sábado, 27 de febrero de 2010

¿Celos yo?... si.


Uno de los peores sentimientos que puede experimentar el ser humano, son los celos. Son ruines, son deleznables, y son de una bajes extrema, que todos aquellos que los experimentan deberían de sentir vergüenza por ellos mismos. Los celos son signo inequívoco de dos alarmantes señales en una relación: la falta de confianza y la inseguridad del que los siente.

Bueno, pues eso y más cosas peores se dicen de los celos, y yo francamente, estoy harto de ver como son injustamente vilipendiados. Así que intentare abogar por ellos.

Para mí, los celos son simplemente "miedo a perder lo que se quiere". Una persona valiente, no es aquel que nunca siente miedo, no se puede ser valiente cuando no existe el miedo. Por el contrario, una persona valiente, es aquel que enfrenta sus miedos, aquel que siente miedo pero no se deja dominar por ello. Aquel que tristemente nunca siente miedo, corre el riesgo de no ver el "peligro", y puede ser dañado. ¡El miedo es parte de nuestro instinto de supervivencia!.

Lo mismo pasa con los celos, estos nos ayudan a estar pendientes de lo que queremos, de lo que amamos. El exceso de confianza puede tan malo, o aun más, que la falta de confianza y seguridad en una persona. La clave está, en aprender a vivir, en aprender a convivir con los celos. Hay que saber manejarlos y usarlos a nuestro favor, no dejar que nos dominen, porque entonces sí, la relación terminará por enfermarse, y a la larga, terminaremos por perder lo que tanto queríamos retener.

No hay que pelearnos con ese sentimiento, ese sentimiento tan legítimo como el miedo. Sentir celos no nos debe de causar pena, no tendríamos porque negarlos cuando existen. Hay que entender lo que nos ocurre o lo que le ocurre a la persona que los experimenta para poder caminar de la mano con ellos, con los celos, a lo largo de nuestra relación, relación en la cual están involucrados los sentimientos, nuestros sentimientos. Los celos nos deben de hacer sentir orgullosos, deberían de hacernos sentir orgullosos, son motivo de orgullo, y no tienen porque llegar a ser enfermizos. Para mí, la falta de celos, más que mostrar que existe confianza y seguridad, muestra un desinterés, un desapego, una renuncia anticipada a la pérdida.

Los celos son un sentimiento “bastardo” del cual nadie se quiere hacer cargo, y todo porque en la sociedad no son bien vistos, por el contrario, siempre han sido estigmatizados y despreciados. Así que ¡basta de tratarlos como algo malo!, porque malo es cualquier sentimiento cuando este no se puede dominar. Si uno es capaz de manejar los celos, creanme que se puede vivir feliz con ellos. Pobre de aquel que nunca los haya experimentado, pobre de aquel que nunca haya sentido celos, porque seguramente nunca ha sentido miedo, miedo a perder lo que se quiere… o peor aun, nunca ha querido o amado.

Benditos sean los celos que he sentido, que siento, y que sentiré por todo aquello que temo perder, porque ese sentimiento me recuerda lo frágil que puede ser una relación, y lo necesario que es pelear todos los días por mantenerla viva.

Porque siento miedo y lo enfrento, soy un hombre valiente. Porque siento celos y los enfrento… soy un hombre que ama.


Otro día con más calmita… nos leemos (aunque a veces no estemos de acuerdo).

jueves, 25 de febrero de 2010

Dieta de Cuaresma...


Lindo pescadito no quieres salir, a jugar con mi aro, vamos al jardín. Yo vivo en el agua, no puedo salir…, ¿no?, ¡no madres que!, salió el trinche pescadito y se la comió.

Como seguramente ya se enteraron, una trinche ballena de la especie “Orca”, especie mejor conocida como “Ballena Asesina” (¿por qué será?), cansada del estrellato, decidió ponerle su buena masticada a su otrora entrenadora, cosa que finalmente le ocasionó la muerte (a la entrenadora, no a la ballena). Los hechos ocurrieron en el Sea World de Orlando, ayer miércoles, ¡en plena función!… y se quejan de que me gusten los Toros. Parece ser que el méndigo pescadote de nombre Shamu, por cierto, ya sé que no es un pescadote, es un “cetáceo”, sin embargo para efectos prácticos y para mí, ese mastodonte marino es lo mismo que un charalito del Lago de Chapala solo que a lo bestia. Bueno, pues como les decía, este mamífero que por alguna extraña razón siempre sale en las fotos en blanco y negro, luego de que su entrenadora de 40 años resbalara a la albercota, decidió tomarla de la cintura y darle tremendo baile, hasta que finalmente la entrenadora comenzó a nadar de a “muertito”. Acto seguido, todo mundo como en las series de televisión gabachas comenzó a gritar: “call nine one one, call nine one one”… ¡como para qué chingados!, la menopáusica entrenadora para ese entonces ya era historia, en todo caso, mejor hubieran llamado a “CSI Caleta”.

Eso de trabajar con animales salvajes siempre me ha parecido una estupidez, sino pregúntenle a los magos jotitos Sigmund & Roy lo que les pasó por andarle rascando los… a sus tigres blancos. Yo lo más cerca que he estado de algún tipo de pescadotes salvajes como Shamu, ha sido cuando tenía mi pecera llena de “Guppys”, y tenía que meter la mano para limpiar los vidrios de la pecera. Francamente nunca me han inspirado confianza estos acuáticos animalejos. Por eso, ni de chiste pienso experimentar esa dizque inolvidable experiencia que todos dicen es el nadar con delfines. Nomás de ver la hilera de dientes afilados que tienen los delfines, de guey me meto a querer interactuar con esos abortos de Flipper.

Déjenme platicarles que yo tuve la “fortuna” de conocer al abuelito de esta ballena masticadora, a la original “Shamu”. Esto pasó hace como chingomil años cuando visité por primera vez Sea World. Mi experiencia con este personaje, no fue nada agradable. Recuerdo que yo acababa de estrenar una de mis primeras cámaras, y por no hablar ingles, y por tener una madre nacida en La Lagunilla la cual tampoco hablaba ingles, me senté junto con mi hermosa cámara, en una parte del estadio que tenía escrito algo como esto: “Wet Zone”. Acto seguido, salió Shamu, se presentó al respetable, y siguiendo las ordenes de su entrenador, dio tremendo brinco en el agua, que hizo que un gigantesco “Tsunami” se viniera sobre mí y sobre mi cámara nueva. Luego de verme empapado y con mi cámara inservible, hice lo que cualquier niño de diez años haría, llorar como magdalena inconsolable. Uno de los encargados del show de Shamu, me descubrió entre el respetable, se acerco a mí, y me regaló como premio de consolación, una trinche ballenita de peluche como para que recordara el resto de mis días, lo que me había hecho la maldita Orca. Luego, me intentó llevar junto con otros niños a saludar y a tomarme la foto con Shamu, cosa que yo enérgicamente rehusé, al tiempo que hacía mi berrinche estilo Chabelo tirado en el suelo de Sea World. Afortunadamente mi cámara era tan “profesional” como la de Mafafa Musguito, o sea que no era nada costosa, así que mi madre inmediatamente me compró otra y yo volví a ser el niño feliz y encantador, como el que era antes de entrar a conocer a la trinche Shamu.

Unos años después, ya siendo yo adolescente, se inauguró rumbo al Ajusco el parque de diversiones conocido como Reino Aventura e hizo su aparición a la luz publica, la chilanga ballena Keiko. Por X razón, tuve la suerte de conocer a una de sus entrenadoras, y digo suerte, no porque me interesara estar cerca de Keiko, sino porque la niña estaba hiper bizcocho (a esa edad yo ya era “libinopútrido”, no crean que eso me vino con los años). Desafortunadamente esta güerozca estaba un poco grande para mí, o yo chico para ella (cuestión de enfoques). En fin, sucede que por la amistad que ella tenía con una persona de mi familia, constantemente me invitaba para que fuera a ver como entrenaba a la ballena. La verdad a mí me dio harta "bueba" eso, así que nunca fui, sin embargo, cada vez que iba a marearme y a vomitar a la Canoa Krakatoa de Reino Aventura, pasaba a saludarla y a ver como brincaba su pescadote en el charco de agua que tenía por estanque.

En fin, parece ser que en esta temporada de cuaresma, a los seres humanos nos da por comer pescados y a los pescados seres humanos, cosa que me parece muy justa. Así que yo los invito, a que no le jueguen al vivo, que no se sientan “Sirenitos”, y que lo piensen dos veces antes de querer cometer la gatadita experiencia de nadar con delfines o cualquier otro animalejo con dientes. Recuerden que ellos son animales y ustedes más si lo olvidan. La próxima vez que vayan a Xcaret y un nativo les ofrezca la experiencia de nadar con delfines, piénsenlo dos veces si es que no quieren ser masticados como si fueran un trinche pedazo de “chito”. Ahora bien, si lo que quieren es terminar oliendo a pescado, yo luego les digo que hacer y les prometo que se van a divertir más… les va a doler, pero les va a gustar.


Otro día con más calmita… nos leemos.

lunes, 22 de febrero de 2010

Casquete corto por favor...


Cuando uno es un trinche mocoso de menos de 9 años, poco puede decidir en la vida. Por aquellos tiempos, solo escuchaba la voz autoritaria y seca de mi padre, que decía: - mira nomás que pelos traes, mañana te llevo a la peluquería -. Afortunadamente para mí, mi padre no era muy aficionado a ir a las peluquerías, nunca le gusto perder el tiempo esperando. Así que luego de pensarlo, mi padre volvía a usar esa voz autoritaria que me invitaba a cambiarme los calzones luego de ensuciarlos del miedo que me daba, solo que en esta ocasión, usaba su voz para dirigirse a mi Sacrosanta: – mañana llevas a Said a que le corten el pelo porque ya parece niña -. Mi madre, abnegada como cualquier mujer de aquellos tiempos, accedía, y yo puntualmente al otro día, tomado de la mano de mi madre, iba directito a la peluquería de la colonia a cumplir las órdenes de mi progenitor.

Las instrucciones de mi padre eran muy claras, no había de otra, ¡cero opciones!, había que cortarme el pelo a la “Brush” o “casquete corto”, o ya en un acto más que generoso, mi padre accedía a que fuera “casquete regular”. Sin embargo, ¡qué no hace una madre por tener contento a su baby!, así que yo apelaba a su generoso corazón y la convencía para que me dejara cortar el pelo más largo.

Así que yo salía feliz de la peluquería, luego de haber logrado que ese corte hiciera el menor daño posible a mi look de integrante de “La Familia Patridge” que lucía por aquellos años. Pero poco me duraba el gusto. Por la noche, cuando mi temido padre llegaba cansado y de mal humor del trabajo, yo hacía lo posible por esconderme para que no me viera. Sin embargo, él, lo primero que hacía, era buscarme para saludarme y claro, para ver si sus instrucciones se habían seguido al pie de la letra. Como mi padre ya conocía bien a mi madre, no le sorprendía encontrarme todo greñudo, así que él ya estaba preparado para ponerle una solución al asunto.

Me llamaba al baño, me metía la cabeza debajo del chorro de agua, sacaba de la bolsa de su pantalón su peine marca “Pirámide”, y se disponía a terminar el trabajo que había dejado inconcluso el fígaro de la colonia. Mi padre había comprado alguna vez, una especie de peine (o peineta), que tenía una navaja entre sus dientes y que él usaba para cortarse el pelo a si mismo. Con ese instrumento como de la Edad Media, comenzaba a cortarme el pelo, al tiempo que yo miraba como caía mi look por el suelo del baño y en el lavabo. Luego de terminar con su obra de arte, mi padre orgulloso y satisfecho me cargaba para que me alcanzara a ver en el espejo del baño. En ese momento, era cuando yo sentía que mi vida en sociedad había terminado. Pensaba yo, que tendría que vivir enclaustrado por un buen tiempo, al menos hasta que el pelo me volviera a crecer y así poder evadir la burla de la sociedad (de mis amiguitos) que me esperaba allá afuera. Si tuviera que describir aquellos cortes que me hacía mi papá, eran algo así como de Heroico Cadete Militar, pero con un copete al estilo Peña Nieto. Para terminar su obra de arte, mi padre me ponía una buena cantidad de “Wildrot” del que él usaba, para mantener mi súper copete intacto todo el día.

A partir de los 10 años, las cosas cambiaron. Ahora ya tenía más libertad, ya sin mi padre, podía escoger el corte de pelo que yo quisiera. Así fue como mi look de Camilo Sesto con un toque de Farrah Faucett comenzaba a gestarse por aquellos años. Y mientras crecía, mi gusto por ir a la peluquería cada vez era mayor, ¿la razón?, muy simple… ¡la pornografía!.

Me encantaba escuchar a alguno de mis primos o de mis amigos decir: – tengo que ir a la peluquería, ¿quién me acompaña? -. Creanme, yo no era el único voluntario que levantaba la mano en el acto. Éramos un grupo de “prepubertos” deseosos de conocer como eran las partes pudendas de una mujer. Así que todos, en grupo, acudíamos a la peluquería, donde “Curiel”, el fígaro de la colonia, nos facilitaba lo último en pornografía de importación. Mientras uno de nosotros se sentaba con Curiel y se hacia su entonces a la moda “corte a capas”, el resto de nosotros, críos de entre 10 y 15 años, sacábamos de un cajón el cual ya teníamos perfectamente ubicado, una colección de revistas porno, y procedíamos a estudiar la anatomía femenina únicamente con fines didácticos… si, aja. Dentro de ese tesoro artístico, había obras no solo de autores como “Playboy” y “Penthouse”, también había producto nacional de aquellos años, tales como: “él”, “Caballero” y “Signore”. Recuerdo muy bien, que la revista más cotizada y por lo mismo la más averiada que tenía Curiel, era un Playboy donde aparecía una mujer que en aquel entonces anunciaba el Whisky “Johnnie Walker”, al tiempo que cantaba una pegajosa y sensual canción en un bar. Esa mujer a todos volvía locos en el comercial, ahora imagínense en la revista ¡completamente desnuda!. Esta damita, terminó muy bien casada, ya que al igual que a nosotros trinches pubertos jodidos, sedujo al tenista de moda de aquellos tiempos, me refiero a Jimmy Connors. El nombre de esa sensual mujer, es Patty McGuire para los que quieran saber más de ella.
.
.

.
Así pasé mi adolescencia, entre cortes a capas, revistas pornos y los zapatos de charol blancos y bisoñe que usaba Curiel, y que no me los puedo sacar de la mente. Sin embargo, cuando dejé la adolescencia, mi interés por visitar a Curiel y su literatura, comenzó a perder interés. Pronto, unas amigas de la escuela, me llevaron con su “estilista” de cabecera, para que yo pudiera experimentar con nuevos cortes, algo más a la moda, algo más estilo “Emmanuel”.

Así fue como conocí a Charly, un estilista medio jotito que desde el primer corte, me conquistó. Yo que soy como todos los saben, un animal de costumbres, hasta a la fecha y luego ya de ¡25 años!, sigo acudiendo puntualmente con él para que me deje todo guapetón con sus tijeras mágicas. La verdad me choca ir con él, porque siempre tiene mucha gente y auque a mí me da un trato especial, sé de antemano que cuando voy a ir a cortarme el pelo, voy a perder cuando menos toda la mañana sentado en su estética. Charly, como les digo, es un gran estilista, ¡ah! pero cuenta los peores chistes de México, ese es el precio que tengo que pagar, reírme del nivel “Jaitovich” que maneja en sus chistes.

El otro día, luego de esperar más de dos horas, no pude más y me levanté de su estética y salí de ahí molesto. Para que no se sintiera (¡ah! porque es muy sensible el individuo), le dije que volvería al siguiente día porque tenía cosas que hacer y ya no podía esperar más, él triste, me vio partir temeroso de haberme perdido para siempre. Yo que necesitaba ya un corte urgente y no podía esperar más, tuve que vencer uno de mis más grandes miedos… ¡el miedo al cambio!.
.
.
.
.
Así fue como me presenté a una peluquería de por mi rumbo a la cual yo ya le había echado el ojo. Es una peluquería tradicional, o para ser más exacto, una barbería tradicional de esas que me chiflan. A la entrada, no podía faltar su caramelo con franjas de colores en espiral, azul, blanco y rojo, el cual para mi sorpresa, ¡aun funciona!. Adentro, me encontré con tres experimentados peluqueros, así que tenía que tomar mi primer decisión… ¿cuál de ellos escoger?. Mi instinto de supervivencia me hizo escoger al más joven de ellos, el cual se presento conmigo como Filogonio (bonito nombre para un peluquero). Eso del más joven, he de decirles que es relativo, porque fácil tiene unos 65 años, así que imagínense como estaban los otros dos.

Lo primero que me llamó la atención, fue la clientela. Eran todos señores mayores de 60 años, así que yo era un chicuelo a su lado. Solo tuve que esperar unos minutos a que le diera los toques finales a un cliente que estaba por salir de ese lugar. Mientras, aproveche para hacer una de mis famosas “observaciones de la vida social” de dicho establecimiento. El lugar cuenta con ocho sillones, de los clásicos, esos como de piel que giran y que tienen una palanca para hacerlos subir y bajar a conveniencia del artista de la tijera. Los maestros peluqueros, todos, enfundados en una impecable pero roída bata blanca que los hace lucir todos unos profesionales. Uno de ellos, el más viejo, seguramente el dueño, fácil tiene 80 años. El otro, es un homosexual en plena decadencia, con el pelo pintado de castaño claro rojizo y con cola de caballo, de fácil también 70 años. Y por último Filogonio, con lentes de botella de vidrio verde y un bigotito muy simpático, delgadito, como el que usaba Emilio Tuero en la película “Quinto Patio”.

Llegó mi turno, me invitó a sentarme en el sillón y se dispuso a comenzar. Que diferencia con las sillitas jotitas de mi querido Charly, muy modernas, muy vanguardistas, muy elegantes, pero muy frágiles e incomodas, pienso que se las voy a romper con mi inmensa humanidad cada vez que me siento en una de ellas. Estos sillones tradicionales, son harto cómodos, invitan a echarse una getita mientras a uno lo chiquean con esmeradas atenciones.

Luego de que me instalé en el sillón, me pusieron mi baberote blanco y me roció agua perfumada en el cabello para humedecerlo, Filogonio me preguntó: - ¿cómo lo usa?, ¿cómo lo va a querer? -. Yo para no meterme en broncas y nada exigente que soy, solo le dije: - muy cortito, y la ralla de este lado -. Luego de bajar el sillón lo más posible ya que Filogonio es bastante bajito y yo alto, comenzó a cortarme el pelo con su tijera en una mano y peine en la otra. Mientras, yo seguía observando el lugar sin perder detalle. El más ancianito de los peluqueros, tenía a otro “cebollín” recostado en uno de los sillones mientras le hacía la barba. Cuando vi como afilaba en una cinta de cuero sujeta al sillón un tremendo navajón estilo “Jack el Destripador”, solo le pedí a Dios que no le fallara el pulso y no degollara frente a mí al pobre cliente que paciente esperaba a que le “desencañonaran” las barbas blancas. El otro peluquero, el de la colita de caballo, se encontraba sentado en uno de los sillones esperando a que llegara un cliente, mientras leía su “Libro Vaquero” o algo parecido.

De pronto, luego de trabajar un tiempo con las tijeras, vi que Filogonio tomaba una brochita la cual metía en un recipiente, la agitaba, y al salir, ya venía cubierta con suficiente espuma de jabón, misma que comenzó a esparcir por mis patillas y la nuca. Acto seguido, sacó también su navaja de Jack, y comenzó a afilarla igual que el vejete que tenía enfrente. En ese momento tuve que volver a molestar a Dios con mis suplicas, solo que ahora fue para que me protegiera del mal pulso y de la vista miope de Filogonio. Me quedé lo más quieto posible, casi deje de respirar mientras él me rasuraba las patillas y la nuca con su navaja, navaja que por el miedo, yo veía como si se tratara de un machete de Atenco. Mi querido Charly, para estos menesteres, usa una maquinita eléctrica que no representa ningún peligro, pero esta navaja de Filogonio, podía costarme la vida o por lo menos, el rostro que es lo más valioso que tengo y de lo que vivo, se imagina, un tropiezo y me hubiera dejado como a Agustín Lara, con tremenda charrasca en el cachete. Afortunadamente, Filogonio terminó con éxito ese ejercicio de pulso y firmeza del cual salí afortunadamente ileso. Lo que prosiguió, fue el ungirme con una loción para refrescar la zona rasurada, seguramente fue una deliciosa “Agua de Colonia Sanborns” o simplemente alcohol rebajado con tantita agua. Enseguida, vino el talco aplicado con otra brocha en la misma área. ¡Ah que rico se siente que lo chiqueen a uno tanto!.

Por último, Filogonio sacó su súper pistola de aire (secadora de pelo), y procedió a peinarme. Me preguntó si deseaba algo de spray o gel, yo solo le dije que aplicara algo de gel en el copete para seguir con mi look de Peña Nieto. Todo esto pasó al mismo tiempo que yo leía el periódico “Metro” (periódico de pelados) y un bolero lustraba mi calzado. Al terminar, Filogonio giró el sillón y me puso frente al espejo, mientras el sostenía otro más pequeño que me permitía ver la parte de la nuca. El resultado fue casi tan bueno como el de mi incondicional Charly, de no ser porque una patilla quedó más alta que la otra, cosa que tuvo solución en cuanto llegué a mi casa.

Luego de pagar el corte, el bolero y el agua mineral que me invitó Filogonio, salí de ahí más que satisfecho, y lo mejor de todo, hecho un muñeco listo para seguir conquistando a las ciruelitas que acuden a La Comer a gastar el dinero los días primero de cada mes, dinero que generosamente les da Don Andrés Manuel López Obrador, nuestro flamante Presidente Legitimo.

Sí, es cierto, soy un animal de costumbres, pero la experiencia que viví en la peluquería-barbería de Filogonio, me va a hacer reconsiderar mi fidelidad jurada para con Charly, en una de esas, y ya no regreso con mi viejo amigo. Ya veremos que pasa ahora que me crezca el pelo, y de nuevo necesite otro “Fashion Emergency”.


Otro día con más calmita… nos leemos.

Nota: Curiel, mi primer peluquero y proveedor de pornografía en mis años mozos, murió apenas hace dos años, así que este post va dedicado a él y a su famosa peluquería “Curielfi”, que me vio crecer.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Esto es comodidad y no pedazos...


Sin duda alguna, una de las cosas que más me gustan en la vida es viajar. Y sin duda alguna, una de las cosas que más me gustan de viajar, es justo el momento en el que el Botones desliza la tarjeta en la puerta, la abre, y me invita a pasar a mi habitación. En ese momento, siento una emoción indescriptible al pisar por primera vez mi lujosa o austera habitación de hotel, luego del tedioso proceso del “check-in” en el “Front Desk” del hotel. Por cierto, me gusta usar estos términos sajones para darle más “cache” a la situación, aunque se trate de un hotel de “jabón chiquito”, de esos que hay en Tlalpan.

Siempre lo primero que hace el Botones luego de abrir la puerta, es tratarnos como si fuéramos unos trinches oligofrénicos retrasados mentales. Nos enseña: ¡cómo se enciende la luz!... oooh!, ¡cómo se prende la televisión!... oooh!, ¡cómo se abre la terraza!… oooh!, ¡cómo se controla el aire acondicionado!... oooh!, ¡donde está el baño!... oooh!, en fin, que nos trata como si hubiéramos llegados directitos de una comunidad lacandona perdida en la selva chiapaneca. Poco falta, para que este trinche piojo resucitado con uniforme de soldadito del Cascanueces, nos explique cual es la técnica correcta para usar el papel del baño despues de hacer del cuerpo. Luego de esa bonita labor educadora, el individuo extiende la mano buscando una justa gratificación por toda esa información que generosamente compartió con nosotros, con nosotros que para él somos unos trinches seres provenientes del oscurantismo.

Luego de darle su billetote de tostón, sus cinco dolarucos o sus cinco euros según sea el caso, nos despedimos de él, cerramos la puerta, y entonces sí, a disfrutar se ha dicho. Lo primero que yo hago, es coger vuelo y lanzarme en graciosa caída libre sobre el colchon de la súper cama, para de esta manera, probar la firmeza del colchón y la suavidad del edredón. Por cierto, por alguna extraña razón, siempre me han encantado las almohadas de los hoteles, de los hoteles buenos, no de los piojitos. Estas almohadas son generalmente de pluma, frescas, con el tamaño y la firmeza que demanda mi exigente testa para descansar como Dios manda.

El siguiente paso lógico luego de estar tumbado en la cama en calidad de plasta, es tomar el control remoto y comenzar a hacer un viaje relámpago por todos los canales disponibles, con la esperanza de toparnos con algo de bonita pornografía motivacional. Si esto ocurre, no se equivoquen, seguramente están en un hotel de paso, porque en los normales, eso tiene un costo extra. Y si todavía no estan convencidos de que se metieron en un hotel de paso, busquen en las fundas de las almohadas, en las sábanas o en la colcha, y si está grabado el nombre del hotel… sorry, sí están en un "cinco letras", así que por favor, tengan cuidado que no les pongan “gotas” en sus bebidas o terminaran como la “Parkita” o su colega “Espectro Jr.”.

Luego de hacer un escaneo por todos los canales satelitales con los que cuenta el Hotel, lo siguiente es comenzar a husmear en los cajones de los buroes y las cómodas. Seguro que encontraran en uno de ellos, no falla, una sección amarilla y la imprescindible Biblia, muy útil por cierto, si es que hay que hacer un exorcismo en sus vacaciones. Una de las cosas que me encanta, es la papelería que ponen en los escritorios de las habitaciones, ya saben, sobres, papel membretado, plumas, incluso postales. Al abrir el closet, siempre es genial toparse con almohadas extras, las cuales como ya saben, yo las uso para colocarlas en mi entrepierna… vicios que tiene uno pa’ dormir. Igual podemos encontrarnos con cobertores extras y bolsas para la ropa sucia dentro del closet.

Seguramente en algún lugar de la habitación, se encuentra ese mini OXXO de lujo, conocido como “ServiBar”. El ServiBar es un trinche refrigeradorcito junto con una pequeña alacena, muy bien surtido de cosas deliciosas, pero eso sí, a precios estratosféricos. Que el botecito con almendras, que los chocolates de importación, que las papitas Pringles, que las botellitas de vinos y licores varios, que los refrescos surtidos, que los jugos de frutas, y por su puesto, agua embotellada directa de los Alpes Suizos. Luego de ver tanta seductora chuchería, y luego de confirmar nuestras sospechas en relación a los precios, no nos queda más que hacerle unas ofensivas "cazuelitas" al ServiBar, al tiempo que exclamamos en voz alta – ¡están pendejos, si creen que voy a destapar algo de aquí! -.

Me encanta dejar al último lo mejor, ¡el baño!. Cuando me asomo al baño, quisiera llevármelo así como lo encuentro a mi casa. Un espejo casi panorámico con una iluminación perfecta, perfecta para vernos las estrías, la celulitis, las lonjas y las verrugas que nos hacen lucir cero atractivos cuando estamos desvestidos antes de entrar a la ducha. Junto al enorme lavabo, siempre hay una canasta muy mona, llena de cosas que me chiflan: que la cremita corporal, que el shampoo, que el enjuague, que el rastrillo, que la espuma de rasurar, que la pasta de dientes, que el cepillo de dientes, que el "kit de costura", incluso, uno puede llegar a encontrar hasta sales y aceites para tomar un baño en la tina. También es muy común encontrarse en estas bien surtidas canastas, una bonita y coqueta gorra de baño, aunque a mi la verdad, siempre me ha parecido una puercada el bañarse sin lavarse el pelo. A un lado del espejo, también es común encontrar una secadora de pelo empotrada en la pared. Luego, generalmente sobre el escusado, en una repisa, una colección de toallas impecables, limpias, más blancas que los calzones de SS el Papa. Y lo más padre de todo, esas batas blancas súper mullidas que cuelgan seductoramente de un gancho y que nos invitan cuanto antes, a despojarnos de la ropa, para meternos en ellas y disfrutar de los litros y litros de “Suavitel” que seguramente usaron en ellas. Si le buscamos bien, en una de esas y encontramos el complemento perfecto de estas batas, unas ricas pantuflas mullidas del mismo virginal color. Otra cosa que me encanta de los baños de los hoteles, es la presión con la que sale el agua en la regadera, a veces siento que hasta me esta perforando el cráneo el chorro de agua. Y si a esto le aunamos la delicia que es el hecho de que jamás se termina el agua caliente, ¡uts!, pues ahí me quedo a vivir.

Lo último es asomarnos por la ventana o balcón (según sea el caso), para disfrutar de la vista que nos brinda nuestra habitación. Nada como un piso superior al décimo para disfrutar de una buena vista, o en su defecto, si es que el hotel cuanta con jardines, una bonita terraza de segundo piso para pendejear con los pajaritos y mariposillas que sobrevuelan dicho jardín.

Pero si creen que todo esto es una maravilla, ¡qué me dicen de los servicios que encontramos en los hoteles!.

Nada como despertar con harta “bueba”, levantar el teléfono, y pedir “room service”… ¡oooh que chido!. Mientras uno se rasura luego de tomar un rico baño, suena la puerta, uno responde, y entra un chicuelo con un carrito que luego de ubicarlo estratégicamente en la habitación, este se convierte en una mesa muy mona. Luego, él, como si fuera un mago a punto de aparecer un conejo, levanta las tapas de los alimentos y nos deja ver unos ricos huevos estrellados con tocino, pan tostado con mantequilla y mermelada, fruta de temporada con queso cotage, una jarra con café caliente, pan de dulce, jugo de naranja fresco y siempre, el bonito detalle de la flor para adornar la mesa.

Por la tarde, cuando regresamos a la habitación, es increíble toparnos con que aquel trinche tiradero que dejamos al salir, ha desaparecido como por arte de magia. Todo se encuentra en su lugar, el baño que lucia toallas mojadas por todo el suelo, ahora luce más limpio que un quirófano, y ha sido resurtido con una canastita nueva y toallas limpias. La cama luce inmaculada, incluso la ropa que botamos, ha sido doblada e introducida en los cajones o colgada en el closet. Mis calzones puercos marca “Trueno” que mandé a la lavandería junto con unas camisas, se encuentran en una canasta de mimbre perfectamente limpios, con una rosa roja sobre ellos. Todo huele a limpio, todo se ve limpio, todo ¡está limpio!.

Más tarde, mientras estamos descansando, una damita toca a la puerta para preguntar si puede pasar a hacer la habitación. Uno no entiende que carajos va a hacer, si ya está todo en su lugar. Sin embargo, nos invita a salir unos segundos y al regresar, nos toparnos con que la cama ya se encuentra ligeramente destendida cual sobre que nos invita a introducirnos en ella. Las luces han sido bajadas creando un ambiente más acogedor y relajante. Y claro, no puede faltar ese detalle que también me chifla, sí, ¡adivinaron!... esos chocolatitos con menta que ponen en las almohadas y que me hacen sentir realmente un ser especial (cosa que soy jeje).

Otra cosa que me encanta de los hoteles, son los lobbies. Si hablamos de lugares turísticos como son las playas, generalmente el ambiente de estos sitios es inmejorable. Pura gente bonita, departiendo, tomando alguna bebida mientras se escucha música en vivo. Algunos se preparan para salir en la noche, otros deciden quedarse ahí cerca de la comodidad de su habitación. Los restaurantes también suelen ser una maravilla, muchos de ellos con impresionantes bufetes. El área de la alberca, ya sea durante el día o en la noche, es un lugar donde uno puede pasar las horas relajado, ya sea tumbado en un camastro, o bien sentado en una mesa (bueno en una silla junto a una mesa), tomando una bebida refrescante o caliente, según apetezca. Caminar por los jardines o las instalaciones, es relajante y nos distrae de los problemas diarios de nuestra vida cotidiana. Ya ni que decir del SPA si es que el hotel cuenta con uno de ellos. Las tiendas y boutiques son otra manera de distraernos y a las cuales siempre acudimos a comprar desde unos cigarros, hasta el periódico o una revista para leer.

En fin, muchas personas sueñan con sacarse la lotería para comprarse su casa, ya sea en la ciudad o fuera de ella (Valle de Bravo, Tequesquitengo, Ixtapa, Acapulco, etc). Yo señores y señoras, ahora que me la saque, ya decidí que voy a vivir el resto de mis días en un hotel (o en varios). En verdad, no hay nada que desee más… ¡ya me vi!, ¡ya me vi!.


Otro día con más calmita y desde algún hotel (espero)… nos leemos.

sábado, 13 de febrero de 2010

Viva el amuuuuuuur!

De amor y desamor… Para aquellos hipoglucémicos que aman y necesitan grandes dosis de endulzantes y sustitutos de la azúcar, aquí una recolección de mis canciones favoritas para estos menesteres. ¡Animas que les gusten!.Y como dice aquella bonita frase: “amaros los unos a los otros, y las otras… pos a mí”.

Feliz Día Pelado de San Valentín!

































Otro día con más calmita... nos amamos.

jueves, 11 de febrero de 2010

Las Mentiras


En este complejo mundo en el que vivimos, hay Borrachos y hay Bebedores Sociales. Los Borrachos son insoportables, inadmisibles, mientras que los Bebedores Sociales, son gente “nice” bien vista por la sociedad.

Bueno, pues en el casi utópico mundo de la verdad, existen las Mentiras Grandes y las Mentiras Pequeñas. Las Mentiras Grandes son condenadas por todos nosotros, mientras que las Mentiras Pequeñas son aprobadas e incluso bien vistas, igual, por la mayoría de todos nosotros. Incluso, a las Mentiras Pequeñas, les hemos encontrado un nombre que nos haga sentir mejor cuando las usamos, me refiero a “Mentiras Piadosas”.

Para mí no existen asesinatos pequeños y asesinatos grandes, son simplemente asesinatos, actos en lo cuales uno termina con la vida de otro. Igual pasa con las mentiras, las Mentiras Grandes y las Mentiras Pequeñas o Piadosas, igualmente terminan tarde o temprano con algo, en este caso, “la confianza”.

Las Mentiras Grandes en todo caso, son un acto “humanitario” que evitan ese largo sufrimiento que nos pueden dar las Mentiras Pequeñas. Digo esto, porque no hay nada más sano (viendo el lado positivo de esto si es que lo hay), que descubrir que nos han dicho una Gran Mentira, para proceder a dar por terminada la confianza y por lo tanto, la relación que existía con esa persona, así, fácil, sin más bronca, con un simple “vete a la chingada” y tan tan. Mientras que por otro lado, las Mentiras Pequeñas o Piadosas, son “heridas” que se van haciendo en la confianza entre dos personas y que poco a poco se comienzan a infectar con el paso del tiempo, hasta que finalmente terminan por “pudrir” la confianza, y como en el otro caso, matar la relación.

En este mundo de mentiras en el que vivimos todos los días, qué no sería más fácil hacer uso de el derecho que tenemos a permanecer callados, a defender nuestra intimidad, a negarnos a contestar lo que nos incomoda, en lugar de tratar de jerarquizar y darles valores a las mentiras buscando justificarlas.

Desgraciadamente en este mundo no existe la Confianza Grande y la Confianza Pequeña, en este caso, solo hay una, “La Confianza”… y punto. O se confía en alguien o no, al menos yo, no podría decir que “medio confío” en esta o aquella persona. La “medio confianza”, a mí no me sirve para nada, simplemente la desecho y sigo en mi búsqueda constante de aquella persona en la cual pueda confiar, confiar ciegamente.

Todos tenemos derecho a saber la verdad, por más dolorosa que esta pueda ser. Que nadie se nombre juez para decidir, por lo menos en mi caso, que verdad me conviene saber y cual no. Por más buenas intenciones que tenga la otra persona, buscando quizás hacer el menos daño posible ocultando una verdad dolorosa, a la larga, tarde o temprano, es probable que nos topemos con la verdad, y a nadie le gusta saber que ha vivido en la ignorancia, ajeno a lo que ocurría a su alrededor, engañado.

Hagamos pues un esfuerzo por tratar de vivir en armonía, en armonía con la verdad, no la maquillemos, no la ocultemos o la disfracemos, con las siempre bien vistas Mentiras Pequeñas o Piadosas, esas pequeñas heridas en la confianza, recuerden, tarde o temprano… se infectarán.


Otro día con más calmita… nos leemos.

martes, 9 de febrero de 2010

Hoy por mí, mañana por ti... ¡ya verás méndiga!.


Pues sí, resulta que cuando yo era un peque, un crío, un angelito, mi comportamiento era como el de cualquier niño travieso, o sea, ¡era un pingo! (Pingo: sinónimo de escuincle cabrón). Para ese entonces, mi padre había decidido surcar nuevos mares, o nalgas, o no sé que, el chiste es que la responsabilidad de educar a un hermoso pero inquieto niño de 8 años, había recaído únicamente en mi Sacrosanta. Como el uso de la razón no daba buenos resultados con este que les habla, el siguiente paso lógico, fue el hacer uso de la fuerza pública. Y cuando me refiero a la fuerza pública, no quiere decir que mi madre necesitara de más personas para hacer uso de dicha fuerza, sino más bien, porque “públicamente” me aplicaba tremendos correctivos (madrinas). Desafortunadamente ni el uso de la razón o de la fuerza, pudieron controlar a ese angelito inquieto y vacilador que era yo.

Mi madre en ese entonces, fue inteligentemente asesorada por las clásicas comadritas metiches o las vecinitas entrometidas, y aplicó una nueva estrategia para conmigo… ¡la intimidación y la amenaza!. No había nada que atemorizara más a un niño, que la amenaza de ser ingresado a un “internado”. Así que mi madre en el momento en que lo creía necesario, bastaba con que me dijera – síguele y te voy a meter a un internado -, para que yo inmediatamente obedeciera con los ojos cerrados, lo que dispusiera mi Sacrosanta.

Clarito ya me veía yo en un internado con mi delantal fregando los pisos, al tiempo que cantaba aquello de: “ ♪♫ seguro que hay sol, mañana, dime cuanto apuestas que mañana… sale el sol ♪♫”. Y como a mí el pelo ensortijado y rojo no me va, pues hacía lo posible por portarme bien, para eludir ese horrible destino que me pintaba mi madre. Esta estrategia intimidatoria funcionó muy bien, y durante muchos años no le di problemas a mi madre, aunque claro, siempre viví con el temor de que un día mi madre me mandara a hacer casting para “Anita la Huerfanita”, en alguno de esos internados.

Señores y señoras, déjenme decirle que la venganza es dulce. Ahora han pasado muchos años, y mi Sacrosanta no saben que latosa se ha vuelto con el pasar del tiempo. Así que ahora va la mía. Cada vez que mi cabecita de algodón no quiere comer, no se quiere tomar sus medicinas o simplemente está “poniendo gorro” de más, le aplico su propia medicina – Carola, o te tomas tus trinches medicinas o te voy a internar en un asilo -. Vieran que obediente se ha vuelto, no cabe duda que mi Principado es más acogedor y agradable, que el Asilo Mundet o cualquiera de sus similares.

Y no se crean, a veces me siento mal cuando le aplico la bonita amenaza del asilo, así que luego me retracto y le doy su “shampoo de cariño” en su cabecita para consentirla. Pero luego vuelve a las andadas, y pues no me queda otra que aplicarle su correctivo intimidador. En ocasiones ya no le digo lo del asilo para que no se me aflija de más, pero si le hago una cordial invitación, a que valla a ganarse su “Senokot” pal estreñimiento, sus “Ensure” y sus “Galletas Marías”, trabajando de empacadora en el Chedraui o en la Comer… además, quien quite y se ligue ahí a algún “cebollín” colega, para que ya no esté, ni se sienta sola.

¡Ven que buen hijo soy!. Pero bueno, como yo me libré toda mi infancia de terminar siendo un hijo del Padre Chinchachoma, así mismo, espero que mi madre sea obediente, para que no termine de “cerillita” en la Comer, o chopeando campechanas en algún asilo de nuestra bonita ciudad, en calidad de ciruelita abandonada.


Otro día con más calmita… nos leemos.

Nota: Durante la elaboración de este post, ninguna “cabecita de algodón” fue herida en sus sentimientos.

domingo, 7 de febrero de 2010

Ah que trinche comezón!!


No hay nada más sabroso que rascarse cuando uno tiene tremenda comezón. A veces es necesario solicitar la mano de alguien para poder llegar a lugares donde nosotros mismo no alcanzamos. Yo que soy un ser generoso, siempre me encuentro en la mejor disposición para aliviar las ansias de una persona, a través de una buena y reconfortante rascada. A veces cuando el fenómeno de la comezón se comparte, no hay nada mejor que turnarse, o incluso rascarse al mismo tiempo, experimentando sincronizadamente gran placer y alivio en pareja.

Entonces… ¿por qué cuando uno tiene necesidad de sexo no podemos hacer lo mismo que con una trinche comezón?, ¿por qué necesariamente en el sexo tenemos que involucrar los sentimientos y eso que llaman amor?, ¿por qué cuando nos rascamos nosotros mismos, nadie nos amenaza con aquello de que nos va a salir un pelo en la mano o que nos vamos a ir al infierno, o en el mejor de los casos al manicomio?.

A mí me parece injusto, muy injusto, que la simple copula, el apareamiento, el coito, el acto de “untarle manteca a la galleta”, sea considerado por la mayoría como una manera de expresar amor y no una simple necesidad fisiológica que satisfacer. Si esto no fuera así, sería maravilloso podernos quitar esa “comezón”, sin tener consecuencias sentimentales o emocionales a posteriori.

¡Sí que es injusto!, pero así es en mi caso y qué le vamos a hacer. Yo sé que existen muchas personas que tranquilamente se quitan su “comezón” donde estén y con quien estén sin mayor bronca, cosa que yo verdaderamente envidio. Yo nunca he podido separar los sentimientos y las emociones, de la “comezón” del acto sexual.

El momento inmediato después a que desaparece nuestra “comezón”, es fundamental para distinguir a las personas que involucran o no sus sentimientos. Es justo en ese momento, en el que los dos cuerpos quedan tendidos casi en estado catatónico luego de haber satisfecho su necesidad, cuando llega la siguiente, la siguiente necesidad, la de un abrazo, una caricia, una palabra o una mirada. Es en ese momento, ya sea cuando nos damos cuenta que queremos salir corriendo, o por el contrario, que sentimos que jamás nos vamos a separar de ese otro cuerpo tendido junto al nuestro, cuando uno pasa o no la prueba emocional, la prueba sentimental… el riesgo extremo del enamoramiento.

Hacer el amor, darse la vuelta y quedarse dormido, para mi equivale a “jalarle al escusado”. Por el contrario, fundirse en un abrazo, tocar el rostro aun sudoroso de la pareja, o simplemente decir en silencio la mejor de las poesías con solo una mirada… señoras y señores, eso es lo que realmente diferencia una buena “comezón” de otra.

Que cada quien se rasque con sus propias uñas, o con las uñas de quien quiera… pero cada quien tendrá que asumir el riesgo, el riesgo de levantarse e irse, el de quedarse solo en la cama, o el de compartir el mejor y el más intimo de los momentos, luego de darse una buena rascada a lado del amor se su vida.

Pero bueno, por ahora amigos lectores los dejo, porque traigo una trinche comezón que no me deja seguir. Voy a ver si encuentro alguien que me ayude a quitarme esto que ya parece… ¡un sarpullido crónico!.


Otro día con más calmita… nos rascamos, ¡que diga!, nos leemos.

jueves, 4 de febrero de 2010

Bitácora del Capitán... "Misión Cuernavaca" -3-

Lunes 1.
Hoy mis niñas no aparecieron en mi cama, así que dormí bastante bien. Cuando me levanté (digamos a las 9.30) y salí del cuarto, ellas ya estaban instaladas en la mesita del comedor jambando sus “kelogs”. No sé si durmieron con el traje de baño puesto o que carajos, pero ya estaban listas cual Esther Williams, para zambullirse en la heladas aguas de la alberca. Mi niña en préstamo, Dany la primita de mi hija, ya comenzaba a mostrar los primeros síntomas de un ligero resfriado (estornudos y moco de burbuja). Lo bueno es que hoy la entrego a su madre, recojo el importe que dejé, y me voy con mi hija, quitándome por lo menos una responsabilidad extra de encima.

Doña “Housekeeper”, entró del jardín y me preguntó – ¿va a querer que le prepare algo de desayunar? -, y como ustedes ya saben, eso del desayuno a mí no se me da, asi que le respondí – un café sin azúcar estaría bien -. Se fue a la cocina y salio con tremenda tasa humeante, que desde el primer sorbo, me regresó a la vida… ¡qué jabón “Zest” ni que la chin…!.

Desde la estancia de la casita, miraba curioso a mis acuaticas adolescentes como metian la puntita del pie a la alberca, queriendo “tantiar” la temperatura del “vital liquido” (como dicen los periodistas cuando se refieren al agua). Ninguna de las dos fue seducida por la alberca, así que mejor se tiraron en una toalla dizque a tomar el sol. Mi hija que es morena, hacía contraste con Daniela, que es casi tan blanca como su tío Said. Luego, una de ellas vino a mí, y me pidió permiso para sacar las bocinas del equipo de sonido y así poder escuchar música en el jardín. Acepté (buena onda que es uno) e incluso le ayudé a hacer el “sound check” estilo concierto de los Rolling Stone. Una vez que quedó listo el “Sonido Saidmarch”, yo pensé que iban a poner su trinche música “hiphopera” a todo lo que da, pero no, ¡oh! que equivocado estaba. Parece ser, que las pubertas están enamoradas, ya que pusieron música de: Reily, de Sin Bandera, de Jesse & Joy, de Camila, de Reik, de Sandoval, Tommy Torres, e incluso de mi contemporáneo ¡Emmanuel!.

Estaba tan a gusto la “Pool Party” y como el Sol ya comenzaba a justificar aquello de que Cuernavaca es la Ciudad de la Eterna Primavera, pues decidí pasar a la catafixia donde tristemente perdí mi café... ¡pero gane una cerveza Sol!. Ustedes dirán que cómo a las 11.30 de la mañana una cerveza, pero lo que pasa es que yo me rijo por el horario GMT (+6 hrs), así que no había bronca.

Finalmente mis niñas aburridas de estar tiradas en el pasto, se tomaron de la mano, se encarreraron, y dieron un brinco a la albercas las dos juntas, como si fueran “Thelma & Louise”. Claro que gritaron al sentir el agüita helada en sus rinconcitos, pero se aguantaron como las machas, y comenzaron a hacer lo que hace cualquier escuincla en una alberca… gritar y salpicar. Yo mientras me entretuve husmeando en el iPod de mi niña tratando de ver que era lo que estaba de moda musicalmente hablando. Sorprendido (ni tanto), encontré que mi hija tiene casi pura música ochentena en su aparatejo, seguramente influenciada por algún viejillo quedado en el pasado. Una buena cantidad de música de Queen, de Rod Stewart y de los Beatles, ocupaba la mayor parte de la memoria de su iPod. También aparecían grupos como: Foreigner, Chicago, Toto, Van Halen, Men at Work, Dire Straits, Alan Parson Project, Duran Duran, The Cars, entre otros, asi como solistas tales como: Sting, Steve Perry, Robert Palmer, Paul McCartney, Phil Collins, Huey Lewis, Bryan Adams, Billy Joel, Madonna, etc… Después de ver esto, me acerqué a la “cabina de sonido” y transformé esa romántica fiesta en la alberca, en una verdadera ¡fiesta ochentena!. Mi hija al escuchar a Freddie Mercury cantar “A kind of magic”… gritó eufórica de emoción desde la alberca.

En un momento en el que mi hija había decidido salir de la alberca cual gente responsable a hacer la “chis” en el lugar ex profeso para ello, mi sobrina me llamó para que me acercara a la orilla de la alberca y viera un bicho extraño que había atrapado en un vaso de platico. Yo que soy harto curioso, corrí para aplicar mis conocimientos de entomólogo y para satisfacer mi curiosidad. Cuando llegué a la orilla y me incliné para ver de cerca el animalejo, me percaté que se trataba de una vulgar e inofensiva hormiguita. Fue entonces que comprendí que todo se trababa de una vil y asquerosa trampa, y en eso estaba cuando… ¡mocos!, sentí tremendo empujón, que salí disparado directo a las oscuras y profundas aguas heladas de la alberca. Cuando mi instinto de supervivencia me hizo salir a flote, me topé con dos hijas del inframundo muertas de la risa.

Minutos después, ahí estaba yo, aun borde de la hipotermia, jugando con mis princesas a los clavados bombas y al tradicional voleibol acuático. La adorada y muy pronto extrañada Doña “Housekeeper”, preparo inteligentemente unos chagüis para retardar lo más posible la hora de la comida.

Fue un día totalmente acuático, pero como dicen los mamilas de la televisión “el tiempo es nuestro peor enemigo”. Así que a las 2 en punto, salí de la alberca y me fui a bañar. Inmediatamente después y casi jaladas de las orejas, salieron de la alberca las niñas y se metieron también a bañar. Yo mientras, guardé las cosas, medio organicé el tiradero, me despedí de beso de mi anfitriona, y me dispuse a regresar a la Ciudad de México antes de que la autopista se llenara de vacacioncitas histéricos. En eso estaba, cuando sonó el teléfono de la casa, segundos después, me dice la ñora – es para usted señor -. Pues nada, se trataba de mi Sacrosanta, que como buena madre, sabe de donde chingaos había conseguido el número de teléfono de la casa, y solo llamaba para decirme que me regresara con cuidado. No habían pasado cinco minutos, cuando volvió a sonar, ahora era la mamá de mi hija que me hacía la misma recomendación. Y yo que pensé que si no me llevaba mi celular, me iba a librar de cualquier llamada, pus no.

A las 4 en punto, ya estábamos trepados en mi Corcel Negro listos para dejar atrás ese bonito fin de semana largo y puberto. Ambas, se fueron en la parte de atrás y me dejaron haciendo honor a mi nombre, solo en la parte de adelante. Apenas habíamos salido de la casa, cuando mi hija intento disfrazar su tradicional pregunta – Padreee, dice Daby que: ¿qué vamos a comer? -. Yo les dije que tuvieran paciencia y que llegando a Tres Marías les pichaba unas kekas o lo que quisieran.





Todavía el tráfico era generoso, así que llegué rápido a Tres Marías. Ahí nos esperaban ansiosas, unas kekas de “chichi machucada” y de “flor con queso” para mí, unos tacos de chorizo verde de Toluca y de cecina de Yecapixtla para mi hija, y un pambazo con harta crema y lechuga para Dany. Luego de despedirme de la dueña cual artista (porque ya me conocen muy bien por tragón), y de comprar unos tamales para la jefa, salí de ahí, ahora sí con rumbo a mi Principado.

Llegue como a las 7:30 de la noche a la Ciudad de la Nube Gris. Todavía mi hija me dijo – Padreee, ¿puedo ir un rato a tu casa? -. Sorry, le tuve que decir que no, mañana le esperaba la escuela y todavía había que entregar a nuestro pegoste.

Cuando finalmente llegué a la casa, saludé a mi Sacrosanta, le entregué sus tamales y unas plantas que compré de paso, y me acosté inmediatamente en mi cama a terminar de paladear ese hermoso fin de semana que viví con la mujer que más quiero en este mundo… mi hija adorada.


Otro día con más calmita… nos leemos.
Nota: Quiero agradecer a mi amigo Víctor y al señor Carlitos Slim el cual le paga muy bien en “Telmex”, lo cual hizo posible que mi amigo se comprara su casa en Cuernavaca y me la prestara. También le agradezco a Doña “Housekeeper” por sus finas atenciones y su rico café negro.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Bitácora del Capitán... "Misión Cuernavaca" -2-

Domingo 31.
A las 9 de la mañana en punto, abrí mis ojos en una recámara diferente a en la cual me fui a dormir la noche anterior. En alguna parte de la noche y luego de que las dos espontáneas aparecieron en mi cama, realicé una permuta y me mude de cuarto. Dos mastodontes y medio, hubiera sido imposible que cupieran sin perecer en el intento, en una cama matrimonial.

Algo pasó ayer, entre que fumaba un cigarro, tomaba vino, contaba estrellas y escuchaba grillos, que hizo que hoy me despertara ligeramente más feliz que ayer. Quizás fue todo en su conjunto, o quizás solo fue el rostro de mi hija durmiendo. Saben, ¡es increíble que yo la haya hecho solito!… bueno, quizás su mamá tuvo algo que ver. He averiguado con el transcurso de los años, que no hay nada que justifique más mi razón de ser, que el rostro de mi hija dormida. Que suerte tienen los padres que pueden ver todas las noches a sus hijos mientras duermen, con tan solo asomarse a la recámara de ellos. Yo que no vivo con ella, tengo que aprovechar al máximo estos momentos en los que la tengo cerca de mí, para grabarlos en mi mente hasta que llegue la siguiente vez.

En eso estaba yo, disfrutando de un plácido regaderazo de agua caliente y siendo inmensamente feliz, cuando un energúmeno tocó violentamente la puerta del baño. Por un momento pensé que era un operativo de la AFI para detener al Chapo, pero no, era mi hija que gritaba histérica como gorda en temblor, pidiendo que saliera inmediatamente del baño – padreee, apúrale que ya me anda -. Por primera vez en la vida, desee haber tenido un niño o un perro en lugar de una hija, para poder mandarla a regar las plantitas al jardín. Apenas me estaba quitando el jabón de los ojos, cuando abrió la puerta y corrió a "desaguar" al tiempo que gritaba – no vayas a salir, no vayas a verme -. No acababa de salir y cerrar la puerta, cuando el energúmeno numero dos hizo el mismo numerito – no voltees tío -.

Luego de terminar de bañarme y rasurarme, salí del baño y me encaminé al cuarto para ponerme ropita, antes de que mis niñas imprudentes volvieran a irrumpir ahora en la recamara. Salí de la recámara y las encontré tumbadas en la salita viendo la tele. Enojado aun por la interrupción de mi baño de felicidad, puse mi cara de ogro e imposté la voz como actor “chespiriano”, para luego ordenarles que se fueran a bañar. La señora Doña "Housekeeper", creo que también tembló ante mi interpretación de papá cabrón. Para tranquilizarla, le dirigí una mirada inquisidora, para luego cerrarle el ojo. Luego de comprender que todo era parte de una de mis magistrales interpretaciones de ogro enojón, procedió a preguntarme si íbamos a desayunar en la casa. Le dije que sí, que preparara algo para las “meonas”, yo solo tomaría un poco de café.

Huevito revuelto con frijoles, leche y jugo, bastó para calmar el hambre de las lustrosas jovencitas. Yo mientras, seguía hipnotizado café en mano, mirando los reflejos del sol en el agua de la alberca. No saben como se me antojo mandar a poner una de estas albercas en mi espacioso Penthouse de la "Unidad Habitacional Vicente Guerrero Tercera Setsión", pero como que no iba a caber. Ni modo, eso tendrá que esperar a que me compre mi casa en Valle de Bravo, al cabo que… ¡ya me vi, ya me vi!.

Luego de unos minutos, mis niñas aparecieron ya vestidas con sus “chors” de mezclilla, sus camisetitas con mensajes extraños estampados en ellas, y sus apestosos tenis que jamás lavarán hasta que se desintegren. Inmediatamente mi hija se dirigió a mí – papi -, en el momento en que escucho que dejo de ser su “padre” para ser su “papi”, sé que se acerca una petición que más me vale no rehusar. Intrigado, le dije – ¿qué pasó? -, a lo que ella inmediatamente contestó – ¿podemos ir a los Go-Karts?, anda sí, di que siii -. Ante esta petición, yo tuve que poner mi cara de “¡ah como chinnngas!”, solo para demostrarle, que en ocasiones le doy gusto ya que soy un padre bueno, amoroso y generoso que la conciente. Pero lo cierto es que la idea me pareció estupenda, ¡me encantan los Go-Karts!. Cuando yo estaba en la preparatoria, me encantaba irme de pinta a Cuernavaca con mi novia a andar en estos simpáticos cochecitos.

Luego de preguntar donde estaban los Go-Karts puesto que hace mucho tiempo yo ya no iba, finalmente llegamos. Una serie de “flashbacks” llegaron a mi mente, por un momento volví a tener 16 años (cosa que fue hace poco… sí, aja). Inmediatamente pedí tres vehículos, uno para cada uno, para poder enfrascarnos en un duelo de velocidad a muerte. Recordé que si al encargado se le ofrecía una generosa propina, él misteriosamente le movía algo al motorcito del carrito que le daba poderes superiores a los demás, haciéndolo más "rápido y furioso". Así que saqué un billetote de ¡cincuenta pesos! (así soy de generoso jaja) y le dije que hiciera lo propio, cosa que hizo.
.



El primer problema vino cuando intenté entra en el trinche cochecito, o ya los hacen más chiquitos o mis nalgotas han crecido con los años… creo que fue lo segundo. Finalmente logré entrar, nos pusimos en línea y di la voz de salida – ensus, listos… ¡fuera! -, y salimos “como pedo por ventana” (frase de mi Inmortal que quiere decir: harto rápido). Efectivamente mi carrito corría más que el de ellas, pero algo extraño pasó… ¡me dio pánico la velocidad!. Así que le bajé al acelerador y comencé a circular como si fuera carrito alegórico en desfile, ¡a un kilómetro por hora!. Cada vez que me rebasaban, soltaban una carcajada las muy canijas, pero me valió, yo disfruté de mi paseo a velocidad “gallo gallina”.

Salimos todos felices de ahí, aunque yo un poco molesto, porque mis inmaculados tenis blancos se habían llenado de grasa. En seguida les propuse ir a uno de mis parques preferidos a caminar, cosa que a ellas no les encantó la idea. Tuve que convencerlas, diciéndoles que ahí había un lago en el cual podrían subirse a una lanchita. Luego de escuchar esto, su actitud cambió y accedieron.

Caminamos como un kilómetro en el dichoso parque para llegar al lago. Al llegar, me topé con una mendiga fila de espera ¡kilométrica!, así que me fui a la sombra y las mande a formar. La espera duró más de una hora, hasta que finalmente lograron darnos una lanchita a la cual yo no me subí, el sobrepeso hubiera hecho naufragar la nave como al "Acatiki" de Acapulco. Les pusieron sus salvavidas para evitar una tragedia y se lanzaron a surcar los mares. Yo las observaba desde la orillita, igual que a los toros (desde la barrera). De nuevo, descubrí que el agua tiene poderes hipnóticos en mi persona, así que el tiempo pasó rápido y cuando menos lo pensé, ya las tenia de nuevo a mi lado con su cantaleta de siempre – padreee, ¿qué vamos a comer? -.

De nuevo las llevé al Centro donde se comieron cada una, dos hamburguesotas con hartas papas y su “chescote”. Al terminar, cruzamos la calle y nos subimos a un “turibus región 4”, para dar un recorrido por los sitios de interés de la ciudad. Descubrí, que Cuernavaca realmente no tiene muchos sitios de interés, pero como quiera, el recorrido sirvió para descansar de la hipercaminada que habíamos dado. Bajando del aburrido camioncito, fuimos al kiosco al cual iba desde que mi padre me llevaba siendo yo un baby, a tomar un licuado de alfalfa como el que le da Doña Lucha a su hijo “El Chino”. Obvio, ellas le hicieron el feo a mi licuadote y prefirieron, una un elote y la otra una nieve. Mientras tomábamos y comíamos estos manjares, unos viejitos bailaban danzón. Yo como no tuve pareja (me plantaron mis amiguitas del "Face"), me tuve que conformar con verlos bailar desde una banca.

Regresamos pasaditas las ocho a la casa, y ellas corrieron emocionadas a ponerse sus trajes de baño. Sorry, les dije que estaban locas, el agua estaba helada y no quería que sus respectivas “mamaces”, me acusaran de ser un adulto irresponsable… cosa que sí soy, pero para otras cosas. Así que les propuse que vieran tele un rato y que mañana antes de regresar a México, las iba dejar nadar todo lo que quisieran. De nuevo mi hija me echó sus ojos de “si te quiero... pero te odio” y refunfuñando se fue con su prima a ver la tele.

Mientras mis incansables e insatisfechas niñas veían la tele, yo me hice un café, prendí un cigarro y corrí de nuevo a contar estrellas. Tenía a un lado mi walkman, pero preferí el “Concierto de Grillos en la menor K666” del maestro Cri Cri.

Había pasado un día tan feliz con mis dos mujercitas, que ni siquiera recordé que hoy había habido una gran corrida de toros, a la cual yo tenía pensado asistir. Ni modo, las mujeres siempre han sido mi debilidad por encima de los toros.

Después de ver las 11 de la noche en mi reloj, regresé a la sala para ordenarles que ya se fueran a dormir, pero me topé con dos bebitas dormidas en el sillón. A Dany fue muy fácil cargarla y llevarla a la cama, le quité sus tenis y la tapé. Mi Bebota fue más difícil de cargar, de hecho decidí mejor rodarla para evitar una hernia, pero ella medio despertó y solo la sostuve como se sostiene a un compadre borracho, para luego ayudarla a llegar a la cama. Igual, se tiró en la cama y siguió inconsciente, así que tuve que quitarle sus apestosos tenis, desabrocharle el “chor” y meterla en la cama. Les di su besito a las dos y de nuevo sucumbí al encanto de verlas dormidas, así que me quedé ahí contemplándolas durante unos minutos.

Regresé al jardín a seguir pensando en lo afortunado que soy en tener una hija, en ser padre, en ser el padre de mi hija... de ella en especial. De pronto, quise compartir mi felicidad con alguien, tomarla de la mano y así, sin decir nada, hacerle saber que soy muy feliz. Desafortunadamente no tenía a ese alguien cerca… pero igual le tomé la mano para decirle que la quería.

Terminé de contar mis estrellas (creo que me faltaron unas cuantas), mis ojos comenzaron a pesarme, y el corazón me pidió un momento para descansar y organizar todo lo que había entrado en él ese día… yo accedí y me fui a dormir.


fin del segundo día… CONTINUARA.

martes, 2 de febrero de 2010

Bitácora del Capitán... "Misión Cuernavaca" -1-



Sabado 30.
Me desperté a las 8:30 am. seguramente por la “cuerda” que aun traía de la ciudad, o quizás simplemente fue porque extraño “El Lugar de mis Exitos” (mi cama). Mi amorcito durmió como tabla y todavía la dejé dormir un poco más, como hasta las 10:00 am. Mi amigo, el dueño de la casa, no llegó, parece ser que no va a llegar y me voy a quedar solo al mando de esta misión. La “housekeeper” (la damita que cuida la casa), me ofreció un sustancioso desayuno, que como yo no lo acostumbro, lo tuve que rechazar. En cuanto despertó mi puberta y se bañó, salimos al Liverpool en busca de un traje de baño para ella, que como sigue en pleno desarrollo, pues nomás ya no entró en el anterior.

Como mi hija no perdona sus tres alimentos (incluidas sus colaciones entre cada uno de ellos), hubo que hacer una escala técnica en un Sangron´s para reabastecer su cuerpecito. Para mi crío, sus tradicionales “kokeis” con miel de maple y su vasote de leche. Para el caballero que no acostumbra consumir alimentos a estas horas de la mañana (léase yo), algo ligero, unos trinches Huevos Divorciados que bien hacían juego con su solitario servidor. Ah!, olvidaba decirles, que en calidad de pegoste teníamos sentada a lado, a una primita de mi hija que irremediablemente hubo que invitar. Esta criatura tuvo suficiente con el Desayuno Universitario, unos trinches molletes que harto se me antojaron y que la méndiga escuincla se negó a compartir (¡y eso que no acostumbro desayudar eh!).

Ya de paso por tabaquería, me “aprevine” y compré algunos cigarros, muy útiles para combatir al mosco vespertino y la nostalgia nocturnina. De regreso a casa, las niñas como seres anfibios que son, buscaban impacientes el momento de tirarse en el agua. Yo como soy un trinche reptil de sangre fría, lo único que me interesaba era un poco de sol, sol que por cierto estaba muy escasito.

Ya en la casa, las niñas corrieron a cambiarse para poder zambullirse en las heladas aguas de la alberca. Como todos sabemos, Cuernavaca es famosa por albergar las albercas más frías de la región, incluso más frías que las aguas donde murió Jack Dawson (el del “Titanic”). Las niñas, luego de dar las clásicas vueltas corriendo y gritando alrededor de la alberca, se pararon indecisas a un costado de esta, tratando de decidir cual de las dos iba a ser la primera en experimentar los calambres producto de la hipotermia. Pero como a mí me choca tanta indecisión, fingí ir por uno de mis cigarros que había dejado en el comedor y al pasar junto a ellas, ¡zaz!, las “motivé” con un buen empujón, para que hicieran su primer “busito”. Mi niña luego de tratar de escupir el buche de agua que tragó, solo alcanzó a gritarme – ¡te pasas padre! -, reclamo que yo olímpicamente ignoré.



Era la 1:30 pm., y los críos gritaban histéricas en la alberca cuales “fans de Menudo”, al tiempo que tiritaban a más no poder de frío. Poco a poco, el partido de “boli” improvisado por las dos chamacas, las hizo entrar en calor (o en tibio), y comenzaron a aclimatarse a las heladas y cloradas aguas de la alberca. Yo por mi parte, hacía mi bonito “topless” tirado en un camastro onda “Maeva” en Manzanillo… ¡mentira!, era una trinche silla incomoda de plástico blanca, de esas que odio y que todo mundo tienen en su casa.

Mientras miraba absorto los brillos que producía el escaso sol en el agua de la alberca, mi mente se encontraba sumergida en mis pensamientos filosóficos… ¡mentira de nuevo!, más bien tenía la mente completamente en blanco, como si fuera delantero del América luego de salir del “Bar Bar”. Con mucho interés y en un sano ejercicio de introspección, en ese momento yo me preguntaba: ¿qué tanto podrá llegar a vivir un cangrejo?, ¡esa era la cuestión! (la famosa inmortalidad del cangrejo).

De pronto, y luego de un buchecito más de agua, mi nena preciosa me hizo la tan esperada pregunta oficial… - Padreee, ¿qué vamos a comer hoy? -. Yo que ya la conozco rebién, sé que una vez que mi bípeda hija hace esa pregunta, es porque su tripa comienza a demandar un poco más de atención.

A mi amigo le encanta hacer su carne asada, su parrillada, de hecho tiene un flamante asador en el jardín que mandó construir para estas ocasiones. Desgraciadamente, a falta de amigo acomedido, y a falta de fuerza suficiente para levantar mi humanidad de su cómoda ubicación, decidí no pensar ni de chiste, en hacer una rica parrillada. Lo más que pude hacer para alimentar a mi hambreado pueblo (pueblo de dos elementos), fue ir al refrigerador, tomar un imán de Domino’s Pizza, y hacer una llamada solicitando ayuda humanitaria cubierta de ¡peperoni!.

En menos de media hora, tocaba a la puerta el monito con la pizza de peperoni y otra estilo hawaiana que también ordené, previniendo el clásico – ¡ash! Padre, ya sabes que no me gusta el peperoni -, cosa que a mí, sí. Al percatarse del arribo de las pizzas, veloces salieron las criaturas de la alberca, luciendo más arrugadas que la cara de Héctor Bonilla luego de chupar un sobrecito de Chamoy. Corrieron cada una por su respectivo “slide” de pizza y se sentaron en las escaleras del porche de la casa a jambar. Yo solo veía como movían la mandíbula mientras comían y platicaban. Cuando uno ha escuchado las elevadas platicas de dos adolescentes en plena “edad de la punzada” (como decía mi Inmortal), sabe lo útil que resulta un iPod o “gadget” similar, así que le subí el volumen a mi walkman y me perdí en la Sonata para Dos Pianos K 448 de “Wolfy” (Mozart). Ellas, continuaron comiendo y platicando hasta terminar con las dos pizzas.

Finalmente las niñas regresaron a la alberca luego de esperar un tiempo prudente después de comer, tal y como me enseñó mi mamá. Claro que para mí el tiempo prudente, fue como de tres minutos (así evite que mis niñas se amotinaran en mi contra). Yo por mi parte, con mi estomago ligeramente distendido por la mazota de la pizza, decidí extender una toalla en el pasto, y aunque ustedes no lo crean, logré vencer mi terrible fobia hacia los insectos que cohabitan en ese lugar, ¡claro!, ayudado por unos tequilitas “bajaditos” con unas cervezas que hacían las funciones de “chaiser”.

Podría decirles que mientras estaba tumbado en el pasto, leía interesado el último libro de Saramago o de Vargas Llosa, pero la neta no, para qué les echo mentiras. Lo único que encontré para leer, fue el “Cinemanía” de hace como dos meses y un “TvNotas” igual de viejo. Mientras realizaba tan gratificante lectura, la gravedad de la tierra comenzó a ejercer una fuerza inconmensurable directamente sobre los parpados de mis ojos, o sea, me empecé a “getiar”. Como a mí por alguna extraña razón no me gusta que me vean dormido, decidí levantarme y me mudé a un sillón bastante cómodo dentro de la casa, y me puse a ver un poco de televisión.

Cuando abrí los ojos, ya eran pasaditas de las seis, los gritos de mis niñas aun se escuchaban en las afueras. Salí al jardín, y ahí estaban, con estalactitas de mocos colgando de sus narices. A la voz de “en chinga”, las conmine a salir de la alberca y meterse a bañar con harta agua caliente, para evitar una pulmonía cuata. Salieron del baño más rojas que salchichas hervidas, se pusieron muy monas, y me dijeron que querían ir a cenar hamburguesas. Luego de una fuerte negociación, aceptaron dejar la marca “McDonald’s” por lo menos en esta ocasión, así que me encamine al Centro de Cuernavaca. Ahí encontré un lugar bastante agradable con vista a la Plaza de Armas (o como se llame), y al Palacio de Cortés. Afortunadamente en ese sitio había hamburguesas para las niñas y una rica pasta para el papá. Con tinto y malteada brindé con ellas y les dije cuanto las quería a la luz de las velas… ojalá alguna de mis amigas del “feis” se hubiera aparecido, el brindis hubiera sido menos bochornoso.

Apenas acababan de devorar sus respectivas “Krusty Burgers” y yo a entrar en ambiente, cuando de sus bocas comenzó a escurrir un hilillo de baba producto de lo narcotizadas que se encontraban. Antes de que se me cuajaran ahí mismo, opté por abandonar ese hermoso lugar que apenas comenzaba a cobrar vida nocturna.

La casita de Víctor mi amigo, es de lo más mona (lo siento, aunque suene jotito está muy mona la casa). A la entrada, un jardín con la alberca de buen tamaño, y al fondo, una casita de una planta con lo básico, pero también con lo suficiente para pasarla bien. Las instale a las dos en la camita, les eche su bendición “urbi et orbi”, y me fui a la sala todavía con mucha cuerda.

Mi amigo Víctor es de San Cristóbal, así que compartimos el mismo delirio… ¡la marimba chiapaneca!. Junto al equipo de sonido, tenía unos cd’s de Marimba que yo emocionado descubrí, incluso uno de ellos se lo había regalado yo. Y como a mí en alguna ocasión me dijo – estás en tu casa Said, lo que gustes… -, pues con la pena, abrí una botella y me fui al porche a fumar un cigarro, mientras escuchaba a Don Seferino y su magistral marimba.

Como a la 1:00 am., tras de ser devorado por los trinche moscos a los cuales me hubiera encantado contagiar de VIH o Hepatitis, decidí retirarme a “planchar oreja” (de nuevo, como decía mi Inmortal). Apenas me acababa de meter en la cama, cuando como dos almas en pena, aparecieron mis invitadas. Cuando les pregunté que les pasaba, mi hija respondió – es que Daniela (su prima de 11 años) tiene miedo y no se quiere dormir sola -. Obvio, conociendo a mi hija, de ella había sido la idea, así que no me quedó más que dormir al estilo "Reclusorio"… en pleno hacinamiento.

fin del primer día… CONTINUARA.