, sentí ganas de que el del balazo fuera él y no el asaltante. La verdad no entendía porque nos habían tenido ahí todo la noche, para luego salirnos con esto.

Al otro día por la tarde, luego de dormir un poco, regresamos mi primo y yo a rendir nuestra declaración. Habremos estado ahí unas tres horas. Al final, como nos había recomendado mi primo el abogado, solicitamos una copia del expediente, misma que no nos quisieron dar alegando que no servía “la máquina”. Por lo menos y luego de insistir, conseguimos que nos dieran el número de averiguación previa. Finalmente nos retiramos de ahí con ganas de no volver a regresar nunca. Antes de irnos, nos dijeron que en unos días nos iban a volver a llamar para ratificar o ampliar nuestra declaración.

Recuerdo que los siguientes días al asalto fueron horribles. Todos teníamos mucho miedo de que fueran a regresar los que escaparon para vengar a su compinche. Por las noches, cuando iba a guardar mi auto, como siempre a la casa de mi abuela, salía de ahí prácticamente corriendo hasta mi casa por el temor de que por ahí anduvieran esperándome para hacerme algo. Todos en la familia comenzamos a tener delirio de persecución.

La situación empeoro cuando, como a los cinco días del asalto, alguien tocó a la puerta de la casa de mi abuela. Recuerdo que yo estaba ahí de visita en ese momento. Mi primo y yo nos armamos de valor y salimos a ver que quería esa persona. Era un hombre de aproximadamente 40 años quien se identifico como agente de la policía judicial. Venía en un coche viejo acompañado de una mujer embarazada. Al acercarnos a él, nos dijo – Buenas tardes, miren, yo soy agente de la policía judicial y estaba comisionado en el Hospital General Balbuena para custodiar a la persona que resultó herida en el asalto -, nosotros le preguntamos – ¿y qué es lo que desea? -, - pues es que desgraciadamente a mi pareja y a mí se nos escapó el detenido y pues quería pedirles de favor, que ya no sigan adelante con la denuncia -, - ¡cómo que se escapo! -, - si, es que nos descuidamos y se nos peló y ahora pues nos pueden perjudicar por eso -.


Continuará…



lunes, 21 de marzo de 2011

Presunto culpable no... ¡Presunto hijo de la chingada! (Part. 3)




Mientras cerraba con llave la puerta de la casa, se escucharon a lo lejos algunos disparos, así que me apuré y regresé a la sala para desamarrar a mi primo que estaba tendido en el suelo. Mi tía lloraba, estaba sumamente asustada, mi abuela en cambio, estaba tranquila sentada en su sillón viendo lo que pasaba. Intenté desamarrar a mi primo pero me costó mucho trabajo, lo habían atado fuertemente con un cordón de cortina. De pronto, alguien tocó la puerta de la casa. Yo con mucho miedo pregunté quien era. Me contestaron desde afuera – soy yo, Daniel, ábreme Said -. Dejé de nuevo a mi primo y corrí a abrir la puerta.

Al abrir la puerta vi que junto con Daniel venía su cuñado, otro buen amigo mío. Ellos, luego de dejarlos entrar, me ayudaron a desamarrar a mi tía y a mi primo. Yo mientras fui a ver como estaba mi abuela quien se apretaba fuertemente una mano. Le pregunté que le había pasado y me dijo que la habían lastimado al arrancarle una esclavita que tenía en su mano derecha. Sentí mucho coraje al ver a mi abuela lastimada y a mi tía llorando, me dieron ganas de salir a buscar a esos cabrones.

Entre el fuerte ruido que hacía la alarma, alcancé a escuchar una patrulla que paraba frente a la casa. Cuando volví a abrir la puerta de la casa, uno de los policías ya había entrado a la cochera y venía con su pistola en la mano. Me preguntó - ¿qué pasó güero? -, - nos acaban de asaltar -, - ¿están bien? -, - si, solo fue el susto -. En ese momento entró otra patrulla a la calle y luego dos más. Los vecinos se asomaban desde las ventanas de sus casas para ver que estaba pasando pero ninguno se animaba a salir.

Una vez que mi primo quedó libre, subió a la recámara de mi abuela y apagó la alarma de la casa. En pocos segundos se llenó la casa de policías y uno de ellos, el que había llegado primero, me dijo – vente güero, agarramos a uno, ven a ver si es uno de los que te asaltaron -. Salí con él, y ahí, en una de las patrullas, en el asiento trasero, estaba el más cabrón de ellos, el mismo que me había puesto la navaja en el cuello. Me asomé por la ventanilla de la patrulla y me le quede viendo con mucho coraje, él bajó la cabeza y vi que se agarraba el hombro. Entonces me di cuenta que estaba lleno de sangre.

Yo conocía muy bien a los policías de esa patrulla, eran los encargados de cuidar esa parte de la colonia. Entonces le dije al policía – bágamelo por favor, déjame romperle su madre -, pero el policía me dijo – tranquilo güero, ya valió madre, trae un balazo adentro -. Le pregunté que había pasado. Me dijo que ellos iban pasando por la esquina cuando les comenzaron a disparar y que ellos solo habían contestado la agresión. También me dijo que ellos ni siquiera sabían del asalto. Lo que pasó fue que seguramente cuando ya se iban los chavos, al ver la patrulla, se asustaron y comenzaron a dispararle. Desgraciadamente los otros tres se pelaron, pero a uno de ellos, al más violento de todos, alcanzaron a darle un tiro y por eso lo agarraron. Luego, cuando lo subían a la patrulla ya herido, fue que apenas escucharon por el radio que estaban asaltando la casa mi abuela. Finalmente vieron la alarma de la casa encendida y supieron que ahí había sido el asalto.

Estaba terminando de contarme esto el policía, cuando veo llegar a mi otro primo que venía de trabajar. Al entrar a la calle y ver cuatro o cinco patrullas estacionadas afuera de su casa, se asustó mucho, así que corrió hasta a donde estaba yo y me preguntó que había pasado. Rápido lo tranquilice y le expliqué todo, luego corrió adentro de la casa para ver que todos estuvieran bien. Yo seguí platicando con el policía quien me pidió de favor que los apoyara, me pidió que fuera a levantar el acta a la delegación porque tenían miedo que, como habían herido a uno, se las fueran a voltear y los perjudicados fueran ellos. Yo le dije que no se preocupara, que íbamos a ir a levantar el acta.

De pronto volteo y alcanzo a ver a mi primo que sale de la casa y va hasta la patrulla en donde tenían al detenido. Vi que intento abrir la puerta para golpear al estupido ese, pero los policías que estaban por ahí, lo detuvieron y lo tranquilizaron. En ese momento entró una ambulancia y se estacionó junto a la patrulla. Mientras discutían si se llevaban al herido al hospital o a la delegación, unos paramédicos entraron a la casa a revisar a mi abuela. Yo aproveché para llamarle a mi madre por teléfono y explicarle lo que había pasado. Le dije que no me esperara porque iba a ir a la delegación a levantar el acta y seguramente eso iba a llevar mucho tiempo.

No acababa de colgar y de salir de la casa, cuando la vi venir a lo lejos junto con mi hermano. Cuando mi madre vio las patrullas y la ambulancia afuera de la casa, obviamente se asustó mucho. Pensó que algo le había pasado a mi abuela, así que corrió a la casa llorando. Finalmente entró y vio que todos estaban bien y se tranquilizó.

Me salí a fumar un cigarro para tranquilizarme, mientras hacía esto, se acercó a mi Daniel. Luego de pedirme un cigarro, me hizo ver que tenía un poco de sangre en el cuello de la camisa producto de una pequeña cortada que me había hecho el estupido cuando me puso la navaja para amenazarme. Daniel también me dijo que, luego de meter a Canito, su perro, había salido de su casa junto con su cuñado con la intención de venir a platicar con mi primo y conmigo, pero al salir vio que ya no estábamos. Luego les llamó la atención el chavo que se había quedado afuera de la casa para vigilar. Me dijo que se le quedaron viendo y notaron como se ponía nervioso, así que entendieron que algo estaba mal. A Daniel se le ocurrió llamar a la casa de mi abuela para ver que todo estuviera bien, pero al hacerlo y ver que no contestaba nadie, entendió que nos estaban asaltando. En ese momento entendí que fue él, Daniel, quien me había salvado la vida. Él fue el quien hizo la llamada que logró asustar al tipo que me tenía con la navaja en el cuello. Desde entonces, siempre he pensado que le debo la vida a mi buen amigo Daniel y por ello le estoy sumamente agradecido.


Continuará…

* La persona que aparece al principio de esta publicación no es quien nos asaltó, es una foto que utilicé solo para ilustrar el relato.

jueves, 17 de marzo de 2011

Presunto culpable no... ¡Presunto hijo de la chingada! (Part. 2)




Dicen que en momentos de gran peligro uno ve pasar rápidamente toda su vida, sinceramente a mí no me pasó eso. Mientras tenía la navaja en el cuello y al estupido ese sobre de mí amenazándome, lo único en lo que yo pensaba, era en lo que iba a sentir mi familia si ese estupido me cortaba el cuello ahí mismo. Me sentía culpable de lo que me estaba pasando, sentía que había sido mi culpa por haberme quedado a platicar en la puerta de la calle en lugar de haber entrado a la casa.

De pronto, mientras yo pensaba todo eso, milagrosamente, ahora lo sé, sonó el teléfono que estaba en el buró de la recámara. Esto hizo que se parara rápidamente el tipo que estaba sobre de mí. Entonces, el otro, el que tenía la pistola, le dijo – ya déjalo pinche negro, mejor ya vámonos -, a lo que el otro contestó luego de quitarle la pistola y dejarle la navaja - aguanta, le voy a decir al flaco que este al tiro allá a fuera por si llega alguien -. En ese momento supe que había una cuarta persona que se había quedado afuera para vigilar que nadie llegara.

En cuanto el tal “negro” salió de la recámara y me quedé de nuevo con el otro chavo, me sentí un poco más tranquilo. De pronto, dentro de la bolsa que había quedado debajo de mí, comenzó a sonar mi celular porque se estaba quedando sin batería. El chavo que estaba ahí conmigo alcanzó a escucharlo y me preguntó – ¿qué es lo que suena? -, no tuve más remedio que decirle que era mi celular. Entonces, me empujó hacia un lado de la cama y sacó mi bolsa, la abrió y tomó mi celular junto con una agenda electrónica que traía. Afortunadamente no se dio cuenta que dentro de la bolsa estaban las llaves de mi auto, la verdad no quiero imagina que me habrían hecho si se hubieran dado cuenta que les había mentido cuando me preguntaron por las llaves de auto. En seguida, me volvió a poner boca abajo en la cama y me dijo que no me moviera y que volviera a poner la cara en la almohada. Antes de hacerlo, alcancé a ver que tomó algunas cosas que había encontrado en el closet de mi primo y luego salió de la recámara.

Durante aproximadamente tres minutos estuve escuchando que discutían afuera de las recámaras, estaban tratando de decidir que cosas se iban a llevar… de pronto, silencio total. No lo pensé dos veces y rápido me desamarré. La verdad no me costó trabajo porque el cinturón que habían usado para amarrarme, siempre había estado flojo.

En cuanto me quité el cinturón y tuve libres las manos, levanté el teléfono y llamé a la policía. Recuerdo que contestó una señorita a la cual rápidamente y en voz baja le dije – ¡nos están asaltando! -. Luego de que le di la dirección, la señorita me preguntó - ¿cuántos son? -, - son cuatro -, - ¿están armados? -, - si, por lo menos dos de ellos tienen pistolas -, - ¿aun están dentro de la casa? - , - no sé -, - está bien, ya van para allá, no se comprometa, cuelgue -. Yo no estaba seguro si ya se habían ido o aun estaban dentro de la casa, así que me volví a poner el cinturón por si regresaban a la recámara.

No acababa de ponerme el cinturón en las manos, cuando volvió a sonar el teléfono. La verdad yo no quería contestar, pero pensé que podía ser la policía que estaba verificando mi llamada, así que esperé a que sonara un poco y luego de ver que todo seguía en silencio, contesté. De nuevo en voz baja dije – ¿bueno? -, entonces escuche del otro lado de la bocina a una persona del sexo masculino que decía - ¿los están asaltando verdad? -, rápido conteste – – y colgué. Instantes después escuché a mi primo que desde abajo me preguntaba – Said, ¿ya se fueron? –, y yo le conteste – acá arriba no están -, - acá abajo tampoco – dijo mi primo.

Rapidísimo me quité la bufanda con la que me había amarrado los pies y corrí a la recamara de mi abuela, ahí estaba el botón de la alarma de la casa, misma que active. Luego bajé las escaleras y me encontré, en la sala, a mi primo amarrado de pies y manos y a mi tía sentada en un sillón, también amarrada. A mi abuela no la habían amarrado, estaba tranquila en su sillón frente a la televisión. Antes de desamarrar a mi primo, corrí a la puerta para cerrarla con llave. Cuando lo estaba haciendo, escuché algunos disparos a lo lejos.


Continuará...

miércoles, 16 de marzo de 2011

Presunto culpable no... ¡Presunto hijo de la chingada! (Part. 1)




Seguramente ustedes recordaran que hubo un momento en que todas las reuniones familiares o de amigos se convirtieron en algo que parecía un concurso de historias de asaltos y violencia. Todo mundo, gracias a la inseguridad que vive nuestro país, tenía por lo menos dos historias personales que contar; esto hacía que las reuniones se volvieran tediosas, monótonas, pero sobre todo, estresantes. Fue en ese momento en que decidí dejar de contar lo que a mí me pasó. Pero hoy, luego de ver la película de moda “Presunto Culpable”, decidí que podía resultar interesante contarles mí historia… si tienen tiempo y “estómago”, échenle una leída.

Fue en abril de 1998, hace ya varios años. En aquel tiempo yo acostumbraba guardar mi auto en la casa de mi abuela quien vivía a tan solo dos calles de la mía. Recuerdo muy bien aquel lunes por la noche. Eran aproximadamente las ocho de la noche, cuando decidí que ya era hora de ir a guardar mi auto.

Al llegar a la casa de mi abuela, me encontré a mi primo que igual iba llegando de trabajar y estaba guardando su auto. Me dio mucho gusto llegar en ese momento porque me evito el tener que mover su auto, ya que el mío lo estacionaba en un rincón de la casa y para llegar ahí, había que mover primero el suyo. Luego de hacer las maniobras necesarias, finalmente acomodamos los autos y cerramos la cochera.

Antes de regresar a mi casa, decidí fumarme un cigarro con él mientras me platicaba que había hecho el fin de semana. Mi primo es un año mayor que yo y siempre ha sido con el que mejor me he llevado. Pues bien, ahí nos quedamos por un rato, parados en la puerta de la casa, platicando muy a gusto en el fresco de la noche mientras fumábamos.

De pronto, de reojo, alcance a ver un perro enorme que por poco ocasiona que me de un infarto. Era el perro de mi amigo Daniel, un rottweiler de nombre Canito, que aunque según mi amigo era inofensivo, a mí siempre me dio pánico estar cerca de el. Luego de saludarlo, Daniel siguió su camino junto con Canito hacia su casa. Daniel era vecino, su casa estaba a solo seis casas de la de mi abuela.

Mi primo y yo retomamos la platica que estaba harto interesante, y cuando estaba ya por despedirme de él, de nuevo sentí a alguien detrás de mí. Pensé que era Daniel que se había regresado, luego de guardar a Canito, para platicar con nosotros, pero cuando estaba por volver la cabeza, sentí que me enterraron algo en la espalda. En ese momento vi la expresión de mi primo y antes de que pudiera decir algo, escuche una voz que decía – ya estuvo cabrones, métanse y no hagan pedo o se mueren -. Fue en ese momento en que alcance a ver que se trataba de tres personas, todos ellos jóvenes, ninguno pasaban de los 22 años. Uno de ellos, el más grande, me había puesto una pistola en la espalda mientras que otro le apuntaba a mi primo con una escuadra. Yo, instintivamente, levante las manos y obedecí, pero rápidamente me dijo el que me apuntaba – baja las manos pendejo y sigue caminando -.

Al entrar a la casa, lo primero que vi, fue a mi abuela sentada en la sala viendo la televisión. En ese momento me preguntó el que me apuntaba – a ver puto, ¿cuánta personas hay en la casa? -. En aquel tiempo vivían con mi abuela mi tía y mis dos primos, pero yo no estaba seguro si estaban en la casa en ese momento, así que le dije – solo falta mi tía y otro primo -. Para entonces a mi primo ya lo tenían en el suelo de la sala, a un lado de mi abuela, apuntándole con la pistola en la cabeza.

El que me apuntaba a mí, me dijo – órale cabrón, háblale a tu tía y dile que baje -. Inmediatamente yo obedecí y le pedí a mi tía que bajara, pero ella contesto desde arriba que no podía porque estaba ocupada en su recámara. En ese momento me pidieron que subiera y que yo mismo le dijera a mi tía que era un asalto para que no se asustara. Entonces comencé a subir las escaleras junto con el que me apuntaba y otro de ellos que solo traía una navaja. Abajo, en la sala, se quedaron mi primo en el suelo, mi abuela y el otro que le apuntaba con la escuadra.

Cuando llegué a la recámara de mi tía, vi que ella estaba ocupada arreglando su closet. Ellos se quedaron a un lado de la puerta para que no los viera, entonces le dije – tía, no te vayas a asustar pero nos están asaltando -. Ella volteó a verme y sonrió, pensó que yo estaba bromeando. Como no me hizo caso, atrás de mi entro el de la pistola y le dijo a mi tía – ora pinche ruca, que no oyó, salgase o se la va a cargar la chingada -. Mi tía se puso blanca del susto y comenzó a llorar pero obedeció.

Entonces, el que tenía la pistola se la dio al otro y él se quedo con la navaja. Luego alcance a ver como se llevaba a mi tía mientras le ponía la navaja en el cuello. Mientras, el que se quedo con la pistola, me metió a la recámara de junto, que era la de mi primo, y me pidió que me acostara sobre la cama boca abajo. Ya acostado en la cama, me dijo – no me veas cabrón, pon la cabeza en la almohada y no voltees o te voy a poner en la madre -. Fue hasta ese momento en que se preocupó porque no lo viera, siendo que ya los había visto perfectamente a los tres. Yo obedecí y puse mi cara en la almohada.

Hasta la recamara yo alcanzaba a escuchar al de la navaja como amenazaba a mi tía, insistía en que le dijera en donde estaba la caja fuerte. Mi tía llorando, le decía que en la casa no había caja fuerte, ni siquiera dinero. Luego, en la salita de television, vio una foto de mi abuelo en donde estaba vestido con su traje militar, entonces comenzó a preguntarle a mi tía en donde guardaban las armas. Mi tía de nuevo le dijo que no había armas, que mi abuelo había muerto ya hacía muchos años.

Mientras, el que estaba en la recámara conmigo, había encontrado un cinturón el cual uso para amarrarme las manos por atrás y luego con una bufanda hizo lo mismo en mis pies. Una vez que terminó de amarrarme, comenzó a buscar cosas de valor en el closet de mi primo.

Luego de pasear a mi tía por todas las recamaras, el de la navaja decidió bajarla y dejarla con el tipo que se había quedado abajo junto con mi abuela y mi primo. Enseguida, él subió ya solo a buscar más cosas en las recámaras.

Por mi parte yo seguía boca abajo en la cama de mi primo mientras el otro callado buscaba en el closet. Entonces entendí que se trataba de prácticamente unos escuincles que seguramente se dedicaban a robar a transeúntes y que al ver la oportunidad, decidieron entrar a robar la casa. Esto me preocupó mucho, ya que al no tener experiencia en este tipo de asaltados, podían ponerse nerviosos y seguro se iba a poner peor la cosa. Lo que hice entonces, fue comenzar a tratar de calmar al que estaba conmigo. Comencé diciéndole – oye compadre, nomás no se vayan a manchar con mi tía y mi abuela, ya están grandes, así que tranquilos -, el me contestó – si, no hay bronca, no les vamos a hacer nada, nomás no me veas y no te muevas -.

De repente apareció en la recamara el que traía la navaja y me preguntó - ¿de quién es la moto? -. La moto era de primo el mayor, él ya no vivía ahí pero guardaba su moto en la casa de mi abuela; era una moto de carreras Kawasaki nuevecita. Yo pensé rápido y le dije – es de un vecino, mi abuela lo deja meter su moto y él a cambio le da un poco de dinero para ayudarla -. Entonces me preguntó - ¿dónde están las llaves? -, y yo le dije – neta no sé, creo que él se las lleva -. Luego me preguntó por las llaves de los coches. Yo le dije que el mío era el que estaba hasta adentro, sabía que si se lo querían llevar, primero tenían que sacar el de mi primo. Entonces me pidió las llaves de mi coche y yo le dije que estaban colgadas en la cocina. La verdad es que estaban en una bolsa que yo traía colganda pero que había quedado debajo de mí cuando me acosté sobre la cama. Antes de que se volviera a salir de la recamara, alcance a ver que traía en las manos una videocasetera. Seguramente al no encontrar dinero se iba a querer llevar los aparatos eléctricos que había en la casa, el problema es que venían a pie y no hallaban como llevárselos, por eso querían las llaves de los autos.

Para entonces yo ya estaba muy preocupado, sabía que de un momento a otro iba a llegar mi otro primo y no quería que él se los fuera a encontrar todavía adentro. Pero ellos no tenían prisa, de hecho estaban como niños en dulcería, no sabían que llevarse, primero tomaban algo y luego lo botaban por otra cosa. Entonces pensé que tenía que hacer algo para que se apuraran y se fueran de una vez por todas. Además me acordé que la casa de junto era de un comandante de la policía. Por las noches él llegaba de trabajar junto con una escolta de dos patrullas que se quedaban toda la noche afuera de su casa hasta el otro día en que se volvía a ir a trabajar. Esto en vez de tranquilizarme me preocupo más. No quería imaginar lo que pasaría si al salir se topaban a las dos patrullas estacionadas afuera, seguro se iban a asustar y algo muy malo iba a pasar. Entonces le dije – oye compa, te quiero decir algo -, - ¿qué pedo? -, - mira, aquí a lado vive un comandante de la policía, te lo digo porque llega con su escolta y ahí se quedan afuera toda la noche, no quiero que vaya a ver bronca cuando se vayan -, - ¿y a que hora llega? -, - la verdad no sé, pero ya no ha de tardar porque hoy es lunes -.

En ese momento, el chavo que estaba conmigo, dejó de buscar en el closet de mi primo y le habló al de la navaja que andaba por ahí en una de las recámaras. Cuando este llegó, le dijo lo que yo le había contado y entonces se puso como loco (supongo que estaba muy drogado). Segundos después, se subió arriba de mí y me puso la navaja en el cuello mientras me decía gritando – ya te llevo la chingada puto, no te quieras pasar de verga -. Fue hasta ese momento, se los juro, en que sentí miedo, mucho miedo. Lo primero que pensé, fue en lo que iba a sentir mi madre si ese estúpido me mataba. También pensé en mi hija, estaba muy pequeña, aun tenía tanto que enseñarle; seguro que iba a ser muy duro para ella crecer sin su papá. Luego sentí algo muy extraño, pena, vergüenza, no quería que me mataran así, que me encontraran amarrado y lleno de sangre. Finalmente sentí mucho calor en la cabeza, ¿por qué?, no lo sé. Entonces, hice un esfuerzo para hablar, recuerdo que apenas pude, y así, con la voz temblorosa, le dije – es en serio, yo se los digo para que esto acabe bien, neta -.

Cuando terminé de decirle esto, sabía que solo podían pasar dos cosas, que me creyera y se fueran, o que jalara rápido la navaja y me cortara el cuello. Recuerdo que cerré muy fuerte los ojos y esperé casi resignado a ver que pasaba. De pronto, sonó el teléfono…


Continuará…

lunes, 14 de marzo de 2011

Sombra aquí y sombra allá... maquíllate, maquíllate


Son unas mujeres bonitas, ¡eso que ni que! Pero de que un buen maquillaje ayuda… de nuevo, ¡eso que ni que! Estas son de las modelos más famosas y mejor pagas en su antes y después de las clásicas chapitas y el colorete. Échenles un ojo y díganme si mejoran o no con el maquillaje estos "pollotes".



Adriana Lima

Alessandra Ambrosio

Bar Refaeli

Elle McPherson

Gisele Bundchen

Heidi Klum

Letitia Casta

Rosie Huntington Whiteley


Otro día con más calmita... nos leemos.

lunes, 7 de marzo de 2011

Kippy siempre alegre...



KIPPY CASADO

Decía mi papá que era la artista con las piernas más bonitas. Todos la vamos a recordar por su carácter sumamente alegre y divertido Pero sobre todo, yo lo sé, era una gran persona… una buena persona.

Es una pena, hoy me enteré que ayer domingo 6 de marzo, por la mañana, desgraciadamente dejó de existir la queridísima Kippy Casado. Luego de una dura batalla en contra del cáncer, finalmente ayer falleció a la edad de 71 años.

Esposa del productor Sergio Peña quien fuera pionero y creador de los programas de concurso más exitosos de la televisión mexicana tales como “Sube Pelayo Sube”, Kippy Casado también incursionó en este tipo de programas como conductora. Seguramente todos recuerdan el programa “La hora del gane”, que si no me equivoco, se hacía desde la ciudad de Guadalajara. Ahí aparecía la famosa “Gurrumina”, un pajarito de esos que había antes en las calles y que luego de sacar un papelito le decían a uno la fortuna. Como olvidar también a Pocho Perez, quien era el director del grupo musical del programa. Kippy junto con Pocho, gritaban aquello de: “el Duende, el Duende, ¿a dónde estará el Duende?” que formaba parte de uno de los concursos del programa. En ese programa también aparecía el famoso “Hombre del Corbatón”, también parte importante de otro de los concursos.

Kippy no solo trabajó en televisión, también hizo cine y por su puesto teatro. Los muy mayores la recordaran incluso bailando ritmos cubanos. En fin, era una gran mujer y es una pena su partida. Descanse en paz la siempre alegre… Kippy Casado.


Otro día con más calmita y con mejores noticias… nos leemos.