sábado, 30 de abril de 2011

A la rorro niño...

¿Verdad que todos los bebes son bonitos, que no hay uno solo feo?… pues ¡mentira!

No hay nada que me choque más en esta trinche vida que ir a visitar a una amiga recién parida. Tener que pasar por toda la monserga esa del ¿quieres conocer al bebe?... ¡como para qué! Todos los bebes son iguales, hinchados como si hubieran sufrido una sobredosis de cortisona, rojos cual salchichas hervidas y generalmente llenos de pelos por todos lados. Yo he visto niños tan feos que de plano no sabes si darles un dulce o un plátano. Niños que ni el mismísimo padre Marcial Maciel o Succar Kuri se hubieran animado a hacerles una caricia. Niños que si a mí me hubieran dado a escoger en el hospital, hubiera preferido quedarme con la placenta que con el bebe. Sí, ya sé, son comentarios muy crueles, pero es la verdad, lo siento, con la pena, pero todos los bebes son feos por lo menos hasta los tres meses (sin excepción).




Cada vez que recibo una llamada o alguien me da la nueva de que ya nació el bebe de “fulanita”, comienzo a padecer la feliz noticia. Y es que sé, que de un momento a otro, se espera que yo haga acto de presencia para darle la formal bienvenida al mocoso.

Para esto se acostumbra a no llegar con las manos vacías, hay que llegar con una buena cuelga para el recién nacido. ¿Qué se le puede regalar a un niño?... ¿Una caja de arena? ¿Una correa para que lo saquen a pasear? ¿Una esfera de plástico para que camine por la sala? No verdad, hay que comprarle: que el móvil para la cuna, que el monitor, que el moisés, que el kit completo de baño, que la sillita para el coche, que el bambineto, que la carriola, que el esterilizador, etc. Todo eso cuesta una lana y pues como yo ni participe en el bonito acto de la concepción (apareamiento), no veo realmente porque yo tenga que erogar una fuerte suma en ese ente producto de la lujuria de sus padres. Pero ni modo, uno no se escapa del regalito, por lo que hay que ir a Liverpool o al Palacio a buscar lo más barato. Generalmente uno comienza con el clásico cobertor Baby Mink o un mameluco, pero luego de ver los precios, uno opta por algo todavía más barato. Y así sigue uno en busca de la mejor oferta hasta terminar comprando una trinche mordedera, un babero o una sonaja de 200 pesos, ¡ah pero eso sí! pedimos que nos lo envuelvan para regalo para que se note que lo compramos en Liverpool o el Palacio y no en el puesto de algún tianguis rascuache. Por cierto, tener una tía viejita a la cual le guste eso de la tejida ¡es harto útil!, porque no falta que tenga por ahí una chambrita que nos venda o incluso nos regale para salir del apuro en friega.

Ya con regalo en mano hacemos acto de presencia en el hospital. Si tenemos suerte, el orgulloso padre nos llevará hasta el área de cuneros a conocer al vástago. Ahí, entre muchos recién nacidos, nos señalará el suyo. Es inevitable pensar en sugerirle al padre de la criatura que le ofrezca una lana a la enfermera para que se lo cambie por uno menos feo, pero la prudencia siempre nos obliga a callarnos la bocota. Además, no tiene caso, porque todos los niños del cunero parece que hubieran alcanzado el doceavo round con el campeón Manny Pacquiao, porque todos están completamente hinchados y con los ojos cerrados. Sin embargo, hay algo todavía peor que ir a conocer al niño a los cuneros, y es el conocer al bebe en el cuarto del hospital, sobre todo si al llegar nos encontramos con que la parida está amamantando al angelito. Y es que hay damitas que conservan un poco de pudor y se cubren con algún trapito sus senos, pero hay otras más desinhibidas que orgullosas muestran a todo mundo sus lactosas y descolocadas mamas. Cuando un caballero como yo se topa con una estampa como esta, no sabe pa’ donde carajos voltear, si para la ventana, la tele o el suero que cuelga del pedestal. Y todavía para acabarla de amolar, no falta el papá poco sutil que insiste para que volteemos a ver al baby diciendo: “míralo, ¿no está precioso mi hijo?”. La verdad a mí me causa mucho escozor esa imagen de la madre amamantando a su hijo, sí, ya sé que es un acto que encierra mucho amor, pero nel, la verdad, yo paso. Y es que, inevitablemente después de ver eso, le agarro una especie de aversión a las boobies de las mujeres y paso días sin desear siquiera tocar alguna, como que siento que son terrenos en los que no me debo de meter, terrenos que le corresponden a otra personita; dicho en pocas palabras, mi libido es asesinado cruelmente por esa imagen que queda grabada en mi mente por mucho tiempo.

Pero basta de hablar de mamadas (mamada: acción de succionar y extraer la leche de los pechos). Les decía que hay padres que insisten en que caigamos en contemplación ante sus hijos. ¡Digo!, basta con echarles una miradita, no es necesario hacer contacto visual con ellos por mucho tiempo. Sin embargo, los padres insisten: “pero mira, no es un amor”. Luego de verlos unos minutos, la verdad resulta sumamente aburrido seguir viéndolos, a esa edad son más aburridos que un tren parado, no hacen nada más que dormir o comer (¡ah! y descomer también). Y luego viene la clásica pregunta tonta de alguno de los padres: “a ver, dinos, ¿a quién se parece?”… ¡qué onda! ¡Cómo esperan que uno le encuentre parecido a uno de ellos!, de echo a esa edad no parecen ni siquiera seres humanos, menos se podría afirmar que se parecen a alguno de los padres o los abuelos. En fin, uno les da un rato coba como decía mi abuela y espera paciente a que termine el martirio, para finalmente poder hacer mutis del hospital.




Lo mejor es conocer a estos engendros una vez que ya se encuentran madre y crío en casa. Para esto ya pasaron algunos días y los niños han comenzado a tomar un poco de forma humana, por lo que ya no es tan fuerte el shock al verlos por primera vez. En los primeros días lo niños crecen a un ritmo indiscriminado (o sea cabrón). Además, muchos de esos bebes, parece que ya se hubieran comido la famosa torta que traen todos bajo el brazo, bueno la torta y varias pizzas más, porque engordan tanto que ya luego ni los ojos se les ven de tanto cachete. Luego, todo ese pelo-pelusa que tenían al nacer, se les cae y quedan más pelones y pelonas que el buen Kojak. Lo chistoso es que las mamás siempre hacen hasta lo imposible por ponerles algo en la cabeza, sobre todo sin son niñas, así que les pegan, aunque sea con “masquin”, algún adornito coquetón en sus calvas, cosa que las hace verse sumamente ridículas.

A los pocos días los orgullosos padres comienzan a encontrar grandes habilidades en sus hijos, creen que están llenos de talento para hacer “monería y media”. Y ahí lo tienen a uno media horata esperando a que el trinche escuincle haga ojitos, o mande un beso, o haga cara de enojado. Esto generalmente nunca pasa, ¡ah! pero la gracia que no les falla a los neonatos, es cuando ensuciar su pañal de algo sumamente asqueroso, algo casi radioactivo, algo que se podría considerar incluso “una arma química de destrucción masiva”. Las mamás con un poco de educación se disculpan y van a otra habitación a cambiar al niño, pero otras más quitadas de la pena, conchudotas, realizan este escalofriante acto de cambio de pañal, casi en la cara de uno, dejando de nuevo una imagen (ahora escatológica) que difícilmente olvidaremos por un buen rato.

Pero el tiempo pasa y algo increíble sucede, de pronto, la metamorfosis tiene lugar y todos esos engendros amorfos llamados bebes se transforman en adorables niños, en angelitos prestados por Dios para darle sentido a nuestras vidas. Los niños nos dan la fuerza para seguir y son la esperanza de un futuro mejor. Los niños, sin querer, nos muestran el ejemplo de una vida sencilla, de una vida basada únicamente en la búsqueda constante de lo que debería de ser nuestra misión en esta vida… la felicidad. Vivamos pues como niños, instalémonos ahí aunque sea de corazón para poder llegar a viejos siendo felices, siendo niños con el empaque gastado, pero al fin y al cabo... siendo niños.


Otro día con más calmita… nos leemos.